Abrimos este
segundo foro para invitarlas a una nueva tarea de escritura. La propuesta es
pensar y reconstruir una escena particular vivenciada con alguna mujer de la
familia: madre, hermana mayor, tía, abuela (valen también las tías postizas,
esas del corazón, y todos los postizos, pero no -en esta ocasión- las amigas).
A partir de esa
escena recordada, van a escribir una anécdota, con las mayores precisiones, es
decir:
- describiendo
el escenario, el contexto
- recuperando (o
reinventando) diálogos
- caracterizando
a los personajes o actores intervinientes a través de sus rasgos más
significativos
- concluyendo
con una reflexión en torno a cómo aquella escena nos afectó
Extensión: una
página aproximadamente. Es libre la temática y el estilo: puede incluir o
basarse en el humor (de todos los tonos posibles), en una revelación, en una
confidencia, en un descubrimiento, en un enojo, etc.
De cuando las tardes eran en el cielo
Natalia Mana
Estrelicia, flor de jardín
Despréndete del tallo
Echa a volar.
(Haiku propio)
Por
aquellos años de infancia reduje mi compañía a una sola persona, una verdadera
amiga, maestra y compañera de aventuras. Aunque lejanos ya, esos años resuenan
como eco cuando tranquilamente evoco la felicidad.
Josefina
contaba con un reducido y delgado cuerpito, mucha vida, muchos años al lado de
mis nimios seis. Cualquier signo de longevidad era disipado por su diáfana voz,
¡y claro!, cómo no quererla para que sea mi mejor amiga si todo en ella era
perfecto, pero lo que más me gustaba eran sus ojos azules que siempre fueron,
es decir, de ella y míos, nuestro cielo a la hora de viajar.
Recuerdo
perfectamente como si fuese hoy, o la tarde de ayer, cuando salía de la escuela
y la ansiedad, característica que mantengo firme hasta el momento, me hacía
correr hasta casa, casa en la que aún hoy vivo, veinte años después. Con esa
misma velocidad hacía la tarea de la escuela, con su ayuda -la de Josefina,
claro está- las primeras letras, sumas y restas fueron pura alegría. Al cerrar
mis cuadernos lo mejor de todo era escaparnos por las tardes a algún país
desconocido.
Con
mi compañera de viaje, en aquel tiempo, emprendíamos ausencias tan largas y a
lugares tan remotos que creo no me alcanzaría esta historia para describirlos a
todos. Nunca subí a un avión, jamás
viajé más lejos que a Jujuy, pero cuando tenía seis fui a Italia pasamos por
Costa rica y Brasil.
Por
cuestiones de razonamiento básico, un avión, ese enorme pájaro de hojalata que
surca cielos, debe pesar unos 200.000 kilos aproximadamente -de este dato no se
fíen porque los números nunca serán mi fuerte-
en nuestro caso, viajeras improvisadas, no contábamos más que con una
gran habitación con vista al jardín, que hacía las veces de sala de espera para
los pasajeros que tomaban ese vuelo y de aeronave al mismo tiempo, unas cinco o
seis sillas que oficiaban de butacas en nuestro aparato volador. Hasta aquí
todo muy liviano. Nada de lo que teníamos lograba ni siquiera igualar la mitad
del peso de un aeroplano de esos que despegan en los aeropuertos, quizás, lo
único que conseguía parecerse a ese monstruoso aparatejo eran aquellos
pesadísimos fierros de acero y un par de manivelas que componían una vieja cama
ortopédica, lugar de residencia de Josefina desde hacía tres años ya. Con el
paso del tiempo al igual que un tren abandonado sobre rieles, los frágiles huesos
de mi compañera de excursiones se fueron oxidando hasta que no sirvieron más de
sostén para su diminuto cuerpo. Jamás su imposibilidad física fue impedimento
para volar. Sólo era cuestión de tomar una de las manivelas, enderezar su
pequeñísimo cuerpo simulando una butaca, acomodar nuestros cinturones, pedir
pista y tomar el mando de nuestro avión.
-
¿Adónde viajamos hoy, nena?- me decía, Josefina, con tierna voz.
-¿Qué te parece si a Paris, abuela?- le
contesté a punto de despegar.
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Agostina Medina
No
recuerdo el día exacto en el que pasó, pero si sé que estábamos en lo de mi
abuela con cuatro primos. Nos gustaba ir a la casa de nuestra abuela porque
tenía un kiosco y siempre nos regalaba algún chocolate, chupetín o caramelo.
Ese
día, que estábamos Yain, Miyen, Diego, mi abuela y yo, estaba muy caluroso y
todos ayudábamos en el negocio para que luego mi abuela nos pagara con alguna
golosina. Había llegado mercadería y mandó a mi prima la mayor a ponerle
precio, mientras yo la ayudaba a guardar las cosas en los estantes.
A lo
lejos vi una caja y dentro de ella una bolsa grande de caramelos de gomas de
todos colores que a mi tanto me gustaba y, yo no lo dude, fui hasta la caja,
saque la bolsa y la escondí para llevarla a mi casa.
Al
terminar la mañana, mi prima Yain le cuenta a mi abuela que había faltado una
bolsa, que en las boletas la habían cobrado y en las cajas no estaban. Mi
abuela, preocupada, llama a la empresa que le había traído el pedido
comentándole que se habían olvidado de dejar una bolsa de caramelos y ellos
insistían que la habían llevado y que estaba dentro de la caja.
Por
la tarde, nos llamó a todos los primos y nos hizo sentar alrededor de una mesa,
solo ella, que nos preguntaba si habíamos sacado esa bolsa y solo yo
contestaba:
-“Fue
la Yain, ella estaba marcando las cosas”- y fue ahí, donde todos comenzamos a
gritar y a echarnos la culpa unos con otros, hasta que mis lágrimas me
delataron y dije la verdad.
La
única respuesta que tuve fue de mi abuela que riéndose me decía:
-“¿cómo
te vas a llevar una bolsa de caramelos Agostina?, te van a agarrar parásitos y
después no quiero que a media noche llores porque te pica la cola”.
En ese momento mis primos me señalaban y se
reían junto con mi abuela.
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Ayelén Altaminaro
Los domingos, el día de reunión familiar. A las diez la hornalla ya estaba prendida, mi
nona amante de la cocina, comenzaba desde temprano a cocinar, para que cerca
del mediodía ya estuviera todo listo y así saborear los riquísimos platos que
hacía. Como nieta inquieta me acercaba a curiosear y si estaba de buen humor
Rocita, me dejaba hacer algo. Me iba acercando de a poquito a la mesada, la
observación comenzaba desde la silla de la esquina de la mesa en la que me
sentaba a desayunar. Una vez cerca comenzaban las preguntas y el ¿puedo probar?
Mi nona me contaba cómo cocinaba su mamá y que ella aprendió observando.
