Las actividades
propuestas en este taller estuvieron orientadas, desde el principio, a explorar
nuestra propia historia personal, tal como la conocíamos pero también buceando
en escenas que desde muy atrás vienen trazando el recorrido de nuestra singular
existencia y sobre las que, tal vez, no habíamos reparado.
De esa manera,
hemos descubierto entre todas -llegando a compartir la confidencia que
sólo se vuelca donde hay un cuenco amoroso que pueda contenerla- la riqueza de
tantos relatos y episodios que describen nuestra huella en la arena de los
días.
Sueños, ilusiones, travesuras, la vida del pueblo, del barrio, de la casa familiar, fueron entrelazando personajes de los más variados perfiles e historias que se inscriben en la rumorosa vertiente de la inagotable tarea de narrar(nos) para dar sentido a lo que somos.
Sueños, ilusiones, travesuras, la vida del pueblo, del barrio, de la casa familiar, fueron entrelazando personajes de los más variados perfiles e historias que se inscriben en la rumorosa vertiente de la inagotable tarea de narrar(nos) para dar sentido a lo que somos.
Tenemos,
entonces, las puntas de muchos ovillos para animarnos a dar un nuevo tironcito
a la imaginación, escribiendo ahora y como cierre del taller, un CUENTO en el
género con el que cada una se sienta más a gusto.
Siguiendo la
orientación teórica que hemos escogido y sobre la que venimos trabajando, cada
una ha pensado, más o menos, la HISTORIA que quiere contar, que vale la pena
ser contada y que hemos compartido ya en clase. Vamos a trabajar ahora,
entonces, en la escritura del RELATO, teniendo en cuenta muy
especialmente, como también hemos charlado, quién va a asumir la NARRACIÓN (la
voz, el tono, el punto de vista, la relación con los hechos que narre y con los
personajes, etc.).
Cuentos:
Acuarela de escape
Ana Laura Mazuecos
Salió
con el canasto lleno de ropa mojada bajo el brazo y atravesó el patio para ir a
tender las prendas. Había cerrado bien la puerta al pasar, para que todos los
problemas quedaran bien atrapados dentro de la casa. Miraba el cielo, anhelaba
treparse a ese arcoíris que asomaba tras la tormenta de verano y pensaba en
quedarse allá arriba para contemplarlo todo. Caminaba si bajar la cara del
cielo, sabía que no tropezaría ya que conocía el camino de memoria.
Llevas
tu ropa de entre casa, una remera larga
de propaganda de alguna pinturería, cualquiera,
una calza y ojotas. Tus dedos gordos casi siempre se ensucian con la
tierra que está a medio camino antes de llegar al fondo del patio. Pero a vos
eso no te preocupa.
Apoya
el canasto sobre el suelo y exhala el aire que acumuló en el camino. Son las
diez de la mañana y el sol está empezando a calentar el pelo bajo su vincha de
tela. De entre los pastos, se escapa el resto de brisa acumulada en la noche.
Algunos mechones del suelo le hacen cosquillas en los pies y ella sonríe.
Luego, se prepara para sacar la primera prenda y verifica que haya broches
cerca. La soga de la ropa no es de soga, sino de alambre y tiene que mover un
palo que la transversaliza para poder disminuir la altura del alambre y así
llegar, en forma cómoda, a pinzar la ropa.
Toma
una musculosa verde y la cuelga, toma un pantalón corto, verde, y lo cuelga,
toma una media verde y la cuelga, toma un pantalón de pijama verde y lo cuelga,
toma un calzoncillo verde y lo cuelga. Y cuando cree haber terminado su labor
ve que en el fondo del fuentón está la otra media verde. La va a colgar, pero decide correr el pijama
y el calzoncillo hacia la derecha y colocar el par de medias juntas. Exhala de
nuevo, hace dos pasos hacia atrás y mira la ropa.
Después
de observar unos segundos, se da cuenta que el pantalón de pijama tiene un
color casi tirando a celeste y decide ponerlo al lado de la musculosa ubicada
al comienzo de la fila, que es de un verde claro. Decide mover el calzoncillo
que había quedado apartado para que no quede el hueco del desalojo, pero antes
de eso observa que éste tiene una tonalidad más profunda que la de la
musculosa, pero menos que la del pantalón corto, y decide meterlo en medio de
estos dos. Se vuelve a alejar dos pasos y contempla la ropa otra vez. Se queda
en silencio y contempla.
El
sol, que no ha dejado de subir, ha hecho de su nuca un tobogán por el que se
deslizan pequeñas gotas de sudor. Ha consumido un poco la humedad de las telas,
y las ha dejado más claras. Casi toda la ropa se ha aclarado gradualmente,
salvo el pantalón corto, que al tener nylon se habría transformado en un verde
agua cristalino, por lo que se rompía el degradé armónico en esa ubicación.
Decidió moverlo delante de la musculosa, pero no, cambió de idea y lo puso al
principio de la fila. Otra vez, movió las medias para evitar el vacío y así
dejar todo como si nada hubiese ocurrido.
Pensó
en la escala cromática que le hacían pintar con témperas en la escuela, pero no
se acordaba de los distintos nombres que adquirían los colores. Ella sabía
distinguir los tintes claramente, incluso sabía que si estaba pintando un
dibujo con témpera debía tener la cantidad suficiente para cubrir el diseño, de
lo contrario, al rehacer el color, éste no le saldría igual. Nunca salía igual,
aunque intentara apretando despacito el pomito de la témpera y aunque fuera
aclarando y oscureciendo, no salía. Terminaba creando una cantidad de color que
después le sobraba. Entonces, todas sus pinturas, como las del resto de sus
compañeros, como las del profe y las de los artistas reconocidos, tenían
degradés. Y a ella no es que no le gustaba esa variación, sino que pensaba en
la imposibilidad de la creación de una cosa igual a la otra, aun con los mismos
recursos, el mismo lugar, la misma mano, y con muchos intentos. Ella sentía que
los colores no se podían manejar a su antojo, como así tampoco el resto de las
cosas del mundo o las ideas. No se podía, no se puede. Aunque ella procurara la
creación óptima de su color, siempre había un pero que le arruinaba su obra de
arte. Porque si se lo mezclaba con el pincel, y éste tenía restos de témpera
que había usado, ya que nunca se limpiaba bien con el agua y el trapito,
entonces, a veces, sin querer, el color que tanto venía preparando se manchaba
y se arruinaba. Y así llegaba a la desprolijidad, porque ella podría estar
preparando un amarillo con un toque de rojo, muy poquito, para crear un
anaranjado para el centro del sol y, de repente, sin querer, un restito de azul
oculto entre las cerdas del pincel le dejaba una veta de verde. Ella
consideraba que así no se podía pintar el centro de un sol, porque el sol no tiene
verde. Y especulaba sobre la témpera arruinada, y en que a su mamá no le
alcanzaba para andar comprando a cada rato otra témpera porque sí. En ese
momento, se acercaba su seño y le decía que intentara pintar, que ya le iba a
salir, que no fuera tímida, que todos tenemos creatividad, que se animara, que
no fuera vaga, que durmiera más, que intentara pintar con la otra mano porque a
lo mejor le salía, que le copiara a un compañero como lo hacía, que todos
podemos ser artistas, que blá. Pero no era eso.
Volvió
a retroceder dos pasos, ahora tres, cuatro, cinco, hasta la sombra de un
naranjo. El sol ya estaba del otro lado del cielo, le molestaba en los ojos y
no podía apreciar bien la gama de colores.
Dio una mirada horizontal por el alambre y volvió rápido a comenzar el
recorrido porque le pareció que le faltaba una prenda. Entonces, se percató de
que la musculosa estaba fundida con el cielo y podía pasar desapercibida.
Imaginó que, tal vez, cuando recogiera la ropa alguno de sus hermanos podría
olvidarla allí tendida, porque en las apuradas no la iban a ver y seguro que
después llovía y se mojaba o se levantaba un poco de viento y zafaba los
broches y caía al piso, llenándose de tierra; además después ¿quién iba a poder
sacar esas manchas barrosas que seguramente se estamparían? Aunque, conociendo
cómo venía la mano, sabía que ella misma vendría a recoger la ropa.
Decidió
volver a la casa. Rebobinó sus pasos atravesando nuevamente el patio y a medida
que iba acercándose a la casa, sentía que caminaba más lento, porque sus pies
estaban hinchados. Traía en una mano el fuentón, que también había variado en
su cualidad tonal, decolorándose. Corrió la mirada hasta ver su casa y jugó a
ubicarla en el centro de un cuadro impresionista. Divisó por la ventana a su madre
y a su hermano que parecían estar en la misma posición que cuando los vio por
última vez. Incluso, el palabrerío que se habían dicho levitaba en el aire.
