escritura, extrañeza, experiencia

Durante el ciclo 2014 creamos un Taller de Narrativa como espacio curricular optativo en el Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba, Argentina.

Este blogfolio reúne algunas de las propuestas de trabajo y de las producciones de los alumnos. Los textos de apertura de cada tarea y el diseño de las consignas corresponden a la Profesora Beatriz Vottero, creadora y responsable del taller.

7/12/14

1.1 consigna de escritura: "nuestras escenas fundacionales"

Escribimos, entre la realidad y la ficción, o desde la realidad de la ficción, un relato en torno a una escena que consideremos -de alguna manera- inaugural de una línea biográfica en la que arraiga nuestra existencia. Desde luego, estará atada -amalgamada, ensamblada, hilada- con tantas otras escenas e historias anteriores, que la preceden y en las que se proyecta. Pero será especial porque nosotras la elegimos para contarla.
Una escena, una imagen, una etapa. Importa que nos convoque a narrarla, a reconstruir diálogos, escenarios, a imaginar qué pasó, cómo sucedieron las cosas.
Puede surgir de la pregunta que nunca antes habíamos hecho, o que hicimos a medias y ahora retomamos. O surgir de algo que nos contaron hace mucho, o hace poco.
Las invitamos entonces a escribir esa historia, quizás nacida del otro lado del mar desde la decisión de un abuelo inmigrante; o amarrada a esta tierra, al pueblo donde nacimos o nacieron aquellos que nos precedieron, a una casa, a un paisaje, a un episodio.

Y nos leemos. Con el respeto y la delicadeza que requiere nuestro taller, confiándonos entre nosotras esos lazos que nos unen a la familia y que desde este espacio íntimo y comunitario a la vez, nos va a unir entre nosotras.

Algunas producciones:

El principio
Gabriela Zabala

Cuarenta y siete años tenía Germán Jiménez cuando sus años de fumador se le vinieron encima con toda la fuerza de la enfermedad. Su vida había perdido el sentido desde hacía un tiempo, cuando su último hijo de tres meses perdió la vida. Con su niño se fueron sus alegrías y sus esperanzas y, aunque sus otros cuatro hijos querían seguir teniendo a su padre, él bajó los brazos y se entregó a la muerte. Germán era ferroviario. Había venido de España junto a sus hermanos cuando era muy pequeño y se habían instalado en Rosario. Sin embargo, por cuestiones de trabajo, vivía desde hacía diez años en Río Cuarto junto a su mujer y a sus hijos. La vida le regaló una familia hermosa pero la muerte se lo cobró llevándoselo joven. Germán murió y les dejó a su mujer y a sus hijos nada más que su cuerpo.
Antes de morir, sus hermanos se lo habían llevado a Rosario para internarlo en un hospital un poco más equipado que el de Río Cuarto. A su muerte, ellos decidieron enterrarlo allí, en el panteón que tenían reservado. Aurora, su mujer, que sólo tenía lugar para el dolor, no quiso abandonar lo único que le quedaba de su esposo. Pensó que aquellos restos, sólo vestigios de lo que Germán era, debían quedar en la ciudad donde crecerían sus hijos. Aunque fuera tan sólo para llevarle un par de flores cada mes y llorar sobre su tumba.
Con esa fuerza maternal que sólo una mujer puede tener en momentos tan difíciles, les dijo a sus cuñados que se llevaría a Germán, para tenerlo allá, cerca de los suyos, cerca de sus hijos. Ellos se opusieron terminantemente pero Aurora, sin hacer caso a las negativas, llamó al gremio de ferroviarios y un vagón frío, oscuro y húmedo llegó para transportar el féretro. Allí metió a sus cuatro hijos y al cuerpo de su esposo. Cerró las puertas dispuesta a partir con todo el peso de las obligaciones en su espalda. El tren iba a arrancar cuando sus cuñados, aglomerados alrededor del vagón, comenzaron a golpear las puertas y a gritar obscenidades, negándole su apoyo. “¡Puta! ¡Reventada! ¡Dejalo acá! ¡No te lleves a nuestro hermano! ¡Hija de puta!” Y con esos insultos raspando sus oídos y su alma partió junto a los suyos hacia Río Cuarto. Sin trabajo, sin marido y con cuatro hijos que debían estudiar.
Pedro, su hijo mayor de quince años, supo que su vida ya no sería la misma y que sus hermanitos jamás entenderían ni compartirían lo que él había vivido. “Adulto, Pedro, ahora serás un adulto”, le dijo su madre. Sus ojos miraron el cajón inerte que estaba en medio del vagón y un reproche se presentó en su mente: “¿Por qué nos dejás? ¡Despertate!”. Entonces, una lágrima cayó por su mejilla, anticipando el llanto que siguió hasta muy tarde. Serían las últimas lágrimas que derramaría en toda su vida. Ya su corazón se transformaba en piedra. Sus ojos perdieron la última mirada de niño cuando supo que sus hermanos quedarían a su cargo.
Ese niño convertido abruptamente en adulto era mi abuelo. Tal vez esté en este instante charlando con su padre, Germán y su madre, Aurora. Quizás se estén riendo de las inclemencias de la vida que desde allá arriba se verán tan insignificantes. A lo mejor Pedro le estará pidiendo explicaciones a su padre. Pero hay algo seguro, por lo menos para mí: están rezando por la familia que consolidaron y que los recuerda desde acá.
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Félix
Giuliana Capellino

