escritura, extrañeza, experiencia

Durante el ciclo 2014 creamos un Taller de Narrativa como espacio curricular optativo en el Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba, Argentina.

Este blogfolio reúne algunas de las propuestas de trabajo y de las producciones de los alumnos. Los textos de apertura de cada tarea y el diseño de las consignas corresponden a la Profesora Beatriz Vottero, creadora y responsable del taller.

7/12/14

5 - comenzamos a escribir un cuento

Las actividades propuestas en este taller estuvieron orientadas, desde el principio, a explorar nuestra propia historia personal, tal como la conocíamos pero también buceando en escenas que desde muy atrás vienen trazando el recorrido de nuestra singular existencia y sobre las que, tal vez, no habíamos reparado.
De esa manera, hemos descubierto entre todas -llegando a compartir la confidencia que sólo se vuelca donde hay un cuenco amoroso que pueda contenerla- la riqueza de tantos relatos y episodios que describen nuestra huella en la arena de los días. 
Sueños, ilusiones, travesuras, la vida del pueblo, del barrio, de la casa familiar, fueron entrelazando personajes de los más variados perfiles e historias que se inscriben en la rumorosa vertiente de la inagotable tarea de narrar(nos) para dar sentido a lo que somos.
Tenemos, entonces, las puntas de muchos ovillos para animarnos a dar un nuevo tironcito a la imaginación, escribiendo ahora y como cierre del taller, un CUENTO en el género con el que cada una se sienta más a gusto.
Siguiendo la orientación teórica que hemos escogido y sobre la que venimos trabajando, cada una ha pensado, más o menos, la HISTORIA que quiere contar, que vale la pena ser contada y que hemos compartido ya en clase. Vamos a trabajar ahora, entonces, en la escritura del RELATO, teniendo en cuenta muy especialmente, como también hemos charlado, quién va a asumir la NARRACIÓN (la voz, el tono, el punto de vista, la relación con los hechos que narre y con los personajes, etc.).

Cuentos:


Acuarela de escape
Ana Laura Mazuecos

Salió con el canasto lleno de ropa mojada bajo el brazo y atravesó el patio para ir a tender las prendas. Había cerrado bien la puerta al pasar, para que todos los problemas quedaran bien atrapados dentro de la casa. Miraba el cielo, anhelaba treparse a ese arcoíris que asomaba tras la tormenta de verano y pensaba en quedarse allá arriba para contemplarlo todo. Caminaba si bajar la cara del cielo, sabía que no tropezaría ya que conocía el camino de memoria.
Llevas tu ropa de entre casa, una  remera larga de propaganda de alguna pinturería, cualquiera,  una calza y ojotas. Tus dedos gordos casi siempre se ensucian con la tierra que está a medio camino antes de llegar al fondo del patio. Pero a vos eso no te preocupa.
Apoya el canasto sobre el suelo y exhala el aire que acumuló en el camino. Son las diez de la mañana y el sol está empezando a calentar el pelo bajo su vincha de tela. De entre los pastos, se escapa el resto de brisa acumulada en la noche. Algunos mechones del suelo le hacen cosquillas en los pies y ella sonríe. Luego, se prepara para sacar la primera prenda y verifica que haya broches cerca. La soga de la ropa no es de soga, sino de alambre y tiene que mover un palo que la transversaliza para poder disminuir la altura del alambre y así llegar, en forma cómoda, a pinzar la ropa.
Toma una musculosa verde y la cuelga, toma un pantalón corto, verde, y lo cuelga, toma una media verde y la cuelga, toma un pantalón de pijama verde y lo cuelga, toma un calzoncillo verde y lo cuelga. Y cuando cree haber terminado su labor ve que en el fondo del fuentón está la otra media verde.  La va a colgar, pero decide correr el pijama y el calzoncillo hacia la derecha y colocar el par de medias juntas. Exhala de nuevo, hace dos pasos hacia atrás y mira la ropa.
Después de observar unos segundos, se da cuenta que el pantalón de pijama tiene un color casi tirando a celeste y decide ponerlo al lado de la musculosa ubicada al comienzo de la fila, que es de un verde claro. Decide mover el calzoncillo que había quedado apartado para que no quede el hueco del desalojo, pero antes de eso observa que éste tiene una tonalidad más profunda que la de la musculosa, pero menos que la del pantalón corto, y decide meterlo en medio de estos dos. Se vuelve a alejar dos pasos y contempla la ropa otra vez. Se queda en silencio y contempla.
El sol, que no ha dejado de subir, ha hecho de su nuca un tobogán por el que se deslizan pequeñas gotas de sudor. Ha consumido un poco la humedad de las telas, y las ha dejado más claras. Casi toda la ropa se ha aclarado gradualmente, salvo el pantalón corto, que al tener nylon se habría transformado en un verde agua cristalino, por lo que se rompía el degradé armónico en esa ubicación. Decidió moverlo delante de la musculosa, pero no, cambió de idea y lo puso al principio de la fila. Otra vez, movió las medias para evitar el vacío y así dejar todo como si nada hubiese ocurrido.
Pensó en la escala cromática que le hacían pintar con témperas en la escuela, pero no se acordaba de los distintos nombres que adquirían los colores. Ella sabía distinguir los tintes claramente, incluso sabía que si estaba pintando un dibujo con témpera debía tener la cantidad suficiente para cubrir el diseño, de lo contrario, al rehacer el color, éste no le saldría igual. Nunca salía igual, aunque intentara apretando despacito el pomito de la témpera y aunque fuera aclarando y oscureciendo, no salía. Terminaba creando una cantidad de color que después le sobraba. Entonces, todas sus pinturas, como las del resto de sus compañeros, como las del profe y las de los artistas reconocidos, tenían degradés. Y a ella no es que no le gustaba esa variación, sino que pensaba en la imposibilidad de la creación de una cosa igual a la otra, aun con los mismos recursos, el mismo lugar, la misma mano, y con muchos intentos. Ella sentía que los colores no se podían manejar a su antojo, como así tampoco el resto de las cosas del mundo o las ideas. No se podía, no se puede. Aunque ella procurara la creación óptima de su color, siempre había un pero que le arruinaba su obra de arte. Porque si se lo mezclaba con el pincel, y éste tenía restos de témpera que había usado, ya que nunca se limpiaba bien con el agua y el trapito, entonces, a veces, sin querer, el color que tanto venía preparando se manchaba y se arruinaba. Y así llegaba a la desprolijidad, porque ella podría estar preparando un amarillo con un toque de rojo, muy poquito, para crear un anaranjado para el centro del sol y, de repente, sin querer, un restito de azul oculto entre las cerdas del pincel le dejaba una veta de verde. Ella consideraba que así no se podía pintar el centro de un sol, porque el sol no tiene verde. Y especulaba sobre la témpera arruinada, y en que a su mamá no le alcanzaba para andar comprando a cada rato otra témpera porque sí. En ese momento, se acercaba su seño y le decía que intentara pintar, que ya le iba a salir, que no fuera tímida, que todos tenemos creatividad, que se animara, que no fuera vaga, que durmiera más, que intentara pintar con la otra mano porque a lo mejor le salía, que le copiara a un compañero como lo hacía, que todos podemos ser artistas, que blá. Pero no era eso.
Volvió a retroceder dos pasos, ahora tres, cuatro, cinco, hasta la sombra de un naranjo. El sol ya estaba del otro lado del cielo, le molestaba en los ojos y no podía apreciar bien la gama de colores.  Dio una mirada horizontal por el alambre y volvió rápido a comenzar el recorrido porque le pareció que le faltaba una prenda. Entonces, se percató de que la musculosa estaba fundida con el cielo y podía pasar desapercibida. Imaginó que, tal vez, cuando recogiera la ropa alguno de sus hermanos podría olvidarla allí tendida, porque en las apuradas no la iban a ver y seguro que después llovía y se mojaba o se levantaba un poco de viento y zafaba los broches y caía al piso, llenándose de tierra; además después ¿quién iba a poder sacar esas manchas barrosas que seguramente se estamparían? Aunque, conociendo cómo venía la mano, sabía que ella misma vendría a recoger la ropa.
Decidió volver a la casa. Rebobinó sus pasos atravesando nuevamente el patio y a medida que iba acercándose a la casa, sentía que caminaba más lento, porque sus pies estaban hinchados. Traía en una mano el fuentón, que también había variado en su cualidad tonal, decolorándose. Corrió la mirada hasta ver su casa y jugó a ubicarla en el centro de un cuadro impresionista. Divisó por la ventana a su madre y a su hermano que parecían estar en la misma posición que cuando los vio por última vez. Incluso, el palabrerío que se habían dicho levitaba en el aire.
Entró y, tras de sí, cerró la puerta con un coletazo, como siempre lo hacía, pero ellos la miraron extrañados, abriendo los ojos. Ella preguntó - ¿qué?- y ahí mismo se sorprendió al escucharse. No reconoció la voz que había hablado, era más áspera que de costumbre. Luego miró sus manos y las vio grandes y un poco secas, entonces corrió hacia el espejo del baño y en él se contempló. Abrió los párpados, más; recorrió el espejo, el rostro, el pelo y no dejaba de asombrarse. Miró en la profundidad de los ojos que la miraban y se sintió observada. Estaba intranquila hasta que vio ese lunar que ella tanto conocía; quiso tocarlo en el espejo con un dedo, pero se topó con otro dedo. Sonrió por su tontería, ya no estaba asustada.

