escritura, extrañeza, experiencia

Durante el ciclo 2014 creamos un Taller de Narrativa como espacio curricular optativo en el Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba, Argentina.

Este blogfolio reúne algunas de las propuestas de trabajo y de las producciones de los alumnos. Los textos de apertura de cada tarea y el diseño de las consignas corresponden a la Profesora Beatriz Vottero, creadora y responsable del taller.

8/12/14

EL TALLER

El taller se desarrolló a lo largo de un cuatrimestre, con un encuentro presencial semanal y un intenso trabajo en la plataforma del aula virtual. Cada propuesta de escritura dio lugar a un foro abierto donde las alumnas iban posteando sus producciones y comentando las de las compañeras, en un flujo constante de intercambio. A su vez, a partir de los criterios establecidos en las consignas, las profesoras comentamos cada trabajo con una intervención específica, orientando una reescritura en caso de considerarlo adecuado, además de entramar el abordaje teórico propuesto en el programa.
Publicaremos en el blog sólo las producciones que las alumnas elijan y decidan compartir en este espacio abierto, que desde luego trasciende el ámbito íntimo en que se desarrolló el taller.

Lo que sigue, a continuación, es la cronología de las acciones y sus correspondientes propuestas de escritura. En gadgets al pie del conjunto de entradas encontrarán el programa de la asignatura, un resumen de una clase a modo de material didáctico y algunos links asociados con producciones de autoría.

7/12/14

1 - escribir (nos)

A cada uno de nosotros le pertenece una historia personal. Hecha de trazos, de imágenes, de escenas, de puentes anchos y de estrechas pasarelas, de brisas y huracanes. De recuerdos y de olvidos.
¿Hasta dónde se remonta? ¿Al momento en que nacimos?, ¿al instante en que nos engendraron?, ¿hasta donde tenemos memoria?
¿Hasta el ayer del anteayer de nuestros antepasados? Historias de mujeres, de familias, de secretos mal guardados, de herencias, de parecidos, de amores y desamores, de soledades, de incomprensiones, de imposiciones, de libertades.
De palabras y de silencios...
¿Qué nos protege del olvido?, ¿qué nos protege de aquello que quisiéramos olvidar?
¿Qué raíz antigua fraguó la savia que nos habita?, ¿quién nos pensó alguna vez, atravesado por el deseo de la permanencia, por la voz de la sangre, por la misión de continuar la vida?
Somos, acaso, el eco de aquellas voces, el rescoldo que se anima con el viento nuevo, un umbral que invita y que se dice a sí mismo desde la hondura de la madera ancestral, aromática y viviente, aceite que vuelve a encenderse, se hace lumbre, y resuena.

Ponerle palabras a la búsqueda, bucear, preguntar, indagar, interrogar a madres, tías y abuelas, explorar recuerdos, interpretar indicios, rescatar silencios, abrir las bocas, soltar las lenguas, escribir la historia fundacional, crear (nos). Esa será nuestra primera tarea en el taller. Narrar, contar, comenzar a sumar para decirnos, para avanzar las casillas de la rayuela.

1.1 consigna de escritura: "nuestras escenas fundacionales"

Escribimos, entre la realidad y la ficción, o desde la realidad de la ficción, un relato en torno a una escena que consideremos -de alguna manera- inaugural de una línea biográfica en la que arraiga nuestra existencia. Desde luego, estará atada -amalgamada, ensamblada, hilada- con tantas otras escenas e historias anteriores, que la preceden y en las que se proyecta. Pero será especial porque nosotras la elegimos para contarla.
Una escena, una imagen, una etapa. Importa que nos convoque a narrarla, a reconstruir diálogos, escenarios, a imaginar qué pasó, cómo sucedieron las cosas.
Puede surgir de la pregunta que nunca antes habíamos hecho, o que hicimos a medias y ahora retomamos. O surgir de algo que nos contaron hace mucho, o hace poco.
Las invitamos entonces a escribir esa historia, quizás nacida del otro lado del mar desde la decisión de un abuelo inmigrante; o amarrada a esta tierra, al pueblo donde nacimos o nacieron aquellos que nos precedieron, a una casa, a un paisaje, a un episodio.

Y nos leemos. Con el respeto y la delicadeza que requiere nuestro taller, confiándonos entre nosotras esos lazos que nos unen a la familia y que desde este espacio íntimo y comunitario a la vez, nos va a unir entre nosotras.

Algunas producciones:

El principio
Gabriela Zabala

Cuarenta y siete años tenía Germán Jiménez cuando sus años de fumador se le vinieron encima con toda la fuerza de la enfermedad. Su vida había perdido el sentido desde hacía un tiempo, cuando su último hijo de tres meses perdió la vida. Con su niño se fueron sus alegrías y sus esperanzas y, aunque sus otros cuatro hijos querían seguir teniendo a su padre, él bajó los brazos y se entregó a la muerte. Germán era ferroviario. Había venido de España junto a sus hermanos cuando era muy pequeño y se habían instalado en Rosario. Sin embargo, por cuestiones de trabajo, vivía desde hacía diez años en Río Cuarto junto a su mujer y a sus hijos. La vida le regaló una familia hermosa pero la muerte se lo cobró llevándoselo joven. Germán murió y les dejó a su mujer y a sus hijos nada más que su cuerpo.
Antes de morir, sus hermanos se lo habían llevado a Rosario para internarlo en un hospital un poco más equipado que el de Río Cuarto. A su muerte, ellos decidieron enterrarlo allí, en el panteón que tenían reservado. Aurora, su mujer, que sólo tenía lugar para el dolor, no quiso abandonar lo único que le quedaba de su esposo. Pensó que aquellos restos, sólo vestigios de lo que Germán era, debían quedar en la ciudad donde crecerían sus hijos. Aunque fuera tan sólo para llevarle un par de flores cada mes y llorar sobre su tumba.
Con esa fuerza maternal que sólo una mujer puede tener en momentos tan difíciles, les dijo a sus cuñados que se llevaría a Germán, para tenerlo allá, cerca de los suyos, cerca de sus hijos. Ellos se opusieron terminantemente pero Aurora, sin hacer caso a las negativas, llamó al gremio de ferroviarios y un vagón frío, oscuro y húmedo llegó para transportar el féretro. Allí metió a sus cuatro hijos y al cuerpo de su esposo. Cerró las puertas dispuesta a partir con todo el peso de las obligaciones en su espalda. El tren iba a arrancar cuando sus cuñados, aglomerados alrededor del vagón, comenzaron a golpear las puertas y a gritar obscenidades, negándole su apoyo. “¡Puta! ¡Reventada! ¡Dejalo acá! ¡No te lleves a nuestro hermano! ¡Hija de puta!” Y con esos insultos raspando sus oídos y su alma partió junto a los suyos hacia Río Cuarto. Sin trabajo, sin marido y con cuatro hijos que debían estudiar.
Pedro, su hijo mayor de quince años, supo que su vida ya no sería la misma y que sus hermanitos jamás entenderían ni compartirían lo que él había vivido. “Adulto, Pedro, ahora serás un adulto”, le dijo su madre. Sus ojos miraron el cajón inerte que estaba en medio del vagón y un reproche se presentó en su mente: “¿Por qué nos dejás? ¡Despertate!”. Entonces, una lágrima cayó por su mejilla, anticipando el llanto que siguió hasta muy tarde. Serían las últimas lágrimas que derramaría en toda su vida. Ya su corazón se transformaba en piedra. Sus ojos perdieron la última mirada de niño cuando supo que sus hermanos quedarían a su cargo.
Ese niño convertido abruptamente en adulto era mi abuelo. Tal vez esté en este instante charlando con su padre, Germán y su madre, Aurora. Quizás se estén riendo de las inclemencias de la vida que desde allá arriba se verán tan insignificantes. A lo mejor Pedro le estará pidiendo explicaciones a su padre. Pero hay algo seguro, por lo menos para mí: están rezando por la familia que consolidaron y que los recuerda desde acá.
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Félix
Giuliana Capellino

Desde chiquito me acostumbré a ver la cara de tristeza de mi mamá, a mis hermanos entre juguetes viejos, con la ropa que a mí ya no me andaba, a mi papá fuera de casa todo el tiempo luchando en el ejército de Alfonso; a tener la alacena vacía, a compartir entre todos un mismo plato de comida, bueno, ¿para qué seguir? Todo estaba devastado, parecía irónica la denominación con la que solían hablar de mi país… “la bella Italia”.
El día que cumplí 13 años mi mamá Felisa me llevó a su habitación, vi que tenía los ojos llenos de lágrimas, algo me pareció extraño. Al ingresar me dijo que tenía miedo. El silencio se adueñó de la sala húmeda en la que dormía, desde hacía un tiempo, sola. Me tomó la mano y la puso en su pecho, le advertí que me ocuparía del alimento del día, que se quedara tranquila, pero no era eso. Me pidió ahogada en llantos que dejara Italia porque temía que dentro de poco me involucraran en el ejército al que pertenecía mi padre Bautista y que me devolvieran al cabo de un tiempo, como muchos otros, sin vida. Mencionó un país de nombre raro, no sé… me retiré de la habitación asustado, corriendo.
Ese día mi casa era un desorden, mis hermanos tan pequeños no entendían lo que realmente sucedía, me seguían porque querían jugar conmigo y yo estaba anonadado, sólo me daba vueltas en la cabeza lo que me había dicho mi mamá. Tampoco yo entendía muy bien lo que pasaba, pero comenzaba a comprender.
Al mediodía nos sentamos en la mesa, cada uno se sentó en frente a un bollito de pan ya distribuido sobre el mantel. Mamá nunca comía, decía que nosotros necesitábamos comer para crecer, que ella ya era grande y la comida era para los chiquitos. Inmovilizada, Felisa cortó una manzana en tres partes, un pedazo fue para Juan, otro para Pedro y el tercero para mí… Siempre resaltó la importancia de compartir todo, y eso hicimos siempre, compartíamos hasta lo que faltaba.
Inmediatamente fui al cuarto, seguía con las palabras de mi mamá en la cabeza. Cuando entré, vi sobre la cama un pañuelo envolviendo algo y sus puntas unidas de manera que quedaba cerrado. Lo abrí con la ilusión de que fuera una pelota, me emocioné hasta el punto que grité con todas mis fuerzas… pero cuando lo abrí vi mucho pan, y pensé ¡qué tonto! Era imposible, mi mamá nunca podría comprarme la pelota con la que jugaban los hijos de los mandatarios.
Inmediatamente entró detrás de mí mi madre y me dijo que nos apresuráramos, a media tarde salía el barco que debía tomar para viajar a Argentina. De un sobre sacó un pasaje que me había mandado mi padrino ya instalado en aquel país. Dentro del pañuelo lleno de provisiones había un papel que tenía el nombre completo de mi padrino y una dirección, allí debía llegar, él me estaría esperando.
Nos dirigimos hacia el puerto, mamá me despidió muchos metros antes llorando disimuladamente. No quiso verme embarcar. Me dio un abrazo tan fuerte y pegó su rostro tanto conmigo que sus lágrimas se volvieron mías.
Había tanta gente que me perdí en la multitud queriendo no mirar hacia atrás, ya bastantes recuerdos tenía de mi mamá con ojos tristes.
El pañuelo pesaba un poco, por lo que lo dejé a orillas del puerto y me senté a esperar. Pero vi un par de niños jugando con un bollo muy grande de papel, era prácticamente una pelota. No aguanté de las ganas y corrí con ellos hasta la señal de partida del barco, que fue lo que me hizo reaccionar y darme cuenta que tenía que subir. Entre tanta gente no encontraba la pañoleta verde con la que mamá Felisa me había envuelto las provisiones. El barco anunciaba con bocinazos que estaba por partir y antes de perderlo, me subí con nada. Lo único que llevé conmigo fueron las últimas imágenes que tuve de Revello, de mi familia y algunas, un poco gastadas, de mi papá.
Estaba solo, desprotegido; mi pasaje de tercera tampoco me brindaba muchas comodidades. El viaje, sin embargo, resultó ameno porque mucha gente que se encontraba en la misma situación me ayudó a soportar la angustia.
Un día, como cualquier otro, en el transcurso de mi emigración, me encontré con una jovencita de mi edad, nos conocimos jugando de casualidad, se llamaba Francisca, nos hicimos amigos. Le conté de dónde venía y porqué estaba allí; ella conmovida por mi historia se propuso ayudarme, no podía creer que viajaba sin pertenencias, sin compañía, sin destino. Habló con su familia. Al cabo de un tiempo, sus padres, el señor Giustetto y su esposa me prometieron que me iban a proteger toda la vida, me ampararon como si fuera uno más de ellos.

