El taller se
desarrolló a lo largo de un cuatrimestre, con un encuentro presencial semanal y
un intenso trabajo en la plataforma del aula virtual. Cada propuesta de
escritura dio lugar a un foro abierto donde las alumnas iban posteando sus
producciones y comentando las de las compañeras, en un flujo constante de
intercambio. A su vez, a partir de los criterios establecidos en las consignas,
las profesoras comentamos cada trabajo con una intervención específica,
orientando una reescritura en caso de considerarlo adecuado, además de entramar
el abordaje teórico propuesto en el programa.
Publicaremos en
el blog sólo las producciones que las alumnas elijan y decidan compartir en
este espacio abierto, que desde luego trasciende el ámbito íntimo en que se
desarrolló el taller.
Lo que sigue, a
continuación, es la cronología de las acciones y sus correspondientes
propuestas de escritura. En gadgets al pie del conjunto de entradas encontrarán
el programa de la asignatura, un resumen de una clase a modo de material
didáctico y algunos links asociados con producciones de autoría.
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Taller de narrativa
“Se lee para tocar, por un instante y como una sorpresa, el centro vivo de la vida, o su afuera imposible. Y para escribirlo. Se escribe por fidelidad a esas palabras de nadie que nos hicieron sentir vivos, gratuita y sorprendentemente vivos.” Jorge Larrosa
escritura, extrañeza, experiencia
Durante el ciclo 2014 creamos un Taller de Narrativa como espacio curricular optativo en el Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba, Argentina.
Este blogfolio reúne algunas de las propuestas de trabajo y de las producciones de los alumnos. Los textos de apertura de cada tarea y el diseño de las consignas corresponden a la Profesora Beatriz Vottero, creadora y responsable del taller.
8/12/14
EL TALLER
7/12/14
1 - escribir (nos)
A cada uno de
nosotros le pertenece una historia personal. Hecha de trazos, de imágenes, de
escenas, de puentes anchos y de estrechas pasarelas, de brisas y huracanes. De
recuerdos y de olvidos.
¿Hasta dónde se
remonta? ¿Al momento en que nacimos?, ¿al instante en que nos engendraron?,
¿hasta donde tenemos memoria?
¿Hasta el ayer
del anteayer de nuestros antepasados? Historias de mujeres, de familias, de
secretos mal guardados, de herencias, de parecidos, de amores y desamores, de
soledades, de incomprensiones, de imposiciones, de libertades.
De palabras y de
silencios...
¿Qué nos protege
del olvido?, ¿qué nos protege de aquello que quisiéramos olvidar?
¿Qué raíz
antigua fraguó la savia que nos habita?, ¿quién nos pensó alguna vez,
atravesado por el deseo de la permanencia, por la voz de la sangre, por la
misión de continuar la vida?
Somos, acaso, el
eco de aquellas voces, el rescoldo que se anima con el viento nuevo, un umbral
que invita y que se dice a sí mismo desde la hondura de la madera ancestral,
aromática y viviente, aceite que vuelve a encenderse, se hace lumbre, y
resuena.
Ponerle palabras
a la búsqueda, bucear, preguntar, indagar, interrogar a madres, tías y abuelas,
explorar recuerdos, interpretar indicios, rescatar silencios, abrir las bocas,
soltar las lenguas, escribir la historia fundacional, crear (nos). Esa será
nuestra primera tarea en el taller. Narrar, contar, comenzar a sumar para
decirnos, para avanzar las casillas de la rayuela.
1.1 consigna de escritura: "nuestras escenas fundacionales"
Escribimos,
entre la realidad y la ficción, o desde la
realidad de la ficción, un relato en torno a una escena que consideremos -de
alguna manera- inaugural de una línea biográfica en la que arraiga nuestra
existencia. Desde luego, estará atada -amalgamada, ensamblada, hilada- con
tantas otras escenas e historias anteriores, que la preceden y en las que se
proyecta. Pero será especial porque nosotras la elegimos para contarla.
Una escena, una
imagen, una etapa. Importa que nos convoque a narrarla, a reconstruir diálogos,
escenarios, a imaginar qué pasó, cómo sucedieron las cosas.
Puede surgir de
la pregunta que nunca antes habíamos hecho, o que hicimos a medias y ahora
retomamos. O surgir de algo que nos contaron hace mucho, o hace poco.
Las invitamos
entonces a escribir esa historia, quizás nacida del otro lado del mar desde la
decisión de un abuelo inmigrante; o amarrada a esta tierra, al pueblo donde
nacimos o nacieron aquellos que nos precedieron, a una casa, a un paisaje, a un
episodio.
Y nos leemos.
Con el respeto y la delicadeza que requiere nuestro taller, confiándonos entre
nosotras esos lazos que nos unen a la familia y que desde este espacio íntimo y
comunitario a la vez, nos va a unir entre nosotras.
Algunas producciones:
El
principio
Gabriela Zabala
Cuarenta y siete años tenía Germán
Jiménez cuando sus años de fumador se le vinieron encima con toda la fuerza de
la enfermedad. Su vida había perdido el sentido desde hacía un tiempo, cuando
su último hijo de tres meses perdió la vida. Con su niño se fueron sus alegrías
y sus esperanzas y, aunque sus otros cuatro hijos querían seguir teniendo a su
padre, él bajó los brazos y se entregó a la muerte. Germán era ferroviario. Había
venido de España junto a sus hermanos cuando era muy pequeño y se habían
instalado en Rosario. Sin embargo, por cuestiones de trabajo, vivía desde hacía
diez años en Río Cuarto junto a su mujer y a sus hijos. La vida le regaló una
familia hermosa pero la muerte se lo cobró llevándoselo joven. Germán murió y les
dejó a su mujer y a sus hijos nada más que su cuerpo.
Antes de morir, sus hermanos se lo habían
llevado a Rosario para internarlo en un hospital un poco más equipado que el de
Río Cuarto. A su muerte, ellos decidieron enterrarlo allí, en el panteón que
tenían reservado. Aurora, su mujer, que sólo tenía lugar para el dolor, no
quiso abandonar lo único que le quedaba de su esposo. Pensó que aquellos
restos, sólo vestigios de lo que Germán era, debían quedar en la ciudad donde
crecerían sus hijos. Aunque fuera tan sólo para llevarle un par de flores cada
mes y llorar sobre su tumba.
Con esa fuerza maternal que sólo una
mujer puede tener en momentos tan difíciles, les dijo a sus cuñados que se
llevaría a Germán, para tenerlo allá, cerca de los suyos, cerca de sus hijos. Ellos
se opusieron terminantemente pero Aurora, sin hacer caso a las negativas, llamó
al gremio de ferroviarios y un vagón frío, oscuro y húmedo llegó para
transportar el féretro. Allí metió a sus cuatro hijos y al cuerpo de su esposo.
Cerró las puertas dispuesta a partir con todo el peso de las obligaciones en su
espalda. El tren iba a arrancar cuando sus cuñados, aglomerados alrededor del
vagón, comenzaron a golpear las puertas y a gritar obscenidades, negándole su
apoyo. “¡Puta! ¡Reventada! ¡Dejalo acá! ¡No te lleves a nuestro hermano! ¡Hija
de puta!” Y con esos insultos raspando sus oídos y su alma partió junto a los
suyos hacia Río Cuarto. Sin trabajo, sin marido y con cuatro hijos que debían
estudiar.
Pedro, su hijo mayor de quince años,
supo que su vida ya no sería la misma y que sus hermanitos jamás entenderían ni
compartirían lo que él había vivido. “Adulto, Pedro, ahora serás un adulto”, le
dijo su madre. Sus ojos miraron el cajón inerte que estaba en medio del vagón y
un reproche se presentó en su mente: “¿Por qué nos dejás? ¡Despertate!”.
Entonces, una lágrima cayó por su mejilla, anticipando el llanto que siguió
hasta muy tarde. Serían las últimas lágrimas que derramaría en toda su vida. Ya
su corazón se transformaba en piedra. Sus ojos perdieron la última mirada de
niño cuando supo que sus hermanos quedarían a su cargo.
Ese niño
convertido abruptamente en adulto era mi abuelo. Tal vez esté en este instante
charlando con su padre, Germán y su madre, Aurora. Quizás se estén riendo de
las inclemencias de la vida que desde allá arriba se verán tan insignificantes.
A lo mejor Pedro le estará pidiendo explicaciones a su padre. Pero hay algo seguro,
por lo menos para mí: están rezando por la familia que consolidaron y que los
recuerda desde acá.
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Félix
Giuliana Capellino
Desde chiquito me acostumbré a ver la
cara de tristeza de mi mamá, a mis hermanos entre juguetes viejos, con la ropa
que a mí ya no me andaba, a mi papá fuera de casa todo el tiempo luchando en el
ejército de Alfonso; a tener la alacena vacía, a compartir entre todos un mismo
plato de comida, bueno, ¿para qué seguir? Todo estaba devastado, parecía
irónica la denominación con la que solían hablar de mi país… “la bella Italia”.
El día que cumplí 13 años mi mamá
Felisa me llevó a su habitación, vi que tenía los ojos llenos de lágrimas, algo
me pareció extraño. Al ingresar me dijo que tenía miedo. El silencio se adueñó
de la sala húmeda en la que dormía, desde hacía un tiempo, sola. Me tomó la
mano y la puso en su pecho, le advertí que me ocuparía del alimento del día,
que se quedara tranquila, pero no era eso. Me pidió ahogada en llantos que
dejara Italia porque temía que dentro de poco me involucraran en el ejército al
que pertenecía mi padre Bautista y que me devolvieran al cabo de un tiempo,
como muchos otros, sin vida. Mencionó un país de nombre raro, no sé… me retiré
de la habitación asustado, corriendo.
Ese día mi casa era un desorden, mis
hermanos tan pequeños no entendían lo que realmente sucedía, me seguían porque
querían jugar conmigo y yo estaba anonadado, sólo me daba vueltas en la cabeza
lo que me había dicho mi mamá. Tampoco yo entendía muy bien lo que pasaba, pero
comenzaba a comprender.
Al mediodía nos sentamos en la mesa,
cada uno se sentó en frente a un bollito de pan ya distribuido sobre el mantel.
Mamá nunca comía, decía que nosotros necesitábamos comer para crecer, que ella
ya era grande y la comida era para los chiquitos. Inmovilizada, Felisa cortó
una manzana en tres partes, un pedazo fue para Juan, otro para Pedro y el
tercero para mí… Siempre resaltó la importancia de compartir todo, y eso
hicimos siempre, compartíamos hasta lo que faltaba.
Inmediatamente fui al cuarto, seguía
con las palabras de mi mamá en la cabeza. Cuando entré, vi sobre la cama un
pañuelo envolviendo algo y sus puntas unidas de manera que quedaba cerrado. Lo
abrí con la ilusión de que fuera una pelota, me emocioné hasta el punto que
grité con todas mis fuerzas… pero cuando lo abrí vi mucho pan, y pensé ¡qué
tonto! Era imposible, mi mamá nunca podría comprarme la pelota con la que
jugaban los hijos de los mandatarios.
Inmediatamente entró detrás de mí mi
madre y me dijo que nos apresuráramos, a media tarde salía el barco que debía
tomar para viajar a Argentina. De un sobre sacó un pasaje que me había mandado
mi padrino ya instalado en aquel país. Dentro del pañuelo lleno de provisiones
había un papel que tenía el nombre completo de mi padrino y una dirección, allí
debía llegar, él me estaría esperando.
Nos dirigimos hacia el puerto, mamá me
despidió muchos metros antes llorando disimuladamente. No quiso verme embarcar.
Me dio un abrazo tan fuerte y pegó su rostro tanto conmigo que sus lágrimas se
volvieron mías.
Había tanta gente que me perdí en la
multitud queriendo no mirar hacia atrás, ya bastantes recuerdos tenía de mi
mamá con ojos tristes.
El pañuelo pesaba un poco, por lo que
lo dejé a orillas del puerto y me senté a esperar. Pero vi un par de niños
jugando con un bollo muy grande de papel, era prácticamente una pelota. No
aguanté de las ganas y corrí con ellos hasta la señal de partida del barco, que
fue lo que me hizo reaccionar y darme cuenta que tenía que subir. Entre tanta
gente no encontraba la pañoleta verde con la que mamá Felisa me había envuelto
las provisiones. El barco anunciaba con bocinazos que estaba por partir y antes
de perderlo, me subí con nada. Lo único que llevé conmigo fueron las últimas
imágenes que tuve de Revello, de mi familia y algunas, un poco gastadas, de mi
papá.
Estaba solo, desprotegido; mi pasaje
de tercera tampoco me brindaba muchas comodidades. El viaje, sin embargo,
resultó ameno porque mucha gente que se encontraba en la misma situación me
ayudó a soportar la angustia.
