Escribimos,
entre la realidad y la ficción, o desde la
realidad de la ficción, un relato en torno a una escena que consideremos -de
alguna manera- inaugural de una línea biográfica en la que arraiga nuestra
existencia. Desde luego, estará atada -amalgamada, ensamblada, hilada- con
tantas otras escenas e historias anteriores, que la preceden y en las que se
proyecta. Pero será especial porque nosotras la elegimos para contarla.
Una escena, una
imagen, una etapa. Importa que nos convoque a narrarla, a reconstruir diálogos,
escenarios, a imaginar qué pasó, cómo sucedieron las cosas.
Puede surgir de
la pregunta que nunca antes habíamos hecho, o que hicimos a medias y ahora
retomamos. O surgir de algo que nos contaron hace mucho, o hace poco.
Las invitamos
entonces a escribir esa historia, quizás nacida del otro lado del mar desde la
decisión de un abuelo inmigrante; o amarrada a esta tierra, al pueblo donde
nacimos o nacieron aquellos que nos precedieron, a una casa, a un paisaje, a un
episodio.
Y nos leemos.
Con el respeto y la delicadeza que requiere nuestro taller, confiándonos entre
nosotras esos lazos que nos unen a la familia y que desde este espacio íntimo y
comunitario a la vez, nos va a unir entre nosotras.
Algunas producciones:
El
principio
Gabriela Zabala
Cuarenta y siete años tenía Germán
Jiménez cuando sus años de fumador se le vinieron encima con toda la fuerza de
la enfermedad. Su vida había perdido el sentido desde hacía un tiempo, cuando
su último hijo de tres meses perdió la vida. Con su niño se fueron sus alegrías
y sus esperanzas y, aunque sus otros cuatro hijos querían seguir teniendo a su
padre, él bajó los brazos y se entregó a la muerte. Germán era ferroviario. Había
venido de España junto a sus hermanos cuando era muy pequeño y se habían
instalado en Rosario. Sin embargo, por cuestiones de trabajo, vivía desde hacía
diez años en Río Cuarto junto a su mujer y a sus hijos. La vida le regaló una
familia hermosa pero la muerte se lo cobró llevándoselo joven. Germán murió y les
dejó a su mujer y a sus hijos nada más que su cuerpo.
Antes de morir, sus hermanos se lo habían
llevado a Rosario para internarlo en un hospital un poco más equipado que el de
Río Cuarto. A su muerte, ellos decidieron enterrarlo allí, en el panteón que
tenían reservado. Aurora, su mujer, que sólo tenía lugar para el dolor, no
quiso abandonar lo único que le quedaba de su esposo. Pensó que aquellos
restos, sólo vestigios de lo que Germán era, debían quedar en la ciudad donde
crecerían sus hijos. Aunque fuera tan sólo para llevarle un par de flores cada
mes y llorar sobre su tumba.
Con esa fuerza maternal que sólo una
mujer puede tener en momentos tan difíciles, les dijo a sus cuñados que se
llevaría a Germán, para tenerlo allá, cerca de los suyos, cerca de sus hijos. Ellos
se opusieron terminantemente pero Aurora, sin hacer caso a las negativas, llamó
al gremio de ferroviarios y un vagón frío, oscuro y húmedo llegó para
transportar el féretro. Allí metió a sus cuatro hijos y al cuerpo de su esposo.
Cerró las puertas dispuesta a partir con todo el peso de las obligaciones en su
espalda. El tren iba a arrancar cuando sus cuñados, aglomerados alrededor del
vagón, comenzaron a golpear las puertas y a gritar obscenidades, negándole su
apoyo. “¡Puta! ¡Reventada! ¡Dejalo acá! ¡No te lleves a nuestro hermano! ¡Hija
de puta!” Y con esos insultos raspando sus oídos y su alma partió junto a los
suyos hacia Río Cuarto. Sin trabajo, sin marido y con cuatro hijos que debían
estudiar.
Pedro, su hijo mayor de quince años,
supo que su vida ya no sería la misma y que sus hermanitos jamás entenderían ni
compartirían lo que él había vivido. “Adulto, Pedro, ahora serás un adulto”, le
dijo su madre. Sus ojos miraron el cajón inerte que estaba en medio del vagón y
un reproche se presentó en su mente: “¿Por qué nos dejás? ¡Despertate!”.
Entonces, una lágrima cayó por su mejilla, anticipando el llanto que siguió
hasta muy tarde. Serían las últimas lágrimas que derramaría en toda su vida. Ya
su corazón se transformaba en piedra. Sus ojos perdieron la última mirada de
niño cuando supo que sus hermanos quedarían a su cargo.
Ese niño
convertido abruptamente en adulto era mi abuelo. Tal vez esté en este instante
charlando con su padre, Germán y su madre, Aurora. Quizás se estén riendo de
las inclemencias de la vida que desde allá arriba se verán tan insignificantes.
A lo mejor Pedro le estará pidiendo explicaciones a su padre. Pero hay algo seguro,
por lo menos para mí: están rezando por la familia que consolidaron y que los
recuerda desde acá.
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Félix
Giuliana Capellino
Desde chiquito me acostumbré a ver la
cara de tristeza de mi mamá, a mis hermanos entre juguetes viejos, con la ropa
que a mí ya no me andaba, a mi papá fuera de casa todo el tiempo luchando en el
ejército de Alfonso; a tener la alacena vacía, a compartir entre todos un mismo
plato de comida, bueno, ¿para qué seguir? Todo estaba devastado, parecía
irónica la denominación con la que solían hablar de mi país… “la bella Italia”.