Entró
y, tras de sí, cerró la puerta con un coletazo, como siempre lo hacía, pero
ellos la miraron extrañados, abriendo los ojos. Ella preguntó - ¿qué?- y ahí
mismo se sorprendió al escucharse. No reconoció la voz que había hablado, era
más áspera que de costumbre. Luego miró sus manos y las vio grandes y un poco
secas, entonces corrió hacia el espejo del baño y en él se contempló. Abrió los
párpados, más; recorrió el espejo, el rostro, el pelo y no dejaba de
asombrarse. Miró en la profundidad de los ojos que la miraban y se sintió
observada. Estaba intranquila hasta que vio ese lunar que ella tanto conocía;
quiso tocarlo en el espejo con un dedo, pero se topó con otro dedo. Sonrió por
su tontería, ya no estaba asustada.
Volvés
a tomar el fuentón y salís porque probablemente es tiempo de mover las prendas
o de no volver. No te sorprendes de tu cara de adulta, porque sabes que el
tiempo nunca se detuvo a contemplar, te dejó en el patio, en las prendas y
continuó. Y ahora te vas a retomar la búsqueda de ese mundo de colores
inaprensible renunciando a este tan palpable, pero en blanco y negro.
Un Pequeño Pirata
Ayelén Altamirano
Hace
mucho tiempo cuando los mares eran invadidos por barcos con velas grandes y
panzonas movidas por el viento que marcaba su dirección, existía un pirata que
era como todos los piratas, pero tenía algo en particular, era de esos piratas
que al mirarlos a los ojos, negros y profundos, daba miedo, tanto miedo que
algunos preferían ser comidos por un tiburón que cruzarse con él. Este pirata
tenía un nombre: se llamaba Cara Negra y quería ser el dueño de todas las
aguas, qué digo de todas las aguas; de todos los mares, qué digo de todos los
mares; de todos los océanos del mundo. Pero este pirata no andaba solo, tenía
su tripulación a bordo de un barco bucanero que era liviano para poder escapar
rápidamente. Lo llamaban “el Vagabundo”
porque vagaba por las aguas en busca de barcos enemigos a los cuales derribaba
dando batallas que duraban horas e incluso días, hasta que sus rivales se daban
por vencidos mostrando una bandera blanca. Y era allí cuando Cara Negra, que
siempre estaba enojado y con el ceño fruncido, se reía, y su sonrisa se
expandía desde una oreja hasta la otra, cruzando toda su cara dejando ver su
diente de oro, brillante como el sol.
Entonces, levantando su espada como símbolo de victoria, decía:
- ¡Soy el mejor pirata del mundo,
nadie puede igualarme!
En
ese momento su tripulación se abalanzaba hacia el barco vencido y saqueaban
todo lo que encontraban a su alrededor: relojes, botellas de ron, conservas,
joyas, monedas de oro, ropa, espadas.
Cara
Negra tenía un hijo, lo llamaban Pequeño Jim porque era el más pequeño de toda
la tripulación. Su padre le había enseñado lo que un gran pirata debía saber:
cómo utilizar la brújula, cómo anclar, cómo izar una vela, cómo manejar una
espada, cómo cargar un cañón, y siempre le decía:
- Hijo, para ser una gran pirata y
conseguir todo lo que quieras debes ser malo y no preocuparte por los demás,
como tu padre.
Jim
trataba de retener cada palabra lo más que podía porque quería ser un pirata
reconocido.
Un
día el pequeño Jim, mientras revisaba un baúl en busca de su parche de juguete
que se le había perdido, encontró una botella con un papel dentro que
decía:
“Sé bueno, ayuda a quien lo necesite
y recibirás a cambio mucho amor
de las personas que te rodean…”
Jim
sabía leer aunque no había ido a la escuela debido a que su vida transcurría
arriba del barco. Un pirata de la tripulación llamado Neil, el más viejo y al
cual Jim le tenía un gran respeto, le había enseñado a leer y escribir mientras
navegaban por los mares. Entonces se preguntó ¿Qué es ser bueno? Y como en sus
pensamientos no encontró respuesta fue en busca de su padre que seguro tendría
una buena explicación a su interrogante. Lo encontró maniobrando el timón, se
paró a su lado y le preguntó:
- Padre, ¿qué es ser bueno?
Cara
Negra manteniendo fija la mirada en el horizonte le dijo:
- Pequeño Jim ya te he dicho lo que
debes hacer, ser malo es lo mejor, ser bueno es para tontos.
Comprendiendo
que su padre no le diría nada más, bajó la mirada, dio media vuelta y se fue.
No muy conforme con la respuesta recibida decidió ir a preguntarle al viejo
Neil, que como era anciano y tenía mucha experiencia, seguro sabría responder a
su pregunta. Lo vio apretando unos nudos de las velas en la proa del barco.
Corrió hacia él y le preguntó directamente con muchas ansias:
- ¿Qué es ser bueno?
Neil,
que había escuchado la conversación entre Cara Negra y el niño le contestó:
- Pequeño Jim, ser bueno es saber
respetar a los demás y ayudarlos cuando lo necesiten.
El
pequeño pirata, asombrado por lo que acababa de escuchar, respondió:
- Pero mi padre me dijo que debo ser
malo, ser bueno es cosa de tontos.
Neil
lo miró a los ojos y le dijo:
- Eso es lo que piensa tu padre,
puedes opinar diferente a él y tomar tus propias decisiones.
Jim,
feliz por la respuesta conseguida, se fue a dormir. A media noche una fuerte
sacudida lo sacó de su cama. Se enderezó asustado y se dio cuenta de que se
trataba de una feroz tormenta. Abrió la puerta de su camarote y la escena era
increíble… olas gigantescas parecían devorar el barco, lo golpeaban con fuerza,
se balanceaba de lado a lado, los rayos cortaban el cielo negro y los truenos
hacían vibrar el cuerpo. El agua llegaba hasta los tobillos, algunos piratas
trataban de arriar las velas para que el viento furioso no empujara al
Vagabundo hacia direcciones desconocidas. Jim, atónito, dirigió su vista hacia
el extremo del barco y vio a su padre que lidiaba por atar una cuerda a una de las orillas para evitar que el
mástil mayor se partiera por la mitad debido a la fuerza de la tormenta.
En
ese momento una ola enorme cubrió a Cara Negra como un manto y luego
desapareció. Jim se quedó inmóvil, no podía creer lo que sus ojos le mostraban,
un impulso hizo que corriera hasta la orilla y aferrándose fuertemente del
borde miró hacia abajo y vio cómo su padre luchaba para no hundirse, porque
aunque Cara Negra era un pirata muy bravo, si había algo que no sabía hacer era
nadar y gritaba desesperado:
- ¡Ayúdame Jim, me ahogooo!
En
ese instante el niño recordó las palabras de su padre y dijo:
- ¡Pero si te ayudo seré bueno y eso
es cosa de tontos!
Su
padre respondió:
- ¡Olvida lo que te dije y
ayúdame!... Mientras agitaba sus manos para no hundirse.
Fue
allí donde el pequeño se dio cuenta de que tenía que tomar su propia decisión…
ser bueno o malo. Miró hacia un costado, tomó una soga, ató una punta al borde
y lanzó el otro extremo a su padre gritando:
- ¡Agárrate fuerte!
Cara
Negra, como pudo, se aferró a ella. En eso llegaron otros piratas, entre ellos
Neil y ayudaron al niño a subir a su padre.
Cuando
todo se calmó al terminar la tormenta, Jim se acercó hacia su progenitor, que
estaba envuelto con una toalla, y sentado sobre un cajón de madera lo miró con
tristeza y dijo:
- Padre no soy un gran pirata, al
ayudarte fui bueno y eso es cosa de tontos.
Cara Negra se dio cuenta de lo injusto que
había sido al decir esas cosas y avergonzado respondió:
- No, hijo, el que se equivocó fui
yo. Te pido por favor que me perdones, no debí ser tan duro y por necio recibí mi
lección…Y le dio un cariñoso abrazo.
Siempre uno, los dos
Corina Meichtri
Recuerdo
muy bien cómo comenzó todo. Mis padres me advirtieron de tu enfermedad y decidí
acercarme a vos: un adolescente apenas dos años mayor que yo, que se acababa de
enterar de que el dolor y la hinchazón de su rodilla provenían del temido
cáncer que ya había terminado con la vida de su mamá y la de su hermana.
Por
cosas de la vida que no llego a comprender, enseguida tuve el honor de ganarme
tu confianza. Creo que al principio no era consciente de la gravedad de la
situación, ya que con 14 años recién cumplidos no era capaz de asimilar del
todo lo que estabas atravesando. La enfermedad te hizo madurar de golpe, por lo
que tuve que madurar con vos, tratar de entender cómo te sentías después de
cada consulta, en las que te iban dando noticias cada vez menos alentadoras.
Era
necesario que te amputaran la pierna, vos no querías y llegaste a amenazar a tu
papá con suicidarte si firmaba la autorización para la cirugía. Y yo sin
entender, no me querías contar lo que realmente pasaba, pero me llamabas desde
el hospital Garrahan. Eran largas charlas en donde me decías la mitad de las
cosas pero tu angustia era tangible en el tono de tu voz.