Volvés a tomar el fuentón y salís porque probablemente es tiempo de mover las prendas o de no volver. No te sorprendes de tu cara de adulta, porque sabes que el tiempo nunca se detuvo a contemplar, te dejó en el patio, en las prendas y continuó. Y ahora te vas a retomar la búsqueda de ese mundo de colores inaprensible renunciando a este tan palpable, pero en blanco y negro.


Un Pequeño Pirata
Ayelén Altamirano

Hace mucho tiempo cuando los mares eran invadidos por barcos con velas grandes y panzonas movidas por el viento que marcaba su dirección, existía un pirata que era como todos los piratas, pero tenía algo en particular, era de esos piratas que al mirarlos a los ojos, negros y profundos, daba miedo, tanto miedo que algunos preferían ser comidos por un tiburón que cruzarse con él. Este pirata tenía un nombre: se llamaba Cara Negra y quería ser el dueño de todas las aguas, qué digo de todas las aguas; de todos los mares, qué digo de todos los mares; de todos los océanos del mundo. Pero este pirata no andaba solo, tenía su tripulación a bordo de un barco bucanero que era liviano para poder escapar rápidamente.  Lo llamaban “el Vagabundo” porque vagaba por las aguas en busca de barcos enemigos a los cuales derribaba dando batallas que duraban horas e incluso días, hasta que sus rivales se daban por vencidos mostrando una bandera blanca. Y era allí cuando Cara Negra, que siempre estaba enojado y con el ceño fruncido, se reía, y su sonrisa se expandía desde una oreja hasta la otra, cruzando toda su cara dejando ver su diente de oro, brillante como el sol.  Entonces, levantando su espada como símbolo de victoria, decía:
-              ¡Soy el mejor pirata del mundo, nadie puede igualarme!
En ese momento su tripulación se abalanzaba hacia el barco vencido y saqueaban todo lo que encontraban a su alrededor: relojes, botellas de ron, conservas, joyas, monedas de oro, ropa, espadas.
Cara Negra tenía un hijo, lo llamaban Pequeño Jim porque era el más pequeño de toda la tripulación. Su padre le había enseñado lo que un gran pirata debía saber: cómo utilizar la brújula, cómo anclar, cómo izar una vela, cómo manejar una espada, cómo cargar un cañón, y siempre le decía:
-              Hijo, para ser una gran pirata y conseguir todo lo que quieras debes ser malo y no preocuparte por los demás, como tu padre.
Jim trataba de retener cada palabra lo más que podía porque quería ser un pirata reconocido.
Un día el pequeño Jim, mientras revisaba un baúl en busca de su parche de juguete que se le había perdido, encontró una botella con un papel dentro que decía:  
“Sé bueno, ayuda a quien lo necesite
y recibirás a cambio mucho amor
de las personas que te rodean…”
Jim sabía leer aunque no había ido a la escuela debido a que su vida transcurría arriba del barco. Un pirata de la tripulación llamado Neil, el más viejo y al cual Jim le tenía un gran respeto, le había enseñado a leer y escribir mientras navegaban por los mares. Entonces se preguntó ¿Qué es ser bueno? Y como en sus pensamientos no encontró respuesta fue en busca de su padre que seguro tendría una buena explicación a su interrogante. Lo encontró maniobrando el timón, se paró a su lado y le preguntó:
-              Padre, ¿qué es ser bueno?
Cara Negra manteniendo fija la mirada en el horizonte le dijo:
-              Pequeño Jim ya te he dicho lo que debes hacer, ser malo es lo mejor, ser bueno es para tontos. 
Comprendiendo que su padre no le diría nada más, bajó la mirada, dio media vuelta y se fue. No muy conforme con la respuesta recibida decidió ir a preguntarle al viejo Neil, que como era anciano y tenía mucha experiencia, seguro sabría responder a su pregunta. Lo vio apretando unos nudos de las velas en la proa del barco. Corrió hacia él y le preguntó directamente con muchas ansias:
-              ¿Qué es ser bueno?
Neil, que había escuchado la conversación entre Cara Negra y el niño le contestó:
-              Pequeño Jim, ser bueno es saber respetar a los demás y ayudarlos cuando lo necesiten.
El pequeño pirata, asombrado por lo que acababa de escuchar, respondió:
-              Pero mi padre me dijo que debo ser malo, ser bueno es cosa de tontos.
Neil lo miró a los ojos y le dijo:
-              Eso es lo que piensa tu padre, puedes opinar diferente a él y tomar tus propias decisiones.
Jim, feliz por la respuesta conseguida, se fue a dormir. A media noche una fuerte sacudida lo sacó de su cama. Se enderezó asustado y se dio cuenta de que se trataba de una feroz tormenta. Abrió la puerta de su camarote y la escena era increíble… olas gigantescas parecían devorar el barco, lo golpeaban con fuerza, se balanceaba de lado a lado, los rayos cortaban el cielo negro y los truenos hacían vibrar el cuerpo. El agua llegaba hasta los tobillos, algunos piratas trataban de arriar las velas para que el viento furioso no empujara al Vagabundo hacia direcciones desconocidas. Jim, atónito, dirigió su vista hacia el extremo del barco y vio a su padre que lidiaba por atar una cuerda  a una de las orillas para evitar que el mástil mayor se partiera por la mitad debido a la fuerza de la tormenta.
En ese momento una ola enorme cubrió a Cara Negra como un manto y luego desapareció. Jim se quedó inmóvil, no podía creer lo que sus ojos le mostraban, un impulso hizo que corriera hasta la orilla y aferrándose fuertemente del borde miró hacia abajo y vio cómo su padre luchaba para no hundirse, porque aunque Cara Negra era un pirata muy bravo, si había algo que no sabía hacer era nadar y gritaba desesperado:
-              ¡Ayúdame Jim, me ahogooo!
En ese instante el niño recordó las palabras de su padre y dijo:
-              ¡Pero si te ayudo seré bueno y eso es cosa de tontos!
Su padre respondió:
-              ¡Olvida lo que te dije y ayúdame!... Mientras agitaba sus manos para no hundirse.
Fue allí donde el pequeño se dio cuenta de que tenía que tomar su propia decisión… ser bueno o malo. Miró hacia un costado, tomó una soga, ató una punta al borde y lanzó el otro extremo a su padre gritando:
-              ¡Agárrate fuerte!
Cara Negra, como pudo, se aferró a ella. En eso llegaron otros piratas, entre ellos Neil y ayudaron al niño a subir a su padre.
Cuando todo se calmó al terminar la tormenta, Jim se acercó hacia su progenitor, que estaba envuelto con una toalla, y sentado sobre un cajón de madera lo miró con tristeza y dijo:
-              Padre no soy un gran pirata, al ayudarte fui bueno y eso es cosa de tontos.
  Cara Negra se dio cuenta de lo injusto que había sido al decir esas cosas y avergonzado respondió:
-              No, hijo, el que se equivocó fui yo. Te pido por favor que me perdones, no debí ser tan duro y por necio recibí mi lección…Y le dio un cariñoso abrazo.