El día que cumplí 13 años mi mamá
Felisa me llevó a su habitación, vi que tenía los ojos llenos de lágrimas, algo
me pareció extraño. Al ingresar me dijo que tenía miedo. El silencio se adueñó
de la sala húmeda en la que dormía, desde hacía un tiempo, sola. Me tomó la
mano y la puso en su pecho, le advertí que me ocuparía del alimento del día,
que se quedara tranquila, pero no era eso. Me pidió ahogada en llantos que
dejara Italia porque temía que dentro de poco me involucraran en el ejército al
que pertenecía mi padre Bautista y que me devolvieran al cabo de un tiempo,
como muchos otros, sin vida. Mencionó un país de nombre raro, no sé… me retiré
de la habitación asustado, corriendo.
Ese día mi casa era un desorden, mis
hermanos tan pequeños no entendían lo que realmente sucedía, me seguían porque
querían jugar conmigo y yo estaba anonadado, sólo me daba vueltas en la cabeza
lo que me había dicho mi mamá. Tampoco yo entendía muy bien lo que pasaba, pero
comenzaba a comprender.
Al mediodía nos sentamos en la mesa,
cada uno se sentó en frente a un bollito de pan ya distribuido sobre el mantel.
Mamá nunca comía, decía que nosotros necesitábamos comer para crecer, que ella
ya era grande y la comida era para los chiquitos. Inmovilizada, Felisa cortó
una manzana en tres partes, un pedazo fue para Juan, otro para Pedro y el
tercero para mí… Siempre resaltó la importancia de compartir todo, y eso
hicimos siempre, compartíamos hasta lo que faltaba.
Inmediatamente fui al cuarto, seguía
con las palabras de mi mamá en la cabeza. Cuando entré, vi sobre la cama un
pañuelo envolviendo algo y sus puntas unidas de manera que quedaba cerrado. Lo
abrí con la ilusión de que fuera una pelota, me emocioné hasta el punto que
grité con todas mis fuerzas… pero cuando lo abrí vi mucho pan, y pensé ¡qué
tonto! Era imposible, mi mamá nunca podría comprarme la pelota con la que
jugaban los hijos de los mandatarios.
Inmediatamente entró detrás de mí mi
madre y me dijo que nos apresuráramos, a media tarde salía el barco que debía
tomar para viajar a Argentina. De un sobre sacó un pasaje que me había mandado
mi padrino ya instalado en aquel país. Dentro del pañuelo lleno de provisiones
había un papel que tenía el nombre completo de mi padrino y una dirección, allí
debía llegar, él me estaría esperando.
Nos dirigimos hacia el puerto, mamá me
despidió muchos metros antes llorando disimuladamente. No quiso verme embarcar.
Me dio un abrazo tan fuerte y pegó su rostro tanto conmigo que sus lágrimas se
volvieron mías.
Había tanta gente que me perdí en la
multitud queriendo no mirar hacia atrás, ya bastantes recuerdos tenía de mi
mamá con ojos tristes.
El pañuelo pesaba un poco, por lo que
lo dejé a orillas del puerto y me senté a esperar. Pero vi un par de niños
jugando con un bollo muy grande de papel, era prácticamente una pelota. No
aguanté de las ganas y corrí con ellos hasta la señal de partida del barco, que
fue lo que me hizo reaccionar y darme cuenta que tenía que subir. Entre tanta
gente no encontraba la pañoleta verde con la que mamá Felisa me había envuelto
las provisiones. El barco anunciaba con bocinazos que estaba por partir y antes
de perderlo, me subí con nada. Lo único que llevé conmigo fueron las últimas
imágenes que tuve de Revello, de mi familia y algunas, un poco gastadas, de mi
papá.
Estaba solo, desprotegido; mi pasaje
de tercera tampoco me brindaba muchas comodidades. El viaje, sin embargo,
resultó ameno porque mucha gente que se encontraba en la misma situación me
ayudó a soportar la angustia.
Un día, como cualquier otro, en el
transcurso de mi emigración, me encontré con una jovencita de mi edad, nos
conocimos jugando de casualidad, se llamaba Francisca, nos hicimos amigos. Le
conté de dónde venía y porqué estaba allí; ella conmovida por mi historia se
propuso ayudarme, no podía creer que viajaba sin pertenencias, sin compañía,
sin destino. Habló con su familia. Al cabo de un tiempo, sus padres, el señor
Giustetto y su esposa me prometieron que me iban a proteger toda la vida, me
ampararon como si fuera uno más de ellos.
Pasó mucho tiempo desde ese entonces
hasta ahora. Yo, Félix Capellino, no hubiera sido nada sin la ayuda de la
familia que me acogió en aquel viaje. Pasaron pocos años de arribar en
Argentina cuando me casé con la hija de Don Giustetto y nos instalamos en el
campo de una zona llamada La Palestina que él compró para que trabajáramos.
Tuvimos una numerosa familia, 11 hijos y una casa grande para todos ellos.
A veces me pregunto qué habrá sido de
mi padrino, cansado de esperarme quizás se convenció de que nunca viajé.
Mis
hermanos menores, Pedro y Juan, vinieron a Argentina mucho tiempo después, y me
contaron que en el puerto, cuando partí, alguien encontró la pañoleta de
nuestra madre con las provisiones que me había preparado y mis documentos, y
ese día golpearon la puerta de casa, en Revello y le anunciaron mi muerte a Felisa.