La
rutina de esas llamadas interminables se produjo cada noche en la que estuviste
internado debido a la quimio y cuando te daban algunas semanas de descanso,
podías volver. Siempre encontrábamos un
momento para vernos, una excusa para organizar un asado o tomar helado, siempre
en casa. Tenerte conmigo me llenaba de dicha, tus ocurrencias y anécdotas del
hospital me hacían reír a carcajadas. Siempre tuviste ese don de fascinar con
tu forma de narrar tus vivencias y con tu excepcional modo de comprender la
vida, que provocaba que cualquiera pudiera pasar horas escuchándote sin
aburrirse. Lo que demuestra lo bien que te quedaba tu apodo, “Chavo”.
Llegó
el día de la tan temida operación, no nos pudimos despedir. La angustia que
sentí fue tan grande que la situación pudo conmigo. Tuve un ataque de ansiedad.
Nunca había sentido nada como eso. El terror que me recorría al pensar en la
posibilidad de no volver a verte me llevaba a estar fuera de mí. Solo quería que
esas eternas horas transcurrieran y que me avisaran que todo estaba en orden.
Después de estar un tiempo incontable sin dejar de observar el reloj, sonó el
teléfono. Era tu tía, que nos avisaba que, dentro de la fatalidad de la
situación, estabas bien.
Lo
único que pude sentir al recibir esa noticia fue una sensación de alivio que
recorrió todo mi cuerpo hasta dejarme dormida.
Por
algunas semanas no te dejaron venir, por la complejidad de la cirugía, según
los doctores, así que seguimos estando en contacto por medio de mensajes de
texto y llamadas.
Llegó
el día en que por fin podrías volver a casa, te esperaba ansiosa pero el
reencuentro no fue el esperado. La angustia de lo desconocido se había
acumulado en vos y no querías que ninguno de tus amigos te viéramos sin la
pierna. Fue todo un proceso lograr que, primero, bajes el vidrio del auto y
que, luego, te animes a entrar de nuevo a casa; tanto a mí como a mis padres
haber superado este reto nos significó una felicidad plena, porque desde el
principio fuiste parte de nosotros, de nuestra familia, fuiste hijo y fuiste
hermano.
A
partir de entonces, todo comenzó a mejorar. Tu alegría y sentido del humor eran
vitales para todos los que nos encontrábamos a tu alrededor. Estabas con más
energía y físicamente también estabas mejorando: tu pelo crecía y tu palidez
iba desapareciendo (lo que disimulaba un poco tus pecas). Uno de los motivos
que te llevaban a estas mejorías era que en poco tiempo ya podrías usar la
pierna ortopédica, que esperabas con tantas ansias.
No
me alcanzarían las palabras para contar todas las anécdotas que tengo de
nosotros durante el transcurso de ese lapso de tiempo, cada una con un matiz
distinto, caracterizadas por buenos y malos momentos, por risas y llantos, por
siestas calurosas y noches frías.
A
medida que te ibas recobrando, sin embargo, nos separábamos un poco, porque
volvías a tener tu autonomía de siempre y empezabas a retomar tu vida normal.
Disminuía el tiempo que pasábamos juntos y crecía mi miedo porque no quería que
me olvidaras, al igual que a la enfermedad que ya había quedado atrás. Así, se
fueron distanciando nuestras reuniones en casa porque empezaste a salir con los
chicos, hasta llegar al punto en que sólo nos veíamos si nos cruzábamos en
algún boliche o en el centro.
Hasta
que llegó octubre. Llegaba a casa por la noche, luego de una clase de danza,
cuando vi que tu auto se encontraba estacionado afuera, algo que me
desconcertó; era raro volver a verte en casa sin la gorra y las muletas, ahora
un pelo enrulado cubría completamente tu cabeza y caminabas sin dificultad
alguna. Te invité a pasar, sin embargo, como si nunca hubiese existido una
separación entre nosotros. Aceptaste y una vez adentro, te sentaste en tu lugar
de siempre y comenzaste a charlar con mi mamá mientras yo iba a dejar la
campera a mi dormitorio. Desde allí alcancé a escuchar lo que le decías.
Explicabas que tenías un problema: ya habías comprado la bebida para tu cumple
pero no llegabas. “No llego”, eso decías y te quedabas callado, te parabas, ibas
y venías por el comedor.
Luego
de un rato de estar pidiéndote explicaciones, volviste a sentarte y nos
contaste que el cáncer había vuelto y que esta vez no había solución. Ahora
estaba en tu cabeza y los médicos no podían hacer nada.
Es
complicado explicarte cada pensamiento y emoción que me atravesó en ese
momento. Me enojé, entre gritos te dije que no mintieras, que algo seguro se
podría hacer y me dirigí a mi habitación. Vos conversaste un poco más con mi
mamá y luego me seguiste, me hablaste de otras cosas, tocaste y te reíste de
los adornos que yo había colgado del ventilador y terminamos los dos en una
divertida pelea, en la que me llenaste el pelo de crema humectante. Durante
esos minutos volvimos a ser los de antes, volviste a ocupar el lugar del
hermano que nunca tuve. Pero no duró mucho, te tenías que ir a ver a otros
amigos.
Fue
una gran despedida la nuestra. A la semana, llegó la noticia. Pero no nos fue
posible soportar la distancia, por lo que me ayudaste a tomar la decisión.
Era
de noche, estaba sentada en mi cuarto con una lapicera y un papel en blanco en
frente mío, vos me observabas en silencio. Mi mano temblaba y las lágrimas
caían otra vez ¿te acordás? Pero tu presencia me dio coraje para comenzar la
carta, destinada a aquellos que no nos podían entender, que no comprendían. Una
vez que la hube terminado y hube tomado mi último aliento, ya no hubo nada que
nos impidiera permanecer juntos donde sea, para siempre.
El lago de los cisnes
Evelyn Oliva
I
Los
días de calor son agobiantes, sobre todo para él que hace 24 horas que no
duerme. Si bien no se queja porque es su
trabajo a veces se siente exhausto. Fundó una empresa que hoy está triunfando,
pero el camino por mantener ese éxito es
bastante arduo. Su esposa está en su casa. Llevan cinco años de matrimonio.
Todo comenzó a desgastarse, sin embargo, cuando apareció el afán por querer ser
padres. Nunca pudieron concebir un hijo, quizás era ella la que tenía
problemas, quizás él, o ambos. John la amaba profundamente y cada acción que
realizaba era por y para ella.
“Somos
felices” -decía John-. Sin hijos pero con una linda casa ubicada en un country
de Rosario, dos autos de alta gama y cuatro perros. Antes solían viajar por el
mundo, ya no lo hacen. Él está enfocado en la multinacional y ella refugiada en
su hogar, que por cierto tiene 10 grandes ambientes, una cancha de mini golf y
un hermoso lago artificial.
II
- Pasa, vení, no tengas miedo. John
no está.
- No es eso, Amelí, me siento
incómodo, creo que no deberíamos venir a tu casa.
- ¿Qué estás insinuando? ¿Qué vaya a
un hotel? Disculpame pero yo soy una mujer de principios y no voy a andar
escondiéndome como una rata. Desvestite, dale, yo voy a buscar una copa de
coñac.
Tom
se desvistió en la habitación del matrimonio, ya no era amor, se había
convertido en un simple acto de costumbre o quizás de obsesión. Era un muchacho
joven, atraído por una cuarentona.
Admiraba el lago que tenían de vista en la gran habitación matrimonial. ¡Qué
hombre tan afortunado!, pensó y siguió mirando la armonía del parque, el césped
brillante, verde y parejo, los patos en el agua, el atardecer cayendo…
- Tomá, (le ofrece una copa) ¿Qué
mirabas, acaso querés que tengamos una fantasía en el lago? -Exclamó Amelí con
tono juguetón-.
- Basta, Amelí, hoy no estoy de humor,
esta relación se está volviendo un tanto fría. Perdón pero no quiero esto para
mi vida.
El
joven se marchó rápidamente a su casa que quedaba a dos horas del lujoso
country.
-Idiota-
Exclamó Amelí y se sentó en la cama a beber.
III
- Hola amor, llegué, ¿cómo estuvo tu
día? -Preguntó John.
- No tan bien como quisiera.
- ¿No me vas a dar un beso?
- Sí (le arrima la cara secamente).
- Vamos a cenar cariño.
- No tengo hambre, cená vos. Yo me
voy a acostar.
Ya
nada era como antes, John lo presentía.
- Cariño hoy estuve pensando en
tomarnos unos días y hacernos un viaje como antes, los dos juntos, un viaje de
amor a Cuba. ¿Qué te parece?
- La verdad es que creo que hay
ciertos asuntos que no puedo dejar de atender (pensó inmediatamente en su joven
y guapo amante). Pero si me avisas con tiempo quizás vea qué puedo llegar a
hacer.
John
cenó y se dirigió a su cuarto. Tenía plena conciencia de que su esposa nada
estaba haciendo para sacar el matrimonio adelante.
- Amelí, si no me amas, y querés
separarte, decímelo. A mí me duele esta situación. Llegar del trabajo y que no
me esperes. No cenar juntos. Sentir nuestra cama sumamente fría.
- No hables pavadas John. ¿Qué te
agarró, el sentimentalismo o la andropausia? Dejate de joder. Dormí que estoy
cansada.
IV
- Pasá, dale que te extraño -lo besa
apasionadamente-.