Un día, como cualquier otro, en el
transcurso de mi emigración, me encontré con una jovencita de mi edad, nos
conocimos jugando de casualidad, se llamaba Francisca, nos hicimos amigos. Le
conté de dónde venía y porqué estaba allí; ella conmovida por mi historia se
propuso ayudarme, no podía creer que viajaba sin pertenencias, sin compañía,
sin destino. Habló con su familia. Al cabo de un tiempo, sus padres, el señor
Giustetto y su esposa me prometieron que me iban a proteger toda la vida, me
ampararon como si fuera uno más de ellos.
Pasó mucho tiempo desde ese entonces
hasta ahora. Yo, Félix Capellino, no hubiera sido nada sin la ayuda de la
familia que me acogió en aquel viaje. Pasaron pocos años de arribar en
Argentina cuando me casé con la hija de Don Giustetto y nos instalamos en el
campo de una zona llamada La Palestina que él compró para que trabajáramos.
Tuvimos una numerosa familia, 11 hijos y una casa grande para todos ellos.
A veces me pregunto qué habrá sido de
mi padrino, cansado de esperarme quizás se convenció de que nunca viajé.
Mis
hermanos menores, Pedro y Juan, vinieron a Argentina mucho tiempo después, y me
contaron que en el puerto, cuando partí, alguien encontró la pañoleta de
nuestra madre con las provisiones que me había preparado y mis documentos, y
ese día golpearon la puerta de casa, en Revello y le anunciaron mi muerte a Felisa.
Eso hizo que sus ojos dejaran de brillar más aún y se pasó la vida creyendo que
la mía había terminado a los 13 años.
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Milena Melgarejo
Nací en la provincia de Corrientes,
más precisamente en la ciudad de Bella Vista. Soy el segundo de catorce
hermanos. Mis padres, los dos muy jóvenes cuando yo llegué, vivían en el campo
y allí trabajaban.
A mis seis años comencé la escuela,
con mucho sacrificio porque para llegar a ella teníamos que caminar tres
leguas, mis hermanas y yo, con esos calores que dañaban nuestros pies
descalzos.
Pasaron tres años y ya éramos cinco
hermanos. La situación económica era bastante mala, y mis padres decidieron que
yo, el único varón hasta entonces, tenía que empezar a trabajar. Y así fue.
Comencé a trabajar en el invernadero de mi tío, y al poco tiempo arranqué a ir
a las cosechas de tomate.
Como las campañas duraban tres meses,
aproximadamente, no tuve otra alternativa que dejar la escuela. De cualquier
modo, lo más importante era ayudar a mi familia.
Cuando cumplí los trece años, ya
habían nacido tres hermanitos más, mi familia seguía agrandándose y las
cuestiones económicas empeoraban. Era desesperante, dentro de lo que yo
entendía, repito, con sólo trece años.
Era muy común que mi tío, el hermano
de mi mamá, viniera a almorzar los domingos a casa. Comíamos debajo de unos
algarrobos enormes, donde corría, muy lentamente, un poco de aire fresco.
Adentro era insoportable estar debido a que las temperaturas en el verano eran
muy altas.
En un momento, mi tío dijo que tenía
que darnos una noticia y nos pidió que le prestáramos atención. Nos comunicó
que le habían ofrecido trabajo en Buenos Aires, como cuidador de caballos, y
que quería llevarme con él.
A mis padres esta noticia les cayó
como un balde de agua fría; pero a los pocos días de haberlo pensado y
considerado entre ellos, aceptaron la petición. Me llamaron al patio de la casa
y dijeron cuál sería mi destino.
Sin decir una palabra y con un nudo en
la garganta, metí en una bolsa las únicas dos mudas de ropa que tenía, y en
tren, partimos hacia Buenos Aires. Cuando sentí encender los motores, mi
corazón se paralizó un instante. Yo, un niño de trece años, estaba dejando a mi
familia y una sola pregunta retumbaba en mi cabeza, ¿los volvería a ver alguna
vez?
Sin entender mucho lo que pasaba, tuve
que hacerme hombre y dejar de preguntarme por qué me había tocado vivir eso, en
cierto modo mi preocupación era otra, yo tenía que trabajar para ayudar a mi
familia y así, volver a vivir con ellos.
Al año siguiente le llega una carta a
mi tío con la noticia menos esperada; mi padre había fallecido en un accidente
laboral. No existen palabras para describir el dolor que sentí ese momento.
Lejos. Solo. En la distancia.
En Buenos Aires viví hasta mis quince
años, luego, viajé con mi tío a La Pampa y allí vivimos tres años, hasta que un
día recibí una llamada desde Mercedes, provincia de Corrientes, en la cual me
comunicaban que tenía que hacer el servicio militar.
Lo reconozco, tuve miedo, no sabía lo
que me esperaba allí; sin embargo, este sentimiento era el mismo que venía
sintiendo desde el día que me fui de la casa de mis padres. Llegué al lugar
donde me habían citado, me hicieron dejar mis pertenencias, y allí estuve siete
meses hasta que me dieron de baja.
Cuando salí, fui directamente a ver a
mi mamá y a mis hermanos. A la mitad de ellos no conocía. Pasé unos hermosos
días con mi familia y desde ahí emprendí viaje nuevamente, esta vez hacia
Formosa. Allí me esperaba mi tío. Vivimos muy poco tiempo, casi seis meses; no
había mucho trabajo y encima no nos pagaban bien.
Después, viajamos a Rosario, porque mi
hermana más grande, enterada de nuestra situación, nos había conseguido
trabajo. Durante tres años trabajamos en distintas obras de construcción, con
gente muy buena y humilde.
Allí sucedió que Uno de los capataces
nos dijo que se iba con su esposa a vivir a Córdoba, como empleados en un campo
llamado “La Stipa”, y que el dueño de este lugar les había dicho que necesitaba
tamberos.
Sin pensarlo mucho, mi tío y yo
emprendimos viaje hacia la provincia de Córdoba. Vivimos un tiempo en ese
campo, y luego conseguimos trabajo en el frigorífico del pueblo. A esta altura
de mi vida, con casi treinta años, y golpeado por todos lados, no tenía
esperanza alguna de poder formar la familia que siempre quise tener y me
arrebataron.
Un día me enteré que en el pueblo se
organizaba un campeonato de bochas, y como a la mañana siguiente no trabajaba,
fui.
Esa noche conocí a una bella mujer, de
pelo largo negro y ojos achinados, un poco tímida, pero a su vez se le notaba
cierta picardía. Me acerqué y hablamos un rato. ¡Ella atendía el club donde se
hacían los torneos de bochas! Desde que supe eso, fui todos los días durante
tres meses para conquistarla.
Al cabo de un tiempo nos pusimos de
novios, y en un año ya vivíamos juntos.
Hoy,
después de veintidós años de conocerla, seguimos juntos, con cinco soles de
hijos y un perro. Hoy, después de tantas tormentas atravesadas, salió el sol.
Hoy, tengo conmigo la familia que siempre anhelé.
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Italia- 1916
Agostina Medina
Era una tarde que no
solo el calor alteraba a la gente sino también la necesidad de huir de ese
lugar. Los barcos a la orilla de la costa esperaban su turno para salir. El
primer aviso fue para María y Anastasio quienes emprendieron el primer viaje
desde Italia a Argentina.
Una vez en el mar, las
olas provocaban que el gran barco se precipitara hacia un lado y otro,
provocando el mareo de los tripulantes. El bamboleo se incrementaba cada vez más
y se acercaba la tan temida noche.
La suerte estaba echada.
A media noche todos se encontraban en cubierta, cuando luego de una fuerte
explosión el barco comenzó a hundirse. Todo era caos alrededor de María y
Anastasio que no comprendía lo que estaba sucediendo, pero que, por instinto de
supervivencia, habían amarrado sus ropas a un gran trozo de madera.
La gente comenzó a
tratarse al mar para evitar ser absorbidos por el oleaje que generaba la nace
de hundirse.
Los hermanos,
se zambulleron sin soltar la madera y comenzaron a nadar lejos del gentío que
de a poco se ahogaba. El conocimiento que el poseía de las estrellas, les
permitió encontrar el rumbo. Nadaron hasta quedar exhaustos y cuando sus
esperanzas ya habían desaparecido, apareció el siguiente barco que los rescató
como los únicos dos sobrevivientes y los hizo llegar sanos y salvos a América.
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Estela Azul
Ana Laura Mazuecos
Ella, una vez más, robó un corpiño de
su madre y se ocultó en el cuarto. Buscó dos pares de medias y se armó como la
mujer que aún no era. Salió a trabajar de planchadora en la casa de una familia
bien posicionada. Con sus doce años, dibujaba el ángulo de la esquina del bar
con toda estela. Mario, que frecuentaba el lugar, la miraba todos los días,
deseoso de tenerla, hasta que un jueves decidió interceptarla para hablarle. Él
conocía la historia de vida de Delma: hija de una viuda joven, pobre y con dos hermanos
lactantes. Podría desposarla un buen día y sacarle un peso de encima a Doña
Antonia.
Tres meses después, Delma ya no usaba
ropa interior ajena. Quería ser niña por siempre, pero un acuerdo entre mayores
y un altar estaban definiendo su destino. Por última vez decidió llorar como
una niña, patalear y bañar en lágrimas un vestido de novia prestado. Delma se
casó y así cumplió el sueño de toda muchacha, pero el problema era que este
sueño estaba fallado, ocurrió inesperadamente y con una persona que jamás
amaría. Fue así que la sacaron del pueblo, le quitaron su media infancia que
aún conservaba, le destriparon la inocencia y la virginidad. Luego de unos
meses de casada, tuvo la oportunidad de
ver una vez su sangre derramada, ya que después debió entregársela, sin opción,
al niño que fecundaba su vientre.
Pasaron tres años y su vida fue un
suplicio. Su matrimonio era un fracaso, su marido se ausentaba día de por
medio, pero cuando regresaba sólo era para mostrar su borrachera y perfumar el
aire con violencia. Delma prefería que él no estuviese en casa, aunque la
comida escaseara y debiera cruzar dos campos hasta la casa de Isabel a buscar
agua del pozo. Además, caminar le sentaba bien, Isabel era una mujer agradable
que siempre tenía una rebanada de pan y una taza de leche para sus dos niños.
Estar en la casa de su vecina le hacía olvidar de su vida infeliz.
Una tarde, apareció el hermano de
Isabel en la casa, quien volvía de la Colimba para instalarse allí. Delma quedó
impresionada porque él la saludó respetuosamente una vez y luego no volvió a
mirarla en ninguna de las visitas que ella hacía a la casa. Muy distinta de la
relación que había entablado con Lucía y Cilio, los pequeños, a quienes trataba
con dulzura.
Una noche, Delma llamó
desesperadamente a la puerta de Isabel quien la encontró toda golpeada y
llorosa. Ella le contó que Mario había llegado borracho, había golpeado y
gritado y se había marchado. La amable mujer la hizo pasar y buscó
tranquilizarla. En ese momento en que Isabel limpiaba el rostro de la joven,
apareció el hermano, Sixto, a quien los sollozos habían despertado. No pudo
evitar sorprenderse al ver en el rostro de la muchacha vio el retrato del dolor
en cada herida. De inmediato le dijo a Delma:
-Arme sus cosas señorita, usted se viene
conmigo.
La decisión no dio lugar a la duda.
Salieron para la casa a juntar las poquitas pertenencias que Delma podía
necesitar. Mientras ella armaba su bolsito, irrumpe en la casa Isabel
exclamando:
- ¡Apúrense, allá viene Mario como un
toro cruzando el campo!
Ya no les quedó más tiempo. El
muchacho cargó en sus espaldas a los niños y ella se aferró a su maleta.
Corrieron por la parte trasera de la casa atravesando el yuyal que se habría en
el paso dejando ver un camino. Debieron atravesar un alambrado que delimitaba
el terreno y fue allí cuando Sixto pudo avanzar, pero ella enganchó su vestido
azul en la púa de alambre. Mario se acercaba a la casa y alcanzó a ver a su
mujer escapando. Por lo que enfureció y corrió pisando las huellas frescas que
dejaban los fugitivos. Delma lo vio venir y temió, temió como nunca que su vida
fuera igual al día siguiente, pero tomó valor y arrancó de un tirón el vestido
rasgándolo para poder continuar su fuga.
Mario
estaba tan borracho que un tropiezo impidió que continuara tras ellos y los vio
desaparecer entra la noche. Él nunca fue a buscarla, pero se acercó cada día de
su vida a contemplar la estela de aquel trozo de vestido azul.
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Historias de vida que marcaron la mía
Ayelén Altamirano
Luego de la muerte de mis bisabuelos
maternos, mi nono, de diez años, junto con sus hermanos más pequeños fueron
enviados por su hermano mayor de veinte años a trabajar a diferentes campos y
de esa manera ganarse la vida. Como tenía que trabajar en el tambo, cuidando
animales, arreglando cosas, no tuvo la posibilidad de asistir a la escuela.
