escritura, extrañeza, experiencia

Durante el ciclo 2014 creamos un Taller de Narrativa como espacio curricular optativo en el Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba, Argentina.

Este blogfolio reúne algunas de las propuestas de trabajo y de las producciones de los alumnos. Los textos de apertura de cada tarea y el diseño de las consignas corresponden a la Profesora Beatriz Vottero, creadora y responsable del taller.

7/12/14

2.1 consigna de escritura: "entre mujeres"

Abrimos este segundo foro para invitarlas a una nueva tarea de escritura. La propuesta es pensar y reconstruir una escena particular vivenciada con alguna mujer de la familia: madre, hermana mayor, tía, abuela (valen también las tías postizas, esas del corazón, y todos los postizos, pero no -en esta ocasión- las amigas).
A partir de esa escena recordada, van a escribir una anécdota, con las mayores precisiones, es decir:
- describiendo el escenario, el contexto
- recuperando (o reinventando) diálogos
- caracterizando a los personajes o actores intervinientes a través de sus rasgos más significativos
- concluyendo con una reflexión en torno a cómo aquella escena nos afectó

Extensión: una página aproximadamente. Es libre la temática y el estilo: puede incluir o basarse en el humor (de todos los tonos posibles), en una revelación, en una confidencia, en un descubrimiento, en un enojo, etc.

Algunas producciones:


De cuando las tardes eran en el cielo

Natalia Mana

Estrelicia, flor de jardín
Despréndete del tallo
Echa a volar.
(Haiku propio)

Por aquellos años de infancia reduje mi compañía a una sola persona, una verdadera amiga, maestra y compañera de aventuras. Aunque lejanos ya, esos años resuenan como eco cuando tranquilamente evoco la felicidad.
Josefina contaba con un reducido y delgado cuerpito, mucha vida, muchos años al lado de mis nimios seis. Cualquier signo de longevidad era disipado por su diáfana voz, ¡y claro!, cómo no quererla para que sea mi mejor amiga si todo en ella era perfecto, pero lo que más me gustaba eran sus ojos azules que siempre fueron, es decir, de ella y míos, nuestro cielo a la hora de viajar.
Recuerdo perfectamente como si fuese hoy, o la tarde de ayer, cuando salía de la escuela y la ansiedad, característica que mantengo firme hasta el momento, me hacía correr hasta casa, casa en la que aún hoy vivo, veinte años después. Con esa misma velocidad hacía la tarea de la escuela, con su ayuda -la de Josefina, claro está- las primeras letras, sumas y restas fueron pura alegría. Al cerrar mis cuadernos lo mejor de todo era escaparnos por las tardes a algún país desconocido.
Con mi compañera de viaje, en aquel tiempo, emprendíamos ausencias tan largas y a lugares tan remotos que creo no me alcanzaría esta historia para describirlos a todos.  Nunca subí a un avión, jamás viajé más lejos que a Jujuy, pero cuando tenía seis fui a Italia pasamos por Costa rica y Brasil.
Por cuestiones de razonamiento básico, un avión, ese enorme pájaro de hojalata que surca cielos, debe pesar unos 200.000 kilos aproximadamente -de este dato no se fíen porque los números nunca serán mi fuerte-  en nuestro caso, viajeras improvisadas, no contábamos más que con una gran habitación con vista al jardín, que hacía las veces de sala de espera para los pasajeros que tomaban ese vuelo y de aeronave al mismo tiempo, unas cinco o seis sillas que oficiaban de butacas en nuestro aparato volador. Hasta aquí todo muy liviano. Nada de lo que teníamos lograba ni siquiera igualar la mitad del peso de un aeroplano de esos que despegan en los aeropuertos, quizás, lo único que conseguía parecerse a ese monstruoso aparatejo eran aquellos pesadísimos fierros de acero y un par de manivelas que componían una vieja cama ortopédica, lugar de residencia de Josefina desde hacía tres años ya. Con el paso del tiempo al igual que un tren abandonado sobre rieles, los frágiles huesos de mi compañera de excursiones se fueron oxidando hasta que no sirvieron más de sostén para su diminuto cuerpo. Jamás su imposibilidad física fue impedimento para volar. Sólo era cuestión de tomar una de las manivelas, enderezar su pequeñísimo cuerpo simulando una butaca, acomodar nuestros cinturones, pedir pista y tomar el mando de nuestro avión.
- ¿Adónde viajamos hoy, nena?- me decía, Josefina, con tierna voz.
-¿Qué te parece si a Paris, abuela?- le contesté a punto de despegar.
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Agostina Medina