Eso hizo que sus ojos dejaran de brillar más aún y se pasó la vida creyendo que
la mía había terminado a los 13 años.
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Milena Melgarejo
Nací en la provincia de Corrientes,
más precisamente en la ciudad de Bella Vista. Soy el segundo de catorce
hermanos. Mis padres, los dos muy jóvenes cuando yo llegué, vivían en el campo
y allí trabajaban.
A mis seis años comencé la escuela,
con mucho sacrificio porque para llegar a ella teníamos que caminar tres
leguas, mis hermanas y yo, con esos calores que dañaban nuestros pies
descalzos.
Pasaron tres años y ya éramos cinco
hermanos. La situación económica era bastante mala, y mis padres decidieron que
yo, el único varón hasta entonces, tenía que empezar a trabajar. Y así fue.
Comencé a trabajar en el invernadero de mi tío, y al poco tiempo arranqué a ir
a las cosechas de tomate.
Como las campañas duraban tres meses,
aproximadamente, no tuve otra alternativa que dejar la escuela. De cualquier
modo, lo más importante era ayudar a mi familia.
Cuando cumplí los trece años, ya
habían nacido tres hermanitos más, mi familia seguía agrandándose y las
cuestiones económicas empeoraban. Era desesperante, dentro de lo que yo
entendía, repito, con sólo trece años.
Era muy común que mi tío, el hermano
de mi mamá, viniera a almorzar los domingos a casa. Comíamos debajo de unos
algarrobos enormes, donde corría, muy lentamente, un poco de aire fresco.
Adentro era insoportable estar debido a que las temperaturas en el verano eran
muy altas.
En un momento, mi tío dijo que tenía
que darnos una noticia y nos pidió que le prestáramos atención. Nos comunicó
que le habían ofrecido trabajo en Buenos Aires, como cuidador de caballos, y
que quería llevarme con él.
A mis padres esta noticia les cayó
como un balde de agua fría; pero a los pocos días de haberlo pensado y
considerado entre ellos, aceptaron la petición. Me llamaron al patio de la casa
y dijeron cuál sería mi destino.
Sin decir una palabra y con un nudo en
la garganta, metí en una bolsa las únicas dos mudas de ropa que tenía, y en
tren, partimos hacia Buenos Aires. Cuando sentí encender los motores, mi
corazón se paralizó un instante. Yo, un niño de trece años, estaba dejando a mi
familia y una sola pregunta retumbaba en mi cabeza, ¿los volvería a ver alguna
vez?
Sin entender mucho lo que pasaba, tuve
que hacerme hombre y dejar de preguntarme por qué me había tocado vivir eso, en
cierto modo mi preocupación era otra, yo tenía que trabajar para ayudar a mi
familia y así, volver a vivir con ellos.
Al año siguiente le llega una carta a
mi tío con la noticia menos esperada; mi padre había fallecido en un accidente
laboral. No existen palabras para describir el dolor que sentí ese momento.
Lejos. Solo. En la distancia.
En Buenos Aires viví hasta mis quince
años, luego, viajé con mi tío a La Pampa y allí vivimos tres años, hasta que un
día recibí una llamada desde Mercedes, provincia de Corrientes, en la cual me
comunicaban que tenía que hacer el servicio militar.
Lo reconozco, tuve miedo, no sabía lo
que me esperaba allí; sin embargo, este sentimiento era el mismo que venía
sintiendo desde el día que me fui de la casa de mis padres. Llegué al lugar
donde me habían citado, me hicieron dejar mis pertenencias, y allí estuve siete
meses hasta que me dieron de baja.
Cuando salí, fui directamente a ver a
mi mamá y a mis hermanos. A la mitad de ellos no conocía. Pasé unos hermosos
días con mi familia y desde ahí emprendí viaje nuevamente, esta vez hacia
Formosa. Allí me esperaba mi tío. Vivimos muy poco tiempo, casi seis meses; no
había mucho trabajo y encima no nos pagaban bien.
Después, viajamos a Rosario, porque mi
hermana más grande, enterada de nuestra situación, nos había conseguido
trabajo. Durante tres años trabajamos en distintas obras de construcción, con
gente muy buena y humilde.
Allí sucedió que Uno de los capataces
nos dijo que se iba con su esposa a vivir a Córdoba, como empleados en un campo
llamado “La Stipa”, y que el dueño de este lugar les había dicho que necesitaba
tamberos.
Sin pensarlo mucho, mi tío y yo
emprendimos viaje hacia la provincia de Córdoba. Vivimos un tiempo en ese
campo, y luego conseguimos trabajo en el frigorífico del pueblo. A esta altura
de mi vida, con casi treinta años, y golpeado por todos lados, no tenía
esperanza alguna de poder formar la familia que siempre quise tener y me
arrebataron.
Un día me enteré que en el pueblo se
organizaba un campeonato de bochas, y como a la mañana siguiente no trabajaba,
fui.
Esa noche conocí a una bella mujer, de
pelo largo negro y ojos achinados, un poco tímida, pero a su vez se le notaba
cierta picardía. Me acerqué y hablamos un rato. ¡Ella atendía el club donde se
hacían los torneos de bochas! Desde que supe eso, fui todos los días durante
tres meses para conquistarla.
Al cabo de un tiempo nos pusimos de
novios, y en un año ya vivíamos juntos.
Hoy,
después de veintidós años de conocerla, seguimos juntos, con cinco soles de
hijos y un perro. Hoy, después de tantas tormentas atravesadas, salió el sol.