- Pará, Amelí, vine a hablar.
- Sin embargo es lo último que tengo
ganas de hacer. –Lo desviste bruscamente
y lo tira a la cama, el joven ofuscado se la saca de encima-.
- Ame, creo que esto sinceramente no
da para más, yo quiero una familia, una mujer a la que pueda presentar en mi
círculo íntimo, salir a la calle, disfrutar del día. Dos años con esta mentira me parece
demasiado.
- No hables pavadas Tom, sin mí no
podés vivir y yo sin vos tampoco. –Se
esconden bajo las sábanas-.
V
Mientras
tanto, John no sospechaba nada, creía que su
mujer sólo estaba pasando una profunda depresión por no poder concebir.
Un día, sin embargo, descubre en su vestidor –lo ordenaba su mucama, claro- un
par de medias y un bóxer que claramente no eran suyos. ¿Casualidad? ¿O era una
pista planeada por su mucama para que abriera los ojos? No dudó en enfrentar a su mujer y preguntarle
simplemente ¿por qué lo había hecho? Ella absolutamente acorralada por la huída
de su amante y ahora por el descubrimiento de la verdad por parte del marido,
no duda ni un segundo, fríamente saca un arma y le vuela los sesos a su esposo.
¡Hasta
que la muerte nos separe! Exclamó maliciosamente. El cuerpo de Jonh bañado en
sangre yacía en el piso, Amelí buscaba los productos de limpieza para no dejar
ningún rastro. Durante horas fregó y fregó. Una vez terminado el profundo aseo
introdujo el cuerpo de su marido en un bolso lleno de piedras, adoraba actuar
de esa manera ya que sus favoritas eran las series negras. Astutamente esperó
la noche; mientras, tomó un vaso de Gin-tonic al lado de la pileta, contempló
el cielo y las estrellas. “Es hora de actuar”- pensó. El reloj marcaba las 11 pm, el tercer cambio
de guardias del country ya había sucedido.
Arrimó sutilmente su carrito de golf cerca del ventanal de su cuarto,
con una fuerza sobrehumana cargó el bolso y llevó el cuerpo sin vida de paseo.
Admiró su parque, agradeció a Dios por un nuevo día y detrás de las totoras
tiró bruscamente al lago a su marido muerto. Ninguna lágrima rodó por su
mejilla. Luego de revisar minuciosamente que nadie la haya visto, se quedó a
contemplar cómo se hundía el cuerpo, tal como si fuera un espectáculo digno de
ser visto.
Luego
de borrar todas las cintas de video de las cámaras de seguridad de su hogar, la
cuarentona se inventó una coartada. Esa noche se acostó en su cama más feliz
que nunca y se puso a descansar.
VI
- Pasa Tom, estoy sumamente
angustiada, oh te necesitaba tanto querido Tom. (Llora terriblemente)
- Amor, vine en cuanto pude, contame
qué pasa, por qué estás mal.
- John anoche se fue, me dijo que
era una interesada, que me quedara con todo, que él se iba y nunca más
volvería. No es eso lo que me duele, sino como me trató, como me golpeó y me
humilló.
- Desgraciado, cómo va a golpear a
una mujer.
- Por favor Tom, necesito que te
quedes, que pasemos nuestra vida juntos. Empecemos de nuevo acá por favor. John
no va a volver, de eso estoy segura.
El joven un tanto inexperto, otro tanto
enamorado no dudó, y eligió creerle.
Cuando le comentó a la mucama que se mudaría, ésta le dijo: “No vayas a
perder la cabeza por esa mujer”. Las palabras quedaron resonando por un largo
tiempo.
Amelí,
una persona sumamente conocida por el éxito de su gran empresa, había
denunciado la desaparición de su marido ante los medios y la justicia. “Mi
marido no volvió a casa, estoy completamente convencida de que esto es producto
de la inseguridad imperante, pido por favor que se investigue a fondo, en
especial a los empleados de su propia empresa”. Nadie dudaba de sus duras
palabras. Tom no entendía porque lo hacía, a él le había contado otra historia,
sin embargo, lejos de preocuparse, disfrutaba los días de puro ocio y lujuria,
no necesitaban trabajar, la empresa seguía produciendo aún con John muerto.
Conservaban todos los lujos de antes. El joven, guapo e inexperto, se creía en
la gloria. Sin embargo, pronto todo iba a acabar.
VII
La
vedad no dudó en flotar, y fue Tom, quien la vio. Se paseaba en zunga por el
patio, jugaba en el lago, cuando de repente el cuerpo subió bruscamente a la superficie.
Le bastó advertir la herida de bala en la frente.
Ese
día el carro de mini golf salió nuevamente a pasear. Aquella puesta de sol
naranja, aquel intenso atardecer escondería otro secreto. Ese día en el lago se
cobraría otro cuerpo.
Diario de Normalidades
Florencia Andrighetti
21
de Octubre
Me
volví loco. En aquel pueblo no tan pequeño, no tan grande. Mi pueblo, que está
invadido por enfermeros y maestras, por policías y kiosqueros. Un conjunto de
soledades que intentan acabar con la calma. Si a alguien se le da por gritar,
hacen problemas. La verdad es que no se pueden hacer muchas cosas. Somos pocos,
o no tan pocos, pero el respeto no se pierde. Y se me da por escribir esto
porque no me lo puedo guardar. Es que sí, me volví loco acá en el Hospital (¿o
fue antes?) donde estoy ahora. Me dieron papeles y un lápiz, éstos, no sé.
Estoy loco.
Me
persigue. Él dice que quiere que seamos amigos; y cada tanto me quiere matar.
23
de Octubre
Cuando
duermo me veo corriendo para salir de acá. Llego al centro, con ganas de tomar
un helado con mi hija Clara. De repente la llevo de la mano, pero ella llora.
En medio de la Avenida Olmos me miro: estoy desnudo. Quiero correr pero los
pies se me derriten en el asfalto. Clara no deja de gritar, y despierto. Me
hace bien contarlo acá, porque no tengo con quién hablar. A los enfermeros no
les gusta que duerma mucho porque dicen que siempre estoy gritando hasta
hacerme pis. Me quedo pensando en mi
hija que seguro se quedó con ganas del helado, y la extraño, porque ella no
tiene la culpa de tenerme lejos, ni su mamá, ni yo tampoco. Me agarró
desprevenido esto, nadie quiere volverse loco. Nadie tiene ganas de venir acá y
ver cómo se le pasan los días, a veces lúcido, a veces sobremedicado, a veces
con falta de medicación. Uno se acostumbra pero eso no cuenta, porque me parece
que estar acá a uno lo enferma más. Sí, es así. Yo vine mal pero en vez de
mejorar, empeoro. Como anoche, que no quise cenar porque me parecía que la
comida tenía veneno y que alguien quería matarme. Cada tanto me siento
perseguido y me quedo mirando los techos, las paredes. A la noche siento ruidos
en las ventadas, pero me parece que eso no es locura, acá hay cosas raras. No
estoy loco, acá hay cosas raras.
25
de Octubre
Pasan
los días, estoy más flaco, más pálido. Hoy hice un amigo, Carlos se llama. Me
costó acercarme porque siempre anda sólo, medio depresivo, medio melancólico.
Me dijo que quería matarse. Y a quién no le da ganas, a veces. Pero le dije que
hoy no, que espere hasta mañana porque esta noche seguro soñaría algo lindo.
Eso le dije y me creyó. Cuento esto porque si mañana se mata me va a hacer bien
leer que hice algo por él. ¿Y si él lo mata? Ese que me persigue no quiere que
tenga amigos. Quiere que lo mate yo.
30
de Octubre
Hoy me
dijeron que va a venir Clara, y no quiero. No quiero que me vea así sucio, feo.
Ya no soy su papá, no sé quién soy. Cada tanto me dan ganas de ser Carlos, para
estar triste y no tener ganas de irme de acá, o de escribir, o de estar
tratando de pasar el aburrimiento. Pero a pesar de que el tiempo me reduce a
ser cada vez menos, tengo ganas de ser más. Tengo ganas. Tengo ganas de ver a
Clara, pero no quiero.
Recién
se la llevan. Tenía un vestido blanco que le resaltaba esos ojitos claros, como
los míos. No puedo parar de llorar. Lloro porque ese abrazo me derritió el
alma, y a la vez me dio más ganas de portarme bien para que me dejen ir. Clara,
Clarita, papá vuelve con vos en poquitos días. Esperame Clarita. Ya voy. A
pesar de que me vio derrumbado se quiso quedar conmigo. Me dijo ¿me puedo
quedar a dormir con vos papá? Y le besé la mejilla. No me dejó llorar porque
estaba hermosa. Pero ahora se me explotan los ojos y se me congelan las venas.
Otra
vez quiero salir corriendo, y seguro esta noche sueño, grito, corro desnudo, me
hago pis.
2 de
Noviembre
Se
mató Carlos. Y no encuentro la hoja que escribí para saber qué le dije, pero sé
que le dije algo, por eso no se mató antes. Y justo había llegado a sonreírle.