No recuerdo el día exacto en el que pasó, pero si sé que estábamos en lo de mi abuela con cuatro primos. Nos gustaba ir a la casa de nuestra abuela porque tenía un kiosco y siempre nos regalaba algún chocolate, chupetín o caramelo.
Ese día, que estábamos Yain, Miyen, Diego, mi abuela y yo, estaba muy caluroso y todos ayudábamos en el negocio para que luego mi abuela nos pagara con alguna golosina. Había llegado mercadería y mandó a mi prima la mayor a ponerle precio, mientras yo la ayudaba a guardar las cosas en los estantes.
A lo lejos vi una caja y dentro de ella una bolsa grande de caramelos de gomas de todos colores que a mi tanto me gustaba y, yo no lo dude, fui hasta la caja, saque la bolsa y la escondí para llevarla a mi casa.
Al terminar la mañana, mi prima Yain le cuenta a mi abuela que había faltado una bolsa, que en las boletas la habían cobrado y en las cajas no estaban. Mi abuela, preocupada, llama a la empresa que le había traído el pedido comentándole que se habían olvidado de dejar una bolsa de caramelos y ellos insistían que la habían llevado y que estaba dentro de la caja.
Por la tarde, nos llamó a todos los primos y nos hizo sentar alrededor de una mesa, solo ella, que nos preguntaba si habíamos sacado esa bolsa y solo yo contestaba:
-“Fue la Yain, ella estaba marcando las cosas”- y fue ahí, donde todos comenzamos a gritar y a echarnos la culpa unos con otros, hasta que mis lágrimas me delataron y dije la verdad.
La única respuesta que tuve fue de mi abuela que riéndose me decía:
-“¿cómo te vas a llevar una bolsa de caramelos Agostina?, te van a agarrar parásitos y después no quiero que a media noche llores porque te pica la cola”.
En ese momento mis primos me señalaban y se reían junto con mi abuela.
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Ayelén Altaminaro

Los domingos, el día de reunión familiar.  A las diez la hornalla ya estaba prendida, mi nona amante de la cocina, comenzaba desde temprano a cocinar, para que cerca del mediodía ya estuviera todo listo y así saborear los riquísimos platos que hacía. Como nieta inquieta me acercaba a curiosear y si estaba de buen humor Rocita, me dejaba hacer algo. Me iba acercando de a poquito a la mesada, la observación comenzaba desde la silla de la esquina de la mesa en la que me sentaba a desayunar. Una vez cerca comenzaban las preguntas y el ¿puedo probar? Mi nona me contaba cómo cocinaba su mamá y que ella aprendió observando. Siempre me acercaba mayormente para que me cuente historias porque en si era muy pequeña para que me dejara cocinar. Nunca reveló sus secretos, había un condimento que le daba un toque a la comida inigualable y sabía que lo sacaba de la quinta, ya que me iba detrás de ella a curiosear. Era muy restringida, siempre con la frase en la boca “observado se aprende”. Así también pasó con la ronda del mate, al ser la más chica nunca tomaba mate. “Al último y cuando esté tibio te cebo uno”, pero nunca estaba tibio, cebaba desde la hornalla encendida. Una vez por estar metida en la cocina, el horno al ser viejo exploto cuando se estaba calentando, pero me asuste, no me hizo nada. Y a partir de ese día siempre parada del otro lado de él. A medida que iba creciendo me dejaba integrarme en la preparación de la comida y aún más cuando hacia ñoquis. Me dejaba pasarlos por el tenedor para que adopten una bella forma, porque era eso, porque no aportaba nada en el sabor ni cocción. Eso me contó mi nona. Hoy en día no soy una cocinera profesional, pero me las ingenio cocinando. El amor que tenía ella hacia la cocina me genero el gusto por cocinar. Y cada vez que realizo una comida trato de que me quede como la de ella, pero es imposible porque me falta el condimento secreto que utilizaba.
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Corina Meichtri