Desde chiquito me acostumbré a ver la cara de tristeza de mi mamá, a mis hermanos entre juguetes viejos, con la ropa que a mí ya no me andaba, a mi papá fuera de casa todo el tiempo luchando en el ejército de Alfonso; a tener la alacena vacía, a compartir entre todos un mismo plato de comida, bueno, ¿para qué seguir? Todo estaba devastado, parecía irónica la denominación con la que solían hablar de mi país… “la bella Italia”.
El día que cumplí 13 años mi mamá Felisa me llevó a su habitación, vi que tenía los ojos llenos de lágrimas, algo me pareció extraño. Al ingresar me dijo que tenía miedo. El silencio se adueñó de la sala húmeda en la que dormía, desde hacía un tiempo, sola. Me tomó la mano y la puso en su pecho, le advertí que me ocuparía del alimento del día, que se quedara tranquila, pero no era eso. Me pidió ahogada en llantos que dejara Italia porque temía que dentro de poco me involucraran en el ejército al que pertenecía mi padre Bautista y que me devolvieran al cabo de un tiempo, como muchos otros, sin vida. Mencionó un país de nombre raro, no sé… me retiré de la habitación asustado, corriendo.
Ese día mi casa era un desorden, mis hermanos tan pequeños no entendían lo que realmente sucedía, me seguían porque querían jugar conmigo y yo estaba anonadado, sólo me daba vueltas en la cabeza lo que me había dicho mi mamá. Tampoco yo entendía muy bien lo que pasaba, pero comenzaba a comprender.
Al mediodía nos sentamos en la mesa, cada uno se sentó en frente a un bollito de pan ya distribuido sobre el mantel. Mamá nunca comía, decía que nosotros necesitábamos comer para crecer, que ella ya era grande y la comida era para los chiquitos. Inmovilizada, Felisa cortó una manzana en tres partes, un pedazo fue para Juan, otro para Pedro y el tercero para mí… Siempre resaltó la importancia de compartir todo, y eso hicimos siempre, compartíamos hasta lo que faltaba.
Inmediatamente fui al cuarto, seguía con las palabras de mi mamá en la cabeza. Cuando entré, vi sobre la cama un pañuelo envolviendo algo y sus puntas unidas de manera que quedaba cerrado. Lo abrí con la ilusión de que fuera una pelota, me emocioné hasta el punto que grité con todas mis fuerzas… pero cuando lo abrí vi mucho pan, y pensé ¡qué tonto! Era imposible, mi mamá nunca podría comprarme la pelota con la que jugaban los hijos de los mandatarios.
Inmediatamente entró detrás de mí mi madre y me dijo que nos apresuráramos, a media tarde salía el barco que debía tomar para viajar a Argentina. De un sobre sacó un pasaje que me había mandado mi padrino ya instalado en aquel país. Dentro del pañuelo lleno de provisiones había un papel que tenía el nombre completo de mi padrino y una dirección, allí debía llegar, él me estaría esperando.
Nos dirigimos hacia el puerto, mamá me despidió muchos metros antes llorando disimuladamente. No quiso verme embarcar. Me dio un abrazo tan fuerte y pegó su rostro tanto conmigo que sus lágrimas se volvieron mías.
Había tanta gente que me perdí en la multitud queriendo no mirar hacia atrás, ya bastantes recuerdos tenía de mi mamá con ojos tristes.
El pañuelo pesaba un poco, por lo que lo dejé a orillas del puerto y me senté a esperar. Pero vi un par de niños jugando con un bollo muy grande de papel, era prácticamente una pelota. No aguanté de las ganas y corrí con ellos hasta la señal de partida del barco, que fue lo que me hizo reaccionar y darme cuenta que tenía que subir. Entre tanta gente no encontraba la pañoleta verde con la que mamá Felisa me había envuelto las provisiones. El barco anunciaba con bocinazos que estaba por partir y antes de perderlo, me subí con nada. Lo único que llevé conmigo fueron las últimas imágenes que tuve de Revello, de mi familia y algunas, un poco gastadas, de mi papá.
Estaba solo, desprotegido; mi pasaje de tercera tampoco me brindaba muchas comodidades. El viaje, sin embargo, resultó ameno porque mucha gente que se encontraba en la misma situación me ayudó a soportar la angustia.
Un día, como cualquier otro, en el transcurso de mi emigración, me encontré con una jovencita de mi edad, nos conocimos jugando de casualidad, se llamaba Francisca, nos hicimos amigos. Le conté de dónde venía y porqué estaba allí; ella conmovida por mi historia se propuso ayudarme, no podía creer que viajaba sin pertenencias, sin compañía, sin destino. Habló con su familia. Al cabo de un tiempo, sus padres, el señor Giustetto y su esposa me prometieron que me iban a proteger toda la vida, me ampararon como si fuera uno más de ellos.

Pasó mucho tiempo desde ese entonces hasta ahora. Yo, Félix Capellino, no hubiera sido nada sin la ayuda de la familia que me acogió en aquel viaje. Pasaron pocos años de arribar en Argentina cuando me casé con la hija de Don Giustetto y nos instalamos en el campo de una zona llamada La Palestina que él compró para que trabajáramos. Tuvimos una numerosa familia, 11 hijos y una casa grande para todos ellos.