No sé cómo, creo que se tiró por la ventana, está alto desde acá. Pero los
enfermeros no cuentan nada, hablan entre ellos y cuando uno quiere saber algo
le dicen que no pasó nada. Pero no estoy loco, yo me doy cuenta de que Carlos
no está más y que le pasó algo. ¿Se mató? No sé, pero yo le dije que no se mate
porque iba a soñar algo lindo. Eso le dije, y me veo sangre en las manos.
Tengo
un dibujito de Clara donde estoy yo con piernas largas y una cabeza, sin
brazos. Clara me dibujó sin brazos. Debe ser para que no escriba.
5 de
Noviembre
Entré
acá porque un día estaba triste y otro eufórico. También porque soñaba cosas
feas y gritaba, y me hacía pis. Todavía algo de eso me pasa, pero ahora nunca
estoy triste, ni eufórico. Estoy normal. No estoy loco. Debe ser porque
escribo, y por este libro que me prestaron que no sé cómo se llama pero me
parece que habla de mí. Lo escribió el que siempre me vigila, el que me quiso
matar envenenando la cena. Debe haber sido él. Me mira por la ventana y me susurra
que me vaya.
6 de
Noviembre
Me
encerraron porque me enojé y rompí un par de cosas. Escuché que una enfermera
decía que la amenacé; hablaba y lloraba. Pero yo no le hice nada. Si ellos
dicen que yo invento cosas me parece que ellos también.
¡NO
ESTOY LOCO! ¡SOLTAME! Entre dos me metieron acá adentro y no puedo salir. Les
pedí mis hojas escritas y el lápiz pero me gritaron diciendo que nunca tuve ni
hojas ni lápiz y que nunca escribí nada. Ahora me doy cuenta que estoy
escribiéndome y que no sé dónde guardé
lo que escribí antes.
¡SOLTAME!
Le grité un par de veces porque me estaba haciendo mal. El enfermero entra cada
tanto y me parece que me escupe en la cara. Pero tengo mis papeles y mi lápiz
acá. Además lo tengo a él. Él es el único que sabe cómo me siento. Es esa parte
de mí que no me animo a ser, esa locura que todos tienen en alguna parte, ese
pensamiento inapropiado que pretende cosas de mí. Y yo lo dejo. Me quiere
matar, pero yo lo dejo. Lo veo como el espejo de quien no quiero.
8 de
Noviembre
Y
todavía sigo en la sala de contención. Soñé que los enfermeros me escondían las palabras, me decían que nunca
había tenido papeles para escribir, que acá están prohibidas esas cosas. Entre
cuatro paredes blancas pero con manchas de humedad, y esta podredumbre humana,
donde todos nos morimos poco a poco. Donde la locura nos enferma cada vez más.
Eso sueño pero me parece que se mezcla con la realidad, y lo tengo que escribir
para que se aclare en la mente.
¡SOLTAME!
le grité al enfermero y le incrusté como una aguja el lápiz afilado en la cara.
Le caía la sangre por el ojo y me insultaba. Loquito me dijo, como si en este
lugar esa palabra fuera un insulto. Ni acá, ni en toda la ciudad. ¡Loquito! Y
empecé a escribir con la punta del lápiz llena de sangre. Loquito. ¡Soltame!
Sangre. El ojo lleno de sangre. Los papeles que no encuentro. Acá están
prohibidas esas cosas. Pero lo maté porque eso escuché que dijeron. Porque le
metí el lápiz hasta las neuronas. Él me dijo que me tenía que defender. Él le
metió el lápiz en el ojo.
Nunca
tuve papeles ni lápiz. Acá están prohibidas esas cosas. Y me parece que de acá,
nadie sale vivo. Pero todos tenemos un Él.
Abrazos con brazos de hojalata
Gabriela Zavala
Mateo
vivía en una ciudad muy moderna. Sus habitantes tenían todas las comodidades y
no debían realizar demasiados esfuerzos para hacer las cosas. Cuando llegaba la
hora de almorzar, la mamá de Mateo le pedía a la máquina de la comida el menú
que se le había ocurrido: algunas veces, pastas, ensaladas, milanesas, papas
fritas o hamburguesas; otras, bifes con puré, guisos, sopas o tartas de
cualquier tipo. Cuando Mateo quería jugar, llamaba a la máquina de los juegos y
le pedía de todo: un juego de mesa, una consola, una pelota de fútbol, hasta
amigos para hacer partidos de básquet.
Las
máquinas eran unos robots de hojalata que estaban en todas las casas y hacían
la mayoría de los trabajos. Lavaban, planchaban, limpiaban, cocinaban, cortaban
el pasto. También les daban clases a los chicos, manejadas por una maestra a la
distancia. Había una máquina de dar besos, de dar palabras de aliento o de
amor; otros robots hacían compañía, ofrecían sus brazos para llorar o
acariciaban a la gente que se sentía mal. A veces, las personas se enojaban
cuando las máquinas de dar consejos no paraban de largar uno tras otro y se
olvidaban de escuchar. Tanto se habían desarrollado las máquinas que las
personas casi no hablaban entre sí.
“Las
máquinas de hojalata son capaces de hacer cualquier cosa”, decía el Intendente
de la ciudad en sus discursos. “¿Cualquier cosa?”, se preguntaba Mateo y se
quedaba con la duda.
A
Mateo la que más le gustaba era la máquina de los abrazos. La llamaba siempre y
la llevaba para todos lados. Era un robot de hojalata y, aunque tenía los
brazos un poco fríos, cuando la abrazaba sentía que le subían unos pajaritos
por el cuerpo y le hacían cosquillas. Lo único que no le gustaba era que la
máquina no parecía sentir lo mismo.
Un
día, Mateo se fue a la biblioteca de la escuela porque le gustaba mucho leer y,
como hacía siempre, empezó a recorrerla hasta encontrar un libro que le llamara
la atención. De repente vio uno grandote y pesado, de color verde. Lo sacó como
pudo del estante y se puso a leerlo. Al instante quedó sorprendido porque en la
tapa no tenía ningún título, así que lo abrió. A pesar de que era viejo, tenía
unos dibujos muy divertidos. Los personajes de ese gran relato hacían cosas
extrañas, cocinaban solos, iban a un lugar que llamaban escuela, limpiaban con
unos palos con pelos, lavaban la ropa con espuma y, lo que más le gustó,
hablaban mucho entre ellos. También vio que la gente se saludaba con un beso y
cuando alguien estaba triste se le daba un gran abrazo. ¡No lo podía creer! Ese
era el mejor cuento que había leído en su vida.
Como
ya era tarde y había que cenar, se volvió a su casa. Allí encontró a su mamá
muy atareada con una máquina que no le respondía. Le pedía fideos con crema y
la máquina le daba empanadas. “Jamás me pasó esto”, decía su mamá. Ella decía
que estos aparatos estaban hechos a prueba de falla. Mateo comió las empanadas
ya que le gustaban tanto como los fideos con crema y se dispuso a ir a la cama.
Antes, le pidió a la máquina de los abrazos que le diera uno de buenas noches.
Pero… ¡PUM! La máquina le pegó. Enojado, fue a pedirle a la máquina de los
besos que le diera el de buenas noches. Otra vez… ¡PAF! Una cachetada bien
fuerte. Llorando fue a decirle a su papá que las máquinas no le hacían caso.
“Ahora estoy cansado, andá a dormir así nomás que mañana las arreglamos”, le
contestó. Indignado y triste, Mateo se fue a acostar.
Al
día siguiente se despertó por un ruido espantoso que venía de la cocina. Se fue
rápido para allá y se encontró con sus papás y su hermanito renegando para
hacer funcionar a la máquina de la comida. “No responde, no hace nada, ni una
tostadita”, se quejaba su hermanito.
Pero
parecía que no sólo les sucedía a ellos. Salieron a la calle para consultar con
sus vecinos y todos estaban en la vereda quejándose desesperados porque sus
máquinas no funcionaban. Su mamá, que estaba al lado suyo, se puso triste y
dejó correr una lágrima. A Mateo le dio lástima y, como impulsado por una
fuerza extraña, abrió grandes sus bracitos y apretujó a su mamá, así como solía
hacer con la máquina de los abrazos. ¡Ay! ¡Fue tan lindo! Sintió el calorcito
que su mamá le transmitía. Era suave y blanda, como un oso de peluche… ¡o
mejor! Mateo se sintió feliz y su mamá lo miró con una gran sonrisa.
Mientras
tanto, la ciudad era un caos sin las máquinas pero a Mateo se le prendió una
lucecita en la cabeza después de haber abrazado a su mamá. “El libro”, pensó. Y
salió a buscarlo a la biblioteca. Corriendo bien rápido se lo llevó a su papá y
le dijo que ahí estaba la solución. “Ahora no es momento para leer”, le dijo,
mientras corría de acá para allá tratando de hacer algo.
Mateo
se puso triste y se encerró en la cocina con el libro. Como sin querer, empezó
a leer las primeras hojas. “Cómo hacer una tostada”, decía el primer título.