Hoy, tengo conmigo la familia que siempre anhelé.
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Italia- 1916
Agostina Medina
Era una tarde que no
solo el calor alteraba a la gente sino también la necesidad de huir de ese
lugar. Los barcos a la orilla de la costa esperaban su turno para salir. El
primer aviso fue para María y Anastasio quienes emprendieron el primer viaje
desde Italia a Argentina.
Una vez en el mar, las
olas provocaban que el gran barco se precipitara hacia un lado y otro,
provocando el mareo de los tripulantes. El bamboleo se incrementaba cada vez más
y se acercaba la tan temida noche.
La suerte estaba echada.
A media noche todos se encontraban en cubierta, cuando luego de una fuerte
explosión el barco comenzó a hundirse. Todo era caos alrededor de María y
Anastasio que no comprendía lo que estaba sucediendo, pero que, por instinto de
supervivencia, habían amarrado sus ropas a un gran trozo de madera.
La gente comenzó a
tratarse al mar para evitar ser absorbidos por el oleaje que generaba la nace
de hundirse.
Los hermanos,
se zambulleron sin soltar la madera y comenzaron a nadar lejos del gentío que
de a poco se ahogaba. El conocimiento que el poseía de las estrellas, les
permitió encontrar el rumbo. Nadaron hasta quedar exhaustos y cuando sus
esperanzas ya habían desaparecido, apareció el siguiente barco que los rescató
como los únicos dos sobrevivientes y los hizo llegar sanos y salvos a América.
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Estela Azul
Ana Laura Mazuecos
Ella, una vez más, robó un corpiño de
su madre y se ocultó en el cuarto. Buscó dos pares de medias y se armó como la
mujer que aún no era. Salió a trabajar de planchadora en la casa de una familia
bien posicionada. Con sus doce años, dibujaba el ángulo de la esquina del bar
con toda estela. Mario, que frecuentaba el lugar, la miraba todos los días,
deseoso de tenerla, hasta que un jueves decidió interceptarla para hablarle. Él
conocía la historia de vida de Delma: hija de una viuda joven, pobre y con dos hermanos
lactantes. Podría desposarla un buen día y sacarle un peso de encima a Doña
Antonia.
Tres meses después, Delma ya no usaba
ropa interior ajena. Quería ser niña por siempre, pero un acuerdo entre mayores
y un altar estaban definiendo su destino. Por última vez decidió llorar como
una niña, patalear y bañar en lágrimas un vestido de novia prestado. Delma se
casó y así cumplió el sueño de toda muchacha, pero el problema era que este
sueño estaba fallado, ocurrió inesperadamente y con una persona que jamás
amaría. Fue así que la sacaron del pueblo, le quitaron su media infancia que
aún conservaba, le destriparon la inocencia y la virginidad. Luego de unos
meses de casada, tuvo la oportunidad de
ver una vez su sangre derramada, ya que después debió entregársela, sin opción,
al niño que fecundaba su vientre.
Pasaron tres años y su vida fue un
suplicio. Su matrimonio era un fracaso, su marido se ausentaba día de por
medio, pero cuando regresaba sólo era para mostrar su borrachera y perfumar el
aire con violencia. Delma prefería que él no estuviese en casa, aunque la
comida escaseara y debiera cruzar dos campos hasta la casa de Isabel a buscar
agua del pozo. Además, caminar le sentaba bien, Isabel era una mujer agradable
que siempre tenía una rebanada de pan y una taza de leche para sus dos niños.
Estar en la casa de su vecina le hacía olvidar de su vida infeliz.
Una tarde, apareció el hermano de
Isabel en la casa, quien volvía de la Colimba para instalarse allí. Delma quedó
impresionada porque él la saludó respetuosamente una vez y luego no volvió a
mirarla en ninguna de las visitas que ella hacía a la casa. Muy distinta de la
relación que había entablado con Lucía y Cilio, los pequeños, a quienes trataba
con dulzura.
Una noche, Delma llamó
desesperadamente a la puerta de Isabel quien la encontró toda golpeada y
llorosa. Ella le contó que Mario había llegado borracho, había golpeado y
gritado y se había marchado. La amable mujer la hizo pasar y buscó
tranquilizarla. En ese momento en que Isabel limpiaba el rostro de la joven,
apareció el hermano, Sixto, a quien los sollozos habían despertado. No pudo
evitar sorprenderse al ver en el rostro de la muchacha vio el retrato del dolor
en cada herida. De inmediato le dijo a Delma:
-Arme sus cosas señorita, usted se viene
conmigo.
La decisión no dio lugar a la duda.
Salieron para la casa a juntar las poquitas pertenencias que Delma podía
necesitar. Mientras ella armaba su bolsito, irrumpe en la casa Isabel
exclamando:
- ¡Apúrense, allá viene Mario como un
toro cruzando el campo!
Ya no les quedó más tiempo. El
muchacho cargó en sus espaldas a los niños y ella se aferró a su maleta.
Corrieron por la parte trasera de la casa atravesando el yuyal que se habría en
el paso dejando ver un camino. Debieron atravesar un alambrado que delimitaba
el terreno y fue allí cuando Sixto pudo avanzar, pero ella enganchó su vestido
azul en la púa de alambre. Mario se acercaba a la casa y alcanzó a ver a su
mujer escapando. Por lo que enfureció y corrió pisando las huellas frescas que
dejaban los fugitivos. Delma lo vio venir y temió, temió como nunca que su vida
fuera igual al día siguiente, pero tomó valor y arrancó de un tirón el vestido
rasgándolo para poder continuar su fuga.
