A cada uno de
nosotros le pertenece una historia personal. Hecha de trazos, de imágenes, de
escenas, de puentes anchos y de estrechas pasarelas, de brisas y huracanes. De
recuerdos y de olvidos.
¿Hasta dónde se
remonta? ¿Al momento en que nacimos?, ¿al instante en que nos engendraron?,
¿hasta donde tenemos memoria?
¿Hasta el ayer
del anteayer de nuestros antepasados? Historias de mujeres, de familias, de
secretos mal guardados, de herencias, de parecidos, de amores y desamores, de
soledades, de incomprensiones, de imposiciones, de libertades.
De palabras y de
silencios...
¿Qué nos protege
del olvido?, ¿qué nos protege de aquello que quisiéramos olvidar?
¿Qué raíz
antigua fraguó la savia que nos habita?, ¿quién nos pensó alguna vez,
atravesado por el deseo de la permanencia, por la voz de la sangre, por la
misión de continuar la vida?
Somos, acaso, el
eco de aquellas voces, el rescoldo que se anima con el viento nuevo, un umbral
que invita y que se dice a sí mismo desde la hondura de la madera ancestral,
aromática y viviente, aceite que vuelve a encenderse, se hace lumbre, y
resuena.
Ponerle palabras
a la búsqueda, bucear, preguntar, indagar, interrogar a madres, tías y abuelas,
explorar recuerdos, interpretar indicios, rescatar silencios, abrir las bocas,
soltar las lenguas, escribir la historia fundacional, crear (nos). Esa será
nuestra primera tarea en el taller. Narrar, contar, comenzar a sumar para
decirnos, para avanzar las casillas de la rayuela.
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