Siempre me acercaba mayormente para que me cuente historias porque en si era
muy pequeña para que me dejara cocinar. Nunca reveló sus secretos, había un
condimento que le daba un toque a la comida inigualable y sabía que lo sacaba
de la quinta, ya que me iba detrás de ella a curiosear. Era muy restringida,
siempre con la frase en la boca “observado se aprende”. Así también pasó con la
ronda del mate, al ser la más chica nunca tomaba mate. “Al último y cuando esté
tibio te cebo uno”, pero nunca estaba tibio, cebaba desde la hornalla
encendida. Una vez por estar metida en la cocina, el horno al ser viejo exploto
cuando se estaba calentando, pero me asuste, no me hizo nada. Y a partir de ese
día siempre parada del otro lado de él. A medida que iba creciendo me dejaba
integrarme en la preparación de la comida y aún más cuando hacia ñoquis. Me
dejaba pasarlos por el tenedor para que adopten una bella forma, porque era
eso, porque no aportaba nada en el sabor ni cocción. Eso me contó mi nona. Hoy
en día no soy una cocinera profesional, pero me las ingenio cocinando. El amor
que tenía ella hacia la cocina me genero el gusto por cocinar. Y cada vez que
realizo una comida trato de que me quede como la de ella, pero es imposible
porque me falta el condimento secreto que utilizaba.
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Corina Meichtri
Cuando
el otoño se iba despidiendo, mi tía Chiche, fue de visita a mi hogar en su
flamante auto blanco e impecable, a pedirnos a mi mamá y a mí que la
acompañáramos al vivero de Martín porque estaba obsesionada por comprarse una
palmera, pero no cualquier palmera. Quería la misma que se encontraba decorando
el magnífico patio de su vecina Estela, quien le había contado que el nombre
especifico de la tan bella planta era palmera “pindonga”.
Tanto
a mí como a mi madre nos desconcertó la denominación de esta variedad y la
interrogamos en varios momentos acerca de si estaba segura de que realmente era
ese el verdadero nombre de la hermosa palmera. Ella, muy convencida y
determinante, nos contestaba que sí mientras ya nos encontrábamos de camino al
vivero.
Una
vez en el lugar, recorrimos los pasillos plagados de diferentes plantas,
algunas coloridas y otras no tanto, hasta llegar al sector de las fabulosas
palmeras (según mi tía), pero sus tamaños no la dejaban convencida por lo que,
con su predisposición y energía características, se dirigió hacia el vendedor
que se encontraba atendiendo a un reconocido médico de la ciudad, y le preguntó
con su voz chillona y elevada “¿Tiene una pindonga más grande? Porque yo quiero
una que ya esté crecida”. Al oír esto y ver la cara que puso el vendedor cuando
levantó la vista de los coloridos plantines, mi mamá y yo salimos, casi
corriendo, del local y la esperamos en el auto.
A los pocos minutos, mi tía también salió muy
ruborizada del local y, una vez dentro del auto, nos contó, en medio de
carcajadas, que el vendedor le aclaró que la variedad no era “pindonga” sino
“Palmera-Pindó” y que su cara se transformó
inmediatamente al sentir el calor de la vergüenza, por lo que se fue sin
despedirse y sin su deseada palmera “pindonga”.
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Evelyn Oliva
Los
días eran coloridos, añoraba el momento de terminar las clases de primaria para
ir a vacacionar a la casa de mis abuelos. Emprendía el viaje con una felicidad
absoluta, durante 100 km observaba campos, vacas y algún que otro animal. Era
una odisea descansar allá, con solo pensarlo me sentía plenamente feliz.
¿Cuándo llegamos? Le preguntaba a cada ratito a mi papá. –“No seas ansiosa”
respondía y seriamente me decía “sentate bien y abrochate el cinturón, que
todavía nos falta rato”. No era tanta la distancia que debíamos recorrer, pero
mis ansias me hacían inevitablemente cargosa.
Sentada
en el asiento de atrás pensaba en lo que haría cuándo llegara a destino, sí y
también hablaba sola, o me hablaba a mí misma, “quiero ir a la quinta y yo
misma sacar las verduras maduras, también quiero ir a ver un pony y si puedo
quiero dar una vuelta, quiero ir a ver el loro, el loro que habla, quiero comer
muchos chocolates y tomar el desayuno en la cama, también quiero dormir en la
cama grande y mirar dibus hasta tarde”.
Pero lo que más añoraba eran las clases de cocina con mi nona Ana.
“Portate bien y no hagas renegar”
reitero mi papá, la próxima semana
vendría a buscarme.
Obviamente
hice todas las actividades que quise y no solo esas, sino que muchas más. Una
mañana luego del abundante desayuno en la cama mi nona me dijo “vamos a la
cocina tengo una sorpresa” de un salto me levante de la cama, me cepille los dientes y fui corriendo a la cocina. “Toma fíjate si
te gusta” dijo mi abuela, cuando abrí el paquete observé un hermoso delantal de
cocinera color rosa pastel, con tres vuelitos
floreados y un gorro (todo esto de mi talle). Mi felicidad era aún más
grande todavía. “Me re encanta” le dije y la abrace, “pero ahora quiero
cocinar”. Entonces mi dulce y amable nona me pelo unos zapallos, me dio un
paquete de harina, sal y leche. Muy concentrada proseguí con mi actividad, en
este momento me creía “Doña Petrona”, entonces corté los zapallitos en cubitos,
los cubrí con sal, luego con mucha harina y leche. Revolví un poco. Miraba la
masa que había logrado y me sentía inmensamente realizada. “Muy bien querida”
me dijo mi nona Ana cuando se la mostré. La hora del almuerzo estaba llegando.
Yo me encontraba lejos de casa, de los límites de papá y mamá y entonces le
dije: “no nona, pero yo ahora quiero cocinarla al horno porque es una tarta y
quiero que a las doce comamos mi comida”. Mi nona me miro y me dijo “no querida
la guardemos para la noche”, pero yo ya sabía esa táctica, significaba que a la
siesta la iba a tirar y yo me iba a olvidar de mi tarta. Entonces la mire y le
exprese en mi cara la más profunda tristeza que con 7 años no había sentido
jamás, las lágrimas caían unas tras otras. “Oh no querida, no llores enseguida
lo meto al horno”. Agarro mi engrudo y lo puso a cocinar. Yo con mi delantal y
mi gorro, muy orgullosa puse la mesa y esperé el almuerzo.
“Esta listo” dijo al rato mi abuela, saco la
masa del horno, que por cierto estaba bastante dorada e inflada. “Proba nono y
vos también nona, mmm se ve riquísimo, yo también quiero un pedazo”, cortó la
tarta y sirvió un pedazo en cada plato. “mmmm que cosa más rica” dijo mi nona y
después de mi tarta comió milanesas con puré.
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Florencia Andrighetti
Ese
fue el día en que ya no la conocí. Mamá me buscó en la escuela y fuimos a
verla. Tomó mi mano, arrastró mi mochila a carrito que pronunciaba ruidos entre
las baldosas de la vereda, y subimos al auto.
- ¿Vamos de la abuela? – pregunté.
- Sí. – contestó mamá.
Un
sí seco, que pareció rasparle la garganta y retumbar en mis oídos. Nada se dijo
en el camino.