Mario
estaba tan borracho que un tropiezo impidió que continuara tras ellos y los vio
desaparecer entra la noche. Él nunca fue a buscarla, pero se acercó cada día de
su vida a contemplar la estela de aquel trozo de vestido azul.
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Historias de vida que marcaron la mía
Ayelén Altamirano
Luego de la muerte de mis bisabuelos
maternos, mi nono, de diez años, junto con sus hermanos más pequeños fueron
enviados por su hermano mayor de veinte años a trabajar a diferentes campos y
de esa manera ganarse la vida. Como tenía que trabajar en el tambo, cuidando
animales, arreglando cosas, no tuvo la posibilidad de asistir a la escuela.
Se casó con mi nona, la cual conoció mientras
trabajaba en un campo cercano al de ella, se casaron y se mudaron al campo en
el que él trabajaba como peón. Tuvieron
dos hijos, mi mamá y mi tío. Al fallecer mi nona y tío, se trasladaron al
pueblo. Mi nono utilizaba su pulgar como símbolo de firma. Al casarse mi mamá, se
mudó una casa al lado de la cual se crió
y habitaba mi nono. Mi hermana mayor fue la que pudo aprovechar su cariño y
compartir muchas experiencias. Cuando ella tenía ocho años le enseñó a escribir
su nombre y eso fue lo único que él aprendió a escribir.
Una
historia similar fue la de mi nona paterna. Cuso hasta segundo grado, la
condición de vida no le permitía asistir al colegio, pero cada día se esforzaba
por aprender. Recuerdo que me contó que
cuando tuvo la posibilidad de tener un
libro propio, “Las Mujercitas se Casan”, lo leyó tres veces para
practicar lectura mientras la mandaban a cuidar los animales.
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Bisabuelos Esther y Antonio
Corina Meichtri
Asturias, España (1924)
Mientras empacaba sus pertenencias,
Esther se preparaba mentalmente para afrontar el gran cambio que se avecinaba
en su vida: dentro de unos días partiría, junto a su marido Julián y sus dos
pequeños hijos, Manuel y Antonio, hacia tierras desconocidas, a encontrarse con
la lejana América. El fin de tan largo viaje era escapar de la guerra en la
cual Julián había sido reclutado. Esther no podía evitar pensar en su madre
que, con tanto amor, la había preparado para afrontar los retos de la vida. El
lazo que las unía era tan fuerte que estaba convencida de que su partida sería
algo temporal y de que en un breve lapso de tiempo volverían a reencontrarse.
Así que, una vez que hubo terminado de preparar lo que creía necesario para el
viaje, aprovechó que Julián había regresado del trabajo y se podría quedar a
cuidar a los niños, para ir a despedirse, otra vez, de sus raíces.
Luego de
conversar largo tiempo con su madre y su hermana menor, se dirigió a la que
antes había sido su habitación de paredes rosas y osos de peluche, reacomodo en
su cama los almohadones con forma de flor, trasladó una pequeña silla celeste
que su padre le había construido cuando era una niña, y se sentó a observar las
estrellas, mientras imaginaba, más que su partida, su regreso.
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Infancia cómplice
Florencia Andrighetti
La cueva huele a chocolatada y
galletas. Una puerta de colores, luces tenues que iluminan esta noche larga
entre risas y enojos infantiles. No estamos todos, sólo este trío que alcanza
para que las horas sean segundos. Papá y mamá duermen sin saber que se levanta
en la magia de la niñez una enorme fiesta nocturna. Silencio, es un secreto. No
podemos despertarlos. Cartas, juegos y un tarro de gelatina robado de la
habitación vecina. La magia consiste en mantenernos despiertos, pero mi corta
edad no sostiene mis párpados cansados y me hunde la marea atrapante desde la
orilla del escondite. Sigan sin mí.
Pero no, me despiertan esos cuatro
ojos gigantes y brillosos entre voces bajas que chillan:
- ¡Florencia,
el que se duerme pierde!
Y yo no quiero perder, eso haría a las
burlas de mañana. El reloj empuja las agujas con un viento veloz que las
aprisa. De pronto una carcajada canta en el aire y otra vez, silencio. Desde la
otra habitación se escuchan las fuertes pisadas del monstruo que viene a
matarnos el insomnio y dormirnos de un reto.
- ¡Rápido,
Germán! Apagá la luz.
Natalia nos hunde a todos debajo del
colchón que minutos atrás me pareció que era un barco y una sábana nos tapó
hasta las narices. El picaporte se movió despacio.
- ¡¿Qué
hacen?! Germán: a tu pieza.
Y así
perdimos al capitán. Cabeza gacha, ojos de pronto dormidos, ceño fruncido. Se
fue, y detrás papá cerró la puerta y se hundió en el sueño. Minutos de silencio
en la oscuridad hasta que la primera valiente prende la luz. No todo está
perdido. Ahora todo debe hacerse con más cautela, tardamos demasiado en cada
paso en puntas de pie. Movimientos lentos, no nos choquemos nada. Abrimos
lentamente la puerta que se hizo ruidosa y en pequeños suspiros gritamos al
capitán que vuelva, no hay moros en la costa, y así se hizo, y las horas
volvieron a su ritmo normal, esto es, veloces como el viento incesante que no
se cansa en la felicidad hermanada de sangre. Un ir y venir de fantasías entre
telepatías conectadas. Pero pronto, el misterio nocturno es derribado por el
sol que derrite los cristales. Hemos arribado. ¡Hasta la vista! Nos veremos en
un próximo encuentro secreto.