Se casó con mi nona, la cual conoció mientras
trabajaba en un campo cercano al de ella, se casaron y se mudaron al campo en
el que él trabajaba como peón. Tuvieron
dos hijos, mi mamá y mi tío. Al fallecer mi nona y tío, se trasladaron al
pueblo. Mi nono utilizaba su pulgar como símbolo de firma. Al casarse mi mamá, se
mudó una casa al lado de la cual se crió
y habitaba mi nono. Mi hermana mayor fue la que pudo aprovechar su cariño y
compartir muchas experiencias. Cuando ella tenía ocho años le enseñó a escribir
su nombre y eso fue lo único que él aprendió a escribir.
Una
historia similar fue la de mi nona paterna. Cuso hasta segundo grado, la
condición de vida no le permitía asistir al colegio, pero cada día se esforzaba
por aprender. Recuerdo que me contó que
cuando tuvo la posibilidad de tener un
libro propio, “Las Mujercitas se Casan”, lo leyó tres veces para
practicar lectura mientras la mandaban a cuidar los animales.
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Bisabuelos Esther y Antonio
Corina Meichtri
Asturias, España (1924)
Mientras empacaba sus pertenencias,
Esther se preparaba mentalmente para afrontar el gran cambio que se avecinaba
en su vida: dentro de unos días partiría, junto a su marido Julián y sus dos
pequeños hijos, Manuel y Antonio, hacia tierras desconocidas, a encontrarse con
la lejana América. El fin de tan largo viaje era escapar de la guerra en la
cual Julián había sido reclutado. Esther no podía evitar pensar en su madre
que, con tanto amor, la había preparado para afrontar los retos de la vida. El
lazo que las unía era tan fuerte que estaba convencida de que su partida sería
algo temporal y de que en un breve lapso de tiempo volverían a reencontrarse.
Así que, una vez que hubo terminado de preparar lo que creía necesario para el
viaje, aprovechó que Julián había regresado del trabajo y se podría quedar a
cuidar a los niños, para ir a despedirse, otra vez, de sus raíces.
Luego de
conversar largo tiempo con su madre y su hermana menor, se dirigió a la que
antes había sido su habitación de paredes rosas y osos de peluche, reacomodo en
su cama los almohadones con forma de flor, trasladó una pequeña silla celeste
que su padre le había construido cuando era una niña, y se sentó a observar las
estrellas, mientras imaginaba, más que su partida, su regreso.
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Infancia cómplice
Florencia Andrighetti
La cueva huele a chocolatada y
galletas. Una puerta de colores, luces tenues que iluminan esta noche larga
entre risas y enojos infantiles. No estamos todos, sólo este trío que alcanza
para que las horas sean segundos. Papá y mamá duermen sin saber que se levanta
en la magia de la niñez una enorme fiesta nocturna. Silencio, es un secreto. No
podemos despertarlos. Cartas, juegos y un tarro de gelatina robado de la
habitación vecina. La magia consiste en mantenernos despiertos, pero mi corta
edad no sostiene mis párpados cansados y me hunde la marea atrapante desde la
orilla del escondite. Sigan sin mí.
Pero no, me despiertan esos cuatro
ojos gigantes y brillosos entre voces bajas que chillan:
- ¡Florencia,
el que se duerme pierde!
Y yo no quiero perder, eso haría a las
burlas de mañana. El reloj empuja las agujas con un viento veloz que las
aprisa. De pronto una carcajada canta en el aire y otra vez, silencio. Desde la
otra habitación se escuchan las fuertes pisadas del monstruo que viene a
matarnos el insomnio y dormirnos de un reto.
- ¡Rápido,
Germán! Apagá la luz.
Natalia nos hunde a todos debajo del
colchón que minutos atrás me pareció que era un barco y una sábana nos tapó
hasta las narices. El picaporte se movió despacio.
- ¡¿Qué
hacen?! Germán: a tu pieza.
Y así
perdimos al capitán. Cabeza gacha, ojos de pronto dormidos, ceño fruncido. Se
fue, y detrás papá cerró la puerta y se hundió en el sueño. Minutos de silencio
en la oscuridad hasta que la primera valiente prende la luz. No todo está
perdido. Ahora todo debe hacerse con más cautela, tardamos demasiado en cada
paso en puntas de pie. Movimientos lentos, no nos choquemos nada. Abrimos
lentamente la puerta que se hizo ruidosa y en pequeños suspiros gritamos al
capitán que vuelva, no hay moros en la costa, y así se hizo, y las horas
volvieron a su ritmo normal, esto es, veloces como el viento incesante que no
se cansa en la felicidad hermanada de sangre. Un ir y venir de fantasías entre
telepatías conectadas. Pero pronto, el misterio nocturno es derribado por el
sol que derrite los cristales. Hemos arribado. ¡Hasta la vista! Nos veremos en
un próximo encuentro secreto.
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Mi historia fundacional
Julieta Domínguez
Lo que les voy a contar, sucedió antes
de mi nacimiento. Antes, incluso, que el
de mis padres.
Era yo niña cuando supe de la historia
familiar. Recuerdo haber estado jugando en la galería de la casa de mi abuela.
Yo la oí de su boca y ella, no lo supo.
Lo que mi abuela decía no era del todo
claro. Ella le hablaba a su hermana y yo no comprendía por qué hablaban de sus
padres con tanto misterio.
Entendía que algo se estaba omitiendo.
Era fácil saberlo, cuando se debía pronunciar una palabra, se hacía silencio o
podía ver a mi abuela abrir grande sus ojos a modo de alerta para que, dicha
palabra, no se dijera.
Pero la conversación fue larga y ellas
olvidándose de mí, sin darse cuenta, la dijeron. Nombraron la palabra y seguido
vino una oración que se detuvo en mi memoria y que, hoy, puedo al fin, yo,
decirla. Me he sentido desde entonces como aquellas que trataban de omitir lo
importante.
Aquel día, sin recato, ellas lo habían
dicho todo sin saber que yo las había oído. Las escuché y mis sensaciones se
revolvieron. Pensé en mi primito, casi de mi edad, con el que siempre jugaba y
entendí, luego, por qué no debía haberme enterado de aquella historia que, a la
vez, entiendo ahora, era mí historia y merecía saberla.
Traigo a mi mente la imagen de mi
abuela y recuerdo a sus padres, protagonistas de aquella charla que llegó a mis
oídos en la niñez. Era la historia de su amor, la de mis bisabuelos. Sí, el
secreto rondaba en eso. Una historia de amor tragicómica que desencadenó en mí;
en la posibilidad de mi existencia.
El misterio estaba sobrecargado de
“pecado” según los ojos de algunos, tal vez de ellos mismos, no lo sabré.
Mis bisabuelos paternos eran primos
hermanos, así patentaron su vínculo. Muchos hablaban de que se habían
condenado, yo no lo creo.
Gracias a ellos, nació mi abuela quien
me enseñó mucho de lo que sé y me crió. De ella, mi abuela, nació mi padre y
fue él quien me dio la oportunidad de estar aquí, en este mundo.
Se sabe que el amor sufre de locura,
que trae arraigado en el aire finos hilos que unen a personas sin importar sus
condiciones, posiciones, creencias, ideales. Diría que carece de respuesta a
todo “por qué ocurren estas cosas”.
Por suerte, no tengo necesidad de
preguntármelo. Sólo sé que confío en mis orígenes, en cómo se ha ido escribiendo,
en los puntos y comas, en los interrogantes, exclamaciones; en sus propias
equivocaciones, tachaduras y correcciones. Pero creo firmemente en su lucha, en
sus deseos de ser y seguir juntos.
¿Yo juzgarlos? ¡Jamás! No, no hay
modo. Mi abuela, ese ser que me da luz, al que tanto le debo, justifica y
perdona todo. Ella, no es más que un puñado del amor que me legaron. Una de las
personas que más amo.
Ella,
Blanca, es eso. El blanco que acompaña al negro, a la claridad. Es mi abuela.
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Mariana Cattani
Entre 1876 y 1976 cerca de 26 millones
de italianos salieron de su tierra natal en dirección a varios puntos del
mundo. Una gran parte de estos inmigrantes partió desde el puerto de Génova,
pero también partieron desde Sicilia y de puertos en otros países europeos.
Agustín Cattani junto a su esposa
Delfina Montali, viajaron uno de esos barcos para poder escaparse de la guerra
de la cual su país pertenecía. Olas oscuras y enormes se levantaron hasta la
cubierta del barco y caen sobre ellas con un estruendo. Las velas se levantaron
hasta la cubierta del barco y caen sobre ellas con un estruendo. Las velas se
tensan y se rasgan, solo una de ellas resiste, como si fuera de hierro. De
pronto se oye un fuerte ruido y todo el barco se sacude.
La tormenta se había desatado dos días
después de que zarparon de Génova. Las personas allí presentes miraban como el
velero daba bandazo entre las olas, y todos tuvieron que lidiar con el mareo.
Apaciguaban el estómago comiendo pan y tomando leche, llevaban una jaula antimoscas
donde estaba la carne condimentada con la sal, que cocinaban luego. En son de
broma decían que su comida era más sabrosa cuando salía de su boca que cuando
entraba.
El barco avanzaba sacudiéndose hacia
el este, pero el capitán y los tripulantes no estaban preocupados, sabían que
el viento pronto cambiaría de dirección y enviaría la nave hacia el oeste.
Al amanecer, Agustín y su capitán
evaluaron la situación. Los daños eran terribles. De repente, un ruido
atronador y chirridos de maderas se oyeron a borde del barco. Los hombres que
estaban en cubierta, buscaron un sector del barco más seguro para las mujeres y
niños que estaban allí, temerosos de que los cables cayeran sobre sus cabezas.
Sin nadie que la sostuviera, la puerta superior se vino abajo. Los tripulantes
quedaron boquiabiertos.
Después de
otros tres días agotadores de navegar en aguas turbulentas, el barco por fin
llego a destino. Los hombres ayudaron a descender a las mujeres y niños que
estaban tan asustados que lloraban desconsoladamente abrazándose todos juntos
por haber llegado a salvo a destino. Su terrible viaje había terminado. Pero
las lecciones que habían aprendido y las huellas que en ellos había dejado su
capitán permanecerán por el resto de su vida.
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Marisol Nespolati
Historia fundante: fe de erratas de
dos piamonteses.
Aproximadamente en 1915 llegó la
familia Costamagna desde Italia a habitar las amplias tierras del campo
argentino, cerca de un pequeño pueblito llamado Ticino.
Al igual que el aceto, era de agrio el
viejo. Severino, su mujer y cuatro hijas, allí, ínfimos en la inmensidad del
campo verde… un verde que poco a poco, con el paso del tiempo se fue
percudiendo del blanco y negro del bovino, de la lana de las ovejas, del oro
del trigo, del rojo del sorgo…
El viento soplaba risas chillonas,
vocecitas agudas que se fueron intensificando con el tiempo, al igual que el
mal humor de su padre al ver que sus hijas ya tiraban para solteronas. El alto,
el serio, el viejo ya tenía pelo blanco y se mezclaba con el del rebaño.
Pero en algún momento Se sumaron tres
voces más graves que las del viejo, voces que venían a hacer la labor que él ya
no podía. Hombres que se fueron posteriormente con sus respectivas hijas, esas
que don Severino las había engendrado en el vientre de su mujer y ahora las
daba como parte de pago.
La peor de las suertes la tuvo la
menor, Irman. Tenía veintiún años y ahora se encontraba casada con un campesino
piamontés igual que ella, que había viajado igual que ella, rubio como ella…
pero con veintisiete años más. El problema, sin embargo, no era ese, ya que era
común en la época. El problema era que ella no se quería casar y quería leer en
el portal de su casa hasta viejita.
Pero ahora estaba con esposo, Domingo,
arruinado por el frío, el calor, el trabajo de sol a sol bajo el resplandor,
que había hecho desde pequeño. Ella,
niñita de bien, tenía que compartir su vida sin amor y con la presión de buscar
un hijo para embargar su futuro. De todas sus metas, ninguna se había cumplido,
mientras que las de Domingo habían superado sus expectativas: había concretado
matrimonio con la hija del patroncito. Sin embargo, se había impuesto una
condición: iban a poder tener una casa digna el día que tuviesen un hijo varón;
Severino les había negociado que si le daban un nieto varón, él les daba una
casa en el pueblo en el momento que le confirmaran la noticia.
Por suerte del destino, o no, no solo
tuvieron un varón, sino dos. Por el primero les dio la casa y por el segundo,
una cosecha.
De allí,
la suerte y el enternecimiento de Irman fueron dando un giro, y aunque amó a su
marido luego de tener dos hijos, fueron mi papá y mi tío quienes cambiaron la
desdicha de sus vidas, de la de mi abuelo, de la de mi abuela…
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Micaela Pereyra
Cerró su baúl con candados y asegurándose de perder las llaves tapó sus
ojos y las tiró hacia la nada con la fuerza de un animal; luego de esto subió a
otra montaña más alta a vivir. Su baúl quedó en la casa vieja junto a las
manchas de humedad y abandono.