Siempre uno, los dos
Corina Meichtri

Recuerdo muy bien cómo comenzó todo. Mis padres me advirtieron de tu enfermedad y decidí acercarme a vos: un adolescente apenas dos años mayor que yo, que se acababa de enterar de que el dolor y la hinchazón de su rodilla provenían del temido cáncer que ya había terminado con la vida de su mamá y la de su hermana.
Por cosas de la vida que no llego a comprender, enseguida tuve el honor de ganarme tu confianza. Creo que al principio no era consciente de la gravedad de la situación, ya que con 14 años recién cumplidos no era capaz de asimilar del todo lo que estabas atravesando. La enfermedad te hizo madurar de golpe, por lo que tuve que madurar con vos, tratar de entender cómo te sentías después de cada consulta, en las que te iban dando noticias cada vez menos alentadoras.
Era necesario que te amputaran la pierna, vos no querías y llegaste a amenazar a tu papá con suicidarte si firmaba la autorización para la cirugía. Y yo sin entender, no me querías contar lo que realmente pasaba, pero me llamabas desde el hospital Garrahan. Eran largas charlas en donde me decías la mitad de las cosas pero tu angustia era tangible en el tono de tu voz.
La rutina de esas llamadas interminables se produjo cada noche en la que estuviste internado debido a la quimio y cuando te daban algunas semanas de descanso, podías volver.  Siempre encontrábamos un momento para vernos, una excusa para organizar un asado o tomar helado, siempre en casa. Tenerte conmigo me llenaba de dicha, tus ocurrencias y anécdotas del hospital me hacían reír a carcajadas. Siempre tuviste ese don de fascinar con tu forma de narrar tus vivencias y con tu excepcional modo de comprender la vida, que provocaba que cualquiera pudiera pasar horas escuchándote sin aburrirse. Lo que demuestra lo bien que te quedaba tu apodo, “Chavo”.
Llegó el día de la tan temida operación, no nos pudimos despedir. La angustia que sentí fue tan grande que la situación pudo conmigo. Tuve un ataque de ansiedad. Nunca había sentido nada como eso. El terror que me recorría al pensar en la posibilidad de no volver a verte me llevaba a estar fuera de mí. Solo quería que esas eternas horas transcurrieran y que me avisaran que todo estaba en orden. Después de estar un tiempo incontable sin dejar de observar el reloj, sonó el teléfono. Era tu tía, que nos avisaba que, dentro de la fatalidad de la situación, estabas bien.
Lo único que pude sentir al recibir esa noticia fue una sensación de alivio que recorrió todo mi cuerpo hasta dejarme dormida.
Por algunas semanas no te dejaron venir, por la complejidad de la cirugía, según los doctores, así que seguimos estando en contacto por medio de mensajes de texto y llamadas.
Llegó el día en que por fin podrías volver a casa, te esperaba ansiosa pero el reencuentro no fue el esperado. La angustia de lo desconocido se había acumulado en vos y no querías que ninguno de tus amigos te viéramos sin la pierna. Fue todo un proceso lograr que, primero, bajes el vidrio del auto y que, luego, te animes a entrar de nuevo a casa; tanto a mí como a mis padres haber superado este reto nos significó una felicidad plena, porque desde el principio fuiste parte de nosotros, de nuestra familia, fuiste hijo y fuiste hermano.
A partir de entonces, todo comenzó a mejorar. Tu alegría y sentido del humor eran vitales para todos los que nos encontrábamos a tu alrededor. Estabas con más energía y físicamente también estabas mejorando: tu pelo crecía y tu palidez iba desapareciendo (lo que disimulaba un poco tus pecas). Uno de los motivos que te llevaban a estas mejorías era que en poco tiempo ya podrías usar la pierna ortopédica, que esperabas con tantas ansias.
No me alcanzarían las palabras para contar todas las anécdotas que tengo de nosotros durante el transcurso de ese lapso de tiempo, cada una con un matiz distinto, caracterizadas por buenos y malos momentos, por risas y llantos, por siestas calurosas y noches frías.
A medida que te ibas recobrando, sin embargo, nos separábamos un poco, porque volvías a tener tu autonomía de siempre y empezabas a retomar tu vida normal. Disminuía el tiempo que pasábamos juntos y crecía mi miedo porque no quería que me olvidaras, al igual que a la enfermedad que ya había quedado atrás. Así, se fueron distanciando nuestras reuniones en casa porque empezaste a salir con los chicos, hasta llegar al punto en que sólo nos veíamos si nos cruzábamos en algún boliche o en el centro.
Hasta que llegó octubre. Llegaba a casa por la noche, luego de una clase de danza, cuando vi que tu auto se encontraba estacionado afuera, algo que me desconcertó; era raro volver a verte en casa sin la gorra y las muletas, ahora un pelo enrulado cubría completamente tu cabeza y caminabas sin dificultad alguna. Te invité a pasar, sin embargo, como si nunca hubiese existido una separación entre nosotros. Aceptaste y una vez adentro, te sentaste en tu lugar de siempre y comenzaste a charlar con mi mamá mientras yo iba a dejar la campera a mi dormitorio. Desde allí alcancé a escuchar lo que le decías. Explicabas que tenías un problema: ya habías comprado la bebida para tu cumple pero no llegabas. “No llego”, eso decías y te quedabas callado, te parabas, ibas y venías por el comedor.
Luego de un rato de estar pidiéndote explicaciones, volviste a sentarte y nos contaste que el cáncer había vuelto y que esta vez no había solución. Ahora estaba en tu cabeza y los médicos no podían hacer nada.
Es complicado explicarte cada pensamiento y emoción que me atravesó en ese momento. Me enojé, entre gritos te dije que no mintieras, que algo seguro se podría hacer y me dirigí a mi habitación. Vos conversaste un poco más con mi mamá y luego me seguiste, me hablaste de otras cosas, tocaste y te reíste de los adornos que yo había colgado del ventilador y terminamos los dos en una divertida pelea, en la que me llenaste el pelo de crema humectante. Durante esos minutos volvimos a ser los de antes, volviste a ocupar el lugar del hermano que nunca tuve. Pero no duró mucho, te tenías que ir a ver a otros amigos.
Fue una gran despedida la nuestra. A la semana, llegó la noticia. Pero no nos fue posible soportar la distancia, por lo que me ayudaste a tomar la decisión.
Era de noche, estaba sentada en mi cuarto con una lapicera y un papel en blanco en frente mío, vos me observabas en silencio. Mi mano temblaba y las lágrimas caían otra vez ¿te acordás? Pero tu presencia me dio coraje para comenzar la carta, destinada a aquellos que no nos podían entender, que no comprendían. Una vez que la hube terminado y hube tomado mi último aliento, ya no hubo nada que nos impidiera permanecer juntos donde sea, para siempre.