La
casa de los abuelos hoy se ve muy mal, el pasto alto, la pintura cascándose
cada día. Pero ese día, como hasta hace algunos años, la vereda brillaba al
igual que las rejas negras y el camino que conduce a la puerta. El gomero alto
de hojas inmensamente extraordinarias siempre me contemplaba en mi niñez, o eso
presentía cuando me rozaba la piel al pasar. El picaporte llegaba a mi nariz,
aproximadamente. Lo tomé para abrir la puerta, pero estaba con llave. Mamá tocó
y minutos después alguien la abrió. Alguien, ese alguien que es hoy un espacio
vacío en mi conciencia. No puedo saber quién era. Pero sí la vi a ella, como la
veo hoy en una fotografía mental, sentada en esa larga mesa en el medio del
comedor, debajo de tantos platos que colgaban en la pared coloreando el
ambiente. La veo ahí, y me mira.
- ¡Hola! – dijo con su inconfundible voz (que hoy
resuena en mi alma).
Rompí
en llanto. Algo había cambiado en ella. La miré clavándole los ojos con
tristeza y desconcierto.
- Mami, ¿su pelo? – pregunté con
miedo, y volví hacia afuera.
La
abuela estaba enferma, y ahora, rapada. No era comprensible para mí en ese
momento. Escuché que todos rieron, pero no a carcajadas. Fue una risa incómoda,
risa que entendía lo que mi edad no me dejaba entender. ¿Qué le estaba pasando
a la abuela? Mamá dijo algo refiriéndose a un pañuelo, y minutos después me
pidieron que volviera adentro, donde una vez más, mi mente lo fotografió todo.
En la misma posición, un pañuelo violeta le cubría su cabeza, anudado desde
atrás, dejando caer a un costado los extremos.
Le
di un beso, y a cambió se entregó en un abrazo tembloroso y perfecto. Nunca
estuvo tan sincera y viva. Nunca estuvo tan linda.
Seis años de vida no alcanzan para entender las
injusticias de una enfermedad, de un adiós tan extraño y lejano en el tiempo.
La Negra, la abuela Negra no sintió dolor ante mis miedos que me alejaban de
ella, más bien me abrazó en la eternidad del instante. No puedo olvidarlo, ni
olvidarla, pero hoy quisiera pedirle perdón, besarle la cabeza, sin ningún
pañuelo, de ningún color. Hoy volvería a entrar y correría a sus brazos, para
que mamá tampoco se entristezca como se entristeció, camuflándose en esa risa
cómplice de madre e hija que observé entre ellas. Una conexión entre
generaciones que se perdió, pero que me dejó fotografías dolorosas.
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Gabriela Zavala
Cuando
mi abuela se sentó a la mesa, vi en sus ojos las ganas de charlar. Hacía una
semana que la habíamos traído de Río Cuarto, done vivía, para cuidarla en mi
casa. Le estaba costando mucho recuperarse de una peligrosa operación
intestinal. Dormía todo el día, se levantaba para comer y si veíamos en ella un
atisbo de buen humor, la regla era aprovecharlo para mantenerla activa. Casi
nunca sucedía esto. Se volvía a acostar después.
Últimamente
andaba despeinada, de camisón todo el día, agachada y arrugada como una pasita
de uva. No tenía ganas de levantar los pies para caminar, así que su sonido
característico había pasado a ser el que producía ese roce de lija de sus
chancletas contra el suelo.
Ese
día, mi abuela me miró con buen humor. En seguida traté de pensar un tema para
sacar, aunque fuera sólo para cumplir y romper el silencio. ¿Para vos existe el
amor a primera vista, abuela?, le pregunté. Fue lo primero que se me ocurrió y
un instante después de decirlo me arrepentí. ¡Qué pregunta más estúpida! ¡Qué
iba a saber mi abuela sobre eso!
Sus
ojos se posaron en mí y un brillo se adueñó de su mirada. La sonrisa de mi
abuela, de dientes marrones y maltrechos por el paso de los años y las comidas,
la hicieron volver por un instante a su juventud. Fue como si la hubiera visto,
mujercita, con un vestido verde ceñido a la cintura y un cutis perfecto. Como
si volviera a sus épocas pasadas, me contó una historia con lujo de detalles.
Cuando
era joven, me gustaba tener novios y dejarlos. ¡Cómo lloraban esos cristianos!
Siempre fui pobre. Trabajaba limpiando una casa al frente de donde vivía tu
abuelo con sus hermanos y su madre, Aurora. Ella me amaba. La conocía porque
siempre iba a jugar a las cartas a la casa de mi patrona. Un día me contó que
Pedro, su hijo, se había peleado con la novia. Estaban comprometidos, casi
listos para casarse, cuando él se enteró de una infidelidad. ‘Está tirado en la
cama’, me decía. ‘Andá a conocerlo alguna vez’. Y qué te voy a decir, Gabi. No
te voy a mentir. Me gustaba conocer muchachos. Así que un día fui.
Unas
largas carcajadas mutuas interrumpían el relato. El brillo de sus ojos se
incrementaba cada vez más. Una sonrisa amplia se dibujaba en su rostro y no
paraba de hacer gestos con sus manos, como una mujer coqueta y sensual. El
ambiente que se había creado entre ella y yo era perfecto. Viajé con esa mujer
en sus recuerdos.
Fui
a la casa de doña Aurora. El hijo estaba con los amigos. Aunque ellos lo
invitaron a ir a dar unas vueltas, él prefirió quedarse. Se sentó con nosotras
a la mesa. Y bueno, debo reconocer que yo no estaba soltera. Tenía un novio que
se llamaba Huber. Me iba a visitar de vez en cuando y lo conocía toda mi
familia. Cuando Aurora le contó a Pedro que yo tenía novio, él nos dijo que
eran compañeros de trabajo. Aprovechó el momento y empezó a despotricar, a
hacerlo quedar mal al pobre Huber.
Cuando
me dispuse a retirar, Aurora le pidió a Pedro que me acompañe. Con gusto él lo
hizo. Charlamos mucho en el camino y, cuando llegamos a mi casa, me invitó a ir
al cine esa misma noche. Obviamente, no podía salir sola así que le dije que
tenía que acompañarnos mi prima. ‘Claro, no hay problema’, me dijo. Y nos
esperó una hora afuera de casa mientras nos cambiábamos las dos.
En
el cine nos cansamos de charlar. ¿La película? Qué sé yo. Jamás voy a acordarme
de qué trataba. Yo no hacía más que mirar a tu abuelo. Guapo, muy guapo. Aunque
Huber era más pintón, tu abuelo me cuidaba. Era tan responsable, educado. ¡Cómo
no me iba a enamorar!
Hijita,
dicen que no existe el amor a primera vista. Me preguntaste eso, ¿no? Ese mismo
día a la salida del cine, tu abuelo me propuso noviazgo. Claro que sabía que
estaba con otro. Y no le importó. Acepté sin dudar y, al otro día, lo dejé a
Huber luego de recibirlo en mi casa. Lloraba, por supuesto. Pero fue el último
que abandoné. Cincuenta y cinco años estuve con tu abuelo. Y podrían haber sido
muchos más si la muerte no hubiera venido a buscarlo.