Pasó mucho tiempo desde ese entonces hasta ahora. Yo, Félix Capellino, no hubiera sido nada sin la ayuda de la familia que me acogió en aquel viaje. Pasaron pocos años de arribar en Argentina cuando me casé con la hija de Don Giustetto y nos instalamos en el campo de una zona llamada La Palestina que él compró para que trabajáramos. Tuvimos una numerosa familia, 11 hijos y una casa grande para todos ellos.

A veces me pregunto qué habrá sido de mi padrino, cansado de esperarme quizás se convenció de que nunca viajé.
Mis hermanos menores, Pedro y Juan, vinieron a Argentina mucho tiempo después, y me contaron que en el puerto, cuando partí, alguien encontró la pañoleta de nuestra madre con las provisiones que me había preparado y mis documentos, y ese día golpearon la puerta de casa, en Revello y le anunciaron mi muerte a Felisa. Eso hizo que sus ojos dejaran de brillar más aún y se pasó la vida creyendo que la mía había terminado a los 13 años.
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Milena Melgarejo

Nací en la provincia de Corrientes, más precisamente en la ciudad de Bella Vista. Soy el segundo de catorce hermanos. Mis padres, los dos muy jóvenes cuando yo llegué, vivían en el campo y allí trabajaban.
A mis seis años comencé la escuela, con mucho sacrificio porque para llegar a ella teníamos que caminar tres leguas, mis hermanas y yo, con esos calores que dañaban nuestros pies descalzos.
Pasaron tres años y ya éramos cinco hermanos. La situación económica era bastante mala, y mis padres decidieron que yo, el único varón hasta entonces, tenía que empezar a trabajar. Y así fue. Comencé a trabajar en el invernadero de mi tío, y al poco tiempo arranqué a ir a las cosechas de tomate. 
Como las campañas duraban tres meses, aproximadamente, no tuve otra alternativa que dejar la escuela. De cualquier modo, lo más importante era ayudar a mi familia.
Cuando cumplí los trece años, ya habían nacido tres hermanitos más, mi familia seguía agrandándose y las cuestiones económicas empeoraban. Era desesperante, dentro de lo que yo entendía, repito, con sólo trece años.
Era muy común que mi tío, el hermano de mi mamá, viniera a almorzar los domingos a casa. Comíamos debajo de unos algarrobos enormes, donde corría, muy lentamente, un poco de aire fresco. Adentro era insoportable estar debido a que las temperaturas en el verano eran muy altas.
En un momento, mi tío dijo que tenía que darnos una noticia y nos pidió que le prestáramos atención. Nos comunicó que le habían ofrecido trabajo en Buenos Aires, como cuidador de caballos, y que quería llevarme con él.
A mis padres esta noticia les cayó como un balde de agua fría; pero a los pocos días de haberlo pensado y considerado entre ellos, aceptaron la petición. Me llamaron al patio de la casa y dijeron cuál sería mi destino.
Sin decir una palabra y con un nudo en la garganta, metí en una bolsa las únicas dos mudas de ropa que tenía, y en tren, partimos hacia Buenos Aires. Cuando sentí encender los motores, mi corazón se paralizó un instante. Yo, un niño de trece años, estaba dejando a mi familia y una sola pregunta retumbaba en mi cabeza, ¿los volvería a ver alguna vez?
Sin entender mucho lo que pasaba, tuve que hacerme hombre y dejar de preguntarme por qué me había tocado vivir eso, en cierto modo mi preocupación era otra, yo tenía que trabajar para ayudar a mi familia y así, volver a vivir con ellos.
Al año siguiente le llega una carta a mi tío con la noticia menos esperada; mi padre había fallecido en un accidente laboral. No existen palabras para describir el dolor que sentí ese momento. Lejos. Solo. En la distancia.
En Buenos Aires viví hasta mis quince años, luego, viajé con mi tío a La Pampa y allí vivimos tres años, hasta que un día recibí una llamada desde Mercedes, provincia de Corrientes, en la cual me comunicaban que tenía que hacer el servicio militar.
Lo reconozco, tuve miedo, no sabía lo que me esperaba allí; sin embargo, este sentimiento era el mismo que venía sintiendo desde el día que me fui de la casa de mis padres. Llegué al lugar donde me habían citado, me hicieron dejar mis pertenencias, y allí estuve siete meses hasta que me dieron de baja.
Cuando salí, fui directamente a ver a mi mamá y a mis hermanos. A la mitad de ellos no conocía. Pasé unos hermosos días con mi familia y desde ahí emprendí viaje nuevamente, esta vez hacia Formosa. Allí me esperaba mi tío. Vivimos muy poco tiempo, casi seis meses; no había mucho trabajo y encima no nos pagaban bien.
Después, viajamos a Rosario, porque mi hermana más grande, enterada de nuestra situación, nos había conseguido trabajo. Durante tres años trabajamos en distintas obras de construcción, con gente muy buena y humilde.
Allí sucedió que Uno de los capataces nos dijo que se iba con su esposa a vivir a Córdoba, como empleados en un campo llamado “La Stipa”, y que el dueño de este lugar les había dicho que necesitaba tamberos.
Sin pensarlo mucho, mi tío y yo emprendimos viaje hacia la provincia de Córdoba. Vivimos un tiempo en ese campo, y luego conseguimos trabajo en el frigorífico del pueblo. A esta altura de mi vida, con casi treinta años, y golpeado por todos lados, no tenía esperanza alguna de poder formar la familia que siempre quise tener y me arrebataron.
Un día me enteré que en el pueblo se organizaba un campeonato de bochas, y como a la mañana siguiente no trabajaba, fui.
Esa noche conocí a una bella mujer, de pelo largo negro y ojos achinados, un poco tímida, pero a su vez se le notaba cierta picardía. Me acerqué y hablamos un rato. ¡Ella atendía el club donde se hacían los torneos de bochas! Desde que supe eso, fui todos los días durante tres meses para conquistarla.
Al cabo de un tiempo nos pusimos de novios, y en un año ya vivíamos juntos.
Hoy, después de veintidós años de conocerla, seguimos juntos, con cinco soles de hijos y un perro. Hoy, después de tantas tormentas atravesadas, salió el sol. Hoy, tengo conmigo la familia que siempre anhelé. 
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Italia- 1916
Agostina Medina

Era una tarde que no solo el calor alteraba a la gente sino también la necesidad de huir de ese lugar. Los barcos a la orilla de la costa esperaban su turno para salir. El primer aviso fue para María y Anastasio quienes emprendieron el primer viaje desde Italia a Argentina.
Una vez en el mar, las olas provocaban que el gran barco se precipitara hacia un lado y otro, provocando el mareo de los tripulantes. El bamboleo se incrementaba cada vez más y se acercaba la tan temida noche.
La suerte estaba echada. A media noche todos se encontraban en cubierta, cuando luego de una fuerte explosión el barco comenzó a hundirse. Todo era caos alrededor de María y Anastasio que no comprendía lo que estaba sucediendo, pero que, por instinto de supervivencia, habían amarrado sus ropas a un gran trozo de madera.
La gente comenzó a tratarse al mar para evitar ser absorbidos por el oleaje que generaba la nace de hundirse.
Los hermanos, se zambulleron sin soltar la madera y comenzaron a nadar lejos del gentío que de a poco se ahogaba. El conocimiento que el poseía de las estrellas, les permitió encontrar el rumbo. Nadaron hasta quedar exhaustos y cuando sus esperanzas ya habían desaparecido, apareció el siguiente barco que los rescató como los únicos dos sobrevivientes y los hizo llegar sanos y salvos a América.  
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Estela Azul
Ana Laura Mazuecos

Ella, una vez más, robó un corpiño de su madre y se ocultó en el cuarto. Buscó dos pares de medias y se armó como la mujer que aún no era. Salió a trabajar de planchadora en la casa de una familia bien posicionada. Con sus doce años, dibujaba el ángulo de la esquina del bar con toda estela. Mario, que frecuentaba el lugar, la miraba todos los días, deseoso de tenerla, hasta que un jueves decidió interceptarla para hablarle. Él conocía la historia de vida de Delma: hija de una viuda joven, pobre y con dos hermanos lactantes. Podría desposarla un buen día y sacarle un peso de encima a Doña Antonia.
Tres meses después, Delma ya no usaba ropa interior ajena. Quería ser niña por siempre, pero un acuerdo entre mayores y un altar estaban definiendo su destino. Por última vez decidió llorar como una niña, patalear y bañar en lágrimas un vestido de novia prestado. Delma se casó y así cumplió el sueño de toda muchacha, pero el problema era que este sueño estaba fallado, ocurrió inesperadamente y con una persona que jamás amaría. Fue así que la sacaron del pueblo, le quitaron su media infancia que aún conservaba, le destriparon la inocencia y la virginidad. Luego de unos meses  de casada, tuvo la oportunidad de ver una vez su sangre derramada, ya que después debió entregársela, sin opción, al niño que fecundaba su vientre.
Pasaron tres años y su vida fue un suplicio. Su matrimonio era un fracaso, su marido se ausentaba día de por medio, pero cuando regresaba sólo era para mostrar su borrachera y perfumar el aire con violencia. Delma prefería que él no estuviese en casa, aunque la comida escaseara y debiera cruzar dos campos hasta la casa de Isabel a buscar agua del pozo. Además, caminar le sentaba bien, Isabel era una mujer agradable que siempre tenía una rebanada de pan y una taza de leche para sus dos niños. Estar en la casa de su vecina le hacía olvidar de su vida infeliz.
Una tarde, apareció el hermano de Isabel en la casa, quien volvía de la Colimba para instalarse allí. Delma quedó impresionada porque él la saludó respetuosamente una vez y luego no volvió a mirarla en ninguna de las visitas que ella hacía a la casa. Muy distinta de la relación que había entablado con Lucía y Cilio, los pequeños, a quienes trataba con dulzura.
Una noche, Delma llamó desesperadamente a la puerta de Isabel quien la encontró toda golpeada y llorosa. Ella le contó que Mario había llegado borracho, había golpeado y gritado y se había marchado. La amable mujer la hizo pasar y buscó tranquilizarla. En ese momento en que Isabel limpiaba el rostro de la joven, apareció el hermano, Sixto, a quien los sollozos habían despertado. No pudo evitar sorprenderse al ver en el rostro de la muchacha vio el retrato del dolor en cada herida. De inmediato le dijo a Delma:
 -Arme sus cosas señorita, usted se viene conmigo.
La decisión no dio lugar a la duda. Salieron para la casa a juntar las poquitas pertenencias que Delma podía necesitar. Mientras ella armaba su bolsito, irrumpe en la casa Isabel exclamando:
- ¡Apúrense, allá viene Mario como un toro cruzando el campo! 
Ya no les quedó más tiempo. El muchacho cargó en sus espaldas a los niños y ella se aferró a su maleta. Corrieron por la parte trasera de la casa atravesando el yuyal que se habría en el paso dejando ver un camino. Debieron atravesar un alambrado que delimitaba el terreno y fue allí cuando Sixto pudo avanzar, pero ella enganchó su vestido azul en la púa de alambre. Mario se acercaba a la casa y alcanzó a ver a su mujer escapando. Por lo que enfureció y corrió pisando las huellas frescas que dejaban los fugitivos. Delma lo vio venir y temió, temió como nunca que su vida fuera igual al día siguiente, pero tomó valor y arrancó de un tirón el vestido rasgándolo para poder continuar su fuga.
Mario estaba tan borracho que un tropiezo impidió que continuara tras ellos y los vio desaparecer entra la noche. Él nunca fue a buscarla, pero se acercó cada día de su vida a contemplar la estela de aquel trozo de vestido azul.
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Historias de vida que marcaron la mía
Ayelén Altamirano