Cuando el otoño se iba despidiendo, mi tía Chiche, fue de visita a mi hogar en su flamante auto blanco e impecable, a pedirnos a mi mamá y a mí que la acompañáramos al vivero de Martín porque estaba obsesionada por comprarse una palmera, pero no cualquier palmera. Quería la misma que se encontraba decorando el magnífico patio de su vecina Estela, quien le había contado que el nombre especifico de la tan bella planta era palmera “pindonga”.
Tanto a mí como a mi madre nos desconcertó la denominación de esta variedad y la interrogamos en varios momentos acerca de si estaba segura de que realmente era ese el verdadero nombre de la hermosa palmera. Ella, muy convencida y determinante, nos contestaba que sí mientras ya nos encontrábamos de camino al vivero.
Una vez en el lugar, recorrimos los pasillos plagados de diferentes plantas, algunas coloridas y otras no tanto, hasta llegar al sector de las fabulosas palmeras (según mi tía), pero sus tamaños no la dejaban convencida por lo que, con su predisposición y energía características, se dirigió hacia el vendedor que se encontraba atendiendo a un reconocido médico de la ciudad, y le preguntó con su voz chillona y elevada “¿Tiene una pindonga más grande? Porque yo quiero una que ya esté crecida”. Al oír esto y ver la cara que puso el vendedor cuando levantó la vista de los coloridos plantines, mi mamá y yo salimos, casi corriendo, del local y la esperamos en el auto.
A los pocos minutos, mi tía también salió muy ruborizada del local y, una vez dentro del auto, nos contó, en medio de carcajadas, que el vendedor le aclaró que la variedad no era “pindonga” sino “Palmera-Pindó”  y que su cara se transformó inmediatamente al sentir el calor de la vergüenza, por lo que se fue sin despedirse y sin su deseada palmera “pindonga”.
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Evelyn Oliva

Los días eran coloridos, añoraba el momento de terminar las clases de primaria para ir a vacacionar a la casa de mis abuelos. Emprendía el viaje con una felicidad absoluta, durante 100 km observaba campos, vacas y algún que otro animal. Era una odisea descansar allá, con solo pensarlo me sentía plenamente feliz. ¿Cuándo llegamos? Le preguntaba a cada ratito a mi papá. –“No seas ansiosa” respondía y seriamente me decía “sentate bien y abrochate el cinturón, que todavía nos falta rato”. No era tanta la distancia que debíamos recorrer, pero mis ansias me hacían inevitablemente cargosa.
Sentada en el asiento de atrás pensaba en lo que haría cuándo llegara a destino, sí y también hablaba sola, o me hablaba a mí misma, “quiero ir a la quinta y yo misma sacar las verduras maduras, también quiero ir a ver un pony y si puedo quiero dar una vuelta, quiero ir a ver el loro, el loro que habla, quiero comer muchos chocolates y tomar el desayuno en la cama, también quiero dormir en la cama grande y mirar dibus hasta tarde”.  Pero lo que más añoraba eran las clases de cocina con mi nona Ana. “Portate  bien y no hagas renegar” reitero mi papá,  la próxima semana vendría a buscarme.
Obviamente hice todas las actividades que quise y no solo esas, sino que muchas más. Una mañana luego del abundante desayuno en la cama mi nona me dijo “vamos a la cocina tengo una sorpresa” de un salto me levante de la cama,  me cepille los dientes  y fui corriendo a la cocina. “Toma fíjate si te gusta” dijo mi abuela, cuando abrí el paquete observé un hermoso delantal de cocinera color rosa pastel, con tres vuelitos  floreados y un gorro (todo esto de mi talle). Mi felicidad era aún más grande todavía. “Me re encanta” le dije y la abrace, “pero ahora quiero cocinar”. Entonces mi dulce y amable nona me pelo unos zapallos, me dio un paquete de harina, sal y leche. Muy concentrada proseguí con mi actividad, en este momento me creía “Doña Petrona”, entonces corté los zapallitos en cubitos, los cubrí con sal, luego con mucha harina y leche. Revolví un poco. Miraba la masa que había logrado y me sentía inmensamente realizada. “Muy bien querida” me dijo mi nona Ana cuando se la mostré. La hora del almuerzo estaba llegando. Yo me encontraba lejos de casa, de los límites de papá y mamá y entonces le dije: “no nona, pero yo ahora quiero cocinarla al horno porque es una tarta y quiero que a las doce comamos mi comida”. Mi nona me miro y me dijo “no querida la guardemos para la noche”, pero yo ya sabía esa táctica, significaba que a la siesta la iba a tirar y yo me iba a olvidar de mi tarta. Entonces la mire y le exprese en mi cara la más profunda tristeza que con 7 años no había sentido jamás, las lágrimas caían unas tras otras. “Oh no querida, no llores enseguida lo meto al horno”. Agarro mi engrudo y lo puso a cocinar. Yo con mi delantal y mi gorro, muy orgullosa puse la mesa y esperé el almuerzo.
“Esta listo” dijo al rato mi abuela, saco la masa del horno, que por cierto estaba bastante dorada e inflada. “Proba nono y vos también nona, mmm se ve riquísimo, yo también quiero un pedazo”, cortó la tarta y sirvió un pedazo en cada plato. “mmmm que cosa más rica” dijo mi nona y después de mi tarta comió milanesas con puré.  
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Florencia Andrighetti