Cuando
mi abuela terminó su relato, volvió a ser la mujer anciana que conocía. Su
vestido verde ceñido a la cintura se convirtió en un camisón y su cutis
perfecto se llenó de zanjas profundas. Unos ojos tristes reemplazaron a los
brillosos y se levantó de la mesa acordándose nuevamente de sus dolores. Se fue
a la cama.
Me
quedé sola en la cocina. No pude evitar recordar el día, mucho antes de
escuchar este relato, en que mi abuelo, lleno de delirio, le pedía a mi nona en
la clínica que lo llevara a la casa: ¡Negra! ¡Llevame! ¡Quiero ir a casa!
¡Llevame con vos! ¡No seas mala! Mi abuela lloraba y le decía: Cuando te pongas
bien, papi, te llevo. Te llevo conmigo. Al otro día, su amor de cincuenta y
cinco años a primera vista falleció.
Hoy la entiendo. Ni los nietos, ni las hijas,
ni las hermanas, ni los amigos. Ninguno le devolvió la plenitud que solía verse
en su cara. A veces tiene esas alegrías superficiales que le despiertan un poco
su corazón opacado por la soledad, por la culpa. Entendí lo difícil que debe
ser ver desde lejos a los que te rodean, con sus vidas, sus obligaciones y su
caminar incesante. Verlos pasar como ráfagas de viento. Y desear no tener las
manos arrugadas, surcos en la piel, espalda gacha, piernas sin fuerza. Desear
el pasado para volver a amar como se ama a un amor a primera vista.
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Giuliana Capellino
Aquella
pieza del fondo del patio, húmeda y oscura, fue por mucho tiempo nuestro
refugio secreto. Para llegar a la pequeña habitación, debíamos atravesar el
largo patio de la casa corriendo. Era fundamental que nadie nos viera para
poder realizar nuestras actividades. Una vez allí, nos encerrábamos con llave,
corríamos la cortina y quedaba todo herméticamente cubierto para comenzar a
trabajar.
Camila,
mi prima, era dos años menor que yo. Más allá del parentesco que en realidad
teníamos, nosotras afirmábamos que éramos hermanas, lo prometimos un día de
lluvia en que se nos ocurrió.
Para
hacer nuestro el lugar, colocamos ahí una pequeña mesa y dos sillas. La piecita
estaba llena de envases, productos y sustancias que nos llamaban mucho la
atención. Inclusive contenía un armario lleno de herramientas de trabajo. Era
lo que necesitábamos para nuestro plan, nada faltaba debajo de ese techo
desprolijo hecho con rapidez.
Mis
primas venían a visitarnos solo los fines de semana, razón por la cual debíamos
administrar bien el tiempo que teníamos para nuestro proyecto. Belén era la más
chica de ellas, con Camila lográbamos siempre escaparnos de su presencia. No
entendía los códigos que manejábamos las grandes.
El
día que comenzamos a realizar el experimento, sentimos una fuerte satisfacción.
Mezclamos en una botella de plástico los líquidos necesarios para salvar al
mundo de las hadas. La sustancia que logramos tomó un color cada vez más
celeste, era espesa y tenía muy rico perfume ¡Cómo no iba a funcionar! Todo salió
perfecto. Escondimos lo producido tan bien que en la semana no pudo encontrarlo
nadie.
El
fin de semana próximo repetimos los pasos para sacar la misma creación. También
lo logramos. Solo nos faltaba encontrarnos en su mundo para salvarlas.
Caminamos
unas cuadras. Llevábamos las botellas en bolsas de cartón. Nadie podía verlas,
de lo contrario no funcionaría el efecto.
Llegamos
al lugar en cuestión, desparramamos la preparación en el sitio indicado y luego
nos tomamos de las manos con Camila y juramos no abandonar nuestro proyecto
jamás.
Cuando
estábamos regresando a la casa de nuestra abuela - sí, la casa que contenía ese
gran patio y la piecita allá en el fondo- nos dimos cuenta que algo andaba mal.
Estaba esperándonos en la puerta mi hermano más grande, quién nos recibió con
un “la que les espera”. Una vez adentro, empezamos a escuchar los gritos de la
abuela que venían desde el patio. No paraba de quejarse, estaba enfurecida,
preguntaba qué había sucedido con todos sus productos de limpieza, con su mercadería,
con las herramientas del abuelo.
Nunca
la vimos tan loca, nadie nos comprendía.
En
ese preciso momento de culpa vimos que mi hermano mayor, Paulo, no paraba de
reírse. Seguramente él fue el traidor.
Y fue a partir de ese momento en que nos quedó
completamente prohibido, a mi prima y a mí, pisar la piecita de la abuela
Negra.
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Julieta Domínguez
Una
noche y libros por doquier.
Luego,
el fantasma de la soledad aparece en sus bocas.
El
silencio.
¿Qué
habrá en los silencios?, ¿qué pensamientos transitan en sus cabezas? Sé. Ellos
corren como la sangre por sus venas. Así, anatómicamente, sin permiso, sin
tregua. Invaden y brotan de sus ojos las lágrimas.
Piensan
en silencio y sollozan. No hay consuelo, pero la una tiene a la otra. Comparten
el vaivén de la incertidumbre incansable, esa que, la noche, esconde en su
inmensidad.
Golpean
mi puerta. Es ella, ha venido con la desesperación a cuestas. Reconozco el peso
de sus sueños incumplidos, en la curvatura que sobresale de su espalda.
De
improvisto me arroja preguntas. Yo no sé bien qué responder. ¿Qué creerá que
son los milagros?
La
tristeza la acongoja.
Yo
sospecho porque vino esa noche. A lo lejos, percibía que, tal vez yo, estuviera
tan sola como ella. Lo había pensado,
quería ser yo quien fuese, pero no quise molestarla. Fue bueno que ella viniera.
Habló
de una vergüenza. Sí, de la vergüenza que le provocaba molestarme para aminorar
su soledad. Comprendo. Sus años desacreditan un diálogo interesante. Lo sé,
ella lo piensa, me lo ha dicho. Pero no es así. Yo deseo, anhelo oírla.
Ella
es mayor y no hace mucho quedó viuda. La vida nos acercó, como acerca a
desconocidos que, probablemente, después de conocerse, sean nuevamente
desconocidos. No sé por qué pienso esto, ni por qué lo escribo.
Me
relató su vida pasada. Se notaba en su temblor el nerviosismo. Ella quería
entender por qué Dios llevó a su marido. “Él era bueno, trabajaba, no molestaba
a nadie”, me decía. Le dije con aire firme que era mejor no hacerse ciertas
preguntas, que la única certeza que tenemos los hombre es que vamos a morir.
Ella
no me oía. Comprendí que sólo necesitaba que no intercediera, que la escuchara.
Que le brindara un rato de mi tiempo, de ese tiempo que me reprochaba al
decirme “mis hijas no vienen, por qué no vienen. La más grande es mala y anda
todo el día ocupada con sus hijos adolescentes. Yo la entiendo, pero media
horita… sabe que no estoy bien” Me quebraba.