Otra vez se le prendió la lamparita y se puso a seguir las instrucciones. Paso
a pasito, Mateo cocinó una tostada hecha y derecha y se la llevó a su mamá. ¡La
cara que puso cuando la vio! “¿Ya funciona la máquina?”, le preguntó. “No,
mamá. ¡La hice yo!”, le dijo Mateo con una sonrisa grande.
Desde
ese día, todos los vecinos de la ciudad guardaron las máquinas en el ropero.
Mateo fue el encargado de transmitir la buena noticia: ¡se podía hacer lo que
se quisiera sin la ayuda de los robots de hojalata! El libro fue puesto en la
biblioteca nuevamente para que los ciudadanos pudieran ir a leerlo. De paso,
algunos se llevaban otro libro de cuentos o una novela, no querían perder la
oportunidad de seguir descubriendo los misterios que parecían estar encerrados
entre las páginas.
La
más fácil de reemplazar fue la máquina de los abrazos. Los vecinos se ponían
contentos al andar por la calle distribuyendo abrazos a los que se les cruzaban
por el camino. Mateo seguía sintiendo las mismas cosquillas y los mismos
pajaritos cuando lo apretaban. Pero era todavía mejor: ahora podía sentir y compartir
la alegría que alborota los sentidos inundándolo todo en el simple don del
encuentro.
Velo
Julieta Dominguez
Me
encontraba calentita bajo las sábanas cuando el olor llegó a mi nariz. Sabía
que en algún lugar, algo comenzaba a pudrirse.
Tapé
con la almohada mi cara por un breve tiempo. No quise preguntarme nada. Quería
convencerme de que no había percibido aroma alguno, pero fue imposible. Cómo
explicarles, era olor a fermento. Sin dudas algo se estaría descomponiendo, no
muy lejos de donde estaba.
Pasaron
los minutos y giré sobre la cama muchas veces. Mi cabeza buscaba razones,
intentaba indagar sobre el origen de aquel inmundo olor, pero insistí y cerré
los ojos. Fue un instante y comprendí que había en mí algo de ese hombre que
quiere negarse. Del que busca no mirarse para no ver, del que de todo huye.
Me quité la almohada y dejé al descubierto mis
ojos. Desde ese pedacito de cama, lo miré todo. Nada me llamaba demasiado la
atención salvo la claridad que pegaba en mi cara, más fuerte de lo normal. Esa
claridad era una claridad extraña. En mi ventana, allí por donde se colaba la
luz, no había cortina alguna y la luz, ese día, se me reflejó en el rostro,
azul.
Como
pude contuve la calma, pero caí en un ensimismamiento. En ese momento, justo
cuando algo se descomponía en algún lugar, pude sentirme parte de la humanidad.
Creí que había sido necesario oler el fondo de algún pantano para, por fin,
abrir los ojos.
Me
decidí y caminé hacia lo azulado, como quien tararea a la orilla de algún río perdido.
Sí, algo se desprendía de mí con cierta ternura inocente. Estaba abstraída,
metida en un yo que había dado por perdido. Se sentía como un regocijo, cierta
precipitación. Un acelere de sonrisas queriendo liberarse.
Pero
era incómodo. El olor me erizaba la piel y comenzaban a arderme las plantas de
los pies. Pensé en las plantas cuando me miré los pies y me pregunté si el olor
les habría llegado, y si a ellas también les ardería algo.
Me
aquieté y miré mis manos. Recuerdo haber hecho una mueca irónica y decirme que
la gente no se pregunta por las plantas. Además, a las plantas nada les puede
arder como a nosotros. Y fue entonces que confirmé mi regreso leve e inmiscuido
al mundo de los que caminan, con una mano en el pupo y la otra sobre los ojos.
Llegué
a mi ventana y apareció el suspiro interminable de la lamentación y el dolor.
Me
restregué los ojos muchas veces y me volví tres pasos hacia una pared. Al ver
tras ese hueco, comencé a llorar. Lloré hasta inundarlo todo. Me incliné hacia
delante, asomé mi cabeza al exterior, pero no soporté la fatiga.
Noté
con rapidez que mi pelo y mi rostro cobraban un color amarillento que iba
tiñéndome toda. Entré en pánico, sentía evaporarme.
Era como un ácido espantoso que consumía todo
cuanto me rodeaba. Bajé a la calle (en unos veinte minutos, lo que habría
bajado en cinco) y me entreveré con los demás. Me arrimé a uno de ellos y lo
sentí pudrirse. De él salía una grasa verde que burbujeaba. Supe enseguida que
no era posible distinguir hombres de mujeres, todos estábamos pelados y
cubiertos de una gruesa capa de sobrepiel.
Nos
habíamos convertido en extraños deformes, de rostros envejecidos y sin apetito
alguno.
Dentro
de mí algo pujaba con fuerza, pero no podía soltarlo. Sentí una terrible
angustia y no pude no pensar en cómo se sentirían ellos. Mi concentración en
ese pensamiento fue tanta, tanta que la congoja al fin pudo dar paso al llanto.
Comencé a llorar, con mucho esfuerzo. Las lágrimas no caían, al principio eran
gomosas y provocaban dolor, pero luego, como cuando la bomba comienza a dar
agua limpia, el llanto salió líquido y cristalino. Lloré sin consuelo, no sabía
qué hacer. Me detuve y quise oír si alguien más estaría llorando. No oí nada.
De
repente sentí aliviarme, el llanto tiene eso de curativo. Y era un alivio tan
profundo que parecía haber penetrado una superficie difícil.
Me
observé. No podía creer lo que veía. Mis lágrimas me estaban devolviendo mi
color. Sin embargo, fue una sensación intranquila. Imaginé que si llorábamos
íbamos a salvarnos y si lográbamos llorar sobre las plantas y los animales, tal
vez… Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cuántas lágrimas se necesitarían para salvar todo?
¿Será que servirían las de cada uno?
Lo
único que teníamos allí era un pedazo de ciudad pegajosa. Nada esperanzado.
Nada a salvo.
Pasaron
los días y sin saber en cuál nos encontrábamos pude oír. Pero no eran lágrimas.
Se sentía un lengüeteo constante. Era un sonido escandaloso y dudé en abrir los
ojos que hacía horas había cerrado para no ver el fin. Pero los abrí y vi a
muchos perros lamiéndose y a otros tantos animales salvando ese pedazo de
humanidad hundida en el abismo de la podredumbre.
Comprendí
que no éramos quienes nos rescataríamos. Ellos, los que no conocen el egoísmo y
a todos nos darían la oportunidad.
Sólo
recuerdo que miré dentro de mí y sólo pude decir ¡amén!
El destino menos esperado
Mariana Cattani
Al momento de sentir el estallido de la llanta
de mi auto mantuve mis manos en el volante para evitar chocar en medio de la
oscuridad. A duras penas lo logré y con el último recorrido del auto lo ubiqué
a un lado de la ruta para no obstaculizar el paso de los vehículos que
transitaban por allí.
Ya
era medianoche cuando mi amiga Magdalena me llamó al celular, sin embargo,
alcancé a observar que el reloj ubicado en mi mano izquierda marcaba
exactamente las 21:00hs. La conocí en una cafetería, no puedo olvidar la
ternura con la que pidió “un café con dos de azúcar” su preferido, me acerqué
con la intención de conocer a esa rubia que me había alegrado el día,
intercambiamos teléfonos y así comenzamos con nuestras sitas. Su voz se escuchaba angustiada “Ayudame tratan
de violentar la entrada de mi casa”. Y en un segundo se cortó brutalmente la
conversación. Medio semidormido, me terminé de despertar y en un momento me
dispuse a ir en auxilio de mi desesperada amante.
La
ruta a su hogar me la sabía de memoria, con lujos y detalles, ya que acudía a
la cita sensual dos veces al mes, cada vez que me podía ubicar con mi trabajo y
mis tareas diarias, debido a que vivía en una casa donde podrían vivir
tranquilamente cinco personas. Magdalena
era una mujer con todas las letras, era delicada y jamás tuvo escrúpulos para
negarme su amor. Contrariamente a lo que ocurría conmigo, había terminado su
matrimonio de manera muy violenta. Su marido, un poco más joven que ella, había
resultado un hombre sin ternura alguna y de carácter muy feo. Desgraciadamente
ella se había enamorado perdidamente de este sujeto y muchas veces llegó a
decirme Nunca supe por qué lo acepté como marido sabiendo la clase de persona
que era. Son cosas inexplicables, le respondía yo siempre.
Me
encontraba detenido en una oscura y desierta ruta sin nadie a la vista que
pudiera ayudarme a llegar a tiempo al rescate de mi amada Magdalena, calculaba
que estaba a unos 5 km de su casa, para
mí era muchísimo con la desesperación que tenía y el miedo de sentir que algo
le podría pasar y no estar allí para ayudarla. Presentía que toda su vida
estaba llena de intentos y que esta vez no podría evitar su destino, no podía
saber lo que ocurriría en su vida, algo totalmente inesperado.
La
noche parecía estar en mí contra. La luna se ocultaba tras las nubes negras que
anunciaban una tormenta muy fuerte. Me dispuse dejar abandonado mi auto y
empezar a caminar hacia la parte donde las malezas estaban a una altura que
hacía casi imposible caminar y donde, desde lejos, se veía la entrada al campo
“San Agustín”.