A veces me pregunto qué habrá sido de mi padrino, cansado de esperarme quizás se convenció de que nunca viajé.
Mis hermanos menores, Pedro y Juan, vinieron a Argentina mucho tiempo después, y me contaron que en el puerto, cuando partí, alguien encontró la pañoleta de nuestra madre con las provisiones que me había preparado y mis documentos, y ese día golpearon la puerta de casa, en Revello y le anunciaron mi muerte a Felisa. Eso hizo que sus ojos dejaran de brillar más aún y se pasó la vida creyendo que la mía había terminado a los 13 años.
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Milena Melgarejo

Nací en la provincia de Corrientes, más precisamente en la ciudad de Bella Vista. Soy el segundo de catorce hermanos. Mis padres, los dos muy jóvenes cuando yo llegué, vivían en el campo y allí trabajaban.
A mis seis años comencé la escuela, con mucho sacrificio porque para llegar a ella teníamos que caminar tres leguas, mis hermanas y yo, con esos calores que dañaban nuestros pies descalzos.
Pasaron tres años y ya éramos cinco hermanos. La situación económica era bastante mala, y mis padres decidieron que yo, el único varón hasta entonces, tenía que empezar a trabajar. Y así fue. Comencé a trabajar en el invernadero de mi tío, y al poco tiempo arranqué a ir a las cosechas de tomate. 
Como las campañas duraban tres meses, aproximadamente, no tuve otra alternativa que dejar la escuela. De cualquier modo, lo más importante era ayudar a mi familia.
Cuando cumplí los trece años, ya habían nacido tres hermanitos más, mi familia seguía agrandándose y las cuestiones económicas empeoraban. Era desesperante, dentro de lo que yo entendía, repito, con sólo trece años.
Era muy común que mi tío, el hermano de mi mamá, viniera a almorzar los domingos a casa. Comíamos debajo de unos algarrobos enormes, donde corría, muy lentamente, un poco de aire fresco. Adentro era insoportable estar debido a que las temperaturas en el verano eran muy altas.
En un momento, mi tío dijo que tenía que darnos una noticia y nos pidió que le prestáramos atención. Nos comunicó que le habían ofrecido trabajo en Buenos Aires, como cuidador de caballos, y que quería llevarme con él.
A mis padres esta noticia les cayó como un balde de agua fría; pero a los pocos días de haberlo pensado y considerado entre ellos, aceptaron la petición. Me llamaron al patio de la casa y dijeron cuál sería mi destino.
Sin decir una palabra y con un nudo en la garganta, metí en una bolsa las únicas dos mudas de ropa que tenía, y en tren, partimos hacia Buenos Aires. Cuando sentí encender los motores, mi corazón se paralizó un instante. Yo, un niño de trece años, estaba dejando a mi familia y una sola pregunta retumbaba en mi cabeza, ¿los volvería a ver alguna vez?
Sin entender mucho lo que pasaba, tuve que hacerme hombre y dejar de preguntarme por qué me había tocado vivir eso, en cierto modo mi preocupación era otra, yo tenía que trabajar para ayudar a mi familia y así, volver a vivir con ellos.
Al año siguiente le llega una carta a mi tío con la noticia menos esperada; mi padre había fallecido en un accidente laboral. No existen palabras para describir el dolor que sentí ese momento. Lejos. Solo. En la distancia.
En Buenos Aires viví hasta mis quince años, luego, viajé con mi tío a La Pampa y allí vivimos tres años, hasta que un día recibí una llamada desde Mercedes, provincia de Corrientes, en la cual me comunicaban que tenía que hacer el servicio militar.
Lo reconozco, tuve miedo, no sabía lo que me esperaba allí; sin embargo, este sentimiento era el mismo que venía sintiendo desde el día que me fui de la casa de mis padres. Llegué al lugar donde me habían citado, me hicieron dejar mis pertenencias, y allí estuve siete meses hasta que me dieron de baja.
Cuando salí, fui directamente a ver a mi mamá y a mis hermanos. A la mitad de ellos no conocía. Pasé unos hermosos días con mi familia y desde ahí emprendí viaje nuevamente, esta vez hacia Formosa. Allí me esperaba mi tío. Vivimos muy poco tiempo, casi seis meses; no había mucho trabajo y encima no nos pagaban bien.
Después, viajamos a Rosario, porque mi hermana más grande, enterada de nuestra situación, nos había conseguido trabajo. Durante tres años trabajamos en distintas obras de construcción, con gente muy buena y humilde.
Allí sucedió que Uno de los capataces nos dijo que se iba con su esposa a vivir a Córdoba, como empleados en un campo llamado “La Stipa”, y que el dueño de este lugar les había dicho que necesitaba tamberos.
Sin pensarlo mucho, mi tío y yo emprendimos viaje hacia la provincia de Córdoba. Vivimos un tiempo en ese campo, y luego conseguimos trabajo en el frigorífico del pueblo. A esta altura de mi vida, con casi treinta años, y golpeado por todos lados, no tenía esperanza alguna de poder formar la familia que siempre quise tener y me arrebataron.
Un día me enteré que en el pueblo se organizaba un campeonato de bochas, y como a la mañana siguiente no trabajaba, fui.
Esa noche conocí a una bella mujer, de pelo largo negro y ojos achinados, un poco tímida, pero a su vez se le notaba cierta picardía. Me acerqué y hablamos un rato. ¡Ella atendía el club donde se hacían los torneos de bochas! Desde que supe eso, fui todos los días durante tres meses para conquistarla.
Al cabo de un tiempo nos pusimos de novios, y en un año ya vivíamos juntos.
Hoy, después de veintidós años de conocerla, seguimos juntos, con cinco soles de hijos y un perro. Hoy, después de tantas tormentas atravesadas, salió el sol. Hoy, tengo conmigo la familia que siempre anhelé. 
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Italia- 1916
Agostina Medina