Luego
mencionó un psiquiatra. Y vi sus lágrimas caer. “paso horas, días. Cuando se
van los fines de semana los de cada departamento quedo sola, no sé qué hacer.
Mi casa ya está limpia y la vereda baldeada. Soy capaz de dormir desde las tres
de la tarde a las cuatro de la madrugada. Decime nena, qué hago a esa hora ya
sin sueño”.
Enmudezco.
Permanezco frente a ella, pero ahora ya no sé si la escucho. No sé si logro la
gestualidad que requiere una cara atenta.
Me
adentro en mí. El temblor me invade. La incertidumbre del futuro empieza a
preocuparme. Mi realidad, hoy era otra, pero tal vez…
Me
detengo. Miró hacia atrás, la mesa llena de libros y todo estático. Encuentro
sólo mi presencia.
Me
pregunte por mis padres. Probablemente los estuviera abandonando como sus hijos
a ella. Quedé perpleja. Contemplé unos segundos más a la nonita. Ella estaba
toda triste y con la mirada en el piso. Recuerdo que se quejó de las raíces de
su pelo, de que debía teñirse y que la hija iba a venir y no vino. Era verdad,
su pelo rubio estaba emblanqueciendo. Desde el centro de su cráneo hacia abajo.
Pensé
cómo sería yo con mis padres cuando ellos fueran grandes o alguno faltara. Fue
imposible concebir ese pensamiento. Y no lograba volver al diálogo.
La
nonita quiso irse. Vio mi alejamiento.
Le
agradecí que viniera, le dije que lo hiciera cuando quisiera, que no era
molestia. Ella insistió con una invitación, quería que fuera a su casa, que
estuviera con ella. Le prometí que lo haría.
Cerré
la puerta; me ubiqué en la silla que estaba inserta, ahora, para mí, en medio
de una inmensidad absoluta. Observé todo en silencio, como viéndolo todo por
primera vez. Tomé el teléfono y llamé a mis padres. Hablé con mamá y lloré.
Puse ese punto final y temo que lo he colocado
mal. Aún no cumplí mi promesa.
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Mariana Cattani
Estoy
juntada hace tres años, cuando teníamos un año de estar juntos con Ricardo (mi
papá) teníamos la idea de traer un hijo al mundo y comenzar a agrandar la
familia, pero aquello comenzó a convertirse en un calvario, pedimos ayuda lo
primero que los médicos decían era que yo no ovulaba y que jamás podría estar
embarazada, en la segunda opinión salió que mi marido tenia bajo conteo de espermatozoide,
al tiempo otro médico lo confirmo. De esa manera nunca iba a quedar embarazada,
así que dejamos de visitar médicos, lo cual lo habíamos hecho por 3 años
aproximadamente, entre pausas de algunos meses. Un día decidimos no ir más.
En
el mes de Diciembre tuve retraso de 3 semanas y un malestar todo raro… ahora sí
que estoy me dije, sin regla y con estos calambres y malestares algo raro en
mí, más no sabía que mi bella princesita estaba haciendo estragos en mi. Un día
me decidí a ir a hacerme una ecografía, pero me dijeron que era demasiado
pronto para determinar si la ausencia de menstruación era por embarazo.
Entonces
decidí hacerme un examen de sangre, los malestares a un estaban allí. Ese ocho
de diciembre recuerdo que tenía que ayudar a mi suegra con el cumpleaños de mi
sobrino, pase por el laboratorio antes de ir a su casa. Al mediodía fui por los
resultados, siempre pesimista pero albergando en lo más puro de mi corazón la
esperanza de aquel p o s i t i v o, y bendito Dios abrí aquel sobre ya en casa,
recuerdo que me temblaban las manos y sentía algo en mi, y Dios, solté un
grito, lloré y reí como nunca en mi vida al ver el resultado, en mi vida había
sentido tanta felicidad. Salí y no dejaba de reír y llorar, uff! recuerdo que
casi me chocan por cruzar la calle sin mirar, pero el hombre era un excelente
conductor e iba despacio y logró verme y yo detenerme, no pasó nada y luego me
puse a pensar como le digo a mi esposo que va a ser padre.
Espere a mi esposo que regresara de trabajar,
desayunamos juntos y ahí le di el resultado, después de mentirle cuando me
preguntó si había ido a buscar el resultado, creo que lo impactó tanto que no
dijo nada, yo solté a llorar de nuevo, a él sólo se le humedecieron los ojos,
se quedó pensativo y sonreía. Es que lo criaron un tanto simple, con que se le
aguaran los ojos era suficiente.
Luego
vino la espera y gracias a Dios todo marchó relativamente bien, hubo una que
otra complicación, pues a mi gordita se le enrolló el cordón desde la semana 20
hasta las 36, eso fue duro me daba mucho miedo que se ahorcara, pero gracias a
Dios en la última ecografía ya no lo tenía. Se volteó en la semana 38 y nació
por parto normal.
Al
regresar a casa después del trabajo, cuando me despertaba se despertaba
también, y cantaba conmigo las canciones de la radio. Ah! porque se movía
tremendamente cuando escuchábamos la radio camino a casa.
Aquel
11 de julio de 1995 nació Mariana (Contracción de María: la elegida
y
Ana: la llena de gracia), y aquí viene la parte triste, pues yo estaba tan
ansiosa que al final cuando escuché su llanto por primera vez lloré, pero me
entristeció tanto que no me la mostraran. Me la sacaron y se la llevaron a otro
cuarto y la vi media hora después. Cuando la doctora me la mostró yo temblaba
de los nervios y me recuperaba para poder salir de allí, de tonta lo único que
le dije fue: “ay doctora esa es mi bebé, hola bebé” y sonreí. ¿Por qué? no sé.
Luego
cuando ya la tuve en mis brazos me dije;” Es la cosa más bella que jamás he
visto”. Después de haber pasado el dolor por culpa del desgarro me di cuenta
que ya era mamá y le hablé, le canté a mi hijita como lo hacía cuando estaba en
mi vientre.
Es hermoso ver el amor que unos padres pueden
sentir por su hijo y hacer todo lo que este a su alcance para que esté este
bien.
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¿En qué pozo nos metimos?
Marysol Nespolati
Corría
el año 2002 cuando, no sólo había cambiado de grado, sino también de ciudad, de
escuela, de casa, de todo menos de mí. Seguía siendo yo misma, una nena que se
apasionaba constantemente, como cualquier criatura de nueve años que le gusta
explorar nuevos horizontes, recorría rincón por rincón de la nueva casa, llena
de nuevas expectativa.
La
casa era linda, sí… pero más lindo era el barrio, las viviendas vecinas, las
veredas con piedras de colores y los portones de madera de los garajes. De la
escuela, lo único que conocía era el hall y la secretaría, donde me había
inscripto, pero lo demás era todo un nuevo mundo por conocer, cuando acabaran
las vacaciones de verano.
Rocíen
era diciembre. Un mes hermoso para disfrutar en las piletas, los jardines con
jugos frescos y barbies, tortitas de barro en bikini y andar en bici hasta la
nochecita, pero… ¿con quién?