Luego de la muerte de mis bisabuelos maternos, mi nono, de diez años, junto con sus hermanos más pequeños fueron enviados por su hermano mayor de veinte años a trabajar a diferentes campos y de esa manera ganarse la vida. Como tenía que trabajar en el tambo, cuidando animales, arreglando cosas, no tuvo la posibilidad de asistir a la escuela.
 Se casó con mi nona, la cual conoció mientras trabajaba en un campo cercano al de ella, se casaron y se mudaron al campo en el que él trabajaba como peón.  Tuvieron dos hijos, mi mamá y mi tío. Al fallecer mi nona y tío, se trasladaron al pueblo. Mi nono utilizaba su pulgar como símbolo de firma. Al casarse mi mamá, se mudó  una casa al lado de la cual se crió y habitaba mi nono. Mi hermana mayor fue la que pudo aprovechar su cariño y compartir muchas experiencias. Cuando ella tenía ocho años le enseñó a escribir su nombre y eso fue lo único que él aprendió a escribir.
Una historia similar fue la de mi nona paterna. Cuso hasta segundo grado, la condición de vida no le permitía asistir al colegio, pero cada día se esforzaba por aprender.  Recuerdo que me contó que cuando tuvo la posibilidad de tener un   libro propio, “Las Mujercitas se Casan”, lo leyó tres veces para practicar lectura mientras la mandaban a cuidar los animales.
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Bisabuelos Esther y Antonio
Corina Meichtri
Asturias, España (1924)
Mientras empacaba sus pertenencias, Esther se preparaba mentalmente para afrontar el gran cambio que se avecinaba en su vida: dentro de unos días partiría, junto a su marido Julián y sus dos pequeños hijos, Manuel y Antonio, hacia tierras desconocidas, a encontrarse con la lejana América. El fin de tan largo viaje era escapar de la guerra en la cual Julián había sido reclutado. Esther no podía evitar pensar en su madre que, con tanto amor, la había preparado para afrontar los retos de la vida. El lazo que las unía era tan fuerte que estaba convencida de que su partida sería algo temporal y de que en un breve lapso de tiempo volverían a reencontrarse. Así que, una vez que hubo terminado de preparar lo que creía necesario para el viaje, aprovechó que Julián había regresado del trabajo y se podría quedar a cuidar a los niños, para ir a despedirse, otra vez, de sus raíces.
Luego de conversar largo tiempo con su madre y su hermana menor, se dirigió a la que antes había sido su habitación de paredes rosas y osos de peluche, reacomodo en su cama los almohadones con forma de flor, trasladó una pequeña silla celeste que su padre le había construido cuando era una niña, y se sentó a observar las estrellas, mientras imaginaba, más que su partida, su regreso.
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Infancia cómplice
Florencia Andrighetti

La cueva huele a chocolatada y galletas. Una puerta de colores, luces tenues que iluminan esta noche larga entre risas y enojos infantiles. No estamos todos, sólo este trío que alcanza para que las horas sean segundos. Papá y mamá duermen sin saber que se levanta en la magia de la niñez una enorme fiesta nocturna. Silencio, es un secreto. No podemos despertarlos. Cartas, juegos y un tarro de gelatina robado de la habitación vecina. La magia consiste en mantenernos despiertos, pero mi corta edad no sostiene mis párpados cansados y me hunde la marea atrapante desde la orilla del escondite. Sigan sin mí.
Pero no, me despiertan esos cuatro ojos gigantes y brillosos entre voces bajas que chillan:
-              ¡Florencia, el que se duerme pierde!
Y yo no quiero perder, eso haría a las burlas de mañana. El reloj empuja las agujas con un viento veloz que las aprisa. De pronto una carcajada canta en el aire y otra vez, silencio. Desde la otra habitación se escuchan las fuertes pisadas del monstruo que viene a matarnos el insomnio y dormirnos de un reto.
-              ¡Rápido, Germán! Apagá la luz.
Natalia nos hunde a todos debajo del colchón que minutos atrás me pareció que era un barco y una sábana nos tapó hasta las narices. El picaporte se movió despacio.
-              ¡¿Qué hacen?! Germán: a tu pieza.
Y así perdimos al capitán. Cabeza gacha, ojos de pronto dormidos, ceño fruncido. Se fue, y detrás papá cerró la puerta y se hundió en el sueño. Minutos de silencio en la oscuridad hasta que la primera valiente prende la luz. No todo está perdido. Ahora todo debe hacerse con más cautela, tardamos demasiado en cada paso en puntas de pie. Movimientos lentos, no nos choquemos nada. Abrimos lentamente la puerta que se hizo ruidosa y en pequeños suspiros gritamos al capitán que vuelva, no hay moros en la costa, y así se hizo, y las horas volvieron a su ritmo normal, esto es, veloces como el viento incesante que no se cansa en la felicidad hermanada de sangre. Un ir y venir de fantasías entre telepatías conectadas. Pero pronto, el misterio nocturno es derribado por el sol que derrite los cristales. Hemos arribado. ¡Hasta la vista! Nos veremos en un próximo encuentro secreto.
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Mi historia fundacional
Julieta Domínguez

Lo que les voy a contar, sucedió antes de mi nacimiento.  Antes, incluso, que el de mis padres.
Era yo niña cuando supe de la historia familiar. Recuerdo haber estado jugando en la galería de la casa de mi abuela. Yo la oí de su boca y ella, no lo supo.
Lo que mi abuela decía no era del todo claro. Ella le hablaba a su hermana y yo no comprendía por qué hablaban de sus padres con tanto misterio.
Entendía que algo se estaba omitiendo. Era fácil saberlo, cuando se debía pronunciar una palabra, se hacía silencio o podía ver a mi abuela abrir grande sus ojos a modo de alerta para que, dicha palabra, no se dijera.
Pero la conversación fue larga y ellas olvidándose de mí, sin darse cuenta, la dijeron. Nombraron la palabra y seguido vino una oración que se detuvo en mi memoria y que, hoy, puedo al fin, yo, decirla. Me he sentido desde entonces como aquellas que trataban de omitir lo importante.
Aquel día, sin recato, ellas lo habían dicho todo sin saber que yo las había oído. Las escuché y mis sensaciones se revolvieron. Pensé en mi primito, casi de mi edad, con el que siempre jugaba y entendí, luego, por qué no debía haberme enterado de aquella historia que, a la vez, entiendo ahora, era mí historia y merecía saberla.
Traigo a mi mente la imagen de mi abuela y recuerdo a sus padres, protagonistas de aquella charla que llegó a mis oídos en la niñez. Era la historia de su amor, la de mis bisabuelos. Sí, el secreto rondaba en eso. Una historia de amor tragicómica que desencadenó en mí; en la posibilidad de mi existencia.
El misterio estaba sobrecargado de “pecado” según los ojos de algunos, tal vez de ellos mismos, no lo sabré. 
Mis bisabuelos paternos eran primos hermanos, así patentaron su vínculo. Muchos hablaban de que se habían condenado, yo no lo creo.
Gracias a ellos, nació mi abuela quien me enseñó mucho de lo que sé y me crió. De ella, mi abuela, nació mi padre y fue él quien me dio la oportunidad de estar aquí, en este mundo.
Se sabe que el amor sufre de locura, que trae arraigado en el aire finos hilos que unen a personas sin importar sus condiciones, posiciones, creencias, ideales. Diría que carece de respuesta a todo “por qué ocurren estas cosas”.
Por suerte, no tengo necesidad de preguntármelo. Sólo sé que confío en mis orígenes, en cómo se ha ido escribiendo, en los puntos y comas, en los interrogantes, exclamaciones; en sus propias equivocaciones, tachaduras y correcciones. Pero creo firmemente en su lucha, en sus deseos de ser y seguir juntos.
¿Yo juzgarlos? ¡Jamás! No, no hay modo. Mi abuela, ese ser que me da luz, al que tanto le debo, justifica y perdona todo. Ella, no es más que un puñado del amor que me legaron. Una de las personas que más amo.
Ella, Blanca, es eso. El blanco que acompaña al negro, a la claridad. Es mi abuela.
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Mariana Cattani

Entre 1876 y 1976 cerca de 26 millones de italianos salieron de su tierra natal en dirección a varios puntos del mundo. Una gran parte de estos inmigrantes partió desde el puerto de Génova, pero también partieron desde Sicilia y de puertos en otros países europeos.
Agustín Cattani junto a su esposa Delfina Montali, viajaron uno de esos barcos para poder escaparse de la guerra de la cual su país pertenecía. Olas oscuras y enormes se levantaron hasta la cubierta del barco y caen sobre ellas con un estruendo. Las velas se levantaron hasta la cubierta del barco y caen sobre ellas con un estruendo. Las velas se tensan y se rasgan, solo una de ellas resiste, como si fuera de hierro. De pronto se oye un fuerte ruido y todo el barco se sacude.
La tormenta se había desatado dos días después de que zarparon de Génova. Las personas allí presentes miraban como el velero daba bandazo entre las olas, y todos tuvieron que lidiar con el mareo. Apaciguaban el estómago comiendo pan y tomando leche, llevaban una jaula antimoscas donde estaba la carne condimentada con la sal, que cocinaban luego. En son de broma decían que su comida era más sabrosa cuando salía de su boca que cuando entraba.
El barco avanzaba sacudiéndose hacia el este, pero el capitán y los tripulantes no estaban preocupados, sabían que el viento pronto cambiaría de dirección y enviaría la nave hacia el oeste.
Al amanecer, Agustín y su capitán evaluaron la situación. Los daños eran terribles. De repente, un ruido atronador y chirridos de maderas se oyeron a borde del barco. Los hombres que estaban en cubierta, buscaron un sector del barco más seguro para las mujeres y niños que estaban allí, temerosos de que los cables cayeran sobre sus cabezas. Sin nadie que la sostuviera, la puerta superior se vino abajo. Los tripulantes quedaron boquiabiertos.
Después de otros tres días agotadores de navegar en aguas turbulentas, el barco por fin llego a destino. Los hombres ayudaron a descender a las mujeres y niños que estaban tan asustados que lloraban desconsoladamente abrazándose todos juntos por haber llegado a salvo a destino. Su terrible viaje había terminado. Pero las lecciones que habían aprendido y las huellas que en ellos había dejado su capitán permanecerán por el resto de su vida.
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Marisol Nespolati
Historia fundante: fe de erratas de dos piamonteses.
Aproximadamente en 1915 llegó la familia Costamagna desde Italia a habitar las amplias tierras del campo argentino, cerca de un pequeño pueblito llamado Ticino.
Al igual que el aceto, era de agrio el viejo. Severino, su mujer y cuatro hijas, allí, ínfimos en la inmensidad del campo verde… un verde que poco a poco, con el paso del tiempo se fue percudiendo del blanco y negro del bovino, de la lana de las ovejas, del oro del trigo, del rojo del sorgo…
El viento soplaba risas chillonas, vocecitas agudas que se fueron intensificando con el tiempo, al igual que el mal humor de su padre al ver que sus hijas ya tiraban para solteronas. El alto, el serio, el viejo ya tenía pelo blanco y se mezclaba con el del rebaño.
Pero en algún momento Se sumaron tres voces más graves que las del viejo, voces que venían a hacer la labor que él ya no podía. Hombres que se fueron posteriormente con sus respectivas hijas, esas que don Severino las había engendrado en el vientre de su mujer y ahora las daba como parte de pago.
La peor de las suertes la tuvo la menor, Irman. Tenía veintiún años y ahora se encontraba casada con un campesino piamontés igual que ella, que había viajado igual que ella, rubio como ella… pero con veintisiete años más. El problema, sin embargo, no era ese, ya que era común en la época. El problema era que ella no se quería casar y quería leer en el portal de su casa hasta viejita.
Pero ahora estaba con esposo, Domingo, arruinado por el frío, el calor, el trabajo de sol a sol bajo el resplandor, que había hecho desde pequeño.  Ella, niñita de bien, tenía que compartir su vida sin amor y con la presión de buscar un hijo para embargar su futuro. De todas sus metas, ninguna se había cumplido, mientras que las de Domingo habían superado sus expectativas: había concretado matrimonio con la hija del patroncito. Sin embargo, se había impuesto una condición: iban a poder tener una casa digna el día que tuviesen un hijo varón; Severino les había negociado que si le daban un nieto varón, él les daba una casa en el pueblo en el momento que le confirmaran la noticia.
Por suerte del destino, o no, no solo tuvieron un varón, sino dos. Por el primero les dio la casa y por el segundo, una cosecha.
De allí, la suerte y el enternecimiento de Irman fueron dando un giro, y aunque amó a su marido luego de tener dos hijos, fueron mi papá y mi tío quienes cambiaron la desdicha de sus vidas, de la de mi abuelo, de la de mi abuela…
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Micaela Pereyra