- ¿De
dónde venís?, ¿Quién sos? Le preguntó una voz.
No supo que contestar. Para eso tuvo
que volver, bajar a la otra montaña y arrodillarse entre la desolación a roer
con sus desgastados dientes, como una rata vieja y con hambre, los candados
para abrir ese baúl aun sabiendo que iba a encontrarse con su todo podrido,
morado verdoso, ya sin poder volverse a usar. De antemano suplicó al cielo
encontrarlo así, temía no poder soportar el dolor.
En silencio sanador subió otra vez a
su hogar. Su pasado había muerto de Alzheimer.
La lluvia comenzó a caer finita y en
gran cantidad abrazando sus pestañas, uniéndose con la sal de las lágrimas que
estaban ahí, en sus expresiones, fundiéndolas en ella. Caminó despacio, entre
piedras grises y cascadas de agua helada que llevaban en sus bolsillos peces
grandes que se habían robado el atardecer. Se detuvo por un momento, se sumergió lentamente en el río y le pidió por favor que arrancara de la raíz de sus cabellos los restos de
recuerdos que se estaban quedando sin memoria corriendo el riesgo incluso de
desaparecer.
De a partículas se fue desintegrando junto al
dolor todo su ser. Siguió su curso con
el río siendo nada durante toda la tarde hasta que en el musgo de una piedra volvió a nacer.
Había tenido otra oportunidad. Estaba
teniendo un nuevo inicio.
Ya en su hogar, de madrugada junto al
fuego inquieto de las brasas la voz reapareció como humo, bailando detrás de
sus orejas y suavemente volvió a preguntar…
- ¿De
dónde venís?, ¿Quién sos?
El río le había dicho la respuesta:
- Soy barro, soy maíz, soy Cielo,
Tierra y Mar. Soy polvo de estrellas que tiene la alegría de ver el alba, el
viento en los árboles, la luna nueva. Soy alma que sueña con flores, soy el
cuerpo por donde la sangre corre hirviendo,
mis pies se funden con el barro, son raíces que se nutre de esa lluvia
que deja el perfume de la tierra mojada y que lava los dolores. Soy una
creación de amor. un pedacito de Big Bang. Soy parte de la Pacha. De ahí vengo
yo. Y eso me alcanza para vivir feliz. Contestó.
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Ornella Cecchini
Tu papá y yo éramos tan jóvenes,
apenas estábamos dejando atrás la adolescencia, pero nos enamoramos, como quién
dice "amor a primera vista". Nos casamos y, al poco tiempo,
comenzamos a anhelar la llegada de un bebé, pero Dios no lo enviaba; pensábamos
que tal vez no era el momento, que tendríamos que esperar o que, quizás, nunca
llegaría. Y luego de cuatro largos años de espera recibimos la esperada
noticia, íbamos a ser padres de un niño.
Tan complicado fue mi embarazo, meses
en cama, dolores, miedos... y sufrir, justo en ese momento, la pérdida de mis
padres. Pero vos estabas llegando, vos me dabas las fuerzas que necesitaba, la
emoción de saber que pronto ibas a nacer me ayudaba a seguir a adelante.
17 de mayo de 1983, 4. am, las
contracciones empezaban... Tan solo hacía siete meses que estabas en mi
vientre, los médicos hicieron lo posible por detener el trabajo de parto, pero
no pudieron hacerlo y dos horas más tarde naciste.
- Lamentamos darle esta noticia, pero
hay pocas posibilidades de que el niño pase la noche. Puede ir a verlo si
desea. Dijeron los doctores.
Tan chiquito, tan débil, tan
indefenso; en la incubadora, lleno de tubos, tapadito con una sábana blanca.
"Hijito por favor sé fuerte", te decía mientras se me caían las
lágrimas.
- ¡Está sufriendo un paro
respiratorio! Gritaban los enfermeros, y yo, sin poder ayudarte. "Por
favor no te vayas hijo, por favor no te vayas"...
Las horas pasaban y se convertían en
días... y a medida que transcurrían empezaste a mejorar. Te habías salvado, pero
por desgracia habías perdido la vista. Eso no importaba, estabas vivo y tu papá
y yo prometimos darte una vida muy feliz.
Cuando diste tus primeros pasos,
notamos que de un modo u otro, siempre llegabas a tu mamadera, o a tu juguete
preferido. ¿Cómo puede ser? Pensábamos. "Tal vez es costumbre, siempre
dejamos las cosas en el mismo lugar". Y comenzamos a cambiarlas, pero vos
igual encontrabas lo que buscabas... Un día fuimos a un control y el doctor nos
dio la gran noticia:
- Su hijo ve. No demasiado, pero sí lo
suficiente para poder manejarse solo.
A medida que ibas creciendo, tu
dificultad te acompañaba, pero eso no te impedía desarrollarte fuerte y feliz
como los demás niños, eras muy inteligente.
Cuando llegó la hora de empezar la
escuela, decidimos mandarte a la escuelita del barrio, vos estabas muy
entusiasmado. "Quiero aprender mamá", me decías. Sin embargo, al
tiempo comenzamos a notar desilusión, tristeza y desinterés en vos. Te
preguntamos qué te pasaba.
- La señorita Gloria no me quiere, dice
que por mi culpa se atrasa la clase, escribe en el pizarrón con letra chiquita
para que yo no vea, no me corrige mi tarea, no me escucha y dice que tengo que
ir a una escuela donde los nenes usan bastón blanco... ¿Qué quiere decir eso?
-Y te tiraste a llorar en mis brazos...-
Inmediatamente fui a la escuela a
hablar con tu maestra, pero ella insistía con que vos no veías, que necesitabas
una maestra especial porque ella no podía con todo, que le dificultabas la
clase. Y ante la impotencia y la injusticia te cambiamos de colegio, claro que
la situación no era la misma, te sentías más cómodo en tu nueva escuela, pero
los problemas seguían...
- ¡Miren! ¡El cuatro ojos! Te decían
tus compañeros, entre tantas otras tonterías de chicos que tuviste que soportar
siempre.
Pero
pudiste entenderlo, eras igual que cualquiera de ellos. Y nunca te diste por
vencido... Afrontaste las dificultades de la vida con inteligencia. Siempre
amaste estudiar, y lo hiciste durante toda tu vida; con tu lupita y tu velador,
pasaste noches enteras leyendo esos libros enormes que tanto disfrutabas. Esas
"dificultades" que parecían ser insuperables, hoy ya no existen. Y
continuás la lucha que tuvimos nosotros ante las injusticias sociales y la
discriminación que existió y todavía existe. Sos el orgullo más grande que
tenemos.
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Evelyn Oliva
Ella habitaba en un pueblo pequeño, él
en un desolado campo. Ella vivía con su papá, su mamá y cuatro hermanas. Él con
su papá, su mama, seis hermanos varones y un sequito de animales de granja. Con
varios kilómetros de distancia surgió esta hermosa historia de amor.
Allá por el año 1965 comenzó todo.
Cuando se esperaban con ansias “los bailes” multitudinarios ya que había solo
dos en el año. Así se cruzaron, bailando. Sobraban las palabras, entre miradas
se dijeron todo. Se unieron al ritmo de la música y nunca más se separaron.
Hoy se complementan, lo que le pasa a
uno le pasa al otro, jamás se dejan solos sin importar la situación. 50 años
después con toda una familia fundada por ellos, sus miradas siguen persistiendo
como el primer día, el brillo en los ojos, sus sonrisas y el amor.
Amándose
tantos años me enseñaron lo que son los sueños y como estos se concretan, el
valor de las pequeñas cosas, el respeto, como todo llega cuando se quiere. Me
enseñaron a perseverar, a saber esperar. Ellos fundaron mi historia personal.
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2 - la anécdota: un resguardo de cómo hemos vivido las escenas que vale la pena recordar
Hemos trabajado
en la recuperación de escenas de familia; algunas que venían rodando despacito
de generación en generación y que nosotras recuperamos para renovarles la voz;
otras vivenciadas por nosotras mismas, en el más acá de la anécdota recordada
con tristeza, con alegría, con asombro, con orgullo.
En ambos casos,
hicimos el esfuerzo de explayarnos en las descripciones, intentando
comprender por qué se actuó así: por qué una madre envía a su hijo todavía niño
hacia un remoto lugar de esperanza; por qué una abuela juega con su nieta al
regreso de la escuela…
Les proponemos
ahora un nuevo ejercicio, todavía en la línea de recuperar episodios vividos
que por alguna razón no olvidamos, pero con nuevos desafíos que encontrarán en
la consigna que acerca unas ramitas al fogón para que continúe encendido y nos
convoque a contarnos más secretos de mujeres…
2.1 consigna de escritura: "entre mujeres"
Abrimos este
segundo foro para invitarlas a una nueva tarea de escritura. La propuesta es
pensar y reconstruir una escena particular vivenciada con alguna mujer de la
familia: madre, hermana mayor, tía, abuela (valen también las tías postizas,
esas del corazón, y todos los postizos, pero no -en esta ocasión- las amigas).
A partir de esa
escena recordada, van a escribir una anécdota, con las mayores precisiones, es
decir:
- describiendo
el escenario, el contexto
- recuperando (o
reinventando) diálogos
- caracterizando
a los personajes o actores intervinientes a través de sus rasgos más
significativos
- concluyendo
con una reflexión en torno a cómo aquella escena nos afectó
Extensión: una
página aproximadamente. Es libre la temática y el estilo: puede incluir o
basarse en el humor (de todos los tonos posibles), en una revelación, en una
confidencia, en un descubrimiento, en un enojo, etc.
De cuando las tardes eran en el cielo
Natalia Mana
Estrelicia, flor de jardín
Despréndete del tallo
Echa a volar.
(Haiku propio)
Por
aquellos años de infancia reduje mi compañía a una sola persona, una verdadera
amiga, maestra y compañera de aventuras. Aunque lejanos ya, esos años resuenan
como eco cuando tranquilamente evoco la felicidad.
Josefina
contaba con un reducido y delgado cuerpito, mucha vida, muchos años al lado de
mis nimios seis. Cualquier signo de longevidad era disipado por su diáfana voz,
¡y claro!, cómo no quererla para que sea mi mejor amiga si todo en ella era
perfecto, pero lo que más me gustaba eran sus ojos azules que siempre fueron,
es decir, de ella y míos, nuestro cielo a la hora de viajar.
Recuerdo
perfectamente como si fuese hoy, o la tarde de ayer, cuando salía de la escuela
y la ansiedad, característica que mantengo firme hasta el momento, me hacía
correr hasta casa, casa en la que aún hoy vivo, veinte años después. Con esa
misma velocidad hacía la tarea de la escuela, con su ayuda -la de Josefina,
claro está- las primeras letras, sumas y restas fueron pura alegría. Al cerrar
mis cuadernos lo mejor de todo era escaparnos por las tardes a algún país
desconocido.
Con
mi compañera de viaje, en aquel tiempo, emprendíamos ausencias tan largas y a
lugares tan remotos que creo no me alcanzaría esta historia para describirlos a
todos. Nunca subí a un avión, jamás
viajé más lejos que a Jujuy, pero cuando tenía seis fui a Italia pasamos por
Costa rica y Brasil.
Por
cuestiones de razonamiento básico, un avión, ese enorme pájaro de hojalata que
surca cielos, debe pesar unos 200.000 kilos aproximadamente -de este dato no se
fíen porque los números nunca serán mi fuerte-
en nuestro caso, viajeras improvisadas, no contábamos más que con una
gran habitación con vista al jardín, que hacía las veces de sala de espera para
los pasajeros que tomaban ese vuelo y de aeronave al mismo tiempo, unas cinco o
seis sillas que oficiaban de butacas en nuestro aparato volador. Hasta aquí
todo muy liviano. Nada de lo que teníamos lograba ni siquiera igualar la mitad
del peso de un aeroplano de esos que despegan en los aeropuertos, quizás, lo
único que conseguía parecerse a ese monstruoso aparatejo eran aquellos
pesadísimos fierros de acero y un par de manivelas que componían una vieja cama
ortopédica, lugar de residencia de Josefina desde hacía tres años ya. Con el
paso del tiempo al igual que un tren abandonado sobre rieles, los frágiles huesos
de mi compañera de excursiones se fueron oxidando hasta que no sirvieron más de
sostén para su diminuto cuerpo. Jamás su imposibilidad física fue impedimento
para volar. Sólo era cuestión de tomar una de las manivelas, enderezar su
pequeñísimo cuerpo simulando una butaca, acomodar nuestros cinturones, pedir
pista y tomar el mando de nuestro avión.
-
¿Adónde viajamos hoy, nena?- me decía, Josefina, con tierna voz.
-¿Qué te parece si a Paris, abuela?- le
contesté a punto de despegar.
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Agostina Medina
No
recuerdo el día exacto en el que pasó, pero si sé que estábamos en lo de mi
abuela con cuatro primos. Nos gustaba ir a la casa de nuestra abuela porque
tenía un kiosco y siempre nos regalaba algún chocolate, chupetín o caramelo.