El lago de los cisnes
Evelyn Oliva

I
Los días de calor son agobiantes, sobre todo para él que hace 24 horas que no duerme.  Si bien no se queja porque es su trabajo a veces se siente exhausto. Fundó una empresa que hoy está triunfando, pero el camino por mantener ese  éxito es bastante arduo. Su esposa está en su casa. Llevan cinco años de matrimonio. Todo comenzó a desgastarse, sin embargo, cuando apareció el afán por querer ser padres. Nunca pudieron concebir un hijo, quizás era ella la que tenía problemas, quizás él, o ambos. John la amaba profundamente y cada acción que realizaba era por y para ella.
“Somos felices” -decía John-. Sin hijos pero con una linda casa ubicada en un country de Rosario, dos autos de alta gama y cuatro perros. Antes solían viajar por el mundo, ya no lo hacen. Él está enfocado en la multinacional y ella refugiada en su hogar, que por cierto tiene 10 grandes ambientes, una cancha de mini golf y un hermoso lago artificial.
 II
-              Pasa, vení, no tengas miedo. John no está.
-              No es eso, Amelí, me siento incómodo, creo que no deberíamos venir a tu casa.
-              ¿Qué estás insinuando? ¿Qué vaya a un hotel? Disculpame pero yo soy una mujer de principios y no voy a andar escondiéndome como una rata. Desvestite, dale, yo voy a buscar una copa de coñac.
Tom se desvistió en la habitación del matrimonio, ya no era amor, se había convertido en un simple acto de costumbre o quizás de obsesión. Era un muchacho joven, atraído  por una cuarentona. Admiraba el lago que tenían de vista en la gran habitación matrimonial. ¡Qué hombre tan afortunado!, pensó y siguió mirando la armonía del parque, el césped brillante, verde y parejo, los patos en el agua, el atardecer cayendo… 
-              Tomá, (le ofrece una copa) ¿Qué mirabas, acaso querés que tengamos una fantasía en el lago? -Exclamó Amelí con tono juguetón-.
-              Basta, Amelí, hoy no estoy de humor, esta relación se está volviendo un tanto fría. Perdón pero no quiero esto para mi vida.
El joven se marchó rápidamente a su casa que quedaba a dos horas del lujoso country.
-Idiota- Exclamó Amelí y se sentó en la cama a beber.
III
-              Hola amor, llegué, ¿cómo estuvo tu día? -Preguntó John.
-              No tan bien como quisiera.
-              ¿No me vas a dar un beso?
-              Sí (le arrima la cara secamente).
-              Vamos a cenar cariño.
-              No tengo hambre, cená vos. Yo me voy a acostar.
Ya nada era como antes, John lo presentía.
-              Cariño hoy estuve pensando en tomarnos unos días y hacernos un viaje como antes, los dos juntos, un viaje de amor a Cuba. ¿Qué te parece?
-              La verdad es que creo que hay ciertos asuntos que no puedo dejar de atender (pensó inmediatamente en su joven y guapo amante). Pero si me avisas con tiempo quizás vea qué puedo llegar a hacer.
John cenó y se dirigió a su cuarto. Tenía plena conciencia de que su esposa nada estaba haciendo para sacar el matrimonio adelante.
-              Amelí, si no me amas, y querés separarte, decímelo. A mí me duele esta situación. Llegar del trabajo y que no me esperes. No cenar juntos. Sentir nuestra cama sumamente fría.
-              No hables pavadas John. ¿Qué te agarró, el sentimentalismo o la andropausia? Dejate de joder. Dormí que estoy cansada.
IV
-              Pasá, dale que te extraño -lo besa apasionadamente-.
-              Pará, Amelí, vine a hablar.
-              Sin embargo es lo último que tengo ganas de hacer.  –Lo desviste bruscamente y lo tira a la cama, el joven ofuscado se la saca de encima-.
-              Ame, creo que esto sinceramente no da para más, yo quiero una familia, una mujer a la que pueda presentar en mi círculo íntimo, salir a la calle, disfrutar del día.  Dos años con esta mentira me parece demasiado.
-              No hables pavadas Tom, sin mí no podés vivir y yo sin vos tampoco.  –Se esconden bajo las sábanas-.
V
Mientras tanto, John no sospechaba nada, creía que su  mujer sólo estaba pasando una profunda depresión por no poder concebir. Un día, sin embargo, descubre en su vestidor –lo ordenaba su mucama, claro- un par de medias y un bóxer que claramente no eran suyos. ¿Casualidad? ¿O era una pista planeada por su mucama para que abriera los ojos?  No dudó en enfrentar a su mujer y preguntarle simplemente ¿por qué lo había hecho? Ella absolutamente acorralada por la huída de su amante y ahora por el descubrimiento de la verdad por parte del marido, no duda ni un segundo, fríamente saca un arma y le vuela los sesos a su esposo.
¡Hasta que la muerte nos separe! Exclamó maliciosamente. El cuerpo de Jonh bañado en sangre yacía en el piso, Amelí buscaba los productos de limpieza para no dejar ningún rastro. Durante horas fregó y fregó. Una vez terminado el profundo aseo introdujo el cuerpo de su marido en un bolso lleno de piedras, adoraba actuar de esa manera ya que sus favoritas eran las series negras. Astutamente esperó la noche; mientras, tomó un vaso de Gin-tonic al lado de la pileta, contempló el cielo y las estrellas. “Es hora de actuar”- pensó.  El reloj marcaba las 11 pm, el tercer cambio de guardias del country ya había sucedido.  Arrimó sutilmente su carrito de golf cerca del ventanal de su cuarto, con una fuerza sobrehumana cargó el bolso y llevó el cuerpo sin vida de paseo. Admiró su parque, agradeció a Dios por un nuevo día y detrás de las totoras tiró bruscamente al lago a su marido muerto. Ninguna lágrima rodó por su mejilla. Luego de revisar minuciosamente que nadie la haya visto, se quedó a contemplar cómo se hundía el cuerpo, tal como si fuera un espectáculo digno de ser visto.
Luego de borrar todas las cintas de video de las cámaras de seguridad de su hogar, la cuarentona se inventó una coartada. Esa noche se acostó en su cama más feliz que nunca y se puso a descansar.
VI
-              Pasa Tom, estoy sumamente angustiada, oh te necesitaba tanto querido Tom. (Llora terriblemente)
-              Amor, vine en cuanto pude, contame qué pasa, por qué estás mal.
-              John anoche se fue, me dijo que era una interesada, que me quedara con todo, que él se iba y nunca más volvería. No es eso lo que me duele, sino como me trató, como me golpeó y me humilló.
-              Desgraciado, cómo va a golpear a una mujer.
-              Por favor Tom, necesito que te quedes, que pasemos nuestra vida juntos. Empecemos de nuevo acá por favor. John no va a volver, de eso estoy segura.
El  joven un tanto inexperto, otro tanto enamorado no dudó, y eligió creerle.  Cuando le comentó a la mucama que se mudaría, ésta le dijo: “No vayas a perder la cabeza por esa mujer”. Las palabras quedaron resonando por un largo tiempo.
Amelí, una persona sumamente conocida por el éxito de su gran empresa, había denunciado la desaparición de su marido ante los medios y la justicia. “Mi marido no volvió a casa, estoy completamente convencida de que esto es producto de la inseguridad imperante, pido por favor que se investigue a fondo, en especial a los empleados de su propia empresa”. Nadie dudaba de sus duras palabras. Tom no entendía porque lo hacía, a él le había contado otra historia, sin embargo, lejos de preocuparse, disfrutaba los días de puro ocio y lujuria, no necesitaban trabajar, la empresa seguía produciendo aún con John muerto. Conservaban todos los lujos de antes. El joven, guapo e inexperto, se creía en la gloria. Sin embargo, pronto todo iba a acabar.

VII
La vedad no dudó en flotar, y fue Tom, quien la vio. Se paseaba en zunga por el patio, jugaba en el lago, cuando de repente el cuerpo subió bruscamente a la superficie. Le bastó advertir la herida de bala en la frente.
Ese día el carro de mini golf salió nuevamente a pasear. Aquella puesta de sol naranja, aquel intenso atardecer escondería otro secreto. Ese día en el lago se cobraría otro cuerpo.


Diario de Normalidades
Florencia Andrighetti

21 de Octubre
Me volví loco. En aquel pueblo no tan pequeño, no tan grande. Mi pueblo, que está invadido por enfermeros y maestras, por policías y kiosqueros. Un conjunto de soledades que intentan acabar con la calma. Si a alguien se le da por gritar, hacen problemas. La verdad es que no se pueden hacer muchas cosas. Somos pocos, o no tan pocos, pero el respeto no se pierde. Y se me da por escribir esto porque no me lo puedo guardar. Es que sí, me volví loco acá en el Hospital (¿o fue antes?) donde estoy ahora. Me dieron papeles y un lápiz, éstos, no sé. Estoy loco.
Me persigue. Él dice que quiere que seamos amigos; y cada tanto me quiere matar.
23 de Octubre
Cuando duermo me veo corriendo para salir de acá. Llego al centro, con ganas de tomar un helado con mi hija Clara. De repente la llevo de la mano, pero ella llora. En medio de la Avenida Olmos me miro: estoy desnudo. Quiero correr pero los pies se me derriten en el asfalto. Clara no deja de gritar, y despierto. Me hace bien contarlo acá, porque no tengo con quién hablar. A los enfermeros no les gusta que duerma mucho porque dicen que siempre estoy gritando hasta hacerme pis.  Me quedo pensando en mi hija que seguro se quedó con ganas del helado, y la extraño, porque ella no tiene la culpa de tenerme lejos, ni su mamá, ni yo tampoco. Me agarró desprevenido esto, nadie quiere volverse loco. Nadie tiene ganas de venir acá y ver cómo se le pasan los días, a veces lúcido, a veces sobremedicado, a veces con falta de medicación. Uno se acostumbra pero eso no cuenta, porque me parece que estar acá a uno lo enferma más. Sí, es así. Yo vine mal pero en vez de mejorar, empeoro. Como anoche, que no quise cenar porque me parecía que la comida tenía veneno y que alguien quería matarme. Cada tanto me siento perseguido y me quedo mirando los techos, las paredes. A la noche siento ruidos en las ventadas, pero me parece que eso no es locura, acá hay cosas raras. No estoy loco, acá hay cosas raras.
25 de Octubre
Pasan los días, estoy más flaco, más pálido. Hoy hice un amigo, Carlos se llama. Me costó acercarme porque siempre anda sólo, medio depresivo, medio melancólico. Me dijo que quería matarse. Y a quién no le da ganas, a veces. Pero le dije que hoy no, que espere hasta mañana porque esta noche seguro soñaría algo lindo. Eso le dije y me creyó. Cuento esto porque si mañana se mata me va a hacer bien leer que hice algo por él. ¿Y si él lo mata? Ese que me persigue no quiere que tenga amigos. Quiere que lo mate yo.
30 de Octubre
Hoy me dijeron que va a venir Clara, y no quiero. No quiero que me vea así sucio, feo. Ya no soy su papá, no sé quién soy. Cada tanto me dan ganas de ser Carlos, para estar triste y no tener ganas de irme de acá, o de escribir, o de estar tratando de pasar el aburrimiento. Pero a pesar de que el tiempo me reduce a ser cada vez menos, tengo ganas de ser más. Tengo ganas. Tengo ganas de ver a Clara, pero no quiero.
Recién se la llevan. Tenía un vestido blanco que le resaltaba esos ojitos claros, como los míos. No puedo parar de llorar. Lloro porque ese abrazo me derritió el alma, y a la vez me dio más ganas de portarme bien para que me dejen ir. Clara, Clarita, papá vuelve con vos en poquitos días. Esperame Clarita. Ya voy. A pesar de que me vio derrumbado se quiso quedar conmigo. Me dijo ¿me puedo quedar a dormir con vos papá? Y le besé la mejilla. No me dejó llorar porque estaba hermosa. Pero ahora se me explotan los ojos y se me congelan las venas.
Otra vez quiero salir corriendo, y seguro esta noche sueño, grito, corro desnudo, me hago pis.
2 de Noviembre
Se mató Carlos. Y no encuentro la hoja que escribí para saber qué le dije, pero sé que le dije algo, por eso no se mató antes. Y justo había llegado a sonreírle. No sé cómo, creo que se tiró por la ventana, está alto desde acá. Pero los enfermeros no cuentan nada, hablan entre ellos y cuando uno quiere saber algo le dicen que no pasó nada. Pero no estoy loco, yo me doy cuenta de que Carlos no está más y que le pasó algo. ¿Se mató? No sé, pero yo le dije que no se mate porque iba a soñar algo lindo. Eso le dije, y me veo sangre en las manos.
Tengo un dibujito de Clara donde estoy yo con piernas largas y una cabeza, sin brazos. Clara me dibujó sin brazos. Debe ser para que no escriba.
5 de Noviembre
Entré acá porque un día estaba triste y otro eufórico. También porque soñaba cosas feas y gritaba, y me hacía pis. Todavía algo de eso me pasa, pero ahora nunca estoy triste, ni eufórico. Estoy normal. No estoy loco. Debe ser porque escribo, y por este libro que me prestaron que no sé cómo se llama pero me parece que habla de mí. Lo escribió el que siempre me vigila, el que me quiso matar envenenando la cena. Debe haber sido él. Me mira por la ventana y me susurra que me vaya.
6 de Noviembre
Me encerraron porque me enojé y rompí un par de cosas. Escuché que una enfermera decía que la amenacé; hablaba y lloraba. Pero yo no le hice nada. Si ellos dicen que yo invento cosas me parece que ellos también. 
¡NO ESTOY LOCO! ¡SOLTAME! Entre dos me metieron acá adentro y no puedo salir. Les pedí mis hojas escritas y el lápiz pero me gritaron diciendo que nunca tuve ni hojas ni lápiz y que nunca escribí nada. Ahora me doy cuenta que estoy escribiéndome  y que no sé dónde guardé lo que escribí antes.
¡SOLTAME! Le grité un par de veces porque me estaba haciendo mal. El enfermero entra cada tanto y me parece que me escupe en la cara. Pero tengo mis papeles y mi lápiz acá. Además lo tengo a él. Él es el único que sabe cómo me siento. Es esa parte de mí que no me animo a ser, esa locura que todos tienen en alguna parte, ese pensamiento inapropiado que pretende cosas de mí. Y yo lo dejo. Me quiere matar, pero yo lo dejo. Lo veo como el espejo de quien no quiero.
8 de Noviembre
Y todavía sigo en la sala de contención. Soñé que los enfermeros me  escondían las palabras, me decían que nunca había tenido papeles para escribir, que acá están prohibidas esas cosas. Entre cuatro paredes blancas pero con manchas de humedad, y esta podredumbre humana, donde todos nos morimos poco a poco. Donde la locura nos enferma cada vez más. Eso sueño pero me parece que se mezcla con la realidad, y lo tengo que escribir para que se aclare en la mente.
¡SOLTAME! le grité al enfermero y le incrusté como una aguja el lápiz afilado en la cara. Le caía la sangre por el ojo y me insultaba. Loquito me dijo, como si en este lugar esa palabra fuera un insulto. Ni acá, ni en toda la ciudad. ¡Loquito! Y empecé a escribir con la punta del lápiz llena de sangre. Loquito. ¡Soltame! Sangre. El ojo lleno de sangre. Los papeles que no encuentro. Acá están prohibidas esas cosas. Pero lo maté porque eso escuché que dijeron. Porque le metí el lápiz hasta las neuronas. Él me dijo que me tenía que defender. Él le metió el lápiz en el ojo.
Nunca tuve papeles ni lápiz. Acá están prohibidas esas cosas. Y me parece que de acá, nadie sale vivo. Pero todos tenemos un Él.