Cerró su baúl con candados y  asegurándose de perder las llaves tapó sus ojos y las tiró hacia la nada con la fuerza de un animal; luego de esto subió a otra montaña más alta a vivir. Su baúl quedó en la casa vieja junto a las manchas de humedad y abandono.
-              ¿De dónde venís?, ¿Quién sos? Le preguntó una voz.
No supo que contestar. Para eso tuvo que volver, bajar a la otra montaña y arrodillarse entre la desolación a roer con sus desgastados dientes, como una rata vieja y con hambre, los candados para abrir ese baúl aun sabiendo que iba a encontrarse con su todo podrido, morado verdoso, ya sin poder volverse a usar. De antemano suplicó al cielo encontrarlo así, temía no poder soportar el dolor. 
En silencio sanador subió otra vez a su hogar. Su pasado había muerto de Alzheimer.
La lluvia comenzó a caer finita y en gran cantidad abrazando sus pestañas, uniéndose con la sal de las lágrimas que estaban ahí, en sus expresiones, fundiéndolas en ella. Caminó despacio, entre piedras grises y cascadas de agua helada que llevaban en sus bolsillos peces grandes que se habían robado el atardecer. Se detuvo por un momento, se  sumergió lentamente en el río y le pidió  por favor que arrancara  de la raíz de sus cabellos los restos de recuerdos que se estaban quedando sin memoria corriendo el riesgo incluso de desaparecer.
 De a partículas se fue desintegrando junto al dolor todo su ser.  Siguió su curso con el río siendo nada durante toda la tarde hasta que en el musgo de una piedra  volvió a nacer.
Había tenido otra oportunidad. Estaba teniendo un nuevo inicio.
Ya en su hogar, de madrugada junto al fuego inquieto de las brasas la voz reapareció como humo, bailando detrás de sus orejas y suavemente volvió a preguntar…
-              ¿De dónde venís?, ¿Quién sos?
El río le había dicho la respuesta:
-              Soy barro, soy maíz, soy Cielo, Tierra y Mar. Soy polvo de estrellas que tiene la alegría de ver el alba, el viento en los árboles, la luna nueva. Soy alma que sueña con flores, soy el cuerpo por donde la sangre corre hirviendo,  mis pies se funden con el barro, son raíces que se nutre de esa lluvia que deja el perfume de la tierra mojada y que lava los dolores. Soy una creación de amor. un pedacito de Big Bang. Soy parte de la Pacha. De ahí vengo yo. Y eso me alcanza para vivir feliz. Contestó.
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Ornella Cecchini

Tu papá y yo éramos tan jóvenes, apenas estábamos dejando atrás la adolescencia, pero nos enamoramos, como quién dice "amor a primera vista". Nos casamos y, al poco tiempo, comenzamos a anhelar la llegada de un bebé, pero Dios no lo enviaba; pensábamos que tal vez no era el momento, que tendríamos que esperar o que, quizás, nunca llegaría. Y luego de cuatro largos años de espera recibimos la esperada noticia, íbamos a ser padres de un niño.
Tan complicado fue mi embarazo, meses en cama, dolores, miedos... y sufrir, justo en ese momento, la pérdida de mis padres. Pero vos estabas llegando, vos me dabas las fuerzas que necesitaba, la emoción de saber que pronto ibas a nacer me ayudaba a seguir a adelante.
17 de mayo de 1983, 4. am, las contracciones empezaban... Tan solo hacía siete meses que estabas en mi vientre, los médicos hicieron lo posible por detener el trabajo de parto, pero no pudieron hacerlo y dos horas más tarde naciste.
- Lamentamos darle esta noticia, pero hay pocas posibilidades de que el niño pase la noche. Puede ir a verlo si desea. Dijeron los doctores. 
Tan chiquito, tan débil, tan indefenso; en la incubadora, lleno de tubos, tapadito con una sábana blanca. "Hijito por favor sé fuerte", te decía mientras se me caían las lágrimas.
- ¡Está sufriendo un paro respiratorio! Gritaban los enfermeros, y yo, sin poder ayudarte. "Por favor no te vayas hijo, por favor no te vayas"...
Las horas pasaban y se convertían en días... y a medida que transcurrían empezaste a mejorar. Te habías salvado, pero por desgracia habías perdido la vista. Eso no importaba, estabas vivo y tu papá y yo prometimos darte una vida muy feliz.
Cuando diste tus primeros pasos, notamos que de un modo u otro, siempre llegabas a tu mamadera, o a tu juguete preferido. ¿Cómo puede ser? Pensábamos. "Tal vez es costumbre, siempre dejamos las cosas en el mismo lugar". Y comenzamos a cambiarlas, pero vos igual encontrabas lo que buscabas... Un día fuimos a un control y el doctor nos dio la gran noticia:
- Su hijo ve. No demasiado, pero sí lo suficiente para poder manejarse solo.
A medida que ibas creciendo, tu dificultad te acompañaba, pero eso no te impedía desarrollarte fuerte y feliz como los demás niños, eras muy inteligente.
Cuando llegó la hora de empezar la escuela, decidimos mandarte a la escuelita del barrio, vos estabas muy entusiasmado. "Quiero aprender mamá", me decías. Sin embargo, al tiempo comenzamos a notar desilusión, tristeza y desinterés en vos. Te preguntamos qué te pasaba.
- La señorita Gloria no me quiere, dice que por mi culpa se atrasa la clase, escribe en el pizarrón con letra chiquita para que yo no vea, no me corrige mi tarea, no me escucha y dice que tengo que ir a una escuela donde los nenes usan bastón blanco... ¿Qué quiere decir eso? -Y te tiraste a llorar en mis brazos...-
Inmediatamente fui a la escuela a hablar con tu maestra, pero ella insistía con que vos no veías, que necesitabas una maestra especial porque ella no podía con todo, que le dificultabas la clase. Y ante la impotencia y la injusticia te cambiamos de colegio, claro que la situación no era la misma, te sentías más cómodo en tu nueva escuela, pero los problemas seguían...
- ¡Miren! ¡El cuatro ojos! Te decían tus compañeros, entre tantas otras tonterías de chicos que tuviste que soportar siempre. 
Pero pudiste entenderlo, eras igual que cualquiera de ellos. Y nunca te diste por vencido... Afrontaste las dificultades de la vida con inteligencia. Siempre amaste estudiar, y lo hiciste durante toda tu vida; con tu lupita y tu velador, pasaste noches enteras leyendo esos libros enormes que tanto disfrutabas. Esas "dificultades" que parecían ser insuperables, hoy ya no existen. Y continuás la lucha que tuvimos nosotros ante las injusticias sociales y la discriminación que existió y todavía existe. Sos el orgullo más grande que tenemos.
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Evelyn Oliva

Ella habitaba en un pueblo pequeño, él en un desolado campo. Ella vivía con su papá, su mamá y cuatro hermanas. Él con su papá, su mama, seis hermanos varones y un sequito de animales de granja. Con varios kilómetros de distancia surgió esta hermosa historia de amor.
Allá por el año 1965 comenzó todo. Cuando se esperaban con ansias “los bailes” multitudinarios ya que había solo dos en el año. Así se cruzaron, bailando. Sobraban las palabras, entre miradas se dijeron todo. Se unieron al ritmo de la música y nunca más se separaron.
Hoy se complementan, lo que le pasa a uno le pasa al otro, jamás se dejan solos sin importar la situación. 50 años después con toda una familia fundada por ellos, sus miradas siguen persistiendo como el primer día, el brillo en los ojos, sus sonrisas y el amor.
Amándose tantos años me enseñaron lo que son los sueños y como estos se concretan, el valor de las pequeñas cosas, el respeto, como todo llega cuando se quiere. Me enseñaron a perseverar, a saber esperar. Ellos fundaron mi historia personal.
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2 - la anécdota: un resguardo de cómo hemos vivido las escenas que vale la pena recordar

Hemos trabajado en la recuperación de escenas de familia; algunas que venían rodando despacito de generación en generación y que nosotras recuperamos para renovarles la voz; otras vivenciadas por nosotras mismas, en el más acá de la anécdota recordada con tristeza, con alegría, con asombro, con orgullo.
En ambos casos, hicimos el esfuerzo de explayarnos en las descripciones, intentando comprender por qué se actuó así: por qué una madre envía a su hijo todavía niño hacia un remoto lugar de esperanza; por qué una abuela juega con su nieta al regreso de la escuela…

Les proponemos ahora un nuevo ejercicio, todavía en la línea de recuperar episodios vividos que por alguna razón no olvidamos, pero con nuevos desafíos que encontrarán en la consigna que acerca unas ramitas al fogón para que continúe encendido y nos convoque a contarnos más secretos de mujeres…

2.1 consigna de escritura: "entre mujeres"

Abrimos este segundo foro para invitarlas a una nueva tarea de escritura. La propuesta es pensar y reconstruir una escena particular vivenciada con alguna mujer de la familia: madre, hermana mayor, tía, abuela (valen también las tías postizas, esas del corazón, y todos los postizos, pero no -en esta ocasión- las amigas).
A partir de esa escena recordada, van a escribir una anécdota, con las mayores precisiones, es decir:
- describiendo el escenario, el contexto
- recuperando (o reinventando) diálogos
- caracterizando a los personajes o actores intervinientes a través de sus rasgos más significativos
- concluyendo con una reflexión en torno a cómo aquella escena nos afectó

Extensión: una página aproximadamente. Es libre la temática y el estilo: puede incluir o basarse en el humor (de todos los tonos posibles), en una revelación, en una confidencia, en un descubrimiento, en un enojo, etc.

Algunas producciones:


De cuando las tardes eran en el cielo

Natalia Mana

Estrelicia, flor de jardín
Despréndete del tallo
Echa a volar.
(Haiku propio)

Por aquellos años de infancia reduje mi compañía a una sola persona, una verdadera amiga, maestra y compañera de aventuras. Aunque lejanos ya, esos años resuenan como eco cuando tranquilamente evoco la felicidad.
Josefina contaba con un reducido y delgado cuerpito, mucha vida, muchos años al lado de mis nimios seis. Cualquier signo de longevidad era disipado por su diáfana voz, ¡y claro!, cómo no quererla para que sea mi mejor amiga si todo en ella era perfecto, pero lo que más me gustaba eran sus ojos azules que siempre fueron, es decir, de ella y míos, nuestro cielo a la hora de viajar.
Recuerdo perfectamente como si fuese hoy, o la tarde de ayer, cuando salía de la escuela y la ansiedad, característica que mantengo firme hasta el momento, me hacía correr hasta casa, casa en la que aún hoy vivo, veinte años después. Con esa misma velocidad hacía la tarea de la escuela, con su ayuda -la de Josefina, claro está- las primeras letras, sumas y restas fueron pura alegría. Al cerrar mis cuadernos lo mejor de todo era escaparnos por las tardes a algún país desconocido.
Con mi compañera de viaje, en aquel tiempo, emprendíamos ausencias tan largas y a lugares tan remotos que creo no me alcanzaría esta historia para describirlos a todos.  Nunca subí a un avión, jamás viajé más lejos que a Jujuy, pero cuando tenía seis fui a Italia pasamos por Costa rica y Brasil.
Por cuestiones de razonamiento básico, un avión, ese enorme pájaro de hojalata que surca cielos, debe pesar unos 200.000 kilos aproximadamente -de este dato no se fíen porque los números nunca serán mi fuerte-  en nuestro caso, viajeras improvisadas, no contábamos más que con una gran habitación con vista al jardín, que hacía las veces de sala de espera para los pasajeros que tomaban ese vuelo y de aeronave al mismo tiempo, unas cinco o seis sillas que oficiaban de butacas en nuestro aparato volador. Hasta aquí todo muy liviano. Nada de lo que teníamos lograba ni siquiera igualar la mitad del peso de un aeroplano de esos que despegan en los aeropuertos, quizás, lo único que conseguía parecerse a ese monstruoso aparatejo eran aquellos pesadísimos fierros de acero y un par de manivelas que componían una vieja cama ortopédica, lugar de residencia de Josefina desde hacía tres años ya. Con el paso del tiempo al igual que un tren abandonado sobre rieles, los frágiles huesos de mi compañera de excursiones se fueron oxidando hasta que no sirvieron más de sostén para su diminuto cuerpo. Jamás su imposibilidad física fue impedimento para volar. Sólo era cuestión de tomar una de las manivelas, enderezar su pequeñísimo cuerpo simulando una butaca, acomodar nuestros cinturones, pedir pista y tomar el mando de nuestro avión.
- ¿Adónde viajamos hoy, nena?- me decía, Josefina, con tierna voz.
-¿Qué te parece si a Paris, abuela?- le contesté a punto de despegar.
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Agostina Medina