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Mi historia fundacional
Julieta Domínguez
Lo que les voy a contar, sucedió antes
de mi nacimiento. Antes, incluso, que el
de mis padres.
Era yo niña cuando supe de la historia
familiar. Recuerdo haber estado jugando en la galería de la casa de mi abuela.
Yo la oí de su boca y ella, no lo supo.
Lo que mi abuela decía no era del todo
claro. Ella le hablaba a su hermana y yo no comprendía por qué hablaban de sus
padres con tanto misterio.
Entendía que algo se estaba omitiendo.
Era fácil saberlo, cuando se debía pronunciar una palabra, se hacía silencio o
podía ver a mi abuela abrir grande sus ojos a modo de alerta para que, dicha
palabra, no se dijera.
Pero la conversación fue larga y ellas
olvidándose de mí, sin darse cuenta, la dijeron. Nombraron la palabra y seguido
vino una oración que se detuvo en mi memoria y que, hoy, puedo al fin, yo,
decirla. Me he sentido desde entonces como aquellas que trataban de omitir lo
importante.
Aquel día, sin recato, ellas lo habían
dicho todo sin saber que yo las había oído. Las escuché y mis sensaciones se
revolvieron. Pensé en mi primito, casi de mi edad, con el que siempre jugaba y
entendí, luego, por qué no debía haberme enterado de aquella historia que, a la
vez, entiendo ahora, era mí historia y merecía saberla.
Traigo a mi mente la imagen de mi
abuela y recuerdo a sus padres, protagonistas de aquella charla que llegó a mis
oídos en la niñez. Era la historia de su amor, la de mis bisabuelos. Sí, el
secreto rondaba en eso. Una historia de amor tragicómica que desencadenó en mí;
en la posibilidad de mi existencia.
El misterio estaba sobrecargado de
“pecado” según los ojos de algunos, tal vez de ellos mismos, no lo sabré.
Mis bisabuelos paternos eran primos
hermanos, así patentaron su vínculo. Muchos hablaban de que se habían
condenado, yo no lo creo.
Gracias a ellos, nació mi abuela quien
me enseñó mucho de lo que sé y me crió. De ella, mi abuela, nació mi padre y
fue él quien me dio la oportunidad de estar aquí, en este mundo.
Se sabe que el amor sufre de locura,
que trae arraigado en el aire finos hilos que unen a personas sin importar sus
condiciones, posiciones, creencias, ideales. Diría que carece de respuesta a
todo “por qué ocurren estas cosas”.
Por suerte, no tengo necesidad de
preguntármelo. Sólo sé que confío en mis orígenes, en cómo se ha ido escribiendo,
en los puntos y comas, en los interrogantes, exclamaciones; en sus propias
equivocaciones, tachaduras y correcciones. Pero creo firmemente en su lucha, en
sus deseos de ser y seguir juntos.
¿Yo juzgarlos? ¡Jamás! No, no hay
modo. Mi abuela, ese ser que me da luz, al que tanto le debo, justifica y
perdona todo. Ella, no es más que un puñado del amor que me legaron. Una de las
personas que más amo.
Ella,
Blanca, es eso. El blanco que acompaña al negro, a la claridad. Es mi abuela.
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Mariana Cattani
Entre 1876 y 1976 cerca de 26 millones
de italianos salieron de su tierra natal en dirección a varios puntos del
mundo. Una gran parte de estos inmigrantes partió desde el puerto de Génova,
pero también partieron desde Sicilia y de puertos en otros países europeos.
Agustín Cattani junto a su esposa
Delfina Montali, viajaron uno de esos barcos para poder escaparse de la guerra
de la cual su país pertenecía. Olas oscuras y enormes se levantaron hasta la
cubierta del barco y caen sobre ellas con un estruendo. Las velas se levantaron
hasta la cubierta del barco y caen sobre ellas con un estruendo. Las velas se
tensan y se rasgan, solo una de ellas resiste, como si fuera de hierro. De
pronto se oye un fuerte ruido y todo el barco se sacude.
La tormenta se había desatado dos días
después de que zarparon de Génova. Las personas allí presentes miraban como el
velero daba bandazo entre las olas, y todos tuvieron que lidiar con el mareo.
Apaciguaban el estómago comiendo pan y tomando leche, llevaban una jaula antimoscas
donde estaba la carne condimentada con la sal, que cocinaban luego. En son de
broma decían que su comida era más sabrosa cuando salía de su boca que cuando
entraba.
El barco avanzaba sacudiéndose hacia
el este, pero el capitán y los tripulantes no estaban preocupados, sabían que
el viento pronto cambiaría de dirección y enviaría la nave hacia el oeste.
Al amanecer, Agustín y su capitán
evaluaron la situación. Los daños eran terribles. De repente, un ruido
atronador y chirridos de maderas se oyeron a borde del barco. Los hombres que
estaban en cubierta, buscaron un sector del barco más seguro para las mujeres y
niños que estaban allí, temerosos de que los cables cayeran sobre sus cabezas.
Sin nadie que la sostuviera, la puerta superior se vino abajo. Los tripulantes
quedaron boquiabiertos.