Era una tarde que no solo el calor alteraba a la gente sino también la necesidad de huir de ese lugar. Los barcos a la orilla de la costa esperaban su turno para salir. El primer aviso fue para María y Anastasio quienes emprendieron el primer viaje desde Italia a Argentina.
Una vez en el mar, las olas provocaban que el gran barco se precipitara hacia un lado y otro, provocando el mareo de los tripulantes. El bamboleo se incrementaba cada vez más y se acercaba la tan temida noche.
La suerte estaba echada. A media noche todos se encontraban en cubierta, cuando luego de una fuerte explosión el barco comenzó a hundirse. Todo era caos alrededor de María y Anastasio que no comprendía lo que estaba sucediendo, pero que, por instinto de supervivencia, habían amarrado sus ropas a un gran trozo de madera.
La gente comenzó a tratarse al mar para evitar ser absorbidos por el oleaje que generaba la nace de hundirse.
Los hermanos, se zambulleron sin soltar la madera y comenzaron a nadar lejos del gentío que de a poco se ahogaba. El conocimiento que el poseía de las estrellas, les permitió encontrar el rumbo. Nadaron hasta quedar exhaustos y cuando sus esperanzas ya habían desaparecido, apareció el siguiente barco que los rescató como los únicos dos sobrevivientes y los hizo llegar sanos y salvos a América.  
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Estela Azul
Ana Laura Mazuecos

Ella, una vez más, robó un corpiño de su madre y se ocultó en el cuarto. Buscó dos pares de medias y se armó como la mujer que aún no era. Salió a trabajar de planchadora en la casa de una familia bien posicionada. Con sus doce años, dibujaba el ángulo de la esquina del bar con toda estela. Mario, que frecuentaba el lugar, la miraba todos los días, deseoso de tenerla, hasta que un jueves decidió interceptarla para hablarle. Él conocía la historia de vida de Delma: hija de una viuda joven, pobre y con dos hermanos lactantes. Podría desposarla un buen día y sacarle un peso de encima a Doña Antonia.
Tres meses después, Delma ya no usaba ropa interior ajena. Quería ser niña por siempre, pero un acuerdo entre mayores y un altar estaban definiendo su destino. Por última vez decidió llorar como una niña, patalear y bañar en lágrimas un vestido de novia prestado. Delma se casó y así cumplió el sueño de toda muchacha, pero el problema era que este sueño estaba fallado, ocurrió inesperadamente y con una persona que jamás amaría. Fue así que la sacaron del pueblo, le quitaron su media infancia que aún conservaba, le destriparon la inocencia y la virginidad. Luego de unos meses  de casada, tuvo la oportunidad de ver una vez su sangre derramada, ya que después debió entregársela, sin opción, al niño que fecundaba su vientre.
Pasaron tres años y su vida fue un suplicio. Su matrimonio era un fracaso, su marido se ausentaba día de por medio, pero cuando regresaba sólo era para mostrar su borrachera y perfumar el aire con violencia. Delma prefería que él no estuviese en casa, aunque la comida escaseara y debiera cruzar dos campos hasta la casa de Isabel a buscar agua del pozo. Además, caminar le sentaba bien, Isabel era una mujer agradable que siempre tenía una rebanada de pan y una taza de leche para sus dos niños. Estar en la casa de su vecina le hacía olvidar de su vida infeliz.
Una tarde, apareció el hermano de Isabel en la casa, quien volvía de la Colimba para instalarse allí. Delma quedó impresionada porque él la saludó respetuosamente una vez y luego no volvió a mirarla en ninguna de las visitas que ella hacía a la casa. Muy distinta de la relación que había entablado con Lucía y Cilio, los pequeños, a quienes trataba con dulzura.
Una noche, Delma llamó desesperadamente a la puerta de Isabel quien la encontró toda golpeada y llorosa. Ella le contó que Mario había llegado borracho, había golpeado y gritado y se había marchado. La amable mujer la hizo pasar y buscó tranquilizarla. En ese momento en que Isabel limpiaba el rostro de la joven, apareció el hermano, Sixto, a quien los sollozos habían despertado. No pudo evitar sorprenderse al ver en el rostro de la muchacha vio el retrato del dolor en cada herida. De inmediato le dijo a Delma:
 -Arme sus cosas señorita, usted se viene conmigo.
La decisión no dio lugar a la duda. Salieron para la casa a juntar las poquitas pertenencias que Delma podía necesitar. Mientras ella armaba su bolsito, irrumpe en la casa Isabel exclamando:
- ¡Apúrense, allá viene Mario como un toro cruzando el campo! 
Ya no les quedó más tiempo. El muchacho cargó en sus espaldas a los niños y ella se aferró a su maleta. Corrieron por la parte trasera de la casa atravesando el yuyal que se habría en el paso dejando ver un camino. Debieron atravesar un alambrado que delimitaba el terreno y fue allí cuando Sixto pudo avanzar, pero ella enganchó su vestido azul en la púa de alambre. Mario se acercaba a la casa y alcanzó a ver a su mujer escapando. Por lo que enfureció y corrió pisando las huellas frescas que dejaban los fugitivos. Delma lo vio venir y temió, temió como nunca que su vida fuera igual al día siguiente, pero tomó valor y arrancó de un tirón el vestido rasgándolo para poder continuar su fuga.
Mario estaba tan borracho que un tropiezo impidió que continuara tras ellos y los vio desaparecer entra la noche. Él nunca fue a buscarla, pero se acercó cada día de su vida a contemplar la estela de aquel trozo de vestido azul.
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Historias de vida que marcaron la mía
Ayelén Altamirano