No recuerdo el día exacto en el que pasó, pero si sé que estábamos en lo de mi abuela con cuatro primos. Nos gustaba ir a la casa de nuestra abuela porque tenía un kiosco y siempre nos regalaba algún chocolate, chupetín o caramelo.
Ese día, que estábamos Yain, Miyen, Diego, mi abuela y yo, estaba muy caluroso y todos ayudábamos en el negocio para que luego mi abuela nos pagara con alguna golosina. Había llegado mercadería y mandó a mi prima la mayor a ponerle precio, mientras yo la ayudaba a guardar las cosas en los estantes.
A lo lejos vi una caja y dentro de ella una bolsa grande de caramelos de gomas de todos colores que a mi tanto me gustaba y, yo no lo dude, fui hasta la caja, saque la bolsa y la escondí para llevarla a mi casa.
Al terminar la mañana, mi prima Yain le cuenta a mi abuela que había faltado una bolsa, que en las boletas la habían cobrado y en las cajas no estaban. Mi abuela, preocupada, llama a la empresa que le había traído el pedido comentándole que se habían olvidado de dejar una bolsa de caramelos y ellos insistían que la habían llevado y que estaba dentro de la caja.
Por la tarde, nos llamó a todos los primos y nos hizo sentar alrededor de una mesa, solo ella, que nos preguntaba si habíamos sacado esa bolsa y solo yo contestaba:
-“Fue la Yain, ella estaba marcando las cosas”- y fue ahí, donde todos comenzamos a gritar y a echarnos la culpa unos con otros, hasta que mis lágrimas me delataron y dije la verdad.
La única respuesta que tuve fue de mi abuela que riéndose me decía:
-“¿cómo te vas a llevar una bolsa de caramelos Agostina?, te van a agarrar parásitos y después no quiero que a media noche llores porque te pica la cola”.
En ese momento mis primos me señalaban y se reían junto con mi abuela.
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Ayelén Altaminaro

Los domingos, el día de reunión familiar.  A las diez la hornalla ya estaba prendida, mi nona amante de la cocina, comenzaba desde temprano a cocinar, para que cerca del mediodía ya estuviera todo listo y así saborear los riquísimos platos que hacía. Como nieta inquieta me acercaba a curiosear y si estaba de buen humor Rocita, me dejaba hacer algo. Me iba acercando de a poquito a la mesada, la observación comenzaba desde la silla de la esquina de la mesa en la que me sentaba a desayunar. Una vez cerca comenzaban las preguntas y el ¿puedo probar? Mi nona me contaba cómo cocinaba su mamá y que ella aprendió observando. Siempre me acercaba mayormente para que me cuente historias porque en si era muy pequeña para que me dejara cocinar. Nunca reveló sus secretos, había un condimento que le daba un toque a la comida inigualable y sabía que lo sacaba de la quinta, ya que me iba detrás de ella a curiosear. Era muy restringida, siempre con la frase en la boca “observado se aprende”. Así también pasó con la ronda del mate, al ser la más chica nunca tomaba mate. “Al último y cuando esté tibio te cebo uno”, pero nunca estaba tibio, cebaba desde la hornalla encendida. Una vez por estar metida en la cocina, el horno al ser viejo exploto cuando se estaba calentando, pero me asuste, no me hizo nada. Y a partir de ese día siempre parada del otro lado de él. A medida que iba creciendo me dejaba integrarme en la preparación de la comida y aún más cuando hacia ñoquis. Me dejaba pasarlos por el tenedor para que adopten una bella forma, porque era eso, porque no aportaba nada en el sabor ni cocción. Eso me contó mi nona. Hoy en día no soy una cocinera profesional, pero me las ingenio cocinando. El amor que tenía ella hacia la cocina me genero el gusto por cocinar. Y cada vez que realizo una comida trato de que me quede como la de ella, pero es imposible porque me falta el condimento secreto que utilizaba.
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Corina Meichtri

Cuando el otoño se iba despidiendo, mi tía Chiche, fue de visita a mi hogar en su flamante auto blanco e impecable, a pedirnos a mi mamá y a mí que la acompañáramos al vivero de Martín porque estaba obsesionada por comprarse una palmera, pero no cualquier palmera. Quería la misma que se encontraba decorando el magnífico patio de su vecina Estela, quien le había contado que el nombre especifico de la tan bella planta era palmera “pindonga”.
Tanto a mí como a mi madre nos desconcertó la denominación de esta variedad y la interrogamos en varios momentos acerca de si estaba segura de que realmente era ese el verdadero nombre de la hermosa palmera. Ella, muy convencida y determinante, nos contestaba que sí mientras ya nos encontrábamos de camino al vivero.
Una vez en el lugar, recorrimos los pasillos plagados de diferentes plantas, algunas coloridas y otras no tanto, hasta llegar al sector de las fabulosas palmeras (según mi tía), pero sus tamaños no la dejaban convencida por lo que, con su predisposición y energía características, se dirigió hacia el vendedor que se encontraba atendiendo a un reconocido médico de la ciudad, y le preguntó con su voz chillona y elevada “¿Tiene una pindonga más grande? Porque yo quiero una que ya esté crecida”. Al oír esto y ver la cara que puso el vendedor cuando levantó la vista de los coloridos plantines, mi mamá y yo salimos, casi corriendo, del local y la esperamos en el auto.
A los pocos minutos, mi tía también salió muy ruborizada del local y, una vez dentro del auto, nos contó, en medio de carcajadas, que el vendedor le aclaró que la variedad no era “pindonga” sino “Palmera-Pindó”  y que su cara se transformó inmediatamente al sentir el calor de la vergüenza, por lo que se fue sin despedirse y sin su deseada palmera “pindonga”.
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Evelyn Oliva

Los días eran coloridos, añoraba el momento de terminar las clases de primaria para ir a vacacionar a la casa de mis abuelos. Emprendía el viaje con una felicidad absoluta, durante 100 km observaba campos, vacas y algún que otro animal. Era una odisea descansar allá, con solo pensarlo me sentía plenamente feliz. ¿Cuándo llegamos? Le preguntaba a cada ratito a mi papá. –“No seas ansiosa” respondía y seriamente me decía “sentate bien y abrochate el cinturón, que todavía nos falta rato”. No era tanta la distancia que debíamos recorrer, pero mis ansias me hacían inevitablemente cargosa.
Sentada en el asiento de atrás pensaba en lo que haría cuándo llegara a destino, sí y también hablaba sola, o me hablaba a mí misma, “quiero ir a la quinta y yo misma sacar las verduras maduras, también quiero ir a ver un pony y si puedo quiero dar una vuelta, quiero ir a ver el loro, el loro que habla, quiero comer muchos chocolates y tomar el desayuno en la cama, también quiero dormir en la cama grande y mirar dibus hasta tarde”.  Pero lo que más añoraba eran las clases de cocina con mi nona Ana. “Portate  bien y no hagas renegar” reitero mi papá,  la próxima semana vendría a buscarme.
Obviamente hice todas las actividades que quise y no solo esas, sino que muchas más. Una mañana luego del abundante desayuno en la cama mi nona me dijo “vamos a la cocina tengo una sorpresa” de un salto me levante de la cama,  me cepille los dientes  y fui corriendo a la cocina. “Toma fíjate si te gusta” dijo mi abuela, cuando abrí el paquete observé un hermoso delantal de cocinera color rosa pastel, con tres vuelitos  floreados y un gorro (todo esto de mi talle). Mi felicidad era aún más grande todavía. “Me re encanta” le dije y la abrace, “pero ahora quiero cocinar”. Entonces mi dulce y amable nona me pelo unos zapallos, me dio un paquete de harina, sal y leche. Muy concentrada proseguí con mi actividad, en este momento me creía “Doña Petrona”, entonces corté los zapallitos en cubitos, los cubrí con sal, luego con mucha harina y leche. Revolví un poco. Miraba la masa que había logrado y me sentía inmensamente realizada. “Muy bien querida” me dijo mi nona Ana cuando se la mostré. La hora del almuerzo estaba llegando. Yo me encontraba lejos de casa, de los límites de papá y mamá y entonces le dije: “no nona, pero yo ahora quiero cocinarla al horno porque es una tarta y quiero que a las doce comamos mi comida”. Mi nona me miro y me dijo “no querida la guardemos para la noche”, pero yo ya sabía esa táctica, significaba que a la siesta la iba a tirar y yo me iba a olvidar de mi tarta. Entonces la mire y le exprese en mi cara la más profunda tristeza que con 7 años no había sentido jamás, las lágrimas caían unas tras otras. “Oh no querida, no llores enseguida lo meto al horno”. Agarro mi engrudo y lo puso a cocinar. Yo con mi delantal y mi gorro, muy orgullosa puse la mesa y esperé el almuerzo.
“Esta listo” dijo al rato mi abuela, saco la masa del horno, que por cierto estaba bastante dorada e inflada. “Proba nono y vos también nona, mmm se ve riquísimo, yo también quiero un pedazo”, cortó la tarta y sirvió un pedazo en cada plato. “mmmm que cosa más rica” dijo mi nona y después de mi tarta comió milanesas con puré.  
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Florencia Andrighetti

Ese fue el día en que ya no la conocí. Mamá me buscó en la escuela y fuimos a verla. Tomó mi mano, arrastró mi mochila a carrito que pronunciaba ruidos entre las baldosas de la vereda, y subimos al auto.
-              ¿Vamos de la abuela? – pregunté.
-              Sí. – contestó mamá.
Un sí seco, que pareció rasparle la garganta y retumbar en mis oídos. Nada se dijo en el camino.
La casa de los abuelos hoy se ve muy mal, el pasto alto, la pintura cascándose cada día. Pero ese día, como hasta hace algunos años, la vereda brillaba al igual que las rejas negras y el camino que conduce a la puerta. El gomero alto de hojas inmensamente extraordinarias siempre me contemplaba en mi niñez, o eso presentía cuando me rozaba la piel al pasar. El picaporte llegaba a mi nariz, aproximadamente. Lo tomé para abrir la puerta, pero estaba con llave. Mamá tocó y minutos después alguien la abrió. Alguien, ese alguien que es hoy un espacio vacío en mi conciencia. No puedo saber quién era. Pero sí la vi a ella, como la veo hoy en una fotografía mental, sentada en esa larga mesa en el medio del comedor, debajo de tantos platos que colgaban en la pared coloreando el ambiente. La veo ahí, y me mira.
-              ¡Hola! –  dijo con su inconfundible voz (que hoy resuena en mi alma).
Rompí en llanto. Algo había cambiado en ella. La miré clavándole los ojos con tristeza y desconcierto.
-              Mami, ¿su pelo? – pregunté con miedo, y volví hacia afuera.
La abuela estaba enferma, y ahora, rapada. No era comprensible para mí en ese momento. Escuché que todos rieron, pero no a carcajadas. Fue una risa incómoda, risa que entendía lo que mi edad no me dejaba entender. ¿Qué le estaba pasando a la abuela? Mamá dijo algo refiriéndose a un pañuelo, y minutos después me pidieron que volviera adentro, donde una vez más, mi mente lo fotografió todo. En la misma posición, un pañuelo violeta le cubría su cabeza, anudado desde atrás, dejando caer a un costado los extremos.
Le di un beso, y a cambió se entregó en un abrazo tembloroso y perfecto. Nunca estuvo tan sincera y viva. Nunca estuvo tan linda.
Seis años de vida no alcanzan para entender las injusticias de una enfermedad, de un adiós tan extraño y lejano en el tiempo. La Negra, la abuela Negra no sintió dolor ante mis miedos que me alejaban de ella, más bien me abrazó en la eternidad del instante. No puedo olvidarlo, ni olvidarla, pero hoy quisiera pedirle perdón, besarle la cabeza, sin ningún pañuelo, de ningún color. Hoy volvería a entrar y correría a sus brazos, para que mamá tampoco se entristezca como se entristeció, camuflándose en esa risa cómplice de madre e hija que observé entre ellas. Una conexión entre generaciones que se perdió, pero que me dejó fotografías dolorosas.
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Gabriela Zavala