Ese
día, que estábamos Yain, Miyen, Diego, mi abuela y yo, estaba muy caluroso y
todos ayudábamos en el negocio para que luego mi abuela nos pagara con alguna
golosina. Había llegado mercadería y mandó a mi prima la mayor a ponerle
precio, mientras yo la ayudaba a guardar las cosas en los estantes.
A lo
lejos vi una caja y dentro de ella una bolsa grande de caramelos de gomas de
todos colores que a mi tanto me gustaba y, yo no lo dude, fui hasta la caja,
saque la bolsa y la escondí para llevarla a mi casa.
Al
terminar la mañana, mi prima Yain le cuenta a mi abuela que había faltado una
bolsa, que en las boletas la habían cobrado y en las cajas no estaban. Mi
abuela, preocupada, llama a la empresa que le había traído el pedido
comentándole que se habían olvidado de dejar una bolsa de caramelos y ellos
insistían que la habían llevado y que estaba dentro de la caja.
Por
la tarde, nos llamó a todos los primos y nos hizo sentar alrededor de una mesa,
solo ella, que nos preguntaba si habíamos sacado esa bolsa y solo yo
contestaba:
-“Fue
la Yain, ella estaba marcando las cosas”- y fue ahí, donde todos comenzamos a
gritar y a echarnos la culpa unos con otros, hasta que mis lágrimas me
delataron y dije la verdad.
La
única respuesta que tuve fue de mi abuela que riéndose me decía:
-“¿cómo
te vas a llevar una bolsa de caramelos Agostina?, te van a agarrar parásitos y
después no quiero que a media noche llores porque te pica la cola”.
En ese momento mis primos me señalaban y se
reían junto con mi abuela.
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Ayelén Altaminaro
Los domingos, el día de reunión familiar. A las diez la hornalla ya estaba prendida, mi
nona amante de la cocina, comenzaba desde temprano a cocinar, para que cerca
del mediodía ya estuviera todo listo y así saborear los riquísimos platos que
hacía. Como nieta inquieta me acercaba a curiosear y si estaba de buen humor
Rocita, me dejaba hacer algo. Me iba acercando de a poquito a la mesada, la
observación comenzaba desde la silla de la esquina de la mesa en la que me
sentaba a desayunar. Una vez cerca comenzaban las preguntas y el ¿puedo probar?
Mi nona me contaba cómo cocinaba su mamá y que ella aprendió observando.
Siempre me acercaba mayormente para que me cuente historias porque en si era
muy pequeña para que me dejara cocinar. Nunca reveló sus secretos, había un
condimento que le daba un toque a la comida inigualable y sabía que lo sacaba
de la quinta, ya que me iba detrás de ella a curiosear. Era muy restringida,
siempre con la frase en la boca “observado se aprende”. Así también pasó con la
ronda del mate, al ser la más chica nunca tomaba mate. “Al último y cuando esté
tibio te cebo uno”, pero nunca estaba tibio, cebaba desde la hornalla
encendida. Una vez por estar metida en la cocina, el horno al ser viejo exploto
cuando se estaba calentando, pero me asuste, no me hizo nada. Y a partir de ese
día siempre parada del otro lado de él. A medida que iba creciendo me dejaba
integrarme en la preparación de la comida y aún más cuando hacia ñoquis. Me
dejaba pasarlos por el tenedor para que adopten una bella forma, porque era
eso, porque no aportaba nada en el sabor ni cocción. Eso me contó mi nona. Hoy
en día no soy una cocinera profesional, pero me las ingenio cocinando. El amor
que tenía ella hacia la cocina me genero el gusto por cocinar. Y cada vez que
realizo una comida trato de que me quede como la de ella, pero es imposible
porque me falta el condimento secreto que utilizaba.
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Corina Meichtri
Cuando
el otoño se iba despidiendo, mi tía Chiche, fue de visita a mi hogar en su
flamante auto blanco e impecable, a pedirnos a mi mamá y a mí que la
acompañáramos al vivero de Martín porque estaba obsesionada por comprarse una
palmera, pero no cualquier palmera. Quería la misma que se encontraba decorando
el magnífico patio de su vecina Estela, quien le había contado que el nombre
especifico de la tan bella planta era palmera “pindonga”.
Tanto
a mí como a mi madre nos desconcertó la denominación de esta variedad y la
interrogamos en varios momentos acerca de si estaba segura de que realmente era
ese el verdadero nombre de la hermosa palmera. Ella, muy convencida y
determinante, nos contestaba que sí mientras ya nos encontrábamos de camino al
vivero.
Una
vez en el lugar, recorrimos los pasillos plagados de diferentes plantas,
algunas coloridas y otras no tanto, hasta llegar al sector de las fabulosas
palmeras (según mi tía), pero sus tamaños no la dejaban convencida por lo que,
con su predisposición y energía características, se dirigió hacia el vendedor
que se encontraba atendiendo a un reconocido médico de la ciudad, y le preguntó
con su voz chillona y elevada “¿Tiene una pindonga más grande? Porque yo quiero
una que ya esté crecida”. Al oír esto y ver la cara que puso el vendedor cuando
levantó la vista de los coloridos plantines, mi mamá y yo salimos, casi
corriendo, del local y la esperamos en el auto.
A los pocos minutos, mi tía también salió muy
ruborizada del local y, una vez dentro del auto, nos contó, en medio de
carcajadas, que el vendedor le aclaró que la variedad no era “pindonga” sino
“Palmera-Pindó” y que su cara se transformó
inmediatamente al sentir el calor de la vergüenza, por lo que se fue sin
despedirse y sin su deseada palmera “pindonga”.
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Evelyn Oliva
Los
días eran coloridos, añoraba el momento de terminar las clases de primaria para
ir a vacacionar a la casa de mis abuelos. Emprendía el viaje con una felicidad
absoluta, durante 100 km observaba campos, vacas y algún que otro animal. Era
una odisea descansar allá, con solo pensarlo me sentía plenamente feliz.
¿Cuándo llegamos? Le preguntaba a cada ratito a mi papá. –“No seas ansiosa”
respondía y seriamente me decía “sentate bien y abrochate el cinturón, que
todavía nos falta rato”. No era tanta la distancia que debíamos recorrer, pero
mis ansias me hacían inevitablemente cargosa.
Sentada
en el asiento de atrás pensaba en lo que haría cuándo llegara a destino, sí y
también hablaba sola, o me hablaba a mí misma, “quiero ir a la quinta y yo
misma sacar las verduras maduras, también quiero ir a ver un pony y si puedo
quiero dar una vuelta, quiero ir a ver el loro, el loro que habla, quiero comer
muchos chocolates y tomar el desayuno en la cama, también quiero dormir en la
cama grande y mirar dibus hasta tarde”.
Pero lo que más añoraba eran las clases de cocina con mi nona Ana.
“Portate bien y no hagas renegar”
reitero mi papá, la próxima semana
vendría a buscarme.
Obviamente
hice todas las actividades que quise y no solo esas, sino que muchas más. Una
mañana luego del abundante desayuno en la cama mi nona me dijo “vamos a la
cocina tengo una sorpresa” de un salto me levante de la cama, me cepille los dientes y fui corriendo a la cocina. “Toma fíjate si
te gusta” dijo mi abuela, cuando abrí el paquete observé un hermoso delantal de
cocinera color rosa pastel, con tres vuelitos
floreados y un gorro (todo esto de mi talle). Mi felicidad era aún más
grande todavía. “Me re encanta” le dije y la abrace, “pero ahora quiero
cocinar”. Entonces mi dulce y amable nona me pelo unos zapallos, me dio un
paquete de harina, sal y leche. Muy concentrada proseguí con mi actividad, en
este momento me creía “Doña Petrona”, entonces corté los zapallitos en cubitos,
los cubrí con sal, luego con mucha harina y leche. Revolví un poco. Miraba la
masa que había logrado y me sentía inmensamente realizada. “Muy bien querida”
me dijo mi nona Ana cuando se la mostré. La hora del almuerzo estaba llegando.
Yo me encontraba lejos de casa, de los límites de papá y mamá y entonces le
dije: “no nona, pero yo ahora quiero cocinarla al horno porque es una tarta y
quiero que a las doce comamos mi comida”. Mi nona me miro y me dijo “no querida
la guardemos para la noche”, pero yo ya sabía esa táctica, significaba que a la
siesta la iba a tirar y yo me iba a olvidar de mi tarta. Entonces la mire y le
exprese en mi cara la más profunda tristeza que con 7 años no había sentido
jamás, las lágrimas caían unas tras otras. “Oh no querida, no llores enseguida
lo meto al horno”. Agarro mi engrudo y lo puso a cocinar. Yo con mi delantal y
mi gorro, muy orgullosa puse la mesa y esperé el almuerzo.
“Esta listo” dijo al rato mi abuela, saco la
masa del horno, que por cierto estaba bastante dorada e inflada. “Proba nono y
vos también nona, mmm se ve riquísimo, yo también quiero un pedazo”, cortó la
tarta y sirvió un pedazo en cada plato. “mmmm que cosa más rica” dijo mi nona y
después de mi tarta comió milanesas con puré.
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Florencia Andrighetti
Ese
fue el día en que ya no la conocí. Mamá me buscó en la escuela y fuimos a
verla. Tomó mi mano, arrastró mi mochila a carrito que pronunciaba ruidos entre
las baldosas de la vereda, y subimos al auto.
- ¿Vamos de la abuela? – pregunté.
- Sí. – contestó mamá.
Un
sí seco, que pareció rasparle la garganta y retumbar en mis oídos. Nada se dijo
en el camino.
La
casa de los abuelos hoy se ve muy mal, el pasto alto, la pintura cascándose
cada día. Pero ese día, como hasta hace algunos años, la vereda brillaba al
igual que las rejas negras y el camino que conduce a la puerta. El gomero alto
de hojas inmensamente extraordinarias siempre me contemplaba en mi niñez, o eso
presentía cuando me rozaba la piel al pasar. El picaporte llegaba a mi nariz,
aproximadamente. Lo tomé para abrir la puerta, pero estaba con llave. Mamá tocó
y minutos después alguien la abrió. Alguien, ese alguien que es hoy un espacio
vacío en mi conciencia. No puedo saber quién era. Pero sí la vi a ella, como la
veo hoy en una fotografía mental, sentada en esa larga mesa en el medio del
comedor, debajo de tantos platos que colgaban en la pared coloreando el
ambiente. La veo ahí, y me mira.
- ¡Hola! – dijo con su inconfundible voz (que hoy
resuena en mi alma).
Rompí
en llanto. Algo había cambiado en ella. La miré clavándole los ojos con
tristeza y desconcierto.
- Mami, ¿su pelo? – pregunté con
miedo, y volví hacia afuera.
La
abuela estaba enferma, y ahora, rapada. No era comprensible para mí en ese
momento. Escuché que todos rieron, pero no a carcajadas. Fue una risa incómoda,
risa que entendía lo que mi edad no me dejaba entender. ¿Qué le estaba pasando
a la abuela? Mamá dijo algo refiriéndose a un pañuelo, y minutos después me
pidieron que volviera adentro, donde una vez más, mi mente lo fotografió todo.
En la misma posición, un pañuelo violeta le cubría su cabeza, anudado desde
atrás, dejando caer a un costado los extremos.
Le
di un beso, y a cambió se entregó en un abrazo tembloroso y perfecto. Nunca
estuvo tan sincera y viva. Nunca estuvo tan linda.
Seis años de vida no alcanzan para entender las
injusticias de una enfermedad, de un adiós tan extraño y lejano en el tiempo.
La Negra, la abuela Negra no sintió dolor ante mis miedos que me alejaban de
ella, más bien me abrazó en la eternidad del instante. No puedo olvidarlo, ni
olvidarla, pero hoy quisiera pedirle perdón, besarle la cabeza, sin ningún
pañuelo, de ningún color. Hoy volvería a entrar y correría a sus brazos, para
que mamá tampoco se entristezca como se entristeció, camuflándose en esa risa
cómplice de madre e hija que observé entre ellas. Una conexión entre
generaciones que se perdió, pero que me dejó fotografías dolorosas.
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Gabriela Zavala
Cuando
mi abuela se sentó a la mesa, vi en sus ojos las ganas de charlar. Hacía una
semana que la habíamos traído de Río Cuarto, done vivía, para cuidarla en mi
casa. Le estaba costando mucho recuperarse de una peligrosa operación
intestinal. Dormía todo el día, se levantaba para comer y si veíamos en ella un
atisbo de buen humor, la regla era aprovecharlo para mantenerla activa. Casi
nunca sucedía esto. Se volvía a acostar después.
Últimamente
andaba despeinada, de camisón todo el día, agachada y arrugada como una pasita
de uva. No tenía ganas de levantar los pies para caminar, así que su sonido
característico había pasado a ser el que producía ese roce de lija de sus
chancletas contra el suelo.