Luego de la muerte de mis bisabuelos maternos, mi nono, de diez años, junto con sus hermanos más pequeños fueron enviados por su hermano mayor de veinte años a trabajar a diferentes campos y de esa manera ganarse la vida. Como tenía que trabajar en el tambo, cuidando animales, arreglando cosas, no tuvo la posibilidad de asistir a la escuela.
 Se casó con mi nona, la cual conoció mientras trabajaba en un campo cercano al de ella, se casaron y se mudaron al campo en el que él trabajaba como peón.  Tuvieron dos hijos, mi mamá y mi tío. Al fallecer mi nona y tío, se trasladaron al pueblo. Mi nono utilizaba su pulgar como símbolo de firma. Al casarse mi mamá, se mudó  una casa al lado de la cual se crió y habitaba mi nono. Mi hermana mayor fue la que pudo aprovechar su cariño y compartir muchas experiencias. Cuando ella tenía ocho años le enseñó a escribir su nombre y eso fue lo único que él aprendió a escribir.
Una historia similar fue la de mi nona paterna. Cuso hasta segundo grado, la condición de vida no le permitía asistir al colegio, pero cada día se esforzaba por aprender.  Recuerdo que me contó que cuando tuvo la posibilidad de tener un   libro propio, “Las Mujercitas se Casan”, lo leyó tres veces para practicar lectura mientras la mandaban a cuidar los animales.
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Bisabuelos Esther y Antonio
Corina Meichtri
Asturias, España (1924)
Mientras empacaba sus pertenencias, Esther se preparaba mentalmente para afrontar el gran cambio que se avecinaba en su vida: dentro de unos días partiría, junto a su marido Julián y sus dos pequeños hijos, Manuel y Antonio, hacia tierras desconocidas, a encontrarse con la lejana América. El fin de tan largo viaje era escapar de la guerra en la cual Julián había sido reclutado. Esther no podía evitar pensar en su madre que, con tanto amor, la había preparado para afrontar los retos de la vida. El lazo que las unía era tan fuerte que estaba convencida de que su partida sería algo temporal y de que en un breve lapso de tiempo volverían a reencontrarse. Así que, una vez que hubo terminado de preparar lo que creía necesario para el viaje, aprovechó que Julián había regresado del trabajo y se podría quedar a cuidar a los niños, para ir a despedirse, otra vez, de sus raíces.
Luego de conversar largo tiempo con su madre y su hermana menor, se dirigió a la que antes había sido su habitación de paredes rosas y osos de peluche, reacomodo en su cama los almohadones con forma de flor, trasladó una pequeña silla celeste que su padre le había construido cuando era una niña, y se sentó a observar las estrellas, mientras imaginaba, más que su partida, su regreso.
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Infancia cómplice
Florencia Andrighetti

La cueva huele a chocolatada y galletas. Una puerta de colores, luces tenues que iluminan esta noche larga entre risas y enojos infantiles. No estamos todos, sólo este trío que alcanza para que las horas sean segundos. Papá y mamá duermen sin saber que se levanta en la magia de la niñez una enorme fiesta nocturna. Silencio, es un secreto. No podemos despertarlos. Cartas, juegos y un tarro de gelatina robado de la habitación vecina. La magia consiste en mantenernos despiertos, pero mi corta edad no sostiene mis párpados cansados y me hunde la marea atrapante desde la orilla del escondite. Sigan sin mí.
Pero no, me despiertan esos cuatro ojos gigantes y brillosos entre voces bajas que chillan:
-              ¡Florencia, el que se duerme pierde!
Y yo no quiero perder, eso haría a las burlas de mañana. El reloj empuja las agujas con un viento veloz que las aprisa. De pronto una carcajada canta en el aire y otra vez, silencio. Desde la otra habitación se escuchan las fuertes pisadas del monstruo que viene a matarnos el insomnio y dormirnos de un reto.
-              ¡Rápido, Germán! Apagá la luz.
Natalia nos hunde a todos debajo del colchón que minutos atrás me pareció que era un barco y una sábana nos tapó hasta las narices. El picaporte se movió despacio.
-              ¡¿Qué hacen?! Germán: a tu pieza.
Y así perdimos al capitán. Cabeza gacha, ojos de pronto dormidos, ceño fruncido. Se fue, y detrás papá cerró la puerta y se hundió en el sueño. Minutos de silencio en la oscuridad hasta que la primera valiente prende la luz. No todo está perdido. Ahora todo debe hacerse con más cautela, tardamos demasiado en cada paso en puntas de pie. Movimientos lentos, no nos choquemos nada. Abrimos lentamente la puerta que se hizo ruidosa y en pequeños suspiros gritamos al capitán que vuelva, no hay moros en la costa, y así se hizo, y las horas volvieron a su ritmo normal, esto es, veloces como el viento incesante que no se cansa en la felicidad hermanada de sangre. Un ir y venir de fantasías entre telepatías conectadas. Pero pronto, el misterio nocturno es derribado por el sol que derrite los cristales. Hemos arribado. ¡Hasta la vista! Nos veremos en un próximo encuentro secreto.
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Mi historia fundacional
Julieta Domínguez