Abrazos con brazos de hojalata
Gabriela Zavala

Mateo vivía en una ciudad muy moderna. Sus habitantes tenían todas las comodidades y no debían realizar demasiados esfuerzos para hacer las cosas. Cuando llegaba la hora de almorzar, la mamá de Mateo le pedía a la máquina de la comida el menú que se le había ocurrido: algunas veces, pastas, ensaladas, milanesas, papas fritas o hamburguesas; otras, bifes con puré, guisos, sopas o tartas de cualquier tipo. Cuando Mateo quería jugar, llamaba a la máquina de los juegos y le pedía de todo: un juego de mesa, una consola, una pelota de fútbol, hasta amigos para hacer partidos de básquet.
Las máquinas eran unos robots de hojalata que estaban en todas las casas y hacían la mayoría de los trabajos. Lavaban, planchaban, limpiaban, cocinaban, cortaban el pasto. También les daban clases a los chicos, manejadas por una maestra a la distancia. Había una máquina de dar besos, de dar palabras de aliento o de amor; otros robots hacían compañía, ofrecían sus brazos para llorar o acariciaban a la gente que se sentía mal. A veces, las personas se enojaban cuando las máquinas de dar consejos no paraban de largar uno tras otro y se olvidaban de escuchar. Tanto se habían desarrollado las máquinas que las personas casi no hablaban entre sí.
“Las máquinas de hojalata son capaces de hacer cualquier cosa”, decía el Intendente de la ciudad en sus discursos. “¿Cualquier cosa?”, se preguntaba Mateo y se quedaba con la duda.
A Mateo la que más le gustaba era la máquina de los abrazos. La llamaba siempre y la llevaba para todos lados. Era un robot de hojalata y, aunque tenía los brazos un poco fríos, cuando la abrazaba sentía que le subían unos pajaritos por el cuerpo y le hacían cosquillas. Lo único que no le gustaba era que la máquina no parecía sentir lo mismo.
Un día, Mateo se fue a la biblioteca de la escuela porque le gustaba mucho leer y, como hacía siempre, empezó a recorrerla hasta encontrar un libro que le llamara la atención. De repente vio uno grandote y pesado, de color verde. Lo sacó como pudo del estante y se puso a leerlo. Al instante quedó sorprendido porque en la tapa no tenía ningún título, así que lo abrió. A pesar de que era viejo, tenía unos dibujos muy divertidos. Los personajes de ese gran relato hacían cosas extrañas, cocinaban solos, iban a un lugar que llamaban escuela, limpiaban con unos palos con pelos, lavaban la ropa con espuma y, lo que más le gustó, hablaban mucho entre ellos. También vio que la gente se saludaba con un beso y cuando alguien estaba triste se le daba un gran abrazo. ¡No lo podía creer! Ese era el mejor cuento que había leído en su vida.
Como ya era tarde y había que cenar, se volvió a su casa. Allí encontró a su mamá muy atareada con una máquina que no le respondía. Le pedía fideos con crema y la máquina le daba empanadas. “Jamás me pasó esto”, decía su mamá. Ella decía que estos aparatos estaban hechos a prueba de falla. Mateo comió las empanadas ya que le gustaban tanto como los fideos con crema y se dispuso a ir a la cama. Antes, le pidió a la máquina de los abrazos que le diera uno de buenas noches. Pero… ¡PUM! La máquina le pegó. Enojado, fue a pedirle a la máquina de los besos que le diera el de buenas noches. Otra vez… ¡PAF! Una cachetada bien fuerte. Llorando fue a decirle a su papá que las máquinas no le hacían caso. “Ahora estoy cansado, andá a dormir así nomás que mañana las arreglamos”, le contestó. Indignado y triste, Mateo se fue a acostar.
Al día siguiente se despertó por un ruido espantoso que venía de la cocina. Se fue rápido para allá y se encontró con sus papás y su hermanito renegando para hacer funcionar a la máquina de la comida. “No responde, no hace nada, ni una tostadita”, se quejaba su hermanito.
Pero parecía que no sólo les sucedía a ellos. Salieron a la calle para consultar con sus vecinos y todos estaban en la vereda quejándose desesperados porque sus máquinas no funcionaban. Su mamá, que estaba al lado suyo, se puso triste y dejó correr una lágrima. A Mateo le dio lástima y, como impulsado por una fuerza extraña, abrió grandes sus bracitos y apretujó a su mamá, así como solía hacer con la máquina de los abrazos. ¡Ay! ¡Fue tan lindo! Sintió el calorcito que su mamá le transmitía. Era suave y blanda, como un oso de peluche… ¡o mejor! Mateo se sintió feliz y su mamá lo miró con una gran sonrisa.
Mientras tanto, la ciudad era un caos sin las máquinas pero a Mateo se le prendió una lucecita en la cabeza después de haber abrazado a su mamá. “El libro”, pensó. Y salió a buscarlo a la biblioteca. Corriendo bien rápido se lo llevó a su papá y le dijo que ahí estaba la solución. “Ahora no es momento para leer”, le dijo, mientras corría de acá para allá tratando de hacer algo.
Mateo se puso triste y se encerró en la cocina con el libro. Como sin querer, empezó a leer las primeras hojas. “Cómo hacer una tostada”, decía el primer título. Otra vez se le prendió la lamparita y se puso a seguir las instrucciones. Paso a pasito, Mateo cocinó una tostada hecha y derecha y se la llevó a su mamá. ¡La cara que puso cuando la vio! “¿Ya funciona la máquina?”, le preguntó. “No, mamá. ¡La hice yo!”, le dijo Mateo con una sonrisa grande.
Desde ese día, todos los vecinos de la ciudad guardaron las máquinas en el ropero. Mateo fue el encargado de transmitir la buena noticia: ¡se podía hacer lo que se quisiera sin la ayuda de los robots de hojalata! El libro fue puesto en la biblioteca nuevamente para que los ciudadanos pudieran ir a leerlo. De paso, algunos se llevaban otro libro de cuentos o una novela, no querían perder la oportunidad de seguir descubriendo los misterios que parecían estar encerrados entre las páginas.
La más fácil de reemplazar fue la máquina de los abrazos. Los vecinos se ponían contentos al andar por la calle distribuyendo abrazos a los que se les cruzaban por el camino. Mateo seguía sintiendo las mismas cosquillas y los mismos pajaritos cuando lo apretaban. Pero era todavía mejor: ahora podía sentir y compartir la alegría que alborota los sentidos inundándolo todo en el simple don del encuentro.