Ese
día, mi abuela me miró con buen humor. En seguida traté de pensar un tema para
sacar, aunque fuera sólo para cumplir y romper el silencio. ¿Para vos existe el
amor a primera vista, abuela?, le pregunté. Fue lo primero que se me ocurrió y
un instante después de decirlo me arrepentí. ¡Qué pregunta más estúpida! ¡Qué
iba a saber mi abuela sobre eso!
Sus
ojos se posaron en mí y un brillo se adueñó de su mirada. La sonrisa de mi
abuela, de dientes marrones y maltrechos por el paso de los años y las comidas,
la hicieron volver por un instante a su juventud. Fue como si la hubiera visto,
mujercita, con un vestido verde ceñido a la cintura y un cutis perfecto. Como
si volviera a sus épocas pasadas, me contó una historia con lujo de detalles.
Cuando
era joven, me gustaba tener novios y dejarlos. ¡Cómo lloraban esos cristianos!
Siempre fui pobre. Trabajaba limpiando una casa al frente de donde vivía tu
abuelo con sus hermanos y su madre, Aurora. Ella me amaba. La conocía porque
siempre iba a jugar a las cartas a la casa de mi patrona. Un día me contó que
Pedro, su hijo, se había peleado con la novia. Estaban comprometidos, casi
listos para casarse, cuando él se enteró de una infidelidad. ‘Está tirado en la
cama’, me decía. ‘Andá a conocerlo alguna vez’. Y qué te voy a decir, Gabi. No
te voy a mentir. Me gustaba conocer muchachos. Así que un día fui.
Unas
largas carcajadas mutuas interrumpían el relato. El brillo de sus ojos se
incrementaba cada vez más. Una sonrisa amplia se dibujaba en su rostro y no
paraba de hacer gestos con sus manos, como una mujer coqueta y sensual. El
ambiente que se había creado entre ella y yo era perfecto. Viajé con esa mujer
en sus recuerdos.
Fui
a la casa de doña Aurora. El hijo estaba con los amigos. Aunque ellos lo
invitaron a ir a dar unas vueltas, él prefirió quedarse. Se sentó con nosotras
a la mesa. Y bueno, debo reconocer que yo no estaba soltera. Tenía un novio que
se llamaba Huber. Me iba a visitar de vez en cuando y lo conocía toda mi
familia. Cuando Aurora le contó a Pedro que yo tenía novio, él nos dijo que
eran compañeros de trabajo. Aprovechó el momento y empezó a despotricar, a
hacerlo quedar mal al pobre Huber.
Cuando
me dispuse a retirar, Aurora le pidió a Pedro que me acompañe. Con gusto él lo
hizo. Charlamos mucho en el camino y, cuando llegamos a mi casa, me invitó a ir
al cine esa misma noche. Obviamente, no podía salir sola así que le dije que
tenía que acompañarnos mi prima. ‘Claro, no hay problema’, me dijo. Y nos
esperó una hora afuera de casa mientras nos cambiábamos las dos.
En
el cine nos cansamos de charlar. ¿La película? Qué sé yo. Jamás voy a acordarme
de qué trataba. Yo no hacía más que mirar a tu abuelo. Guapo, muy guapo. Aunque
Huber era más pintón, tu abuelo me cuidaba. Era tan responsable, educado. ¡Cómo
no me iba a enamorar!
Hijita,
dicen que no existe el amor a primera vista. Me preguntaste eso, ¿no? Ese mismo
día a la salida del cine, tu abuelo me propuso noviazgo. Claro que sabía que
estaba con otro. Y no le importó. Acepté sin dudar y, al otro día, lo dejé a
Huber luego de recibirlo en mi casa. Lloraba, por supuesto. Pero fue el último
que abandoné. Cincuenta y cinco años estuve con tu abuelo. Y podrían haber sido
muchos más si la muerte no hubiera venido a buscarlo.
Cuando
mi abuela terminó su relato, volvió a ser la mujer anciana que conocía. Su
vestido verde ceñido a la cintura se convirtió en un camisón y su cutis
perfecto se llenó de zanjas profundas. Unos ojos tristes reemplazaron a los
brillosos y se levantó de la mesa acordándose nuevamente de sus dolores. Se fue
a la cama.
Me
quedé sola en la cocina. No pude evitar recordar el día, mucho antes de
escuchar este relato, en que mi abuelo, lleno de delirio, le pedía a mi nona en
la clínica que lo llevara a la casa: ¡Negra! ¡Llevame! ¡Quiero ir a casa!
¡Llevame con vos! ¡No seas mala! Mi abuela lloraba y le decía: Cuando te pongas
bien, papi, te llevo. Te llevo conmigo. Al otro día, su amor de cincuenta y
cinco años a primera vista falleció.
Hoy la entiendo. Ni los nietos, ni las hijas,
ni las hermanas, ni los amigos. Ninguno le devolvió la plenitud que solía verse
en su cara. A veces tiene esas alegrías superficiales que le despiertan un poco
su corazón opacado por la soledad, por la culpa. Entendí lo difícil que debe
ser ver desde lejos a los que te rodean, con sus vidas, sus obligaciones y su
caminar incesante. Verlos pasar como ráfagas de viento. Y desear no tener las
manos arrugadas, surcos en la piel, espalda gacha, piernas sin fuerza. Desear
el pasado para volver a amar como se ama a un amor a primera vista.
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Giuliana Capellino
Aquella
pieza del fondo del patio, húmeda y oscura, fue por mucho tiempo nuestro
refugio secreto. Para llegar a la pequeña habitación, debíamos atravesar el
largo patio de la casa corriendo. Era fundamental que nadie nos viera para
poder realizar nuestras actividades. Una vez allí, nos encerrábamos con llave,
corríamos la cortina y quedaba todo herméticamente cubierto para comenzar a
trabajar.
Camila,
mi prima, era dos años menor que yo. Más allá del parentesco que en realidad
teníamos, nosotras afirmábamos que éramos hermanas, lo prometimos un día de
lluvia en que se nos ocurrió.
Para
hacer nuestro el lugar, colocamos ahí una pequeña mesa y dos sillas. La piecita
estaba llena de envases, productos y sustancias que nos llamaban mucho la
atención. Inclusive contenía un armario lleno de herramientas de trabajo. Era
lo que necesitábamos para nuestro plan, nada faltaba debajo de ese techo
desprolijo hecho con rapidez.
Mis
primas venían a visitarnos solo los fines de semana, razón por la cual debíamos
administrar bien el tiempo que teníamos para nuestro proyecto. Belén era la más
chica de ellas, con Camila lográbamos siempre escaparnos de su presencia. No
entendía los códigos que manejábamos las grandes.
El
día que comenzamos a realizar el experimento, sentimos una fuerte satisfacción.
Mezclamos en una botella de plástico los líquidos necesarios para salvar al
mundo de las hadas. La sustancia que logramos tomó un color cada vez más
celeste, era espesa y tenía muy rico perfume ¡Cómo no iba a funcionar! Todo salió
perfecto. Escondimos lo producido tan bien que en la semana no pudo encontrarlo
nadie.
El
fin de semana próximo repetimos los pasos para sacar la misma creación. También
lo logramos. Solo nos faltaba encontrarnos en su mundo para salvarlas.
Caminamos
unas cuadras. Llevábamos las botellas en bolsas de cartón. Nadie podía verlas,
de lo contrario no funcionaría el efecto.
Llegamos
al lugar en cuestión, desparramamos la preparación en el sitio indicado y luego
nos tomamos de las manos con Camila y juramos no abandonar nuestro proyecto
jamás.
Cuando
estábamos regresando a la casa de nuestra abuela - sí, la casa que contenía ese
gran patio y la piecita allá en el fondo- nos dimos cuenta que algo andaba mal.
Estaba esperándonos en la puerta mi hermano más grande, quién nos recibió con
un “la que les espera”. Una vez adentro, empezamos a escuchar los gritos de la
abuela que venían desde el patio. No paraba de quejarse, estaba enfurecida,
preguntaba qué había sucedido con todos sus productos de limpieza, con su mercadería,
con las herramientas del abuelo.
Nunca
la vimos tan loca, nadie nos comprendía.
En
ese preciso momento de culpa vimos que mi hermano mayor, Paulo, no paraba de
reírse. Seguramente él fue el traidor.
Y fue a partir de ese momento en que nos quedó
completamente prohibido, a mi prima y a mí, pisar la piecita de la abuela
Negra.
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Julieta Domínguez
Una
noche y libros por doquier.
Luego,
el fantasma de la soledad aparece en sus bocas.
El
silencio.
¿Qué
habrá en los silencios?, ¿qué pensamientos transitan en sus cabezas? Sé. Ellos
corren como la sangre por sus venas. Así, anatómicamente, sin permiso, sin
tregua. Invaden y brotan de sus ojos las lágrimas.
Piensan
en silencio y sollozan. No hay consuelo, pero la una tiene a la otra. Comparten
el vaivén de la incertidumbre incansable, esa que, la noche, esconde en su
inmensidad.
Golpean
mi puerta. Es ella, ha venido con la desesperación a cuestas. Reconozco el peso
de sus sueños incumplidos, en la curvatura que sobresale de su espalda.
De
improvisto me arroja preguntas. Yo no sé bien qué responder. ¿Qué creerá que
son los milagros?
La
tristeza la acongoja.
Yo
sospecho porque vino esa noche. A lo lejos, percibía que, tal vez yo, estuviera
tan sola como ella. Lo había pensado,
quería ser yo quien fuese, pero no quise molestarla. Fue bueno que ella viniera.
Habló
de una vergüenza. Sí, de la vergüenza que le provocaba molestarme para aminorar
su soledad. Comprendo. Sus años desacreditan un diálogo interesante. Lo sé,
ella lo piensa, me lo ha dicho. Pero no es así. Yo deseo, anhelo oírla.
Ella
es mayor y no hace mucho quedó viuda. La vida nos acercó, como acerca a
desconocidos que, probablemente, después de conocerse, sean nuevamente
desconocidos. No sé por qué pienso esto, ni por qué lo escribo.
Me
relató su vida pasada. Se notaba en su temblor el nerviosismo. Ella quería
entender por qué Dios llevó a su marido. “Él era bueno, trabajaba, no molestaba
a nadie”, me decía. Le dije con aire firme que era mejor no hacerse ciertas
preguntas, que la única certeza que tenemos los hombre es que vamos a morir.
Ella
no me oía. Comprendí que sólo necesitaba que no intercediera, que la escuchara.
Que le brindara un rato de mi tiempo, de ese tiempo que me reprochaba al
decirme “mis hijas no vienen, por qué no vienen. La más grande es mala y anda
todo el día ocupada con sus hijos adolescentes. Yo la entiendo, pero media
horita… sabe que no estoy bien” Me quebraba.
Luego
mencionó un psiquiatra. Y vi sus lágrimas caer. “paso horas, días. Cuando se
van los fines de semana los de cada departamento quedo sola, no sé qué hacer.
Mi casa ya está limpia y la vereda baldeada. Soy capaz de dormir desde las tres
de la tarde a las cuatro de la madrugada. Decime nena, qué hago a esa hora ya
sin sueño”.
Enmudezco.
Permanezco frente a ella, pero ahora ya no sé si la escucho. No sé si logro la
gestualidad que requiere una cara atenta.
Me
adentro en mí. El temblor me invade. La incertidumbre del futuro empieza a
preocuparme. Mi realidad, hoy era otra, pero tal vez…
Me
detengo. Miró hacia atrás, la mesa llena de libros y todo estático. Encuentro
sólo mi presencia.
Me
pregunte por mis padres. Probablemente los estuviera abandonando como sus hijos
a ella. Quedé perpleja. Contemplé unos segundos más a la nonita. Ella estaba
toda triste y con la mirada en el piso. Recuerdo que se quejó de las raíces de
su pelo, de que debía teñirse y que la hija iba a venir y no vino. Era verdad,
su pelo rubio estaba emblanqueciendo. Desde el centro de su cráneo hacia abajo.
Pensé
cómo sería yo con mis padres cuando ellos fueran grandes o alguno faltara. Fue
imposible concebir ese pensamiento. Y no lograba volver al diálogo.
La
nonita quiso irse. Vio mi alejamiento.
Le
agradecí que viniera, le dije que lo hiciera cuando quisiera, que no era
molestia. Ella insistió con una invitación, quería que fuera a su casa, que
estuviera con ella. Le prometí que lo haría.
Cerré
la puerta; me ubiqué en la silla que estaba inserta, ahora, para mí, en medio
de una inmensidad absoluta. Observé todo en silencio, como viéndolo todo por
primera vez. Tomé el teléfono y llamé a mis padres. Hablé con mamá y lloré.
Puse ese punto final y temo que lo he colocado
mal. Aún no cumplí mi promesa.