Anduve
casi 500 mts y vi unas luces que aparecieron a la distancia, no sé por qué
causa me oculté un poco en la maleza a un costado de la ruta esperando que
pasara algún auto que pudiera alcanzarme a la entrada. Enseguida aparecieron
dos vehículos y en unos segundos se escucharon disparos que pegaron en los
vidrios traseros de uno de ellos. Esto me causó pánico y me lancé de cabeza
para caer en la arena, me quedé quieto mientras se escuchaban más disparos
entre los contrincantes de los dos autos. Al cabo de unos minutos me escondí
detrás de un árbol que me servía de escudo.
Respiré
hondo al no ver a nadie, sólo rastros de vidrios rotos por el asfalto. Apuré mi
paso y miré nuevamente mi reloj: marcaba las 00:30 hs. Me pasé la mano por el
brazo izquierdo y lo sentí mojado, muy mojada mi mano, miré y apareció entre
mis dedos un líquido rojo. Estaba sangrando pero no me quise detener y aceleré
el paso, creía que estaba muy cerca del lugar adonde quería llegar.
Para
acortar el camino tomé un atajo que reconocí inmediatamente. Escuché un ruido
extraño como a unos 50 mts y me detuve, y en un momento me pareció escuchar
como un lamento, alguien lloraba.
Para
no ser sorprendido o caer en una trampa me quedé quieto para poder escuchar
detenidamente. Por un momento ese llanto no se escucho más y eso me preocupó
¿Acaso esa persona que se quejaba había muerto?, ¿Por qué de repente dejo de
llorar?, ¿Qué habría pasado?
Sentía
el dolor aumentar y mis fuerzas disminuían a cada minuto. A pesar de conocer el
terreno estaba desorientado totalmente.
De pronto, a lo lejos se encendieron luces de vehículos iluminando la
escena. Avancé como pude, mi brazo ya no sentía nada, ni siquiera el viento que
sí sentía en mi mejilla, había perdido mucha sangre, no sabía qué estaba
ocurriendo enfrente de mí. Se oyó el grito “¡Alto, alguien viene!”.
No
dispare, no dispare, soy amigo de Magdalena -grité con desesperación- solo para
que no se abalanzaran sobre mí, estaba demasiado herido y sentía un fuego que
corría por mi cuerpo, algo difícil de explicar.
Caí
inmediatamente al suelo lleno de pasto y bichos y sentí que unas manos me
tocaban, no vi más. Antes de quedar plenamente inconsciente escuché “Parece el
hombre que buscábamos, está acusado de asesinar a Magdalena Molina”.
Sombras
A mi
padre
Natalia Mana
Aún
era verano. Aunque el calendario señalaba veintitrés o veinticuatro -no puedo
precisarlo con exactitud- de marzo, el calor insistía en quedarse, la humedad
permanecía pegada a los cuerpos. He buscado incansablemente en cajones y
álbumes alguna fotografía que me retratara por aquellos años, pero no consigo
dar con ninguna. Mi fragmentada memoria sólo me permite traer aquí el color
rojizo de mis cabellos y un pantalón del mismo color; eran épocas donde la
apariencia me importaba.
Recibí
un llamado desde otra ciudad, solicitaban mi presencia con suma urgencia, “él
empeoró” alcancé a entender. Y ahora con el peso del tiempo, los dolores en el
cuerpo y la soledad no puedo más que dar levísimos suspiros que me emparchan
por un instante la existencia.
Cuando
al fin llegué donde se encontraba él, temblé de miedo.
Su
aspecto realmente había desmejorado, su piel como imantada y atraída por un
frío metal se pegaba a sus huesos. Sus chiquitos ojos verdes apenas daban un brumoso
gris. Noté su cansancio, su resignación. El cuerpo vencido, la voz que apenas
lograba salir con infinita tristeza alcanzó a decirnos (en ese momento Mónica
se encontraba junto a mí) “quiero un cigarrillo”. Su aliento sólo alcanzó para
eso. Dentro de los hospitales -todos sabemos- está prohibido fumar.
De
ahí en adelante la vorágine y burocrática espera cayó sobre mi cuerpo.
Segundos, minutos, horas. Logré volver a verlo, había desmejorado más aún. Una
sala absoluta y completamente blanca lo contenía, aislado, atado a una cama.
Reflejaba un sueño profundo, lejano. Acaricié su mano, sus dedos manchados por
el tabaco, besé su cara y me despedí con la convicción en ese momento -ahora sé
que fue ingenuidad- de que llegaría un nuevo día y volvería a oír su voz.
El
azar o el destino (con el paso de los años comenzamos a creer un poco más en
filosofías baratas) hizo que a la mañana siguiente en el horario de visita
fuera yo quien debía ir a verlo, a recibir la información que los médicos
tenían para nosotros, es decir, para mi familia.
A
pesar de que, como ya dije, no han quedado rastros de mí en ninguna parte,
recuerdo esa mañana como si fuese hoy. Me levanté de la cama con la orgullosa
tranquilidad de que el mundo estaba ahí afuera y no había dejado de girar
mientras dormía. Mi pelo rojizo por sugerencia de mi madre, colores vivos en
toda mi ropa, zapatos, pulseras, anillos y mis pocos años de edad daban a
gritos la señal de que el día anterior había sido un mal sueño. Sólo un mal
sueño.
Tomé
unos mates rápidos en la cocina de la casa de Mónica, mi hermana, donde me
estaba quedando durante lo que pensaba serían apenas unos días. El calor
asfixiante de las grandes ciudades ese día era más pesado que nunca. Salí a la
calle para tomar un colectivo hasta el hospital y sola me dije “todo está bien,
sólo fue un mal sueño”. El sol golpeaba en las casas, en las calles, con una
fuerza descomunal, “y aún no es mediodía” pensé. Busqué la sombra de un árbol
próximo a la parada de colectivos y aguardé tranquila. Advertí que en la sombra
mi ropa perdía su color y poco a poco se volvía oscura, negra. No le dí
importancia. Sin embargo, era una señal. Subí al transporte y no pude conseguir
asiento, los horarios pico son así. La gente ensimismada en sus problemas esa
mañana no notó mi presencia dentro del vehículo, ni tendrían por qué haberlo
hecho, y ahora que lo pienso detenidamente, tampoco yo me sentía presente
aquella vez.
Entré
al hospital. Un policía con un enorme cuaderno me preguntó el nombre del paciente
a quien yo quería ver. Le dí el nombre tan lentamente que no logró entenderme y
tuve que repetirlo. Nada. Volví a repetirlo y agregué más información al
respecto. Nada. El sujeto seguía con su dedo una larga lista de enfermos,
pasaba hojas y nadie respondía al nombre indicado. “¿Estás segura que está
internado acá?” me dijo. Y mis manos, pequeñas, jóvenes, comenzaron a temblar.
Oía
sirenas a lo lejos, los pasillos atestados de enfermos, médicos que entraban y
salían de una sala a otra, una mujer lloraba desconsoladamente en la puerta por
la que yo acaba de entrar tan tranquila. Nada parecía verdad. “Sí, está acá y
quiero verlo” le dije al policía que oficiaba de secretario. Cuando caí en la
realidad, un médico y una enfermera, supongo, ya estaban parados ahí junto al
policía: “tenemos que hablar con vos, ¿estás sola?” me dijeron. Y juro que
hasta el día de hoy, después de tantos años, nunca pude entender a ciencia
cierta qué era lo que me decían. Miraba sus bocas moverse acompañadas por leves
movimientos de las manos, decían términos tan abstractos para mí que sólo pude
largarme a llorar. Me preguntaron mi nombre, qué edad tenía y si podían llamar
a alguien más.
El
resto de lo que sucedió vive en algún recóndito lugar de mi memoria o
simplemente se borró como el color de mi pelo, de mi ropa y de mis años
mientras permanecí esperando bajo la sombra de aquel árbol un verano que nunca
terminó.
El florero de la abuela
Ornella Cecchini
Estaba
marcando el número de la policía cuando noté sobre la chimenea la ausencia de
mi florero. Ese hermoso florero que me había regalado mamá el día que me casé,
que había pasado por la familia de generación en generación y era tan valioso
para todos. Y que, según la abuela, debíamos cuidar de él toda la vida o
romperíamos con la tradición de la familia.
Era
el cumpleaños de Santiago y me fui a trabajar más temprano porque a la noche
tendríamos la visita de toda la familia para celebrarlo.
Esa
tarde, Cuando llegué a casa, Juan, mi esposo, estaba limpiando el jardín. Le
pregunté por Santiago y me dijo que estaba en su habitación jugando. Fui hacia
allá y no estaba. Revisé mi cuarto, el baño, la cocina, el garaje, el patio y
no lo encontré. “Juan ¿No viste a Santiago? No está en su habitación.” Le dije.
Lo buscamos por toda la casa y mi chiquito no aparecía. Salimos a la calle,
aunque cuando yo había llegado la puerta estaba cerrada con llave… tal vez
había salido por el patio sin que papá lo notara. “¡Santiago! ¡Santiago! ¿Dónde estás? Ya llegó
mamá con tu regalo.” Gritábamos, pero él no respondía. Ya había pasado más de
una hora y no lográbamos hallarlo.