Cuando mi abuela se sentó a la mesa, vi en sus ojos las ganas de charlar. Hacía una semana que la habíamos traído de Río Cuarto, done vivía, para cuidarla en mi casa. Le estaba costando mucho recuperarse de una peligrosa operación intestinal. Dormía todo el día, se levantaba para comer y si veíamos en ella un atisbo de buen humor, la regla era aprovecharlo para mantenerla activa. Casi nunca sucedía esto. Se volvía a acostar después.
Últimamente andaba despeinada, de camisón todo el día, agachada y arrugada como una pasita de uva. No tenía ganas de levantar los pies para caminar, así que su sonido característico había pasado a ser el que producía ese roce de lija de sus chancletas contra el suelo.
Ese día, mi abuela me miró con buen humor. En seguida traté de pensar un tema para sacar, aunque fuera sólo para cumplir y romper el silencio. ¿Para vos existe el amor a primera vista, abuela?, le pregunté. Fue lo primero que se me ocurrió y un instante después de decirlo me arrepentí. ¡Qué pregunta más estúpida! ¡Qué iba a saber mi abuela sobre eso!
Sus ojos se posaron en mí y un brillo se adueñó de su mirada. La sonrisa de mi abuela, de dientes marrones y maltrechos por el paso de los años y las comidas, la hicieron volver por un instante a su juventud. Fue como si la hubiera visto, mujercita, con un vestido verde ceñido a la cintura y un cutis perfecto. Como si volviera a sus épocas pasadas, me contó una historia con lujo de detalles.
Cuando era joven, me gustaba tener novios y dejarlos. ¡Cómo lloraban esos cristianos! Siempre fui pobre. Trabajaba limpiando una casa al frente de donde vivía tu abuelo con sus hermanos y su madre, Aurora. Ella me amaba. La conocía porque siempre iba a jugar a las cartas a la casa de mi patrona. Un día me contó que Pedro, su hijo, se había peleado con la novia. Estaban comprometidos, casi listos para casarse, cuando él se enteró de una infidelidad. ‘Está tirado en la cama’, me decía. ‘Andá a conocerlo alguna vez’. Y qué te voy a decir, Gabi. No te voy a mentir. Me gustaba conocer muchachos. Así que un día fui.
Unas largas carcajadas mutuas interrumpían el relato. El brillo de sus ojos se incrementaba cada vez más. Una sonrisa amplia se dibujaba en su rostro y no paraba de hacer gestos con sus manos, como una mujer coqueta y sensual. El ambiente que se había creado entre ella y yo era perfecto. Viajé con esa mujer en sus recuerdos.
Fui a la casa de doña Aurora. El hijo estaba con los amigos. Aunque ellos lo invitaron a ir a dar unas vueltas, él prefirió quedarse. Se sentó con nosotras a la mesa. Y bueno, debo reconocer que yo no estaba soltera. Tenía un novio que se llamaba Huber. Me iba a visitar de vez en cuando y lo conocía toda mi familia. Cuando Aurora le contó a Pedro que yo tenía novio, él nos dijo que eran compañeros de trabajo. Aprovechó el momento y empezó a despotricar, a hacerlo quedar mal al pobre Huber.
Cuando me dispuse a retirar, Aurora le pidió a Pedro que me acompañe. Con gusto él lo hizo. Charlamos mucho en el camino y, cuando llegamos a mi casa, me invitó a ir al cine esa misma noche. Obviamente, no podía salir sola así que le dije que tenía que acompañarnos mi prima. ‘Claro, no hay problema’, me dijo. Y nos esperó una hora afuera de casa mientras nos cambiábamos las dos.
En el cine nos cansamos de charlar. ¿La película? Qué sé yo. Jamás voy a acordarme de qué trataba. Yo no hacía más que mirar a tu abuelo. Guapo, muy guapo. Aunque Huber era más pintón, tu abuelo me cuidaba. Era tan responsable, educado. ¡Cómo no me iba a enamorar!
Hijita, dicen que no existe el amor a primera vista. Me preguntaste eso, ¿no? Ese mismo día a la salida del cine, tu abuelo me propuso noviazgo. Claro que sabía que estaba con otro. Y no le importó. Acepté sin dudar y, al otro día, lo dejé a Huber luego de recibirlo en mi casa. Lloraba, por supuesto. Pero fue el último que abandoné. Cincuenta y cinco años estuve con tu abuelo. Y podrían haber sido muchos más si la muerte no hubiera venido a buscarlo.
Cuando mi abuela terminó su relato, volvió a ser la mujer anciana que conocía. Su vestido verde ceñido a la cintura se convirtió en un camisón y su cutis perfecto se llenó de zanjas profundas. Unos ojos tristes reemplazaron a los brillosos y se levantó de la mesa acordándose nuevamente de sus dolores. Se fue a la cama.
Me quedé sola en la cocina. No pude evitar recordar el día, mucho antes de escuchar este relato, en que mi abuelo, lleno de delirio, le pedía a mi nona en la clínica que lo llevara a la casa: ¡Negra! ¡Llevame! ¡Quiero ir a casa! ¡Llevame con vos! ¡No seas mala! Mi abuela lloraba y le decía: Cuando te pongas bien, papi, te llevo. Te llevo conmigo. Al otro día, su amor de cincuenta y cinco años a primera vista falleció.
Hoy la entiendo. Ni los nietos, ni las hijas, ni las hermanas, ni los amigos. Ninguno le devolvió la plenitud que solía verse en su cara. A veces tiene esas alegrías superficiales que le despiertan un poco su corazón opacado por la soledad, por la culpa. Entendí lo difícil que debe ser ver desde lejos a los que te rodean, con sus vidas, sus obligaciones y su caminar incesante. Verlos pasar como ráfagas de viento. Y desear no tener las manos arrugadas, surcos en la piel, espalda gacha, piernas sin fuerza. Desear el pasado para volver a amar como se ama a un amor a primera vista.
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Giuliana Capellino

Aquella pieza del fondo del patio, húmeda y oscura, fue por mucho tiempo nuestro refugio secreto. Para llegar a la pequeña habitación, debíamos atravesar el largo patio de la casa corriendo. Era fundamental que nadie nos viera para poder realizar nuestras actividades. Una vez allí, nos encerrábamos con llave, corríamos la cortina y quedaba todo herméticamente cubierto para comenzar a trabajar.

Camila, mi prima, era dos años menor que yo. Más allá del parentesco que en realidad teníamos, nosotras afirmábamos que éramos hermanas, lo prometimos un día de lluvia en que se nos ocurrió.

Para hacer nuestro el lugar, colocamos ahí una pequeña mesa y dos sillas. La piecita estaba llena de envases, productos y sustancias que nos llamaban mucho la atención. Inclusive contenía un armario lleno de herramientas de trabajo. Era lo que necesitábamos para nuestro plan, nada faltaba debajo de ese techo desprolijo hecho con rapidez. 
Mis primas venían a visitarnos solo los fines de semana, razón por la cual debíamos administrar bien el tiempo que teníamos para nuestro proyecto. Belén era la más chica de ellas, con Camila lográbamos siempre escaparnos de su presencia. No entendía los códigos que manejábamos las grandes.
El día que comenzamos a realizar el experimento, sentimos una fuerte satisfacción. Mezclamos en una botella de plástico los líquidos necesarios para salvar al mundo de las hadas. La sustancia que logramos tomó un color cada vez más celeste, era espesa y tenía muy rico perfume ¡Cómo no iba a funcionar! Todo salió perfecto. Escondimos lo producido tan bien que en la semana no pudo encontrarlo nadie.
El fin de semana próximo repetimos los pasos para sacar la misma creación. También lo logramos. Solo nos faltaba encontrarnos en su mundo para salvarlas.

Caminamos unas cuadras. Llevábamos las botellas en bolsas de cartón. Nadie podía verlas, de lo contrario no funcionaría el efecto.
Llegamos al lugar en cuestión, desparramamos la preparación en el sitio indicado y luego nos tomamos de las manos con Camila y juramos no abandonar nuestro proyecto jamás.

Cuando estábamos regresando a la casa de nuestra abuela - sí, la casa que contenía ese gran patio y la piecita allá en el fondo- nos dimos cuenta que algo andaba mal. Estaba esperándonos en la puerta mi hermano más grande, quién nos recibió con un “la que les espera”. Una vez adentro, empezamos a escuchar los gritos de la abuela que venían desde el patio. No paraba de quejarse, estaba enfurecida, preguntaba qué había sucedido con todos sus productos de limpieza, con su mercadería, con las herramientas del abuelo.
Nunca la vimos tan loca, nadie nos comprendía.
En ese preciso momento de culpa vimos que mi hermano mayor, Paulo, no paraba de reírse. Seguramente él fue el traidor.
Y fue a partir de ese momento en que nos quedó completamente prohibido, a mi prima y a mí, pisar la piecita de la abuela Negra.
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Julieta Domínguez

Una noche y libros por doquier.
Luego, el fantasma de la soledad aparece en sus bocas.
El silencio.
¿Qué habrá en los silencios?, ¿qué pensamientos transitan en sus cabezas? Sé. Ellos corren como la sangre por sus venas. Así, anatómicamente, sin permiso, sin tregua. Invaden y brotan de sus ojos las lágrimas.
Piensan en silencio y sollozan. No hay consuelo, pero la una tiene a la otra. Comparten el vaivén de la incertidumbre incansable, esa que, la noche, esconde en su inmensidad.

Golpean mi puerta. Es ella, ha venido con la desesperación a cuestas. Reconozco el peso de sus sueños incumplidos, en la curvatura que sobresale de su espalda.
De improvisto me arroja preguntas. Yo no sé bien qué responder. ¿Qué creerá que son los milagros?
La tristeza la acongoja.
Yo sospecho porque vino esa noche. A lo lejos, percibía que, tal vez yo, estuviera tan sola como ella.  Lo había pensado, quería ser yo quien fuese, pero no quise molestarla. Fue bueno  que ella viniera.
Habló de una vergüenza. Sí, de la vergüenza que le provocaba molestarme para aminorar su soledad. Comprendo. Sus años desacreditan un diálogo interesante. Lo sé, ella lo piensa, me lo ha dicho. Pero no es así. Yo deseo, anhelo oírla.
Ella es mayor y no hace mucho quedó viuda. La vida nos acercó, como acerca a desconocidos que, probablemente, después de conocerse, sean nuevamente desconocidos. No sé por qué pienso esto, ni por qué lo escribo.
Me relató su vida pasada. Se notaba en su temblor el nerviosismo. Ella quería entender por qué Dios llevó a su marido. “Él era bueno, trabajaba, no molestaba a nadie”, me decía. Le dije con aire firme que era mejor no hacerse ciertas preguntas, que la única certeza que tenemos los hombre es que vamos a morir.
Ella no me oía. Comprendí que sólo necesitaba que no intercediera, que la escuchara. Que le brindara un rato de mi tiempo, de ese tiempo que me reprochaba al decirme “mis hijas no vienen, por qué no vienen. La más grande es mala y anda todo el día ocupada con sus hijos adolescentes. Yo la entiendo, pero media horita… sabe que no estoy bien” Me quebraba.
Luego mencionó un psiquiatra. Y vi sus lágrimas caer. “paso horas, días. Cuando se van los fines de semana los de cada departamento quedo sola, no sé qué hacer. Mi casa ya está limpia y la vereda baldeada. Soy capaz de dormir desde las tres de la tarde a las cuatro de la madrugada. Decime nena, qué hago a esa hora ya sin sueño”.
Enmudezco. Permanezco frente a ella, pero ahora ya no sé si la escucho. No sé si logro la gestualidad que requiere una cara atenta.
Me adentro en mí. El temblor me invade. La incertidumbre del futuro empieza a preocuparme. Mi realidad, hoy era otra, pero tal vez…
Me detengo. Miró hacia atrás, la mesa llena de libros y todo estático. Encuentro sólo mi presencia.
Me pregunte por mis padres. Probablemente los estuviera abandonando como sus hijos a ella. Quedé perpleja. Contemplé unos segundos más a la nonita. Ella estaba toda triste y con la mirada en el piso. Recuerdo que se quejó de las raíces de su pelo, de que debía teñirse y que la hija iba a venir y no vino. Era verdad, su pelo rubio estaba emblanqueciendo. Desde el centro de su cráneo hacia abajo.
Pensé cómo sería yo con mis padres cuando ellos fueran grandes o alguno faltara. Fue imposible concebir ese pensamiento. Y no lograba volver al diálogo.
La nonita quiso irse. Vio mi alejamiento.
Le agradecí que viniera, le dije que lo hiciera cuando quisiera, que no era molestia. Ella insistió con una invitación, quería que fuera a su casa, que estuviera con ella. Le prometí que lo haría.
Cerré la puerta; me ubiqué en la silla que estaba inserta, ahora, para mí, en medio de una inmensidad absoluta. Observé todo en silencio, como viéndolo todo por primera vez. Tomé el teléfono y llamé a mis padres. Hablé con mamá y lloré.