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Mariana Cattani
Estoy
juntada hace tres años, cuando teníamos un año de estar juntos con Ricardo (mi
papá) teníamos la idea de traer un hijo al mundo y comenzar a agrandar la
familia, pero aquello comenzó a convertirse en un calvario, pedimos ayuda lo
primero que los médicos decían era que yo no ovulaba y que jamás podría estar
embarazada, en la segunda opinión salió que mi marido tenia bajo conteo de espermatozoide,
al tiempo otro médico lo confirmo. De esa manera nunca iba a quedar embarazada,
así que dejamos de visitar médicos, lo cual lo habíamos hecho por 3 años
aproximadamente, entre pausas de algunos meses. Un día decidimos no ir más.
En
el mes de Diciembre tuve retraso de 3 semanas y un malestar todo raro… ahora sí
que estoy me dije, sin regla y con estos calambres y malestares algo raro en
mí, más no sabía que mi bella princesita estaba haciendo estragos en mi. Un día
me decidí a ir a hacerme una ecografía, pero me dijeron que era demasiado
pronto para determinar si la ausencia de menstruación era por embarazo.
Entonces
decidí hacerme un examen de sangre, los malestares a un estaban allí. Ese ocho
de diciembre recuerdo que tenía que ayudar a mi suegra con el cumpleaños de mi
sobrino, pase por el laboratorio antes de ir a su casa. Al mediodía fui por los
resultados, siempre pesimista pero albergando en lo más puro de mi corazón la
esperanza de aquel p o s i t i v o, y bendito Dios abrí aquel sobre ya en casa,
recuerdo que me temblaban las manos y sentía algo en mi, y Dios, solté un
grito, lloré y reí como nunca en mi vida al ver el resultado, en mi vida había
sentido tanta felicidad. Salí y no dejaba de reír y llorar, uff! recuerdo que
casi me chocan por cruzar la calle sin mirar, pero el hombre era un excelente
conductor e iba despacio y logró verme y yo detenerme, no pasó nada y luego me
puse a pensar como le digo a mi esposo que va a ser padre.
Espere a mi esposo que regresara de trabajar,
desayunamos juntos y ahí le di el resultado, después de mentirle cuando me
preguntó si había ido a buscar el resultado, creo que lo impactó tanto que no
dijo nada, yo solté a llorar de nuevo, a él sólo se le humedecieron los ojos,
se quedó pensativo y sonreía. Es que lo criaron un tanto simple, con que se le
aguaran los ojos era suficiente.
Luego
vino la espera y gracias a Dios todo marchó relativamente bien, hubo una que
otra complicación, pues a mi gordita se le enrolló el cordón desde la semana 20
hasta las 36, eso fue duro me daba mucho miedo que se ahorcara, pero gracias a
Dios en la última ecografía ya no lo tenía. Se volteó en la semana 38 y nació
por parto normal.
Al
regresar a casa después del trabajo, cuando me despertaba se despertaba
también, y cantaba conmigo las canciones de la radio. Ah! porque se movía
tremendamente cuando escuchábamos la radio camino a casa.
Aquel
11 de julio de 1995 nació Mariana (Contracción de María: la elegida
y
Ana: la llena de gracia), y aquí viene la parte triste, pues yo estaba tan
ansiosa que al final cuando escuché su llanto por primera vez lloré, pero me
entristeció tanto que no me la mostraran. Me la sacaron y se la llevaron a otro
cuarto y la vi media hora después. Cuando la doctora me la mostró yo temblaba
de los nervios y me recuperaba para poder salir de allí, de tonta lo único que
le dije fue: “ay doctora esa es mi bebé, hola bebé” y sonreí. ¿Por qué? no sé.
Luego
cuando ya la tuve en mis brazos me dije;” Es la cosa más bella que jamás he
visto”. Después de haber pasado el dolor por culpa del desgarro me di cuenta
que ya era mamá y le hablé, le canté a mi hijita como lo hacía cuando estaba en
mi vientre.
Es hermoso ver el amor que unos padres pueden
sentir por su hijo y hacer todo lo que este a su alcance para que esté este
bien.
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¿En qué pozo nos metimos?
Marysol Nespolati
Corría
el año 2002 cuando, no sólo había cambiado de grado, sino también de ciudad, de
escuela, de casa, de todo menos de mí. Seguía siendo yo misma, una nena que se
apasionaba constantemente, como cualquier criatura de nueve años que le gusta
explorar nuevos horizontes, recorría rincón por rincón de la nueva casa, llena
de nuevas expectativa.
La
casa era linda, sí… pero más lindo era el barrio, las viviendas vecinas, las
veredas con piedras de colores y los portones de madera de los garajes. De la
escuela, lo único que conocía era el hall y la secretaría, donde me había
inscripto, pero lo demás era todo un nuevo mundo por conocer, cuando acabaran
las vacaciones de verano.
Rocíen
era diciembre. Un mes hermoso para disfrutar en las piletas, los jardines con
jugos frescos y barbies, tortitas de barro en bikini y andar en bici hasta la
nochecita, pero… ¿con quién?
Habían
pasado dos días ya en los que no dormía, porque el tren pasaba muy cerquita de
casa y “se movía todo”, el techo se iba a desplomar en cualquier momento,
estaba segura de eso. Aunque mi hermano y mi mamá me explicaran infinitas veces
la fortaleza de la construcción y su imposibilidad de caerse, tenía miedo. Nunca antes había pasado una máquina con esas
dimensiones a dos cuadras de mi habitación, nunca antes habían vibrado de esa
forma los vidrios de la ventana. Como decía, habían pasado dos días ya desde mi
llegada y ya me quería volver a mi pueblito.
Luego
de almorzar, tocaron la puerta. Era una niña de tez muy blanca, poca estatura y
sus ojos claros irradiaban travesuras. Vestía un solerito blanco y sobre su
pequeño rostro, colgaban dos colitas onduladas de cabellos rubios. No fue nuevo
verla, el día anterior la había espiado desde mi ventana mientras jugaba en la
vereda del frente. Me invitó a jugar.
¡Ninguna
noticia podía ser mejor! Emocionada, saqué mi bicicleta, tenía una amiga nueva.
Partimos para recorrer el barrio, me mostró casa por casa, cada una con una
historia maravillosa. “Acá vivía doña Alicia, no le ibas a querer tocar una
flor del jardín porque salía a los gritos diciendo que te iba a cortar los
dedos”, “acá, viven dos mellizas que saben jugar conmigo, pero ahora están de
vacaciones en el mar, porque sus papás trabajan bien y siempre tienen ropa y
juguetes nuevos” y así hasta perder la noción del tiempo, hundiéndonos poco a
poco en la siesta calurosa, en las veredas con piedras de colores, en un mundo
maravilloso.
Había
subido el sol cuando llegamos a lo que realmente importaba, una casa abandonada
que estaba llena de misterios. Entramos trepando un portón y de ahí por la
puerta de atrás. Ella la visitaba seguido, tenía una piecita para bailar y
varios juguetes guardados. Ya no había ruidos en la calle, ni tampoco rastros
nuestros.
Mamá
salía cada tanto a espiarnos para custodiar por dónde andábamos, aunque no nos
alejábamos de las dos cuadras a la redonda. “A las cuatro vení a bañarte” me
había condicionado. Pero uno con tanta cosa nueva por conocer, con tantas cosas
que contarnos, se pasó el tiempo.
Mientras
nos encontrábamos muy entretenidas practicando las coreografías de Bandana, se
largó a llover, ¿qué mejor que bailar bajo la lluvia? salimos al patio y cada
paso, cada giro, cada baile se volvía aún más interesante entre las gotas y el
barro del jardín. Todo era un sueño, por lo tanto, de mamá, ni me acordé.
Al
cabo de un rato, cuando nada podía ser mejor se oyó un grito estremecedor “¿¡Me
pueden explicar qué hacen acá?! ¡Hace una hora las estamos buscando
preocupados, no las quiero ver nunca más cerca del pozo, si les pasa algo acá nosotros
ni nos enteramos!” Nuestras mamás, y por
lo visto, estaban bastante enojadas.
Del
pozo que ellas hablaban lo entendí una semana después cuando salí de penitencia
y mi amiga me explicó que era el pozo negro del baño “donde van todas las cosas
sucias y es muy hondo”. Debo confesar
que, más que miedo, me dio asco.
No volvimos más a esa casa, pero sí a otra que
estaba a media cuadra de la mía, que tenía un patio más grande y un jardín en
el frente, donde podíamos disimular que jugábamos, mientras trepábamos la tapia
para ingresar a una habitación y sacar más pasos de las coreografías.
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Micaela Pereyra
Podría
haberse quedado en su casa esperando, sentada en su sillón de mimbre en total
oscuridad aprovechando la negrura de las medianoches de invierno, a que él
llegara y en un movimiento de tres pasos poder paralizarlo por detrás,
colgársele en la nuca y partirle un cenicero en el centro de su mollera. Pero lo que Coca no tiene de violenta lo
tiene de porfiada y de curiosa. Fue así que se abrigó con una campera muy grande,
oscura, cubierta de corderito, se puso una bufanda que luego se sacó y me la
enroscó a mí, dándole dos vueltas tapando bien mis orejas dejándome apenas una
línea muy finita entre el gorro y la bufanda que me permitiría ver sólo lo
suficiente de lo que iba a pasar esa noche, me alzó y subió a la parrilla de su
bicicleta verde, dio el primer impulso, mientras balbuceaba maldiciones y su
aliento salía como humo de dragón a punto de quemar por completo a su enemigo y
nos alzamos viaje en un camino oscuro donde el frío obligaba a la gente a
encerrarse en las frazadas y a las vías blancas titilar o apagarse en el
momento justo que pasábamos bajo ellas.
Pedaleó
tres cuadras dobló a la derecha e hizo dos o tres cuadras más. En medio de
todas las casas que ya dormían había una que no. Había luz dentro de ella. Ahí
fue donde paramos y donde los balbuceos de Coca comenzaron a incrementarse
hasta llegar a un lenguaje que yo no
pude entender… el miedo empezaba a soplarme finamente la columna vertebral.
Coca
me dio la mano, la sentí temblar y transpirar, su mano hervía. Caminamos juntas
hasta la puerta. Recuerdo llegar apenas a la mitad de ella, a la altura del
picaporte, me asomé y vi que la llave estaba puesta, no quería que Coca se
metiera de improvisto a ese lugar, sabe dios quién podía esperarla adentro con
la boca abierta y los dientes afilados.
Golpeó,
tum tum tum. Tres golpes, duros, de un ruido seco que ni el eco de la noche se
animó a retumbar. Yo rogaba dentro mío por favor que nadie abriera. Pero el
picaporte se movió, la llave giró y Coca entró y por consiguiente yo también,
detrás de ella, pero ya sin tomarla de la mano porque arremetió hacia la cocina
donde se encontraba un viejo sin pelos en la coronilla y peludo en los
costados, cerca de las orejas, con unos lentes muy grandes, de un vidrio más
viejo aun, entre verde y amarillo, y el contraste de su gran nariz roja,
colorada, transpirando alcohol, que estaba cocinando huevos revueltos. Ella no
lo buscaba a él, pero aprovechó también para insultarlo entre el ruido
apabullante de un extractor, por viejo borracho y traidor. Levantó el mantel de
la mesa, miró abajo que nadie estuviera escondido, movió brutamente dos sillas
mientras gritaba demostrando su valentía y advirtiendo a cualquiera que
intentara enfrentarla que hacerlo era
enfrentar al propio demonio, y embistió de una manera fugaz en el dormitorio, y
allí encontró a Omar, su esposo, a quien ella estaba buscando.
Durante
ese momento los gritos fueron muchos. Tantos y de tantas personas, que al unirse
provocaron un estruendoso silencio, ensordecimiento que agudizó mi vista y dejó
en mi retina una cama grande destendida, con mitades de frazadas en el suelo,
un ropero marrón oscuro de patas cortas y espejos cómplices, más no testigos,
clavados en sus puertas, una ventana cubierta de persianas y cortinas y un
colchón enrollado entre medio, en un rincón, insignificante pero sin ninguna
cuerda que lo atara y sostuviera de volverse a desenroscar.
- Estás loca, Coca. ¿Con quién crees
que puedo estar? – le decía vanamente Omar.
- Locas sobran Omar, decime ¿dónde
está?
- No hay nadie. Sólo estoy con Kiko
por comer unos huevos revueltos.
Pero
Coca, que es más porfiada y curiosa que violenta, revisó todo, debajo de la
cama, adentro del ropero marrón oscuro, detrás de las cortinas, entre medios de
macetas, en el inodoro, rompiendo la cortina de la ducha, y yo apurándome en
pasos cortitos detrás de ella veía solo fugacidades de colores, en los mosaicos
y paredes y movimientos giratorios, aplastantes, de brazos y gritos y miradas
sin brillos inundadas de tanto rabiar.
Y
cómo un huracán que deja una insana calma luego de haber destrozado todo así
Coca dejó de remolinear, se dio por vencida, no encontró a nadie. Me agarré de su mano que ya estaba fría y
llorando y me llevó a casa a dormir e intentar convencerme de que ella también
lo haría.