Velo
Julieta Dominguez

Me encontraba calentita bajo las sábanas cuando el olor llegó a mi nariz. Sabía que en algún lugar, algo comenzaba a pudrirse.
Tapé con la almohada mi cara por un breve tiempo. No quise preguntarme nada. Quería convencerme de que no había percibido aroma alguno, pero fue imposible. Cómo explicarles, era olor a fermento. Sin dudas algo se estaría descomponiendo, no muy lejos de donde estaba.
Pasaron los minutos y giré sobre la cama muchas veces. Mi cabeza buscaba razones, intentaba indagar sobre el origen de aquel inmundo olor, pero insistí y cerré los ojos. Fue un instante y comprendí que había en mí algo de ese hombre que quiere negarse. Del que busca no mirarse para no ver, del que de todo huye.
 Me quité la almohada y dejé al descubierto mis ojos. Desde ese pedacito de cama, lo miré todo. Nada me llamaba demasiado la atención salvo la claridad que pegaba en mi cara, más fuerte de lo normal. Esa claridad era una claridad extraña. En mi ventana, allí por donde se colaba la luz, no había cortina alguna y la luz, ese día, se me reflejó en el rostro, azul.
Como pude contuve la calma, pero caí en un ensimismamiento. En ese momento, justo cuando algo se descomponía en algún lugar, pude sentirme parte de la humanidad. Creí que había sido necesario oler el fondo de algún pantano para, por fin, abrir los ojos.
Me decidí y caminé hacia lo azulado, como quien tararea a la orilla de algún río perdido. Sí, algo se desprendía de mí con cierta ternura inocente. Estaba abstraída, metida en un yo que había dado por perdido. Se sentía como un regocijo, cierta precipitación. Un acelere de sonrisas queriendo liberarse.
Pero era incómodo. El olor me erizaba la piel y comenzaban a arderme las plantas de los pies. Pensé en las plantas cuando me miré los pies y me pregunté si el olor les habría llegado, y si a ellas también les ardería algo.
Me aquieté y miré mis manos. Recuerdo haber hecho una mueca irónica y decirme que la gente no se pregunta por las plantas. Además, a las plantas nada les puede arder como a nosotros. Y fue entonces que confirmé mi regreso leve e inmiscuido al mundo de los que caminan, con una mano en el pupo y la otra sobre los ojos.

Llegué a mi ventana y apareció el suspiro interminable de la lamentación y el dolor.
Me restregué los ojos muchas veces y me volví tres pasos hacia una pared. Al ver tras ese hueco, comencé a llorar. Lloré hasta inundarlo todo. Me incliné hacia delante, asomé mi cabeza al exterior, pero no soporté la fatiga.
Noté con rapidez que mi pelo y mi rostro cobraban un color amarillento que iba tiñéndome toda. Entré en pánico, sentía evaporarme. 
Era  como un ácido espantoso que consumía todo cuanto me rodeaba. Bajé a la calle (en unos veinte minutos, lo que habría bajado en cinco) y me entreveré con los demás. Me arrimé a uno de ellos y lo sentí pudrirse. De él salía una grasa verde que burbujeaba. Supe enseguida que no era posible distinguir hombres de mujeres, todos estábamos pelados y cubiertos de una gruesa capa de sobrepiel.
Nos habíamos convertido en extraños deformes, de rostros envejecidos y sin apetito alguno.
Dentro de mí algo pujaba con fuerza, pero no podía soltarlo. Sentí una terrible angustia y no pude no pensar en cómo se sentirían ellos. Mi concentración en ese pensamiento fue tanta, tanta que la congoja al fin pudo dar paso al llanto. Comencé a llorar, con mucho esfuerzo. Las lágrimas no caían, al principio eran gomosas y provocaban dolor, pero luego, como cuando la bomba comienza a dar agua limpia, el llanto salió líquido y cristalino. Lloré sin consuelo, no sabía qué hacer. Me detuve y quise oír si alguien más estaría llorando. No oí nada.
De repente sentí aliviarme, el llanto tiene eso de curativo. Y era un alivio tan profundo que parecía haber penetrado una superficie difícil.
Me observé. No podía creer lo que veía. Mis lágrimas me estaban devolviendo mi color. Sin embargo, fue una sensación intranquila. Imaginé que si llorábamos íbamos a salvarnos y si lográbamos llorar sobre las plantas y los animales, tal vez… Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cuántas lágrimas se necesitarían para salvar todo? ¿Será que servirían las de cada uno?
Lo único que teníamos allí era un pedazo de ciudad pegajosa. Nada esperanzado. Nada a salvo.
Pasaron los días y sin saber en cuál nos encontrábamos pude oír. Pero no eran lágrimas. Se sentía un lengüeteo constante. Era un sonido escandaloso y dudé en abrir los ojos que hacía horas había cerrado para no ver el fin. Pero los abrí y vi a muchos perros lamiéndose y a otros tantos animales salvando ese pedazo de humanidad hundida en el abismo de la podredumbre.
Comprendí que no éramos quienes nos rescataríamos. Ellos, los que no conocen el egoísmo y a todos nos darían la oportunidad.
Sólo recuerdo que miré dentro de mí y sólo pude decir ¡amén!