Habían
pasado dos días ya en los que no dormía, porque el tren pasaba muy cerquita de
casa y “se movía todo”, el techo se iba a desplomar en cualquier momento,
estaba segura de eso. Aunque mi hermano y mi mamá me explicaran infinitas veces
la fortaleza de la construcción y su imposibilidad de caerse, tenía miedo. Nunca antes había pasado una máquina con esas
dimensiones a dos cuadras de mi habitación, nunca antes habían vibrado de esa
forma los vidrios de la ventana. Como decía, habían pasado dos días ya desde mi
llegada y ya me quería volver a mi pueblito.
Luego
de almorzar, tocaron la puerta. Era una niña de tez muy blanca, poca estatura y
sus ojos claros irradiaban travesuras. Vestía un solerito blanco y sobre su
pequeño rostro, colgaban dos colitas onduladas de cabellos rubios. No fue nuevo
verla, el día anterior la había espiado desde mi ventana mientras jugaba en la
vereda del frente. Me invitó a jugar.
¡Ninguna
noticia podía ser mejor! Emocionada, saqué mi bicicleta, tenía una amiga nueva.
Partimos para recorrer el barrio, me mostró casa por casa, cada una con una
historia maravillosa. “Acá vivía doña Alicia, no le ibas a querer tocar una
flor del jardín porque salía a los gritos diciendo que te iba a cortar los
dedos”, “acá, viven dos mellizas que saben jugar conmigo, pero ahora están de
vacaciones en el mar, porque sus papás trabajan bien y siempre tienen ropa y
juguetes nuevos” y así hasta perder la noción del tiempo, hundiéndonos poco a
poco en la siesta calurosa, en las veredas con piedras de colores, en un mundo
maravilloso.
Había
subido el sol cuando llegamos a lo que realmente importaba, una casa abandonada
que estaba llena de misterios. Entramos trepando un portón y de ahí por la
puerta de atrás. Ella la visitaba seguido, tenía una piecita para bailar y
varios juguetes guardados. Ya no había ruidos en la calle, ni tampoco rastros
nuestros.
Mamá
salía cada tanto a espiarnos para custodiar por dónde andábamos, aunque no nos
alejábamos de las dos cuadras a la redonda. “A las cuatro vení a bañarte” me
había condicionado. Pero uno con tanta cosa nueva por conocer, con tantas cosas
que contarnos, se pasó el tiempo.
Mientras
nos encontrábamos muy entretenidas practicando las coreografías de Bandana, se
largó a llover, ¿qué mejor que bailar bajo la lluvia? salimos al patio y cada
paso, cada giro, cada baile se volvía aún más interesante entre las gotas y el
barro del jardín. Todo era un sueño, por lo tanto, de mamá, ni me acordé.
Al
cabo de un rato, cuando nada podía ser mejor se oyó un grito estremecedor “¿¡Me
pueden explicar qué hacen acá?! ¡Hace una hora las estamos buscando
preocupados, no las quiero ver nunca más cerca del pozo, si les pasa algo acá nosotros
ni nos enteramos!” Nuestras mamás, y por
lo visto, estaban bastante enojadas.
Del
pozo que ellas hablaban lo entendí una semana después cuando salí de penitencia
y mi amiga me explicó que era el pozo negro del baño “donde van todas las cosas
sucias y es muy hondo”. Debo confesar
que, más que miedo, me dio asco.
No volvimos más a esa casa, pero sí a otra que
estaba a media cuadra de la mía, que tenía un patio más grande y un jardín en
el frente, donde podíamos disimular que jugábamos, mientras trepábamos la tapia
para ingresar a una habitación y sacar más pasos de las coreografías.
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Micaela Pereyra
Podría
haberse quedado en su casa esperando, sentada en su sillón de mimbre en total
oscuridad aprovechando la negrura de las medianoches de invierno, a que él
llegara y en un movimiento de tres pasos poder paralizarlo por detrás,
colgársele en la nuca y partirle un cenicero en el centro de su mollera. Pero lo que Coca no tiene de violenta lo
tiene de porfiada y de curiosa. Fue así que se abrigó con una campera muy grande,
oscura, cubierta de corderito, se puso una bufanda que luego se sacó y me la
enroscó a mí, dándole dos vueltas tapando bien mis orejas dejándome apenas una
línea muy finita entre el gorro y la bufanda que me permitiría ver sólo lo
suficiente de lo que iba a pasar esa noche, me alzó y subió a la parrilla de su
bicicleta verde, dio el primer impulso, mientras balbuceaba maldiciones y su
aliento salía como humo de dragón a punto de quemar por completo a su enemigo y
nos alzamos viaje en un camino oscuro donde el frío obligaba a la gente a
encerrarse en las frazadas y a las vías blancas titilar o apagarse en el
momento justo que pasábamos bajo ellas.
Pedaleó
tres cuadras dobló a la derecha e hizo dos o tres cuadras más. En medio de
todas las casas que ya dormían había una que no. Había luz dentro de ella. Ahí
fue donde paramos y donde los balbuceos de Coca comenzaron a incrementarse
hasta llegar a un lenguaje que yo no
pude entender… el miedo empezaba a soplarme finamente la columna vertebral.
Coca
me dio la mano, la sentí temblar y transpirar, su mano hervía. Caminamos juntas
hasta la puerta. Recuerdo llegar apenas a la mitad de ella, a la altura del
picaporte, me asomé y vi que la llave estaba puesta, no quería que Coca se
metiera de improvisto a ese lugar, sabe dios quién podía esperarla adentro con
la boca abierta y los dientes afilados.
Golpeó,
tum tum tum. Tres golpes, duros, de un ruido seco que ni el eco de la noche se
animó a retumbar. Yo rogaba dentro mío por favor que nadie abriera. Pero el
picaporte se movió, la llave giró y Coca entró y por consiguiente yo también,
detrás de ella, pero ya sin tomarla de la mano porque arremetió hacia la cocina
donde se encontraba un viejo sin pelos en la coronilla y peludo en los
costados, cerca de las orejas, con unos lentes muy grandes, de un vidrio más
viejo aun, entre verde y amarillo, y el contraste de su gran nariz roja,
colorada, transpirando alcohol, que estaba cocinando huevos revueltos. Ella no
lo buscaba a él, pero aprovechó también para insultarlo entre el ruido
apabullante de un extractor, por viejo borracho y traidor. Levantó el mantel de
la mesa, miró abajo que nadie estuviera escondido, movió brutamente dos sillas
mientras gritaba demostrando su valentía y advirtiendo a cualquiera que
intentara enfrentarla que hacerlo era
enfrentar al propio demonio, y embistió de una manera fugaz en el dormitorio, y
allí encontró a Omar, su esposo, a quien ella estaba buscando.
Durante
ese momento los gritos fueron muchos. Tantos y de tantas personas, que al unirse
provocaron un estruendoso silencio, ensordecimiento que agudizó mi vista y dejó
en mi retina una cama grande destendida, con mitades de frazadas en el suelo,
un ropero marrón oscuro de patas cortas y espejos cómplices, más no testigos,
clavados en sus puertas, una ventana cubierta de persianas y cortinas y un
colchón enrollado entre medio, en un rincón, insignificante pero sin ninguna
cuerda que lo atara y sostuviera de volverse a desenroscar.