Lo que les voy a contar, sucedió antes de mi nacimiento.  Antes, incluso, que el de mis padres.
Era yo niña cuando supe de la historia familiar. Recuerdo haber estado jugando en la galería de la casa de mi abuela. Yo la oí de su boca y ella, no lo supo.
Lo que mi abuela decía no era del todo claro. Ella le hablaba a su hermana y yo no comprendía por qué hablaban de sus padres con tanto misterio.
Entendía que algo se estaba omitiendo. Era fácil saberlo, cuando se debía pronunciar una palabra, se hacía silencio o podía ver a mi abuela abrir grande sus ojos a modo de alerta para que, dicha palabra, no se dijera.
Pero la conversación fue larga y ellas olvidándose de mí, sin darse cuenta, la dijeron. Nombraron la palabra y seguido vino una oración que se detuvo en mi memoria y que, hoy, puedo al fin, yo, decirla. Me he sentido desde entonces como aquellas que trataban de omitir lo importante.
Aquel día, sin recato, ellas lo habían dicho todo sin saber que yo las había oído. Las escuché y mis sensaciones se revolvieron. Pensé en mi primito, casi de mi edad, con el que siempre jugaba y entendí, luego, por qué no debía haberme enterado de aquella historia que, a la vez, entiendo ahora, era mí historia y merecía saberla.
Traigo a mi mente la imagen de mi abuela y recuerdo a sus padres, protagonistas de aquella charla que llegó a mis oídos en la niñez. Era la historia de su amor, la de mis bisabuelos. Sí, el secreto rondaba en eso. Una historia de amor tragicómica que desencadenó en mí; en la posibilidad de mi existencia.
El misterio estaba sobrecargado de “pecado” según los ojos de algunos, tal vez de ellos mismos, no lo sabré. 
Mis bisabuelos paternos eran primos hermanos, así patentaron su vínculo. Muchos hablaban de que se habían condenado, yo no lo creo.
Gracias a ellos, nació mi abuela quien me enseñó mucho de lo que sé y me crió. De ella, mi abuela, nació mi padre y fue él quien me dio la oportunidad de estar aquí, en este mundo.
Se sabe que el amor sufre de locura, que trae arraigado en el aire finos hilos que unen a personas sin importar sus condiciones, posiciones, creencias, ideales. Diría que carece de respuesta a todo “por qué ocurren estas cosas”.
Por suerte, no tengo necesidad de preguntármelo. Sólo sé que confío en mis orígenes, en cómo se ha ido escribiendo, en los puntos y comas, en los interrogantes, exclamaciones; en sus propias equivocaciones, tachaduras y correcciones. Pero creo firmemente en su lucha, en sus deseos de ser y seguir juntos.
¿Yo juzgarlos? ¡Jamás! No, no hay modo. Mi abuela, ese ser que me da luz, al que tanto le debo, justifica y perdona todo. Ella, no es más que un puñado del amor que me legaron. Una de las personas que más amo.
Ella, Blanca, es eso. El blanco que acompaña al negro, a la claridad. Es mi abuela.
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Mariana Cattani