El destino menos esperado
Mariana Cattani

 Al momento de sentir el estallido de la llanta de mi auto mantuve mis manos en el volante para evitar chocar en medio de la oscuridad. A duras penas lo logré y con el último recorrido del auto lo ubiqué a un lado de la ruta para no obstaculizar el paso de los vehículos que transitaban por allí.
Ya era medianoche cuando mi amiga Magdalena me llamó al celular, sin embargo, alcancé a observar que el reloj ubicado en mi mano izquierda marcaba exactamente las 21:00hs. La conocí en una cafetería, no puedo olvidar la ternura con la que pidió “un café con dos de azúcar” su preferido, me acerqué con la intención de conocer a esa rubia que me había alegrado el día, intercambiamos teléfonos y así comenzamos con nuestras sitas.  Su voz se escuchaba angustiada “Ayudame tratan de violentar la entrada de mi casa”. Y en un segundo se cortó brutalmente la conversación. Medio semidormido, me terminé de despertar y en un momento me dispuse a ir en auxilio de mi desesperada amante.
La ruta a su hogar me la sabía de memoria, con lujos y detalles, ya que acudía a la cita sensual dos veces al mes, cada vez que me podía ubicar con mi trabajo y mis tareas diarias, debido a que vivía en una casa donde podrían vivir tranquilamente cinco personas.  Magdalena era una mujer con todas las letras, era delicada y jamás tuvo escrúpulos para negarme su amor. Contrariamente a lo que ocurría conmigo, había terminado su matrimonio de manera muy violenta. Su marido, un poco más joven que ella, había resultado un hombre sin ternura alguna y de carácter muy feo. Desgraciadamente ella se había enamorado perdidamente de este sujeto y muchas veces llegó a decirme Nunca supe por qué lo acepté como marido sabiendo la clase de persona que era. Son cosas inexplicables, le respondía yo siempre.
Me encontraba detenido en una oscura y desierta ruta sin nadie a la vista que pudiera ayudarme a llegar a tiempo al rescate de mi amada Magdalena, calculaba que estaba a unos 5 km de  su casa, para mí era muchísimo con la desesperación que tenía y el miedo de sentir que algo le podría pasar y no estar allí para ayudarla. Presentía que toda su vida estaba llena de intentos y que esta vez no podría evitar su destino, no podía saber lo que ocurriría en su vida, algo totalmente inesperado.
La noche parecía estar en mí contra. La luna se ocultaba tras las nubes negras que anunciaban una tormenta muy fuerte. Me dispuse dejar abandonado mi auto y empezar a caminar hacia la parte donde las malezas estaban a una altura que hacía casi imposible caminar y donde, desde lejos, se veía la entrada al campo “San Agustín”.
Anduve casi 500 mts y vi unas luces que aparecieron a la distancia, no sé por qué causa me oculté un poco en la maleza a un costado de la ruta esperando que pasara algún auto que pudiera alcanzarme a la entrada. Enseguida aparecieron dos vehículos y en unos segundos se escucharon disparos que pegaron en los vidrios traseros de uno de ellos. Esto me causó pánico y me lancé de cabeza para caer en la arena, me quedé quieto mientras se escuchaban más disparos entre los contrincantes de los dos autos. Al cabo de unos minutos me escondí detrás de un árbol que me servía de escudo.
Respiré hondo al no ver a nadie, sólo rastros de vidrios rotos por el asfalto. Apuré mi paso y miré nuevamente mi reloj: marcaba las 00:30 hs. Me pasé la mano por el brazo izquierdo y lo sentí mojado, muy mojada mi mano, miré y apareció entre mis dedos un líquido rojo. Estaba sangrando pero no me quise detener y aceleré el paso, creía que estaba muy cerca del lugar adonde quería llegar.
Para acortar el camino tomé un atajo que reconocí inmediatamente. Escuché un ruido extraño como a unos 50 mts y me detuve, y en un momento me pareció escuchar como un lamento, alguien lloraba.
Para no ser sorprendido o caer en una trampa me quedé quieto para poder escuchar detenidamente. Por un momento ese llanto no se escucho más y eso me preocupó ¿Acaso esa persona que se quejaba había muerto?, ¿Por qué de repente dejo de llorar?, ¿Qué habría pasado?
Sentía el dolor aumentar y mis fuerzas disminuían a cada minuto. A pesar de conocer el terreno estaba desorientado totalmente.  De pronto, a lo lejos se encendieron luces de vehículos iluminando la escena. Avancé como pude, mi brazo ya no sentía nada, ni siquiera el viento que sí sentía en mi mejilla, había perdido mucha sangre, no sabía qué estaba ocurriendo enfrente de mí. Se oyó el grito “¡Alto, alguien viene!”.
No dispare, no dispare, soy amigo de Magdalena -grité con desesperación- solo para que no se abalanzaran sobre mí, estaba demasiado herido y sentía un fuego que corría por mi cuerpo, algo difícil de explicar.
Caí inmediatamente al suelo lleno de pasto y bichos y sentí que unas manos me tocaban, no vi más. Antes de quedar plenamente inconsciente escuché “Parece el hombre que buscábamos, está acusado de asesinar a Magdalena Molina”.



Sombras
A mi padre
Natalia Mana

Aún era verano. Aunque el calendario señalaba veintitrés o veinticuatro -no puedo precisarlo con exactitud- de marzo, el calor insistía en quedarse, la humedad permanecía pegada a los cuerpos. He buscado incansablemente en cajones y álbumes alguna fotografía que me retratara por aquellos años, pero no consigo dar con ninguna. Mi fragmentada memoria sólo me permite traer aquí el color rojizo de mis cabellos y un pantalón del mismo color; eran épocas donde la apariencia me importaba.
Recibí un llamado desde otra ciudad, solicitaban mi presencia con suma urgencia, “él empeoró” alcancé a entender. Y ahora con el peso del tiempo, los dolores en el cuerpo y la soledad no puedo más que dar levísimos suspiros que me emparchan por un instante la existencia.
Cuando al fin llegué donde se encontraba él, temblé de miedo.
Su aspecto realmente había desmejorado, su piel como imantada y atraída por un frío metal se pegaba a sus huesos. Sus chiquitos ojos verdes apenas daban un brumoso gris. Noté su cansancio, su resignación. El cuerpo vencido, la voz que apenas lograba salir con infinita tristeza alcanzó a decirnos (en ese momento Mónica se encontraba junto a mí) “quiero un cigarrillo”. Su aliento sólo alcanzó para eso. Dentro de los hospitales -todos sabemos- está prohibido fumar.
De ahí en adelante la vorágine y burocrática espera cayó sobre mi cuerpo. Segundos, minutos, horas. Logré volver a verlo, había desmejorado más aún. Una sala absoluta y completamente blanca lo contenía, aislado, atado a una cama. Reflejaba un sueño profundo, lejano. Acaricié su mano, sus dedos manchados por el tabaco, besé su cara y me despedí con la convicción en ese momento -ahora sé que fue ingenuidad- de que llegaría un nuevo día y volvería a oír su voz.
El azar o el destino (con el paso de los años comenzamos a creer un poco más en filosofías baratas) hizo que a la mañana siguiente en el horario de visita fuera yo quien debía ir a verlo, a recibir la información que los médicos tenían para nosotros, es decir, para mi familia.
A pesar de que, como ya dije, no han quedado rastros de mí en ninguna parte, recuerdo esa mañana como si fuese hoy. Me levanté de la cama con la orgullosa tranquilidad de que el mundo estaba ahí afuera y no había dejado de girar mientras dormía. Mi pelo rojizo por sugerencia de mi madre, colores vivos en toda mi ropa, zapatos, pulseras, anillos y mis pocos años de edad daban a gritos la señal de que el día anterior había sido un mal sueño. Sólo un mal sueño.
Tomé unos mates rápidos en la cocina de la casa de Mónica, mi hermana, donde me estaba quedando durante lo que pensaba serían apenas unos días. El calor asfixiante de las grandes ciudades ese día era más pesado que nunca. Salí a la calle para tomar un colectivo hasta el hospital y sola me dije “todo está bien, sólo fue un mal sueño”. El sol golpeaba en las casas, en las calles, con una fuerza descomunal, “y aún no es mediodía” pensé. Busqué la sombra de un árbol próximo a la parada de colectivos y aguardé tranquila. Advertí que en la sombra mi ropa perdía su color y poco a poco se volvía oscura, negra. No le dí importancia. Sin embargo, era una señal. Subí al transporte y no pude conseguir asiento, los horarios pico son así. La gente ensimismada en sus problemas esa mañana no notó mi presencia dentro del vehículo, ni tendrían por qué haberlo hecho, y ahora que lo pienso detenidamente, tampoco yo me sentía presente aquella vez.
Entré al hospital. Un policía con un enorme cuaderno me preguntó el nombre del paciente a quien yo quería ver. Le dí el nombre tan lentamente que no logró entenderme y tuve que repetirlo. Nada. Volví a repetirlo y agregué más información al respecto. Nada. El sujeto seguía con su dedo una larga lista de enfermos, pasaba hojas y nadie respondía al nombre indicado. “¿Estás segura que está internado acá?” me dijo. Y mis manos, pequeñas, jóvenes, comenzaron a temblar.
Oía sirenas a lo lejos, los pasillos atestados de enfermos, médicos que entraban y salían de una sala a otra, una mujer lloraba desconsoladamente en la puerta por la que yo acaba de entrar tan tranquila. Nada parecía verdad. “Sí, está acá y quiero verlo” le dije al policía que oficiaba de secretario. Cuando caí en la realidad, un médico y una enfermera, supongo, ya estaban parados ahí junto al policía: “tenemos que hablar con vos, ¿estás sola?” me dijeron. Y juro que hasta el día de hoy, después de tantos años, nunca pude entender a ciencia cierta qué era lo que me decían. Miraba sus bocas moverse acompañadas por leves movimientos de las manos, decían términos tan abstractos para mí que sólo pude largarme a llorar. Me preguntaron mi nombre, qué edad tenía y si podían llamar a alguien más.
El resto de lo que sucedió vive en algún recóndito lugar de mi memoria o simplemente se borró como el color de mi pelo, de mi ropa y de mis años mientras permanecí esperando bajo la sombra de aquel árbol un verano que nunca terminó.