Ese fue el día en que ya no la conocí. Mamá me buscó en la escuela y fuimos a verla. Tomó mi mano, arrastró mi mochila a carrito que pronunciaba ruidos entre las baldosas de la vereda, y subimos al auto.
-              ¿Vamos de la abuela? – pregunté.
-              Sí. – contestó mamá.
Un sí seco, que pareció rasparle la garganta y retumbar en mis oídos. Nada se dijo en el camino.
La casa de los abuelos hoy se ve muy mal, el pasto alto, la pintura cascándose cada día. Pero ese día, como hasta hace algunos años, la vereda brillaba al igual que las rejas negras y el camino que conduce a la puerta. El gomero alto de hojas inmensamente extraordinarias siempre me contemplaba en mi niñez, o eso presentía cuando me rozaba la piel al pasar. El picaporte llegaba a mi nariz, aproximadamente. Lo tomé para abrir la puerta, pero estaba con llave. Mamá tocó y minutos después alguien la abrió. Alguien, ese alguien que es hoy un espacio vacío en mi conciencia. No puedo saber quién era. Pero sí la vi a ella, como la veo hoy en una fotografía mental, sentada en esa larga mesa en el medio del comedor, debajo de tantos platos que colgaban en la pared coloreando el ambiente. La veo ahí, y me mira.
-              ¡Hola! –  dijo con su inconfundible voz (que hoy resuena en mi alma).
Rompí en llanto. Algo había cambiado en ella. La miré clavándole los ojos con tristeza y desconcierto.
-              Mami, ¿su pelo? – pregunté con miedo, y volví hacia afuera.
La abuela estaba enferma, y ahora, rapada. No era comprensible para mí en ese momento. Escuché que todos rieron, pero no a carcajadas. Fue una risa incómoda, risa que entendía lo que mi edad no me dejaba entender. ¿Qué le estaba pasando a la abuela? Mamá dijo algo refiriéndose a un pañuelo, y minutos después me pidieron que volviera adentro, donde una vez más, mi mente lo fotografió todo. En la misma posición, un pañuelo violeta le cubría su cabeza, anudado desde atrás, dejando caer a un costado los extremos.
Le di un beso, y a cambió se entregó en un abrazo tembloroso y perfecto. Nunca estuvo tan sincera y viva. Nunca estuvo tan linda.
Seis años de vida no alcanzan para entender las injusticias de una enfermedad, de un adiós tan extraño y lejano en el tiempo. La Negra, la abuela Negra no sintió dolor ante mis miedos que me alejaban de ella, más bien me abrazó en la eternidad del instante. No puedo olvidarlo, ni olvidarla, pero hoy quisiera pedirle perdón, besarle la cabeza, sin ningún pañuelo, de ningún color. Hoy volvería a entrar y correría a sus brazos, para que mamá tampoco se entristezca como se entristeció, camuflándose en esa risa cómplice de madre e hija que observé entre ellas. Una conexión entre generaciones que se perdió, pero que me dejó fotografías dolorosas.
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Gabriela Zavala