Entre 1876 y 1976 cerca de 26 millones de italianos salieron de su tierra natal en dirección a varios puntos del mundo. Una gran parte de estos inmigrantes partió desde el puerto de Génova, pero también partieron desde Sicilia y de puertos en otros países europeos.
Agustín Cattani junto a su esposa Delfina Montali, viajaron uno de esos barcos para poder escaparse de la guerra de la cual su país pertenecía. Olas oscuras y enormes se levantaron hasta la cubierta del barco y caen sobre ellas con un estruendo. Las velas se levantaron hasta la cubierta del barco y caen sobre ellas con un estruendo. Las velas se tensan y se rasgan, solo una de ellas resiste, como si fuera de hierro. De pronto se oye un fuerte ruido y todo el barco se sacude.
La tormenta se había desatado dos días después de que zarparon de Génova. Las personas allí presentes miraban como el velero daba bandazo entre las olas, y todos tuvieron que lidiar con el mareo. Apaciguaban el estómago comiendo pan y tomando leche, llevaban una jaula antimoscas donde estaba la carne condimentada con la sal, que cocinaban luego. En son de broma decían que su comida era más sabrosa cuando salía de su boca que cuando entraba.
El barco avanzaba sacudiéndose hacia el este, pero el capitán y los tripulantes no estaban preocupados, sabían que el viento pronto cambiaría de dirección y enviaría la nave hacia el oeste.
Al amanecer, Agustín y su capitán evaluaron la situación. Los daños eran terribles. De repente, un ruido atronador y chirridos de maderas se oyeron a borde del barco. Los hombres que estaban en cubierta, buscaron un sector del barco más seguro para las mujeres y niños que estaban allí, temerosos de que los cables cayeran sobre sus cabezas. Sin nadie que la sostuviera, la puerta superior se vino abajo. Los tripulantes quedaron boquiabiertos.
Después de otros tres días agotadores de navegar en aguas turbulentas, el barco por fin llego a destino. Los hombres ayudaron a descender a las mujeres y niños que estaban tan asustados que lloraban desconsoladamente abrazándose todos juntos por haber llegado a salvo a destino. Su terrible viaje había terminado. Pero las lecciones que habían aprendido y las huellas que en ellos había dejado su capitán permanecerán por el resto de su vida.
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Marisol Nespolati
Historia fundante: fe de erratas de dos piamonteses.
Aproximadamente en 1915 llegó la familia Costamagna desde Italia a habitar las amplias tierras del campo argentino, cerca de un pequeño pueblito llamado Ticino.
Al igual que el aceto, era de agrio el viejo. Severino, su mujer y cuatro hijas, allí, ínfimos en la inmensidad del campo verde… un verde que poco a poco, con el paso del tiempo se fue percudiendo del blanco y negro del bovino, de la lana de las ovejas, del oro del trigo, del rojo del sorgo…
El viento soplaba risas chillonas, vocecitas agudas que se fueron intensificando con el tiempo, al igual que el mal humor de su padre al ver que sus hijas ya tiraban para solteronas. El alto, el serio, el viejo ya tenía pelo blanco y se mezclaba con el del rebaño.
Pero en algún momento Se sumaron tres voces más graves que las del viejo, voces que venían a hacer la labor que él ya no podía. Hombres que se fueron posteriormente con sus respectivas hijas, esas que don Severino las había engendrado en el vientre de su mujer y ahora las daba como parte de pago.
La peor de las suertes la tuvo la menor, Irman. Tenía veintiún años y ahora se encontraba casada con un campesino piamontés igual que ella, que había viajado igual que ella, rubio como ella… pero con veintisiete años más. El problema, sin embargo, no era ese, ya que era común en la época. El problema era que ella no se quería casar y quería leer en el portal de su casa hasta viejita.
Pero ahora estaba con esposo, Domingo, arruinado por el frío, el calor, el trabajo de sol a sol bajo el resplandor, que había hecho desde pequeño.  Ella, niñita de bien, tenía que compartir su vida sin amor y con la presión de buscar un hijo para embargar su futuro. De todas sus metas, ninguna se había cumplido, mientras que las de Domingo habían superado sus expectativas: había concretado matrimonio con la hija del patroncito. Sin embargo, se había impuesto una condición: iban a poder tener una casa digna el día que tuviesen un hijo varón; Severino les había negociado que si le daban un nieto varón, él les daba una casa en el pueblo en el momento que le confirmaran la noticia.
Por suerte del destino, o no, no solo tuvieron un varón, sino dos. Por el primero les dio la casa y por el segundo, una cosecha.
De allí, la suerte y el enternecimiento de Irman fueron dando un giro, y aunque amó a su marido luego de tener dos hijos, fueron mi papá y mi tío quienes cambiaron la desdicha de sus vidas, de la de mi abuelo, de la de mi abuela…
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Micaela Pereyra

Cerró su baúl con candados y  asegurándose de perder las llaves tapó sus ojos y las tiró hacia la nada con la fuerza de un animal; luego de esto subió a otra montaña más alta a vivir. Su baúl quedó en la casa vieja junto a las manchas de humedad y abandono.
-              ¿De dónde venís?, ¿Quién sos? Le preguntó una voz.
No supo que contestar. Para eso tuvo que volver, bajar a la otra montaña y arrodillarse entre la desolación a roer con sus desgastados dientes, como una rata vieja y con hambre, los candados para abrir ese baúl aun sabiendo que iba a encontrarse con su todo podrido, morado verdoso, ya sin poder volverse a usar. De antemano suplicó al cielo encontrarlo así, temía no poder soportar el dolor. 
En silencio sanador subió otra vez a su hogar. Su pasado había muerto de Alzheimer.
La lluvia comenzó a caer finita y en gran cantidad abrazando sus pestañas, uniéndose con la sal de las lágrimas que estaban ahí, en sus expresiones, fundiéndolas en ella. Caminó despacio, entre piedras grises y cascadas de agua helada que llevaban en sus bolsillos peces grandes que se habían robado el atardecer. Se detuvo por un momento, se  sumergió lentamente en el río y le pidió  por favor que arrancara  de la raíz de sus cabellos los restos de recuerdos que se estaban quedando sin memoria corriendo el riesgo incluso de desaparecer.
 De a partículas se fue desintegrando junto al dolor todo su ser.  Siguió su curso con el río siendo nada durante toda la tarde hasta que en el musgo de una piedra  volvió a nacer.
Había tenido otra oportunidad. Estaba teniendo un nuevo inicio.
Ya en su hogar, de madrugada junto al fuego inquieto de las brasas la voz reapareció como humo, bailando detrás de sus orejas y suavemente volvió a preguntar…
-              ¿De dónde venís?, ¿Quién sos?
El río le había dicho la respuesta:
-              Soy barro, soy maíz, soy Cielo, Tierra y Mar. Soy polvo de estrellas que tiene la alegría de ver el alba, el viento en los árboles, la luna nueva. Soy alma que sueña con flores, soy el cuerpo por donde la sangre corre hirviendo,  mis pies se funden con el barro, son raíces que se nutre de esa lluvia que deja el perfume de la tierra mojada y que lava los dolores. Soy una creación de amor. un pedacito de Big Bang. Soy parte de la Pacha. De ahí vengo yo. Y eso me alcanza para vivir feliz. Contestó.
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Ornella Cecchini