Puse ese punto final y temo que lo he colocado mal. Aún no cumplí mi promesa.
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Mariana Cattani

Estoy juntada hace tres años, cuando teníamos un año de estar juntos con Ricardo (mi papá) teníamos la idea de traer un hijo al mundo y comenzar a agrandar la familia, pero aquello comenzó a convertirse en un calvario, pedimos ayuda lo primero que los médicos decían era que yo no ovulaba y que jamás podría estar embarazada, en la segunda opinión salió que mi marido tenia bajo conteo de espermatozoide, al tiempo otro médico lo confirmo. De esa manera nunca iba a quedar embarazada, así que dejamos de visitar médicos, lo cual lo habíamos hecho por 3 años aproximadamente, entre pausas de algunos meses. Un día decidimos no ir más.
En el mes de Diciembre tuve retraso de 3 semanas y un malestar todo raro… ahora sí que estoy me dije, sin regla y con estos calambres y malestares algo raro en mí, más no sabía que mi bella princesita estaba haciendo estragos en mi. Un día me decidí a ir a hacerme una ecografía, pero me dijeron que era demasiado pronto para determinar si la ausencia de menstruación era por embarazo.
Entonces decidí hacerme un examen de sangre, los malestares a un estaban allí. Ese ocho de diciembre recuerdo que tenía que ayudar a mi suegra con el cumpleaños de mi sobrino, pase por el laboratorio antes de ir a su casa. Al mediodía fui por los resultados, siempre pesimista pero albergando en lo más puro de mi corazón la esperanza de aquel p o s i t i v o, y bendito Dios abrí aquel sobre ya en casa, recuerdo que me temblaban las manos y sentía algo en mi, y Dios, solté un grito, lloré y reí como nunca en mi vida al ver el resultado, en mi vida había sentido tanta felicidad. Salí y no dejaba de reír y llorar, uff! recuerdo que casi me chocan por cruzar la calle sin mirar, pero el hombre era un excelente conductor e iba despacio y logró verme y yo detenerme, no pasó nada y luego me puse a pensar como le digo a mi esposo que va a ser padre.
Espere  a mi esposo que regresara de trabajar, desayunamos juntos y ahí le di el resultado, después de mentirle cuando me preguntó si había ido a buscar el resultado, creo que lo impactó tanto que no dijo nada, yo solté a llorar de nuevo, a él sólo se le humedecieron los ojos, se quedó pensativo y sonreía. Es que lo criaron un tanto simple, con que se le aguaran los ojos era suficiente.
Luego vino la espera y gracias a Dios todo marchó relativamente bien, hubo una que otra complicación, pues a mi gordita se le enrolló el cordón desde la semana 20 hasta las 36, eso fue duro me daba mucho miedo que se ahorcara, pero gracias a Dios en la última ecografía ya no lo tenía. Se volteó en la semana 38 y nació por parto normal.
Al regresar a casa después del trabajo, cuando me despertaba se despertaba también, y cantaba conmigo las canciones de la radio. Ah! porque se movía tremendamente cuando escuchábamos la radio camino a casa.
Aquel 11 de julio de 1995 nació Mariana (Contracción de María: la elegida
y Ana: la llena de gracia), y aquí viene la parte triste, pues yo estaba tan ansiosa que al final cuando escuché su llanto por primera vez lloré, pero me entristeció tanto que no me la mostraran. Me la sacaron y se la llevaron a otro cuarto y la vi media hora después. Cuando la doctora me la mostró yo temblaba de los nervios y me recuperaba para poder salir de allí, de tonta lo único que le dije fue: “ay doctora esa es mi bebé, hola bebé” y sonreí. ¿Por qué? no sé.
Luego cuando ya la tuve en mis brazos me dije;” Es la cosa más bella que jamás he visto”. Después de haber pasado el dolor por culpa del desgarro me di cuenta que ya era mamá y le hablé, le canté a mi hijita como lo hacía cuando estaba en mi vientre.
Es hermoso ver el amor que unos padres pueden sentir por su hijo y hacer todo lo que este a su alcance para que esté este bien.
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¿En qué pozo nos metimos?
Marysol Nespolati

Corría el año 2002 cuando, no sólo había cambiado de grado, sino también de ciudad, de escuela, de casa, de todo menos de mí. Seguía siendo yo misma, una nena que se apasionaba constantemente, como cualquier criatura de nueve años que le gusta explorar nuevos horizontes, recorría rincón por rincón de la nueva casa, llena de nuevas expectativa.
La casa era linda, sí… pero más lindo era el barrio, las viviendas vecinas, las veredas con piedras de colores y los portones de madera de los garajes. De la escuela, lo único que conocía era el hall y la secretaría, donde me había inscripto, pero lo demás era todo un nuevo mundo por conocer, cuando acabaran las vacaciones de verano.
Rocíen era diciembre. Un mes hermoso para disfrutar en las piletas, los jardines con jugos frescos y barbies, tortitas de barro en bikini y andar en bici hasta la nochecita, pero… ¿con quién?
Habían pasado dos días ya en los que no dormía, porque el tren pasaba muy cerquita de casa y “se movía todo”, el techo se iba a desplomar en cualquier momento, estaba segura de eso. Aunque mi hermano y mi mamá me explicaran infinitas veces la fortaleza de la construcción y su imposibilidad de caerse, tenía miedo.  Nunca antes había pasado una máquina con esas dimensiones a dos cuadras de mi habitación, nunca antes habían vibrado de esa forma los vidrios de la ventana. Como decía, habían pasado dos días ya desde mi llegada y ya me quería volver a mi pueblito.
Luego de almorzar, tocaron la puerta. Era una niña de tez muy blanca, poca estatura y sus ojos claros irradiaban travesuras. Vestía un solerito blanco y sobre su pequeño rostro, colgaban dos colitas onduladas de cabellos rubios. No fue nuevo verla, el día anterior la había espiado desde mi ventana mientras jugaba en la vereda del frente. Me invitó a jugar.
¡Ninguna noticia podía ser mejor! Emocionada, saqué mi bicicleta, tenía una amiga nueva. Partimos para recorrer el barrio, me mostró casa por casa, cada una con una historia maravillosa. “Acá vivía doña Alicia, no le ibas a querer tocar una flor del jardín porque salía a los gritos diciendo que te iba a cortar los dedos”, “acá, viven dos mellizas que saben jugar conmigo, pero ahora están de vacaciones en el mar, porque sus papás trabajan bien y siempre tienen ropa y juguetes nuevos” y así hasta perder la noción del tiempo, hundiéndonos poco a poco en la siesta calurosa, en las veredas con piedras de colores, en un mundo maravilloso.
Había subido el sol cuando llegamos a lo que realmente importaba, una casa abandonada que estaba llena de misterios. Entramos trepando un portón y de ahí por la puerta de atrás. Ella la visitaba seguido, tenía una piecita para bailar y varios juguetes guardados. Ya no había ruidos en la calle, ni tampoco rastros nuestros.
Mamá salía cada tanto a espiarnos para custodiar por dónde andábamos, aunque no nos alejábamos de las dos cuadras a la redonda. “A las cuatro vení a bañarte” me había condicionado. Pero uno con tanta cosa nueva por conocer, con tantas cosas que contarnos, se pasó el tiempo.
Mientras nos encontrábamos muy entretenidas practicando las coreografías de Bandana, se largó a llover, ¿qué mejor que bailar bajo la lluvia? salimos al patio y cada paso, cada giro, cada baile se volvía aún más interesante entre las gotas y el barro del jardín. Todo era un sueño, por lo tanto, de mamá, ni me acordé.
Al cabo de un rato, cuando nada podía ser mejor se oyó un grito estremecedor “¿¡Me pueden explicar qué hacen acá?! ¡Hace una hora las estamos buscando preocupados, no las quiero ver nunca más cerca del pozo, si les pasa algo acá nosotros ni nos enteramos!”  Nuestras mamás, y por lo visto, estaban bastante enojadas.
Del pozo que ellas hablaban lo entendí una semana después cuando salí de penitencia y mi amiga me explicó que era el pozo negro del baño “donde van todas las cosas sucias y es muy hondo”.  Debo confesar que, más que miedo, me dio asco.
No volvimos más a esa casa, pero sí a otra que estaba a media cuadra de la mía, que tenía un patio más grande y un jardín en el frente, donde podíamos disimular que jugábamos, mientras trepábamos la tapia para ingresar a una habitación y sacar más pasos de las coreografías.
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Micaela Pereyra

Podría haberse quedado en su casa esperando, sentada en su sillón de mimbre en total oscuridad aprovechando la negrura de las medianoches de invierno, a que él llegara y en un movimiento de tres pasos poder paralizarlo por detrás, colgársele en la nuca y partirle un cenicero en el centro de su mollera.  Pero lo que Coca no tiene de violenta lo tiene de porfiada y de curiosa. Fue así que se abrigó con una campera muy grande, oscura, cubierta de corderito, se puso una bufanda que luego se sacó y me la enroscó a mí, dándole dos vueltas tapando bien mis orejas dejándome apenas una línea muy finita entre el gorro y la bufanda que me permitiría ver sólo lo suficiente de lo que iba a pasar esa noche, me alzó y subió a la parrilla de su bicicleta verde, dio el primer impulso, mientras balbuceaba maldiciones y su aliento salía como humo de dragón a punto de quemar por completo a su enemigo y nos alzamos viaje en un camino oscuro donde el frío obligaba a la gente a encerrarse en las frazadas y a las vías blancas titilar o apagarse en el momento justo que pasábamos bajo ellas.
Pedaleó tres cuadras dobló a la derecha e hizo dos o tres cuadras más. En medio de todas las casas que ya dormían había una que no. Había luz dentro de ella. Ahí fue donde paramos y donde los balbuceos de Coca comenzaron a incrementarse hasta llegar a un lenguaje que yo  no pude entender… el miedo empezaba a soplarme finamente la columna vertebral.
Coca me dio la mano, la sentí temblar y transpirar, su mano hervía. Caminamos juntas hasta la puerta. Recuerdo llegar apenas a la mitad de ella, a la altura del picaporte, me asomé y vi que la llave estaba puesta, no quería que Coca se metiera de improvisto a ese lugar, sabe dios quién podía esperarla adentro con la boca abierta y los dientes afilados.
Golpeó, tum tum tum. Tres golpes, duros, de un ruido seco que ni el eco de la noche se animó a retumbar. Yo rogaba dentro mío por favor que nadie abriera. Pero el picaporte se movió, la llave giró y Coca entró y por consiguiente yo también, detrás de ella, pero ya sin tomarla de la mano porque arremetió hacia la cocina donde se encontraba un viejo sin pelos en la coronilla y peludo en los costados, cerca de las orejas, con unos lentes muy grandes, de un vidrio más viejo aun, entre verde y amarillo, y el contraste de su gran nariz roja, colorada, transpirando alcohol, que estaba cocinando huevos revueltos. Ella no lo buscaba a él, pero aprovechó también para insultarlo entre el ruido apabullante de un extractor, por viejo borracho y traidor. Levantó el mantel de la mesa, miró abajo que nadie estuviera escondido, movió brutamente dos sillas mientras gritaba demostrando su valentía y advirtiendo a cualquiera que intentara enfrentarla  que hacerlo era enfrentar al propio demonio, y embistió de una manera fugaz en el dormitorio, y allí encontró a Omar, su esposo, a quien ella estaba buscando. 
Durante ese momento los gritos fueron muchos. Tantos y de tantas personas, que al unirse provocaron un estruendoso silencio, ensordecimiento que agudizó mi vista y dejó en mi retina una cama grande destendida, con mitades de frazadas en el suelo, un ropero marrón oscuro de patas cortas y espejos cómplices, más no testigos, clavados en sus puertas, una ventana cubierta de persianas y cortinas y un colchón enrollado entre medio, en un rincón, insignificante pero sin ninguna cuerda que lo atara y sostuviera de volverse a desenroscar.
-              Estás loca, Coca. ¿Con quién crees que puedo estar? – le decía vanamente Omar.
-              Locas sobran Omar, decime ¿dónde está?
-              No hay nadie. Sólo estoy con Kiko por comer unos huevos revueltos.
Pero Coca, que es más porfiada y curiosa que violenta, revisó todo, debajo de la cama, adentro del ropero marrón oscuro, detrás de las cortinas, entre medios de macetas, en el inodoro, rompiendo la cortina de la ducha, y yo apurándome en pasos cortitos detrás de ella veía solo fugacidades de colores, en los mosaicos y paredes y movimientos giratorios, aplastantes, de brazos y gritos y miradas sin brillos inundadas de tanto rabiar.
Y cómo un huracán que deja una insana calma luego de haber destrozado todo así Coca dejó de remolinear, se dio por vencida, no encontró a nadie.  Me agarré de su mano que ya estaba fría y llorando y me llevó a casa a dormir e intentar convencerme de que ella también lo haría.
Al otro día era un nuevo día, de esa noche de furia nunca más se habló, por lo menos delante de mí. Hace un año y siete meses Omar murió. En su tumba, con la brisa del viento susurrándome al oído, él me confesó el escondite de su amante. ¿Cómo iba sino a mantenerse enrollado un colchón sin una cuerda que lo ate?
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“Como si hubiese pasado ayer”
Milena Melgarejo