- Estás loca, Coca. ¿Con quién crees
que puedo estar? – le decía vanamente Omar.
- Locas sobran Omar, decime ¿dónde
está?
- No hay nadie. Sólo estoy con Kiko
por comer unos huevos revueltos.
Pero
Coca, que es más porfiada y curiosa que violenta, revisó todo, debajo de la
cama, adentro del ropero marrón oscuro, detrás de las cortinas, entre medios de
macetas, en el inodoro, rompiendo la cortina de la ducha, y yo apurándome en
pasos cortitos detrás de ella veía solo fugacidades de colores, en los mosaicos
y paredes y movimientos giratorios, aplastantes, de brazos y gritos y miradas
sin brillos inundadas de tanto rabiar.
Y
cómo un huracán que deja una insana calma luego de haber destrozado todo así
Coca dejó de remolinear, se dio por vencida, no encontró a nadie. Me agarré de su mano que ya estaba fría y
llorando y me llevó a casa a dormir e intentar convencerme de que ella también
lo haría.
Al otro día era un nuevo día, de esa noche de
furia nunca más se habló, por lo menos delante de mí. Hace un año y siete meses
Omar murió. En su tumba, con la brisa del viento susurrándome al oído, él me
confesó el escondite de su amante. ¿Cómo iba sino a mantenerse enrollado un
colchón sin una cuerda que lo ate?
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“Como si hubiese pasado ayer”
Milena Melgarejo
Febrero
del año 1998. Un verano inconmensurablemente caluroso.
Se
nos había hecho costumbre juntarnos todos los domingos en la casa de mi vecina
Noemí. Ella tenía una hermosa pileta de cemento y un quincho espectacular para
pasar las tardes de ese verano con temperaturas tenebrosas.
Noemí
vivía al lado de mi casa con su marido Jesús, no sé bien por qué motivos nunca
tuvieron hijos. Se encariñaron mucho conmigo y mi primo Elías, todas las tardes
nos invitaban a merendar y a meternos a su pileta, pero no la de cemento que
era enorme y súper honda, sino a la otra, la pelopincho chiquitita que estaba
al lado.
Elías
y yo teníamos tantas ganas de meternos a esa pileta, pero él, un año más chico
que yo, no era de hacer travesuras, y si no me acompañaba yo tampoco me animaba
a hacerlas. Veíamos cómo todos se divertían, jugaban a las cartas, al tejo, se
zambullían en esa espectacular pileta y nosotros dos ahí, jugando con vasitos
de plásticos y juguetes acuáticos que nos había traído Papá Noel.
Mi
tía Marisa, mamá de Elías, tomaba sol al borde de la pileta, con una bikini
fabulosa y mucho protector solar. Le caían lentamente gotas de sudor por la
frente. Tenía un busto enorme, yo la admiraba, quería ser como ella cuando sea
grande. Mi mamá le tenía terror al agua así que ella no se metía a la pileta,
más bien prefería jugar al chinchón o mirar televisión con las amigas.
Mientras
mi papá hacía el asado discutía de fútbol con Juan, el marido de mi tía,
fanático de San Lorenzo y mi papá, de River, y nosotros dos seguíamos en la
pelopincho observando todo y anhelando –más yo que Elías- meternos a la gran
pileta.
Cuando
estuvo lista la comida, nos reunimos todos debajo del quincho, y entre charlas
de grandes, cervezas, música y mucho calor, Elías y yo seguíamos aburridos sin
saber qué hacer. Cuando terminamos de comer, Marisa volvió a tomar sol al borde
de la pileta, con sus lentes negros y su bella capellina; mi primo se fue adentro a jugar a los videos
juegos y yo, daba vueltas observando que nadie me prestara atención. Me decidí.
Tomé carrera y allá fui.
Aaaaaaaaaaa
¡plaaffff!
-¡Marisa!,
Milena se tiró –gritó mi mamá, desesperada.
Todos
corrieron hacia la pileta. Mi tía puso las piernas colgando en el agua, estiró
sus largos brazos, me agarró del pelo y me sacó, casi morada del susto.
-¡Cómo
te vas a tirar! ¡Sos chiquita! ¡Entendelo! –me dijo mi mamá, enojada, asustada,
jamás (en mis cinco años de vida) la había visto así.
-Pero
yo quería… -quise decir algo y ella me interrumpió.
-¡Vos
no tenes que meterte a esa pileta, mira si te ahogabas! –exclamó.
Me
mandó adentro con mi primo, en penitencia. Me dijo que no me iba a llevar más a
la pileta de Noemí. Yo lloraba.
Elías,
que había visto todo de adentro, estaba asombrado, porque más allá de que yo
estaba todo el tiempo diciendo que quería meterme a esa pileta y no a la
chiquita, jamás pensó que iba a tirarme.
Hasta el día de hoy, es una anécdota que se
cuenta en todas las reuniones familiares y que nos causa mucha gracia. Lo
recordamos como si hubiese pasado ayer, pero mi mamá sigue insistiendo en el
susto que le hice pegar.
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El reto de mamá
Mónica Figueroa
Una
tarde de mucho frío salimos con mamá en busca de leña para nuestra estufa, para
mantenernos calentitos. Era cosa de salir todos los días en mi compañía porque
mi padre trabajaba por la tarde y mis hermanos debían asistir al colegio.
Mi
madre, una mujer fuerte, luchadora, humilde, trabajadora, hermosa. Totalmente
divina por dentro y por fuera. Ese mismo día llegamos con mamá a casa,
despachamos los troncos en el patio y me pidió que me fuera a bañar así
cenábamos en familia. Mis hermanos se encontraban realizando su tarea y papá
mirando su programa favorito, como siempre.
Me
metí a bañar y desde el baño sentía a mi vieja luchando con los troncos,
escuchando como los cortaba para encontrarle la forma adecuada para la estufa.
¡Pobres vecinos!
Siempre
que salía de ducharme le pegaba el grito a mi hermana para que me fuese
preparando la ropa, cosa que ella odiaba, pero a mí me encantaba y disfrutaba
muchísimo. Por ahí me preparaba cualquier cosa, como por decir un vestido corto
cuando hacia tan solo ocho grados de temperatura, pero de todos modos los
restos y el chirlo de mamá eran para ella.
Luego
de mi ducha me dirigía hacia mi habitación, si mal no recuerdo sus paredes eran
de un color rosa pero lo único que la arruinaba era el cubrecama de mi hermano
Marcos, que era de un color verde, un verde claro. Realmente quedaba fuera de
lugar, dos tonos totalmente diferentes, pero bueno. En todo el tiempo que yo
demoraba para vestirme y ponerme bien coqueta, mamá Edith ya se había bañado e
iba preparando la cena. “La cena de invierno”, así la llamaba papá. Hacía
referencia al famoso café con leche, te, mate cocido o simplemente una buena
sopa bien caliente. Esa misma noche mis viejos nos anunciaban que esa semana
iba a ser la última semana que pasábamos en nuestro pueblo. Por cuestiones de
trabajo a mi viejo lo llaman para trabajar en un hotel con el acuerdo de darle
una casa para que pueda convivir junto a su familia.