Al otro día era un nuevo día, de esa noche de
furia nunca más se habló, por lo menos delante de mí. Hace un año y siete meses
Omar murió. En su tumba, con la brisa del viento susurrándome al oído, él me
confesó el escondite de su amante. ¿Cómo iba sino a mantenerse enrollado un
colchón sin una cuerda que lo ate?
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“Como si hubiese pasado ayer”
Milena Melgarejo
Febrero
del año 1998. Un verano inconmensurablemente caluroso.
Se
nos había hecho costumbre juntarnos todos los domingos en la casa de mi vecina
Noemí. Ella tenía una hermosa pileta de cemento y un quincho espectacular para
pasar las tardes de ese verano con temperaturas tenebrosas.
Noemí
vivía al lado de mi casa con su marido Jesús, no sé bien por qué motivos nunca
tuvieron hijos. Se encariñaron mucho conmigo y mi primo Elías, todas las tardes
nos invitaban a merendar y a meternos a su pileta, pero no la de cemento que
era enorme y súper honda, sino a la otra, la pelopincho chiquitita que estaba
al lado.
Elías
y yo teníamos tantas ganas de meternos a esa pileta, pero él, un año más chico
que yo, no era de hacer travesuras, y si no me acompañaba yo tampoco me animaba
a hacerlas. Veíamos cómo todos se divertían, jugaban a las cartas, al tejo, se
zambullían en esa espectacular pileta y nosotros dos ahí, jugando con vasitos
de plásticos y juguetes acuáticos que nos había traído Papá Noel.
Mi
tía Marisa, mamá de Elías, tomaba sol al borde de la pileta, con una bikini
fabulosa y mucho protector solar. Le caían lentamente gotas de sudor por la
frente. Tenía un busto enorme, yo la admiraba, quería ser como ella cuando sea
grande. Mi mamá le tenía terror al agua así que ella no se metía a la pileta,
más bien prefería jugar al chinchón o mirar televisión con las amigas.
Mientras
mi papá hacía el asado discutía de fútbol con Juan, el marido de mi tía,
fanático de San Lorenzo y mi papá, de River, y nosotros dos seguíamos en la
pelopincho observando todo y anhelando –más yo que Elías- meternos a la gran
pileta.
Cuando
estuvo lista la comida, nos reunimos todos debajo del quincho, y entre charlas
de grandes, cervezas, música y mucho calor, Elías y yo seguíamos aburridos sin
saber qué hacer. Cuando terminamos de comer, Marisa volvió a tomar sol al borde
de la pileta, con sus lentes negros y su bella capellina; mi primo se fue adentro a jugar a los videos
juegos y yo, daba vueltas observando que nadie me prestara atención. Me decidí.
Tomé carrera y allá fui.
Aaaaaaaaaaa
¡plaaffff!
-¡Marisa!,
Milena se tiró –gritó mi mamá, desesperada.
Todos
corrieron hacia la pileta. Mi tía puso las piernas colgando en el agua, estiró
sus largos brazos, me agarró del pelo y me sacó, casi morada del susto.
-¡Cómo
te vas a tirar! ¡Sos chiquita! ¡Entendelo! –me dijo mi mamá, enojada, asustada,
jamás (en mis cinco años de vida) la había visto así.
-Pero
yo quería… -quise decir algo y ella me interrumpió.
-¡Vos
no tenes que meterte a esa pileta, mira si te ahogabas! –exclamó.
Me
mandó adentro con mi primo, en penitencia. Me dijo que no me iba a llevar más a
la pileta de Noemí. Yo lloraba.
Elías,
que había visto todo de adentro, estaba asombrado, porque más allá de que yo
estaba todo el tiempo diciendo que quería meterme a esa pileta y no a la
chiquita, jamás pensó que iba a tirarme.
Hasta el día de hoy, es una anécdota que se
cuenta en todas las reuniones familiares y que nos causa mucha gracia. Lo
recordamos como si hubiese pasado ayer, pero mi mamá sigue insistiendo en el
susto que le hice pegar.
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El reto de mamá
Mónica Figueroa
Una
tarde de mucho frío salimos con mamá en busca de leña para nuestra estufa, para
mantenernos calentitos. Era cosa de salir todos los días en mi compañía porque
mi padre trabajaba por la tarde y mis hermanos debían asistir al colegio.
Mi
madre, una mujer fuerte, luchadora, humilde, trabajadora, hermosa. Totalmente
divina por dentro y por fuera. Ese mismo día llegamos con mamá a casa,
despachamos los troncos en el patio y me pidió que me fuera a bañar así
cenábamos en familia. Mis hermanos se encontraban realizando su tarea y papá
mirando su programa favorito, como siempre.
Me
metí a bañar y desde el baño sentía a mi vieja luchando con los troncos,
escuchando como los cortaba para encontrarle la forma adecuada para la estufa.
¡Pobres vecinos!
Siempre
que salía de ducharme le pegaba el grito a mi hermana para que me fuese
preparando la ropa, cosa que ella odiaba, pero a mí me encantaba y disfrutaba
muchísimo. Por ahí me preparaba cualquier cosa, como por decir un vestido corto
cuando hacia tan solo ocho grados de temperatura, pero de todos modos los
restos y el chirlo de mamá eran para ella.
Luego
de mi ducha me dirigía hacia mi habitación, si mal no recuerdo sus paredes eran
de un color rosa pero lo único que la arruinaba era el cubrecama de mi hermano
Marcos, que era de un color verde, un verde claro. Realmente quedaba fuera de
lugar, dos tonos totalmente diferentes, pero bueno. En todo el tiempo que yo
demoraba para vestirme y ponerme bien coqueta, mamá Edith ya se había bañado e
iba preparando la cena. “La cena de invierno”, así la llamaba papá. Hacía
referencia al famoso café con leche, te, mate cocido o simplemente una buena
sopa bien caliente. Esa misma noche mis viejos nos anunciaban que esa semana
iba a ser la última semana que pasábamos en nuestro pueblo. Por cuestiones de
trabajo a mi viejo lo llaman para trabajar en un hotel con el acuerdo de darle
una casa para que pueda convivir junto a su familia.
Tan
solo tenía siete años, convivimos un año y, medio con mi familia en el nuevo
pueblo. Había hecho grandes amistades, pero como en todo grupo siempre está la
mejor amiga. Johana. Así se llamaba mi amiga, una persona increíble, muy
amable, de piel morena y de gran estatura. Recuerdo que a su lado parecía una
hormiguita. Pero de edad era mucho más grande yo. Siempre me invitaba a jugar a
su casa y ami me encantaba ir porque estaba llena de juguetes.
Una
tarde de mucho calor, era a la hora de la siesta, decidí ir a visitar a Johana.
En ese tiempo no existían tanto los celulares como hoy en día, por tal motivo
no tenía como avisarles a mis padres que me iba a jugar a la casa de mi amiga y
lamentablemente me tuve que escapar. Dentro de todo en ningún momento se me
había ocurrido que pasaría todo esto.
Seis
de la tarde y todavía no había pisado mi casa. Mi familia salió
desesperadamente a buscarme por todo el pueblo, llamaron a la policía, fueron a
la casa de cada uno de mis compañeros del colegio y nada. Se pensaron que me
habían robado, que estaba desaparecida y solo me encontraba jugando en la casa de mi amiga. Finalmente,
mi mamá recordó donde podría estar. En casa de Johana. Desde el altillo, en donde estábamos jugando,
vi parar dos autos de la policía y de ellos observé que bajaban mama, papá y
mis hermanos, desesperadamente mamá toca el timbre y golpea la puerta muy
fuerte. Cuando me vieron sintieron un gran alivio. Me cargaron en el auto y me
llevaron de regreso a casa, en el transcurso del viaje el primer reto fue por
parte del policía. Cuando llegamos a casa fui la primera en bajar y entramos en
fila, yo, papá, mamá y mis hermanos. Mi padre pegándome chirlos en la cola, muy
suavemente, por lo sucedido.
¡¡¡Gracias a Dios me salvé del reto de mamá!!!
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Ornella Cecchini
Como
todas las tardes de verano, mamá nos bañaba y nos preparaba la mesita en el
patio; los individuales de Mickey, la chocolatada, las dos tazas, la mía azul y
la de mi hermano roja como las sillitas que nos había regalado papá, los
bizcochos o las galletitas, mermelada, queso o lo que hubiera en la heladera.
Encendía la tele, que se veía desde la ventana, la ponía en el canal de
dibujitos para que nos entretuviéramos un rato y se iba a bañar, era su turno.
Ese
día había en la mesa un tarro con algo de color marrón claro, mezclado con
amarillo, igualito que el shampoo que nos ponía mamá. Yo pensé que ella se lo
había olvidado, pero no le dije nada y ahí fue cuando se me ocurrió la gran
idea.
"Pobre
Rita" le dije a mi hermano. "¿No está sucia? La podríamos bañar
¿No?". Pero él no quería, tenía miedo de que nos reten. Yo insistí y
cuando la perrita se acercó agarré el tarro y se lo tiré todo encima. Con mis
manos comencé a desparramárselo por todos lados, pero el pelo no le quedaba
suave como el mío, estaba todo pegajoso y duro... Justo en ese momento salió mi
mamá del baño y me enganchó con las manos en la masa, y desde la puerta empezó
a gritar.
-
¿Qué hiciste? ¿Por qué le tiraste toda la miel a la pobre Rita?
"¿Miel?"
Pensaba yo. "Pero si eso es lo que vos me pones cuando me bañas
mami".
- No
hija, eso es miel, es para comer como la mermelada y el dulce de leche. Me dijo.
La pobre Rita estuvo días con los pelos duros,
no hubo forma de quitarle la miel de su largo pelaje. Finalmente tuvieron que
pelarla. Menos mal que era verano decía mi mamá, sino se iba a congelar Ritita.
Desde ese día cada vez que mamá me bañaba revisaba que fuera shampoo lo que me
ponía y no miel por equivocación, yo tenía un pelo muy largo y no quería quedar
pelada.
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Vanina Taricco
Cuando
era una niña pequeña aborrecía profundamente dormir la siesta, consideraba a
eso una pérdida de una porción del día, de la mejor parte del día. Eran pocas
las veces que mamá se olvidaba de mandarnos a dormir… ella sostenía que en las
siestas salían las iguanas y nos podían comer, entonces teníamos que acostarnos
a dormir un ratito. De más grande comprendí que lo de la iguana era un engaño
para que no hagamos ruido en las siestas tan sagradas para la gente que
trabaja. Lo peor era que cuando se combinaban el silencio aturdidor y el calor
sofocante del verano, nos dormíamos. Para mis hermanos más pequeños y para mí,
caer en los engaños de mamá y dormirnos, era un error, una gravedad enorme,
algo que se pagaba muy caro: perdíamos la posibilidad de ser los primeros en
meternos a la pileta o perder la mejor hora del día para hacerlo. Competíamos
por quién era el primero en sumergirse en el agua entibiada por el sol del
mediodía. Ser el primero en meterse en la pileta era lo mejor que nos pasaba,
era como ganar el oro.
Cierto
día, como casi todos los días, intentaba levantarme de mi cama sin hacer ruido
para no despertar a mi mamá y a mis hermanos y resulta ser que mi hermana
planeaba lo mismo. Ese día una amiga me había invitado a su pileta también.
Entonces mi plan era meterme un ratito en la mía, acostarme de nuevo y luego ir
a la de mi compañera.
Mi
hermana me dijo que íbamos las dos a la pileta o no iba ninguna y tuve que
aceptar. El obstáculo más difícil era salir de la pieza, una vez resuelto eso,
el ochenta por ciento del plan estaba consumado. Y lo logramos. Posteriormente
debíamos ir al patio… Por la puerta del hall no podíamos salir porque eso
implicaba pisar toda la vereda y terminar con los pies llenos de ampollas, la
de la cocina estaba cerrada y si la abríamos el inevitable ruido que emitía iba
a acabar con nuestro plan. La única salida era por la ventana del comedor. Por
ese entonces yo, por ser la más grande, era la de más estatura por lo que no se
me dificultó saltar la ventana pero a mi hermana se le problematizó un poco
más… tanto, que se le enredó un pie con la cortina y desarmó todo.
En
las tardes de verano mamá tenía la bendita costumbre de dejar el juego de mate
sobre la mesa del patio; era un ritual en mi casa tomar mates sentados bajo las
plantas. Siempre solía dejar las cosas que no corrían riesgo de romperse, por
ejemplo, el mate con los recipientes de yerba y azúcar… ese día, dejó el termo
también y mi perra atada al lado. Justo la perra se enredó con la pata de la
mesa, con tanta mala suerte que cuando pasé corriendo me enredé yo con su
correa. Adivinen a dónde fue a parar el termo de vidrio…
Ese
día me quedé sin mi pileta, sin la pileta de mi amiga y con la cola colorada.
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