Tu papá y yo éramos tan jóvenes, apenas estábamos dejando atrás la adolescencia, pero nos enamoramos, como quién dice "amor a primera vista". Nos casamos y, al poco tiempo, comenzamos a anhelar la llegada de un bebé, pero Dios no lo enviaba; pensábamos que tal vez no era el momento, que tendríamos que esperar o que, quizás, nunca llegaría. Y luego de cuatro largos años de espera recibimos la esperada noticia, íbamos a ser padres de un niño.
Tan complicado fue mi embarazo, meses en cama, dolores, miedos... y sufrir, justo en ese momento, la pérdida de mis padres. Pero vos estabas llegando, vos me dabas las fuerzas que necesitaba, la emoción de saber que pronto ibas a nacer me ayudaba a seguir a adelante.
17 de mayo de 1983, 4. am, las contracciones empezaban... Tan solo hacía siete meses que estabas en mi vientre, los médicos hicieron lo posible por detener el trabajo de parto, pero no pudieron hacerlo y dos horas más tarde naciste.
- Lamentamos darle esta noticia, pero hay pocas posibilidades de que el niño pase la noche. Puede ir a verlo si desea. Dijeron los doctores. 
Tan chiquito, tan débil, tan indefenso; en la incubadora, lleno de tubos, tapadito con una sábana blanca. "Hijito por favor sé fuerte", te decía mientras se me caían las lágrimas.
- ¡Está sufriendo un paro respiratorio! Gritaban los enfermeros, y yo, sin poder ayudarte. "Por favor no te vayas hijo, por favor no te vayas"...
Las horas pasaban y se convertían en días... y a medida que transcurrían empezaste a mejorar. Te habías salvado, pero por desgracia habías perdido la vista. Eso no importaba, estabas vivo y tu papá y yo prometimos darte una vida muy feliz.
Cuando diste tus primeros pasos, notamos que de un modo u otro, siempre llegabas a tu mamadera, o a tu juguete preferido. ¿Cómo puede ser? Pensábamos. "Tal vez es costumbre, siempre dejamos las cosas en el mismo lugar". Y comenzamos a cambiarlas, pero vos igual encontrabas lo que buscabas... Un día fuimos a un control y el doctor nos dio la gran noticia:
- Su hijo ve. No demasiado, pero sí lo suficiente para poder manejarse solo.
A medida que ibas creciendo, tu dificultad te acompañaba, pero eso no te impedía desarrollarte fuerte y feliz como los demás niños, eras muy inteligente.
Cuando llegó la hora de empezar la escuela, decidimos mandarte a la escuelita del barrio, vos estabas muy entusiasmado. "Quiero aprender mamá", me decías. Sin embargo, al tiempo comenzamos a notar desilusión, tristeza y desinterés en vos. Te preguntamos qué te pasaba.
- La señorita Gloria no me quiere, dice que por mi culpa se atrasa la clase, escribe en el pizarrón con letra chiquita para que yo no vea, no me corrige mi tarea, no me escucha y dice que tengo que ir a una escuela donde los nenes usan bastón blanco... ¿Qué quiere decir eso? -Y te tiraste a llorar en mis brazos...-
Inmediatamente fui a la escuela a hablar con tu maestra, pero ella insistía con que vos no veías, que necesitabas una maestra especial porque ella no podía con todo, que le dificultabas la clase. Y ante la impotencia y la injusticia te cambiamos de colegio, claro que la situación no era la misma, te sentías más cómodo en tu nueva escuela, pero los problemas seguían...
- ¡Miren! ¡El cuatro ojos! Te decían tus compañeros, entre tantas otras tonterías de chicos que tuviste que soportar siempre. 
Pero pudiste entenderlo, eras igual que cualquiera de ellos. Y nunca te diste por vencido... Afrontaste las dificultades de la vida con inteligencia. Siempre amaste estudiar, y lo hiciste durante toda tu vida; con tu lupita y tu velador, pasaste noches enteras leyendo esos libros enormes que tanto disfrutabas. Esas "dificultades" que parecían ser insuperables, hoy ya no existen. Y continuás la lucha que tuvimos nosotros ante las injusticias sociales y la discriminación que existió y todavía existe. Sos el orgullo más grande que tenemos.
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Evelyn Oliva

Ella habitaba en un pueblo pequeño, él en un desolado campo. Ella vivía con su papá, su mamá y cuatro hermanas. Él con su papá, su mama, seis hermanos varones y un sequito de animales de granja. Con varios kilómetros de distancia surgió esta hermosa historia de amor.
Allá por el año 1965 comenzó todo. Cuando se esperaban con ansias “los bailes” multitudinarios ya que había solo dos en el año. Así se cruzaron, bailando. Sobraban las palabras, entre miradas se dijeron todo. Se unieron al ritmo de la música y nunca más se separaron.
Hoy se complementan, lo que le pasa a uno le pasa al otro, jamás se dejan solos sin importar la situación. 50 años después con toda una familia fundada por ellos, sus miradas siguen persistiendo como el primer día, el brillo en los ojos, sus sonrisas y el amor.
Amándose tantos años me enseñaron lo que son los sueños y como estos se concretan, el valor de las pequeñas cosas, el respeto, como todo llega cuando se quiere. Me enseñaron a perseverar, a saber esperar. Ellos fundaron mi historia personal.
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