Febrero del año 1998. Un verano inconmensurablemente caluroso.
Se nos había hecho costumbre juntarnos todos los domingos en la casa de mi vecina Noemí. Ella tenía una hermosa pileta de cemento y un quincho espectacular para pasar las tardes de ese verano con temperaturas tenebrosas.
Noemí vivía al lado de mi casa con su marido Jesús, no sé bien por qué motivos nunca tuvieron hijos. Se encariñaron mucho conmigo y mi primo Elías, todas las tardes nos invitaban a merendar y a meternos a su pileta, pero no la de cemento que era enorme y súper honda, sino a la otra, la pelopincho chiquitita que estaba al lado.
Elías y yo teníamos tantas ganas de meternos a esa pileta, pero él, un año más chico que yo, no era de hacer travesuras, y si no me acompañaba yo tampoco me animaba a hacerlas. Veíamos cómo todos se divertían, jugaban a las cartas, al tejo, se zambullían en esa espectacular pileta y nosotros dos ahí, jugando con vasitos de plásticos y juguetes acuáticos que nos había traído Papá Noel.
Mi tía Marisa, mamá de Elías, tomaba sol al borde de la pileta, con una bikini fabulosa y mucho protector solar. Le caían lentamente gotas de sudor por la frente. Tenía un busto enorme, yo la admiraba, quería ser como ella cuando sea grande. Mi mamá le tenía terror al agua así que ella no se metía a la pileta, más bien prefería jugar al chinchón o mirar televisión con las amigas.
Mientras mi papá hacía el asado discutía de fútbol con Juan, el marido de mi tía, fanático de San Lorenzo y mi papá, de River, y nosotros dos seguíamos en la pelopincho observando todo y anhelando –más yo que Elías- meternos a la gran pileta.
Cuando estuvo lista la comida, nos reunimos todos debajo del quincho, y entre charlas de grandes, cervezas, música y mucho calor, Elías y yo seguíamos aburridos sin saber qué hacer. Cuando terminamos de comer, Marisa volvió a tomar sol al borde de la pileta, con sus lentes negros y su bella capellina;  mi primo se fue adentro a jugar a los videos juegos y yo, daba vueltas observando que nadie me prestara atención. Me decidí. Tomé carrera y allá fui.
Aaaaaaaaaaa ¡plaaffff!
-¡Marisa!, Milena se tiró –gritó mi mamá, desesperada.
Todos corrieron hacia la pileta. Mi tía puso las piernas colgando en el agua, estiró sus largos brazos, me agarró del pelo y me sacó, casi morada del susto.
-¡Cómo te vas a tirar! ¡Sos chiquita! ¡Entendelo! –me dijo mi mamá, enojada, asustada, jamás (en mis cinco años de vida) la había visto así.
-Pero yo quería… -quise decir algo y ella me interrumpió.
-¡Vos no tenes que meterte a esa pileta, mira si te ahogabas! –exclamó.
Me mandó adentro con mi primo, en penitencia. Me dijo que no me iba a llevar más a la pileta de Noemí. Yo lloraba.
Elías, que había visto todo de adentro, estaba asombrado, porque más allá de que yo estaba todo el tiempo diciendo que quería meterme a esa pileta y no a la chiquita, jamás pensó que iba a tirarme.
Hasta el día de hoy, es una anécdota que se cuenta en todas las reuniones familiares y que nos causa mucha gracia. Lo recordamos como si hubiese pasado ayer, pero mi mamá sigue insistiendo en el susto que le hice pegar.
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 El reto de mamá  
Mónica Figueroa

Una tarde de mucho frío salimos con mamá en busca de leña para nuestra estufa, para mantenernos calentitos. Era cosa de salir todos los días en mi compañía porque mi padre trabajaba por la tarde y mis hermanos debían asistir al colegio.
Mi madre, una mujer fuerte, luchadora, humilde, trabajadora, hermosa. Totalmente divina por dentro y por fuera. Ese mismo día llegamos con mamá a casa, despachamos los troncos en el patio y me pidió que me fuera a bañar así cenábamos en familia. Mis hermanos se encontraban realizando su tarea y papá mirando su programa favorito, como siempre.
Me metí a bañar y desde el baño sentía a mi vieja luchando con los troncos, escuchando como los cortaba para encontrarle la forma adecuada para la estufa. ¡Pobres vecinos!
Siempre que salía de ducharme le pegaba el grito a mi hermana para que me fuese preparando la ropa, cosa que ella odiaba, pero a mí me encantaba y disfrutaba muchísimo. Por ahí me preparaba cualquier cosa, como por decir un vestido corto cuando hacia tan solo ocho grados de temperatura, pero de todos modos los restos y el chirlo de mamá eran para ella.
Luego de mi ducha me dirigía hacia mi habitación, si mal no recuerdo sus paredes eran de un color rosa pero lo único que la arruinaba era el cubrecama de mi hermano Marcos, que era de un color verde, un verde claro. Realmente quedaba fuera de lugar, dos tonos totalmente diferentes, pero bueno. En todo el tiempo que yo demoraba para vestirme y ponerme bien coqueta, mamá Edith ya se había bañado e iba preparando la cena. “La cena de invierno”, así la llamaba papá. Hacía referencia al famoso café con leche, te, mate cocido o simplemente una buena sopa bien caliente. Esa misma noche mis viejos nos anunciaban que esa semana iba a ser la última semana que pasábamos en nuestro pueblo. Por cuestiones de trabajo a mi viejo lo llaman para trabajar en un hotel con el acuerdo de darle una casa para que pueda convivir junto a su familia.
Tan solo tenía siete años, convivimos un año y, medio con mi familia en el nuevo pueblo. Había hecho grandes amistades, pero como en todo grupo siempre está la mejor amiga. Johana. Así se llamaba mi amiga, una persona increíble, muy amable, de piel morena y de gran estatura. Recuerdo que a su lado parecía una hormiguita. Pero de edad era mucho más grande yo. Siempre me invitaba a jugar a su casa y ami me encantaba ir porque estaba llena de juguetes.
Una tarde de mucho calor, era a la hora de la siesta, decidí ir a visitar a Johana. En ese tiempo no existían tanto los celulares como hoy en día, por tal motivo no tenía como avisarles a mis padres que me iba a jugar a la casa de mi amiga y lamentablemente me tuve que escapar. Dentro de todo en ningún momento se me había ocurrido que pasaría todo esto.
Seis de la tarde y todavía no había pisado mi casa. Mi familia salió desesperadamente a buscarme por todo el pueblo, llamaron a la policía, fueron a la casa de cada uno de mis compañeros del colegio y nada. Se pensaron que me habían robado, que estaba desaparecida y solo me encontraba  jugando en la casa de mi amiga. Finalmente, mi mamá recordó donde podría estar. En casa de Johana.  Desde el altillo, en donde estábamos jugando, vi parar dos autos de la policía y de ellos observé que bajaban mama, papá y mis hermanos, desesperadamente mamá toca el timbre y golpea la puerta muy fuerte. Cuando me vieron sintieron un gran alivio. Me cargaron en el auto y me llevaron de regreso a casa, en el transcurso del viaje el primer reto fue por parte del policía. Cuando llegamos a casa fui la primera en bajar y entramos en fila, yo, papá, mamá y mis hermanos. Mi padre pegándome chirlos en la cola, muy suavemente, por lo sucedido.
¡¡¡Gracias a Dios me salvé del reto de mamá!!!
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Ornella Cecchini

Como todas las tardes de verano, mamá nos bañaba y nos preparaba la mesita en el patio; los individuales de Mickey, la chocolatada, las dos tazas, la mía azul y la de mi hermano roja como las sillitas que nos había regalado papá, los bizcochos o las galletitas, mermelada, queso o lo que hubiera en la heladera. Encendía la tele, que se veía desde la ventana, la ponía en el canal de dibujitos para que nos entretuviéramos un rato y se iba a bañar, era su turno.
Ese día había en la mesa un tarro con algo de color marrón claro, mezclado con amarillo, igualito que el shampoo que nos ponía mamá. Yo pensé que ella se lo había olvidado, pero no le dije nada y ahí fue cuando se me ocurrió la gran idea.
"Pobre Rita" le dije a mi hermano. "¿No está sucia? La podríamos bañar ¿No?". Pero él no quería, tenía miedo de que nos reten. Yo insistí y cuando la perrita se acercó agarré el tarro y se lo tiré todo encima. Con mis manos comencé a desparramárselo por todos lados, pero el pelo no le quedaba suave como el mío, estaba todo pegajoso y duro... Justo en ese momento salió mi mamá del baño y me enganchó con las manos en la masa, y desde la puerta empezó a gritar.
- ¿Qué hiciste? ¿Por qué le tiraste toda la miel a la pobre Rita?
"¿Miel?" Pensaba yo. "Pero si eso es lo que vos me pones cuando me bañas mami".
- No hija, eso es miel, es para comer como la mermelada y el dulce de leche. Me dijo.
La pobre Rita estuvo días con los pelos duros, no hubo forma de quitarle la miel de su largo pelaje. Finalmente tuvieron que pelarla. Menos mal que era verano decía mi mamá, sino se iba a congelar Ritita. Desde ese día cada vez que mamá me bañaba revisaba que fuera shampoo lo que me ponía y no miel por equivocación, yo tenía un pelo muy largo y no quería quedar pelada. 
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Vanina Taricco

Cuando era una niña pequeña aborrecía profundamente dormir la siesta, consideraba a eso una pérdida de una porción del día, de la mejor parte del día. Eran pocas las veces que mamá se olvidaba de mandarnos a dormir… ella sostenía que en las siestas salían las iguanas y nos podían comer, entonces teníamos que acostarnos a dormir un ratito. De más grande comprendí que lo de la iguana era un engaño para que no hagamos ruido en las siestas tan sagradas para la gente que trabaja. Lo peor era que cuando se combinaban el silencio aturdidor y el calor sofocante del verano, nos dormíamos. Para mis hermanos más pequeños y para mí, caer en los engaños de mamá y dormirnos, era un error, una gravedad enorme, algo que se pagaba muy caro: perdíamos la posibilidad de ser los primeros en meternos a la pileta o perder la mejor hora del día para hacerlo. Competíamos por quién era el primero en sumergirse en el agua entibiada por el sol del mediodía. Ser el primero en meterse en la pileta era lo mejor que nos pasaba, era como ganar el oro.
Cierto día, como casi todos los días, intentaba levantarme de mi cama sin hacer ruido para no despertar a mi mamá y a mis hermanos y resulta ser que mi hermana planeaba lo mismo. Ese día una amiga me había invitado a su pileta también. Entonces mi plan era meterme un ratito en la mía, acostarme de nuevo y luego ir a la de mi compañera.
Mi hermana me dijo que íbamos las dos a la pileta o no iba ninguna y tuve que aceptar. El obstáculo más difícil era salir de la pieza, una vez resuelto eso, el ochenta por ciento del plan estaba consumado. Y lo logramos. Posteriormente debíamos ir al patio… Por la puerta del hall no podíamos salir porque eso implicaba pisar toda la vereda y terminar con los pies llenos de ampollas, la de la cocina estaba cerrada y si la abríamos el inevitable ruido que emitía iba a acabar con nuestro plan. La única salida era por la ventana del comedor. Por ese entonces yo, por ser la más grande, era la de más estatura por lo que no se me dificultó saltar la ventana pero a mi hermana se le problematizó un poco más… tanto, que se le enredó un pie con la cortina y desarmó todo.
En las tardes de verano mamá tenía la bendita costumbre de dejar el juego de mate sobre la mesa del patio; era un ritual en mi casa tomar mates sentados bajo las plantas. Siempre solía dejar las cosas que no corrían riesgo de romperse, por ejemplo, el mate con los recipientes de yerba y azúcar… ese día, dejó el termo también y mi perra atada al lado. Justo la perra se enredó con la pata de la mesa, con tanta mala suerte que cuando pasé corriendo me enredé yo con su correa. Adivinen a dónde fue a parar el termo de vidrio…
Ese día me quedé sin mi pileta, sin la pileta de mi amiga y con la cola colorada.