Después de
otros tres días agotadores de navegar en aguas turbulentas, el barco por fin
llego a destino. Los hombres ayudaron a descender a las mujeres y niños que
estaban tan asustados que lloraban desconsoladamente abrazándose todos juntos
por haber llegado a salvo a destino. Su terrible viaje había terminado. Pero
las lecciones que habían aprendido y las huellas que en ellos había dejado su
capitán permanecerán por el resto de su vida.
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Marisol Nespolati
Historia fundante: fe de erratas de
dos piamonteses.
Aproximadamente en 1915 llegó la
familia Costamagna desde Italia a habitar las amplias tierras del campo
argentino, cerca de un pequeño pueblito llamado Ticino.
Al igual que el aceto, era de agrio el
viejo. Severino, su mujer y cuatro hijas, allí, ínfimos en la inmensidad del
campo verde… un verde que poco a poco, con el paso del tiempo se fue
percudiendo del blanco y negro del bovino, de la lana de las ovejas, del oro
del trigo, del rojo del sorgo…
El viento soplaba risas chillonas,
vocecitas agudas que se fueron intensificando con el tiempo, al igual que el
mal humor de su padre al ver que sus hijas ya tiraban para solteronas. El alto,
el serio, el viejo ya tenía pelo blanco y se mezclaba con el del rebaño.
Pero en algún momento Se sumaron tres
voces más graves que las del viejo, voces que venían a hacer la labor que él ya
no podía. Hombres que se fueron posteriormente con sus respectivas hijas, esas
que don Severino las había engendrado en el vientre de su mujer y ahora las
daba como parte de pago.
La peor de las suertes la tuvo la
menor, Irman. Tenía veintiún años y ahora se encontraba casada con un campesino
piamontés igual que ella, que había viajado igual que ella, rubio como ella…
pero con veintisiete años más. El problema, sin embargo, no era ese, ya que era
común en la época. El problema era que ella no se quería casar y quería leer en
el portal de su casa hasta viejita.
Pero ahora estaba con esposo, Domingo,
arruinado por el frío, el calor, el trabajo de sol a sol bajo el resplandor,
que había hecho desde pequeño. Ella,
niñita de bien, tenía que compartir su vida sin amor y con la presión de buscar
un hijo para embargar su futuro. De todas sus metas, ninguna se había cumplido,
mientras que las de Domingo habían superado sus expectativas: había concretado
matrimonio con la hija del patroncito. Sin embargo, se había impuesto una
condición: iban a poder tener una casa digna el día que tuviesen un hijo varón;
Severino les había negociado que si le daban un nieto varón, él les daba una
casa en el pueblo en el momento que le confirmaran la noticia.
Por suerte del destino, o no, no solo
tuvieron un varón, sino dos. Por el primero les dio la casa y por el segundo,
una cosecha.
De allí,
la suerte y el enternecimiento de Irman fueron dando un giro, y aunque amó a su
marido luego de tener dos hijos, fueron mi papá y mi tío quienes cambiaron la
desdicha de sus vidas, de la de mi abuelo, de la de mi abuela…
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Micaela Pereyra
Cerró su baúl con candados y asegurándose de perder las llaves tapó sus
ojos y las tiró hacia la nada con la fuerza de un animal; luego de esto subió a
otra montaña más alta a vivir. Su baúl quedó en la casa vieja junto a las
manchas de humedad y abandono.
- ¿De
dónde venís?, ¿Quién sos? Le preguntó una voz.
No supo que contestar. Para eso tuvo
que volver, bajar a la otra montaña y arrodillarse entre la desolación a roer
con sus desgastados dientes, como una rata vieja y con hambre, los candados
para abrir ese baúl aun sabiendo que iba a encontrarse con su todo podrido,
morado verdoso, ya sin poder volverse a usar. De antemano suplicó al cielo
encontrarlo así, temía no poder soportar el dolor.
En silencio sanador subió otra vez a
su hogar. Su pasado había muerto de Alzheimer.
La lluvia comenzó a caer finita y en
gran cantidad abrazando sus pestañas, uniéndose con la sal de las lágrimas que
estaban ahí, en sus expresiones, fundiéndolas en ella. Caminó despacio, entre
piedras grises y cascadas de agua helada que llevaban en sus bolsillos peces
grandes que se habían robado el atardecer. Se detuvo por un momento, se sumergió lentamente en el río y le pidió por favor que arrancara de la raíz de sus cabellos los restos de
recuerdos que se estaban quedando sin memoria corriendo el riesgo incluso de
desaparecer.
De a partículas se fue desintegrando junto al
dolor todo su ser. Siguió su curso con
el río siendo nada durante toda la tarde hasta que en el musgo de una piedra volvió a nacer.
Había tenido otra oportunidad. Estaba
teniendo un nuevo inicio.
Ya en su hogar, de madrugada junto al
fuego inquieto de las brasas la voz reapareció como humo, bailando detrás de
sus orejas y suavemente volvió a preguntar…
- ¿De
dónde venís?, ¿Quién sos?
El río le había dicho la respuesta:
- Soy barro, soy maíz, soy Cielo,
Tierra y Mar. Soy polvo de estrellas que tiene la alegría de ver el alba, el
viento en los árboles, la luna nueva. Soy alma que sueña con flores, soy el
cuerpo por donde la sangre corre hirviendo,
mis pies se funden con el barro, son raíces que se nutre de esa lluvia
que deja el perfume de la tierra mojada y que lava los dolores. Soy una
creación de amor. un pedacito de Big Bang. Soy parte de la Pacha. De ahí vengo
yo. Y eso me alcanza para vivir feliz. Contestó.