Tan
solo tenía siete años, convivimos un año y, medio con mi familia en el nuevo
pueblo. Había hecho grandes amistades, pero como en todo grupo siempre está la
mejor amiga. Johana. Así se llamaba mi amiga, una persona increíble, muy
amable, de piel morena y de gran estatura. Recuerdo que a su lado parecía una
hormiguita. Pero de edad era mucho más grande yo. Siempre me invitaba a jugar a
su casa y ami me encantaba ir porque estaba llena de juguetes.
Una
tarde de mucho calor, era a la hora de la siesta, decidí ir a visitar a Johana.
En ese tiempo no existían tanto los celulares como hoy en día, por tal motivo
no tenía como avisarles a mis padres que me iba a jugar a la casa de mi amiga y
lamentablemente me tuve que escapar. Dentro de todo en ningún momento se me
había ocurrido que pasaría todo esto.
Seis
de la tarde y todavía no había pisado mi casa. Mi familia salió
desesperadamente a buscarme por todo el pueblo, llamaron a la policía, fueron a
la casa de cada uno de mis compañeros del colegio y nada. Se pensaron que me
habían robado, que estaba desaparecida y solo me encontraba jugando en la casa de mi amiga. Finalmente,
mi mamá recordó donde podría estar. En casa de Johana. Desde el altillo, en donde estábamos jugando,
vi parar dos autos de la policía y de ellos observé que bajaban mama, papá y
mis hermanos, desesperadamente mamá toca el timbre y golpea la puerta muy
fuerte. Cuando me vieron sintieron un gran alivio. Me cargaron en el auto y me
llevaron de regreso a casa, en el transcurso del viaje el primer reto fue por
parte del policía. Cuando llegamos a casa fui la primera en bajar y entramos en
fila, yo, papá, mamá y mis hermanos. Mi padre pegándome chirlos en la cola, muy
suavemente, por lo sucedido.
¡¡¡Gracias a Dios me salvé del reto de mamá!!!
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Ornella Cecchini
Como
todas las tardes de verano, mamá nos bañaba y nos preparaba la mesita en el
patio; los individuales de Mickey, la chocolatada, las dos tazas, la mía azul y
la de mi hermano roja como las sillitas que nos había regalado papá, los
bizcochos o las galletitas, mermelada, queso o lo que hubiera en la heladera.
Encendía la tele, que se veía desde la ventana, la ponía en el canal de
dibujitos para que nos entretuviéramos un rato y se iba a bañar, era su turno.
Ese
día había en la mesa un tarro con algo de color marrón claro, mezclado con
amarillo, igualito que el shampoo que nos ponía mamá. Yo pensé que ella se lo
había olvidado, pero no le dije nada y ahí fue cuando se me ocurrió la gran
idea.
"Pobre
Rita" le dije a mi hermano. "¿No está sucia? La podríamos bañar
¿No?". Pero él no quería, tenía miedo de que nos reten. Yo insistí y
cuando la perrita se acercó agarré el tarro y se lo tiré todo encima. Con mis
manos comencé a desparramárselo por todos lados, pero el pelo no le quedaba
suave como el mío, estaba todo pegajoso y duro... Justo en ese momento salió mi
mamá del baño y me enganchó con las manos en la masa, y desde la puerta empezó
a gritar.
-
¿Qué hiciste? ¿Por qué le tiraste toda la miel a la pobre Rita?
"¿Miel?"
Pensaba yo. "Pero si eso es lo que vos me pones cuando me bañas
mami".
- No
hija, eso es miel, es para comer como la mermelada y el dulce de leche. Me dijo.
La pobre Rita estuvo días con los pelos duros,
no hubo forma de quitarle la miel de su largo pelaje. Finalmente tuvieron que
pelarla. Menos mal que era verano decía mi mamá, sino se iba a congelar Ritita.
Desde ese día cada vez que mamá me bañaba revisaba que fuera shampoo lo que me
ponía y no miel por equivocación, yo tenía un pelo muy largo y no quería quedar
pelada.
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Vanina Taricco
Cuando
era una niña pequeña aborrecía profundamente dormir la siesta, consideraba a
eso una pérdida de una porción del día, de la mejor parte del día. Eran pocas
las veces que mamá se olvidaba de mandarnos a dormir… ella sostenía que en las
siestas salían las iguanas y nos podían comer, entonces teníamos que acostarnos
a dormir un ratito. De más grande comprendí que lo de la iguana era un engaño
para que no hagamos ruido en las siestas tan sagradas para la gente que
trabaja. Lo peor era que cuando se combinaban el silencio aturdidor y el calor
sofocante del verano, nos dormíamos. Para mis hermanos más pequeños y para mí,
caer en los engaños de mamá y dormirnos, era un error, una gravedad enorme,
algo que se pagaba muy caro: perdíamos la posibilidad de ser los primeros en
meternos a la pileta o perder la mejor hora del día para hacerlo. Competíamos
por quién era el primero en sumergirse en el agua entibiada por el sol del
mediodía. Ser el primero en meterse en la pileta era lo mejor que nos pasaba,
era como ganar el oro.
Cierto
día, como casi todos los días, intentaba levantarme de mi cama sin hacer ruido
para no despertar a mi mamá y a mis hermanos y resulta ser que mi hermana
planeaba lo mismo. Ese día una amiga me había invitado a su pileta también.
Entonces mi plan era meterme un ratito en la mía, acostarme de nuevo y luego ir
a la de mi compañera.
Mi
hermana me dijo que íbamos las dos a la pileta o no iba ninguna y tuve que
aceptar. El obstáculo más difícil era salir de la pieza, una vez resuelto eso,
el ochenta por ciento del plan estaba consumado. Y lo logramos. Posteriormente
debíamos ir al patio… Por la puerta del hall no podíamos salir porque eso
implicaba pisar toda la vereda y terminar con los pies llenos de ampollas, la
de la cocina estaba cerrada y si la abríamos el inevitable ruido que emitía iba
a acabar con nuestro plan. La única salida era por la ventana del comedor. Por
ese entonces yo, por ser la más grande, era la de más estatura por lo que no se
me dificultó saltar la ventana pero a mi hermana se le problematizó un poco
más… tanto, que se le enredó un pie con la cortina y desarmó todo.
En
las tardes de verano mamá tenía la bendita costumbre de dejar el juego de mate
sobre la mesa del patio; era un ritual en mi casa tomar mates sentados bajo las
plantas. Siempre solía dejar las cosas que no corrían riesgo de romperse, por
ejemplo, el mate con los recipientes de yerba y azúcar… ese día, dejó el termo
también y mi perra atada al lado. Justo la perra se enredó con la pata de la
mesa, con tanta mala suerte que cuando pasé corriendo me enredé yo con su
correa. Adivinen a dónde fue a parar el termo de vidrio…
Ese
día me quedé sin mi pileta, sin la pileta de mi amiga y con la cola colorada.
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