Volvimos
a la casa y empezaron a llegar las visitas. Los abuelos, los tíos, los primos,
todos buscando a Santiago, por toda la casa, por toda la cuadra, adentro y
afuera y él no aparecía…De pronto al mirar sobre la chimenea observé que el
florero de la abuela no estaba, pues no había rastros ni de Santiago, ni del
florero.
Ese
día se lo había repetido un millón de veces. “¡No corras alrededor del florero!
¡Lo vas a romper y mamá se va a enojar!” Pero no me hacía caso y seguía yendo y
viniendo… “Si lo rompés voy a llamar a la policía para que te lleven por
desobediente”; pues él siempre le había temido a los oficiales, ya que un día
en el centro trataba arrancar las flores de los canteros, y yo, a los gritos,
le decía “Santiago no las saques, Santiago no las rompas” y él me ignoraba,
cuando de pronto apareció un policía robusto, con esposas en la mano y le dijo:
“No arranques las flores. Los niños que no hacen caso tienen que venir conmigo y
dormir en un cuarto sin luz, sin tele, sin juguetes y sin mamá”. Su cara de
susto y su inmovilidad debelaban el terror que le había causado la reprimenda
del oficial. Entonces yo, cada vez que se portaba mal se lo recordaba.
Ya
había pasado demasiado tiempo, entonces decidimos llamar a la policía para que
nos ayudaran a buscarlo. Cuando sonó la sirena del patrullero oímos la vocecita
de Santiago que decía “¡No! ¡L a policía no!” Fui hasta su habitación y desde
el placard de la ropa de Santiago, se
veía una luz. Me acerqué y allí estaba, con una linterna, todo pegoteado y con
piezas del florero por todas partes, en el pelo, en sus manos, en la ropa...
llorando desesperadamente y con un temblequeo en sus manos que más le
complicaba encajar las piezas rotas, “Perdón mamá, no te enojes, fui sin
querer. No le abras a la policía, ya casi termino de pegarlo”. Me dijo. Lo tomé
entre mis brazos y con una mezcla de alivio, risa, llanto, felicidad y enojo lo
abracé… Junté las piezas del florero para arreglarlo más tarde… Y Santiago
siguió otro rato adentro del placard, por miedo a salir y que los policías aún
lo estuvieran esperando…
Asuntos pendientes
Marysol Nespolati
Siempre
supe que septiembre era mejor que octubre pero aun así me aventuré a vivir de
la forma más loca posible. La vecina del 10 no entendía por qué cada mañana
desde mitad de mes saltaba unas cuantas veces encima de mi cama, bajaba y subía
las escaleras del departamento vociferando a ocho tenores. Ya se acercaba la
fecha y mi impaciencia era notoria. Hasta que por fin llegó el día. Al salir
con las maletas después de aquellas extrañas rutinas, la del 10 simulaba que
regaba las ramas secas del ficus de la vereda que intentó sembrar en febrero
pasado en honor al día de los enamorados, mal augurio para solterona. “Buenos
días, Dominique, hoy es viernes, zapatos magenta, ¿verdad?”. Más por educación
que por simpatía contesté con sonrisa fingida. Me conocía el patrón zapatos en
combinación por día, muy observadora por no decir chismosa la vieja, me seguía
con la mirada hasta terminar de subir la última valija al taxi.
Fue
uno de mis primeros viajes a Francia. Ni la imaginación ni los diarios de
viajes podían superar la experiencia que estaba transitando en ese momento. Mis
ojos brillaban. Me sentía un tanto mareada, no sabía qué mirar primero, todo
era sorprendente. Ya desde la llegada había comenzado a alterarme, había
desempacado las valijas a las ligeras y ni siquiera quise perder tiempo
escuchando al conserje que, muy amablemente, me ofrecía bajar a desayuna. Suerte
que refresqué un poco mi cara y salí.
Antes
de plantearme si visitar primero la Torre Eiffel, la Catedral de Notre Dame, el
Arco del Triunfo o el Palacio Real, me dirigí a la agencia de excursiones
turísticas para no perder el lugar en el transporte y poder conocer, el día
siguiente, lo restante del Palacio de Versalles, el Museo de Louvre y el paseo
en bote hasta Brujas. Pero eso no era lo que realmente quería recorrer primero.
Ya guardado y asegurado mi lugar, me dirigí a lo que quería recorrer con urgencia:
la majestuosa galería principal. Transitaba las vidrieras de Giorgio Armani y
Hermés observando por doquier lo majestuoso del lujo y el confort cuando de
pronto tropecé con ellos, unos hermosos gemelos que irrumpieron en mi vida con
la más sutil alegría. Eran preciosos, tenían unos ojos celestes cristalinos
bellísimos, un porte y un ritmo al andar propio de los modelos profesionales.
Cuando los invité que me acompañasen y recorriéramos juntos la ciudad, no
dudaron en asentir, íbamos a ser grandes compañeros. Les comenté sobre mis
gustos preferidos, les hice llevar el suave y sofisticado aroma de los perfumes
amaderados de París que, combinados con el swing de la brisa que envolvía sus
cuellos, se amalgamaban en una inconfundible fragancia que les daba sofisticación
y personalidad, como ellos me lo daban a mí.
Salimos
de la galería y cruzamos a toda prisa la avenida de Rennes. Iban a mi lado a
pasos desincronizados, escuchaban mis conversaciones telefónicas pervertidas
sin ningún síntoma de asombro. Yo era de caminar rápido, pero ellos no se
quedaban quietos ni por un minuto. Luego de expresarles mi simpatía, decidimos
proseguir los caminos juntos, yo los rozaba con ternura y pasión cada tanto, y
ellos me dibujaban una sonrisa automática. Aunque estaban tan cerquita de mí,
no había murmullo que molestara, ni se quedaban atónitos con cualquier
asombroso atuendo; no como yo, que cada tres pasos me daba vuelta para
ovacionar algún vestido de broderie, una pollera de guipur o una blusa de gasa
o cualquier prenda que con septiembre se destaca por la belleza de sus telas.
Decidimos sentarnos en la mesa de un bar, pues
me encontraba cansada por la caminata. Mientras nos abrazaba el aroma a café,
imaginaba deseosa el regreso al hotel donde me alojaba para disfrutar junto a
ellos los momentos más importantes de esta historia.
Ya
descansada y con la picardía recargada, me levanté de la mesa y les ofrecí mis
manos para seguir el recorrido. Tomamos una calle angosta para acortar cuadras
hasta el hotel. Doblamos por otra y otra, por un momento nos perdimos en la
madeja de calles, estaban tan desordenadas como mi ropero. Nos asustamos un poco, pero recobramos la
orientación en segundos. Me había puesto nerviosa, nos podrían haber robado
porque entramos a un barrio lleno de callejones sin salidas. Para
tranquilizarme intentaba no pensar en el riesgo que corríamos, tampoco quería
recordar lo que faltaba para llegar, me comía la impaciencia. Tratando de
despejarme, miraba mis manos que estaban hinchadas por el calor y la humedad,
mis pies… noté que ese día no me había puesto los zapatos azules como todos los
sábados, producto de la rapidez con la que salí en la mañana.
Nos
tranquilizamos y enseguida comenzaron a susurrarme al oído con total
normalidad. Se había hecho medio día, la humedad del ambiente era muy densa y
las piernas ya pesaban, si bien no les podía ver la cara, sabía que a ellos no
les afectaba en lo más mínimo. Compartíamos las mismas conversaciones y en el
mismo camino andábamos pero no nos veíamos ni nos tocábamos. Cuando llegamos,
me apuré a abrir las puertas para que pudiésemos respirar, poco me importó
saludar al conserje, no veía la hora de encender el aire acondicionado.
Mientras se elevaba el ascensor, cada tanto y de reojo miraba a los gemelos,
los acariciaba y les sonreía emocionada, ya llegaríamos a destino y podría
disfrutar con ellos los momentos más sublimes. La felicidad de encontrarme a
solas con ellos y demostrar mi euforia sin que nadie me mirara asombrado. Ya
podía imaginarlo, el momento cumbre iba a darse en la noche, en el restaurant
de Thoumieux.
Ya
en la habitación, corrí hacia el dormitorio, tiré cuidadosamente a los gemelos
en la cama y dediqué varios minutos en saciar mi placer observándolos
cuidadosamente, parte por parte. Me
dirigí a la cómoda, al reflejarme en el espejo mi rostro se veía incompleto.
Iba a conservarlos para la cena de la noche, los tomé en mi mano y los
introduje en el alhajero…
Florencia, muy impresionante tu cuento. Me encantó. Reflejás la persona y la personalidad del loco muy bien -a lo que yo considero bien- y qué fuerte es toda esa contextualización del loquero en el pueblo que mostras en algunas líneas del cuento. El título queda justo, habla de una normalidad en un sitio de anormalidades... ¿que diferentes parámetros tenemos no? Un gusto leerte. ¡Estaba esperando ansiosa esta historia! ¡Besos!!!
ResponderEliminar