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Ornella Cecchini
Tu papá y yo éramos tan jóvenes,
apenas estábamos dejando atrás la adolescencia, pero nos enamoramos, como quién
dice "amor a primera vista". Nos casamos y, al poco tiempo,
comenzamos a anhelar la llegada de un bebé, pero Dios no lo enviaba; pensábamos
que tal vez no era el momento, que tendríamos que esperar o que, quizás, nunca
llegaría. Y luego de cuatro largos años de espera recibimos la esperada
noticia, íbamos a ser padres de un niño.
Tan complicado fue mi embarazo, meses
en cama, dolores, miedos... y sufrir, justo en ese momento, la pérdida de mis
padres. Pero vos estabas llegando, vos me dabas las fuerzas que necesitaba, la
emoción de saber que pronto ibas a nacer me ayudaba a seguir a adelante.
17 de mayo de 1983, 4. am, las
contracciones empezaban... Tan solo hacía siete meses que estabas en mi
vientre, los médicos hicieron lo posible por detener el trabajo de parto, pero
no pudieron hacerlo y dos horas más tarde naciste.
- Lamentamos darle esta noticia, pero
hay pocas posibilidades de que el niño pase la noche. Puede ir a verlo si
desea. Dijeron los doctores.
Tan chiquito, tan débil, tan
indefenso; en la incubadora, lleno de tubos, tapadito con una sábana blanca.
"Hijito por favor sé fuerte", te decía mientras se me caían las
lágrimas.
- ¡Está sufriendo un paro
respiratorio! Gritaban los enfermeros, y yo, sin poder ayudarte. "Por
favor no te vayas hijo, por favor no te vayas"...
Las horas pasaban y se convertían en
días... y a medida que transcurrían empezaste a mejorar. Te habías salvado, pero
por desgracia habías perdido la vista. Eso no importaba, estabas vivo y tu papá
y yo prometimos darte una vida muy feliz.
Cuando diste tus primeros pasos,
notamos que de un modo u otro, siempre llegabas a tu mamadera, o a tu juguete
preferido. ¿Cómo puede ser? Pensábamos. "Tal vez es costumbre, siempre
dejamos las cosas en el mismo lugar". Y comenzamos a cambiarlas, pero vos
igual encontrabas lo que buscabas... Un día fuimos a un control y el doctor nos
dio la gran noticia:
- Su hijo ve. No demasiado, pero sí lo
suficiente para poder manejarse solo.
A medida que ibas creciendo, tu
dificultad te acompañaba, pero eso no te impedía desarrollarte fuerte y feliz
como los demás niños, eras muy inteligente.
Cuando llegó la hora de empezar la
escuela, decidimos mandarte a la escuelita del barrio, vos estabas muy
entusiasmado. "Quiero aprender mamá", me decías. Sin embargo, al
tiempo comenzamos a notar desilusión, tristeza y desinterés en vos. Te
preguntamos qué te pasaba.
- La señorita Gloria no me quiere, dice
que por mi culpa se atrasa la clase, escribe en el pizarrón con letra chiquita
para que yo no vea, no me corrige mi tarea, no me escucha y dice que tengo que
ir a una escuela donde los nenes usan bastón blanco... ¿Qué quiere decir eso?
-Y te tiraste a llorar en mis brazos...-
Inmediatamente fui a la escuela a
hablar con tu maestra, pero ella insistía con que vos no veías, que necesitabas
una maestra especial porque ella no podía con todo, que le dificultabas la
clase. Y ante la impotencia y la injusticia te cambiamos de colegio, claro que
la situación no era la misma, te sentías más cómodo en tu nueva escuela, pero
los problemas seguían...
- ¡Miren! ¡El cuatro ojos! Te decían
tus compañeros, entre tantas otras tonterías de chicos que tuviste que soportar
siempre.
Pero
pudiste entenderlo, eras igual que cualquiera de ellos. Y nunca te diste por
vencido... Afrontaste las dificultades de la vida con inteligencia. Siempre
amaste estudiar, y lo hiciste durante toda tu vida; con tu lupita y tu velador,
pasaste noches enteras leyendo esos libros enormes que tanto disfrutabas. Esas
"dificultades" que parecían ser insuperables, hoy ya no existen. Y
continuás la lucha que tuvimos nosotros ante las injusticias sociales y la
discriminación que existió y todavía existe. Sos el orgullo más grande que
tenemos.
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Evelyn Oliva
Ella habitaba en un pueblo pequeño, él
en un desolado campo. Ella vivía con su papá, su mamá y cuatro hermanas. Él con
su papá, su mama, seis hermanos varones y un sequito de animales de granja. Con
varios kilómetros de distancia surgió esta hermosa historia de amor.
Allá por el año 1965 comenzó todo.
Cuando se esperaban con ansias “los bailes” multitudinarios ya que había solo
dos en el año. Así se cruzaron, bailando. Sobraban las palabras, entre miradas
se dijeron todo. Se unieron al ritmo de la música y nunca más se separaron.
Hoy se complementan, lo que le pasa a
uno le pasa al otro, jamás se dejan solos sin importar la situación. 50 años
después con toda una familia fundada por ellos, sus miradas siguen persistiendo
como el primer día, el brillo en los ojos, sus sonrisas y el amor.
Amándose
tantos años me enseñaron lo que son los sueños y como estos se concretan, el
valor de las pequeñas cosas, el respeto, como todo llega cuando se quiere. Me
enseñaron a perseverar, a saber esperar. Ellos fundaron mi historia personal.
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