El florero de la abuela
Ornella Cecchini

Estaba marcando el número de la policía cuando noté sobre la chimenea la ausencia de mi florero. Ese hermoso florero que me había regalado mamá el día que me casé, que había pasado por la familia de generación en generación y era tan valioso para todos. Y que, según la abuela, debíamos cuidar de él toda la vida o romperíamos con la tradición de la familia.
Era el cumpleaños de Santiago y me fui a trabajar más temprano porque a la noche tendríamos la visita de toda la familia para celebrarlo.
Esa tarde, Cuando llegué a casa, Juan, mi esposo, estaba limpiando el jardín. Le pregunté por Santiago y me dijo que estaba en su habitación jugando. Fui hacia allá y no estaba. Revisé mi cuarto, el baño, la cocina, el garaje, el patio y no lo encontré. “Juan ¿No viste a Santiago? No está en su habitación.” Le dije. Lo buscamos por toda la casa y mi chiquito no aparecía. Salimos a la calle, aunque cuando yo había llegado la puerta estaba cerrada con llave… tal vez había salido por el patio sin que papá lo notara.  “¡Santiago! ¡Santiago! ¿Dónde estás? Ya llegó mamá con tu regalo.” Gritábamos, pero él no respondía. Ya había pasado más de una hora y no lográbamos hallarlo.
Volvimos a la casa y empezaron a llegar las visitas. Los abuelos, los tíos, los primos, todos buscando a Santiago, por toda la casa, por toda la cuadra, adentro y afuera y él no aparecía…De pronto al mirar sobre la chimenea observé que el florero de la abuela no estaba, pues no había rastros ni de Santiago, ni del florero.
Ese día se lo había repetido un millón de veces. “¡No corras alrededor del florero! ¡Lo vas a romper y mamá se va a enojar!” Pero no me hacía caso y seguía yendo y viniendo… “Si lo rompés voy a llamar a la policía para que te lleven por desobediente”; pues él siempre le había temido a los oficiales, ya que un día en el centro trataba arrancar las flores de los canteros, y yo, a los gritos, le decía “Santiago no las saques, Santiago no las rompas” y él me ignoraba, cuando de pronto apareció un policía robusto, con esposas en la mano y le dijo: “No arranques las flores. Los niños que no hacen caso tienen que venir conmigo y dormir en un cuarto sin luz, sin tele, sin juguetes y sin mamá”. Su cara de susto y su inmovilidad debelaban el terror que le había causado la reprimenda del oficial. Entonces yo, cada vez que se portaba mal se lo recordaba.
Ya había pasado demasiado tiempo, entonces decidimos llamar a la policía para que nos ayudaran a buscarlo. Cuando sonó la sirena del patrullero oímos la vocecita de Santiago que decía “¡No! ¡L a policía no!” Fui hasta su habitación y desde el placard de la ropa de Santiago,  se veía una luz. Me acerqué y allí estaba, con una linterna, todo pegoteado y con piezas del florero por todas partes, en el pelo, en sus manos, en la ropa... llorando desesperadamente y con un temblequeo en sus manos que más le complicaba encajar las piezas rotas, “Perdón mamá, no te enojes, fui sin querer. No le abras a la policía, ya casi termino de pegarlo”. Me dijo. Lo tomé entre mis brazos y con una mezcla de alivio, risa, llanto, felicidad y enojo lo abracé… Junté las piezas del florero para arreglarlo más tarde… Y Santiago siguió otro rato adentro del placard, por miedo a salir y que los policías aún lo estuvieran esperando…


Asuntos pendientes
Marysol Nespolati

Siempre supe que septiembre era mejor que octubre pero aun así me aventuré a vivir de la forma más loca posible. La vecina del 10 no entendía por qué cada mañana desde mitad de mes saltaba unas cuantas veces encima de mi cama, bajaba y subía las escaleras del departamento vociferando a ocho tenores. Ya se acercaba la fecha y mi impaciencia era notoria. Hasta que por fin llegó el día. Al salir con las maletas después de aquellas extrañas rutinas, la del 10 simulaba que regaba las ramas secas del ficus de la vereda que intentó sembrar en febrero pasado en honor al día de los enamorados, mal augurio para solterona. “Buenos días, Dominique, hoy es viernes, zapatos magenta, ¿verdad?”. Más por educación que por simpatía contesté con sonrisa fingida. Me conocía el patrón zapatos en combinación por día, muy observadora por no decir chismosa la vieja, me seguía con la mirada hasta terminar de subir la última valija al taxi.
Fue uno de mis primeros viajes a Francia. Ni la imaginación ni los diarios de viajes podían superar la experiencia que estaba transitando en ese momento. Mis ojos brillaban. Me sentía un tanto mareada, no sabía qué mirar primero, todo era sorprendente. Ya desde la llegada había comenzado a alterarme, había desempacado las valijas a las ligeras y ni siquiera quise perder tiempo escuchando al conserje que, muy amablemente, me ofrecía bajar a desayuna. Suerte que refresqué un poco mi cara y salí.
Antes de plantearme si visitar primero la Torre Eiffel, la Catedral de Notre Dame, el Arco del Triunfo o el Palacio Real, me dirigí a la agencia de excursiones turísticas para no perder el lugar en el transporte y poder conocer, el día siguiente, lo restante del Palacio de Versalles, el Museo de Louvre y el paseo en bote hasta Brujas. Pero eso no era lo que realmente quería recorrer primero. Ya guardado y asegurado mi lugar, me dirigí a lo que quería recorrer con urgencia: la majestuosa galería principal. Transitaba las vidrieras de Giorgio Armani y Hermés observando por doquier lo majestuoso del lujo y el confort cuando de pronto tropecé con ellos, unos hermosos gemelos que irrumpieron en mi vida con la más sutil alegría. Eran preciosos, tenían unos ojos celestes cristalinos bellísimos, un porte y un ritmo al andar propio de los modelos profesionales. Cuando los invité que me acompañasen y recorriéramos juntos la ciudad, no dudaron en asentir, íbamos a ser grandes compañeros. Les comenté sobre mis gustos preferidos, les hice llevar el suave y sofisticado aroma de los perfumes amaderados de París que, combinados con el swing de la brisa que envolvía sus cuellos, se amalgamaban en una inconfundible fragancia que les daba sofisticación y personalidad, como ellos me lo daban a mí.

Salimos de la galería y cruzamos a toda prisa la avenida de Rennes. Iban a mi lado a pasos desincronizados, escuchaban mis conversaciones telefónicas pervertidas sin ningún síntoma de asombro. Yo era de caminar rápido, pero ellos no se quedaban quietos ni por un minuto. Luego de expresarles mi simpatía, decidimos proseguir los caminos juntos, yo los rozaba con ternura y pasión cada tanto, y ellos me dibujaban una sonrisa automática. Aunque estaban tan cerquita de mí, no había murmullo que molestara, ni se quedaban atónitos con cualquier asombroso atuendo; no como yo, que cada tres pasos me daba vuelta para ovacionar algún vestido de broderie, una pollera de guipur o una blusa de gasa o cualquier prenda que con septiembre se destaca por la belleza de sus telas.
 Decidimos sentarnos en la mesa de un bar, pues me encontraba cansada por la caminata. Mientras nos abrazaba el aroma a café, imaginaba deseosa el regreso al hotel donde me alojaba para disfrutar junto a ellos los momentos más importantes de esta historia.
Ya descansada y con la picardía recargada, me levanté de la mesa y les ofrecí mis manos para seguir el recorrido. Tomamos una calle angosta para acortar cuadras hasta el hotel. Doblamos por otra y otra, por un momento nos perdimos en la madeja de calles, estaban tan desordenadas como mi ropero.  Nos asustamos un poco, pero recobramos la orientación en segundos. Me había puesto nerviosa, nos podrían haber robado porque entramos a un barrio lleno de callejones sin salidas. Para tranquilizarme intentaba no pensar en el riesgo que corríamos, tampoco quería recordar lo que faltaba para llegar, me comía la impaciencia. Tratando de despejarme, miraba mis manos que estaban hinchadas por el calor y la humedad, mis pies… noté que ese día no me había puesto los zapatos azules como todos los sábados, producto de la rapidez con la que salí en la mañana.
Nos tranquilizamos y enseguida comenzaron a susurrarme al oído con total normalidad. Se había hecho medio día, la humedad del ambiente era muy densa y las piernas ya pesaban, si bien no les podía ver la cara, sabía que a ellos no les afectaba en lo más mínimo. Compartíamos las mismas conversaciones y en el mismo camino andábamos pero no nos veíamos ni nos tocábamos. Cuando llegamos, me apuré a abrir las puertas para que pudiésemos respirar, poco me importó saludar al conserje, no veía la hora de encender el aire acondicionado. Mientras se elevaba el ascensor, cada tanto y de reojo miraba a los gemelos, los acariciaba y les sonreía emocionada, ya llegaríamos a destino y podría disfrutar con ellos los momentos más sublimes. La felicidad de encontrarme a solas con ellos y demostrar mi euforia sin que nadie me mirara asombrado. Ya podía imaginarlo, el momento cumbre iba a darse en la noche, en el restaurant de Thoumieux.

Ya en la habitación, corrí hacia el dormitorio, tiré cuidadosamente a los gemelos en la cama y dediqué varios minutos en saciar mi placer observándolos cuidadosamente, parte por parte.  Me dirigí a la cómoda, al reflejarme en el espejo mi rostro se veía incompleto. Iba a conservarlos para la cena de la noche, los tomé en mi mano y los introduje en el alhajero…




1 comentario:

  1. Florencia, muy impresionante tu cuento. Me encantó. Reflejás la persona y la personalidad del loco muy bien -a lo que yo considero bien- y qué fuerte es toda esa contextualización del loquero en el pueblo que mostras en algunas líneas del cuento. El título queda justo, habla de una normalidad en un sitio de anormalidades... ¿que diferentes parámetros tenemos no? Un gusto leerte. ¡Estaba esperando ansiosa esta historia! ¡Besos!!!

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