Cuando mi abuela se sentó a la mesa, vi en sus ojos las ganas de charlar. Hacía una semana que la habíamos traído de Río Cuarto, done vivía, para cuidarla en mi casa. Le estaba costando mucho recuperarse de una peligrosa operación intestinal. Dormía todo el día, se levantaba para comer y si veíamos en ella un atisbo de buen humor, la regla era aprovecharlo para mantenerla activa. Casi nunca sucedía esto. Se volvía a acostar después.
Últimamente andaba despeinada, de camisón todo el día, agachada y arrugada como una pasita de uva. No tenía ganas de levantar los pies para caminar, así que su sonido característico había pasado a ser el que producía ese roce de lija de sus chancletas contra el suelo.
Ese día, mi abuela me miró con buen humor. En seguida traté de pensar un tema para sacar, aunque fuera sólo para cumplir y romper el silencio. ¿Para vos existe el amor a primera vista, abuela?, le pregunté. Fue lo primero que se me ocurrió y un instante después de decirlo me arrepentí. ¡Qué pregunta más estúpida! ¡Qué iba a saber mi abuela sobre eso!
Sus ojos se posaron en mí y un brillo se adueñó de su mirada. La sonrisa de mi abuela, de dientes marrones y maltrechos por el paso de los años y las comidas, la hicieron volver por un instante a su juventud. Fue como si la hubiera visto, mujercita, con un vestido verde ceñido a la cintura y un cutis perfecto. Como si volviera a sus épocas pasadas, me contó una historia con lujo de detalles.
Cuando era joven, me gustaba tener novios y dejarlos. ¡Cómo lloraban esos cristianos! Siempre fui pobre. Trabajaba limpiando una casa al frente de donde vivía tu abuelo con sus hermanos y su madre, Aurora. Ella me amaba. La conocía porque siempre iba a jugar a las cartas a la casa de mi patrona. Un día me contó que Pedro, su hijo, se había peleado con la novia. Estaban comprometidos, casi listos para casarse, cuando él se enteró de una infidelidad. ‘Está tirado en la cama’, me decía. ‘Andá a conocerlo alguna vez’. Y qué te voy a decir, Gabi. No te voy a mentir. Me gustaba conocer muchachos. Así que un día fui.
Unas largas carcajadas mutuas interrumpían el relato. El brillo de sus ojos se incrementaba cada vez más. Una sonrisa amplia se dibujaba en su rostro y no paraba de hacer gestos con sus manos, como una mujer coqueta y sensual. El ambiente que se había creado entre ella y yo era perfecto. Viajé con esa mujer en sus recuerdos.
Fui a la casa de doña Aurora. El hijo estaba con los amigos. Aunque ellos lo invitaron a ir a dar unas vueltas, él prefirió quedarse. Se sentó con nosotras a la mesa. Y bueno, debo reconocer que yo no estaba soltera. Tenía un novio que se llamaba Huber. Me iba a visitar de vez en cuando y lo conocía toda mi familia. Cuando Aurora le contó a Pedro que yo tenía novio, él nos dijo que eran compañeros de trabajo. Aprovechó el momento y empezó a despotricar, a hacerlo quedar mal al pobre Huber.
Cuando me dispuse a retirar, Aurora le pidió a Pedro que me acompañe. Con gusto él lo hizo. Charlamos mucho en el camino y, cuando llegamos a mi casa, me invitó a ir al cine esa misma noche. Obviamente, no podía salir sola así que le dije que tenía que acompañarnos mi prima. ‘Claro, no hay problema’, me dijo. Y nos esperó una hora afuera de casa mientras nos cambiábamos las dos.
En el cine nos cansamos de charlar. ¿La película? Qué sé yo. Jamás voy a acordarme de qué trataba. Yo no hacía más que mirar a tu abuelo. Guapo, muy guapo. Aunque Huber era más pintón, tu abuelo me cuidaba. Era tan responsable, educado. ¡Cómo no me iba a enamorar!
Hijita, dicen que no existe el amor a primera vista. Me preguntaste eso, ¿no? Ese mismo día a la salida del cine, tu abuelo me propuso noviazgo. Claro que sabía que estaba con otro. Y no le importó. Acepté sin dudar y, al otro día, lo dejé a Huber luego de recibirlo en mi casa. Lloraba, por supuesto. Pero fue el último que abandoné. Cincuenta y cinco años estuve con tu abuelo. Y podrían haber sido muchos más si la muerte no hubiera venido a buscarlo.
Cuando mi abuela terminó su relato, volvió a ser la mujer anciana que conocía. Su vestido verde ceñido a la cintura se convirtió en un camisón y su cutis perfecto se llenó de zanjas profundas. Unos ojos tristes reemplazaron a los brillosos y se levantó de la mesa acordándose nuevamente de sus dolores. Se fue a la cama.
Me quedé sola en la cocina. No pude evitar recordar el día, mucho antes de escuchar este relato, en que mi abuelo, lleno de delirio, le pedía a mi nona en la clínica que lo llevara a la casa: ¡Negra! ¡Llevame! ¡Quiero ir a casa! ¡Llevame con vos! ¡No seas mala! Mi abuela lloraba y le decía: Cuando te pongas bien, papi, te llevo. Te llevo conmigo. Al otro día, su amor de cincuenta y cinco años a primera vista falleció.
Hoy la entiendo. Ni los nietos, ni las hijas, ni las hermanas, ni los amigos. Ninguno le devolvió la plenitud que solía verse en su cara. A veces tiene esas alegrías superficiales que le despiertan un poco su corazón opacado por la soledad, por la culpa. Entendí lo difícil que debe ser ver desde lejos a los que te rodean, con sus vidas, sus obligaciones y su caminar incesante. Verlos pasar como ráfagas de viento. Y desear no tener las manos arrugadas, surcos en la piel, espalda gacha, piernas sin fuerza. Desear el pasado para volver a amar como se ama a un amor a primera vista.
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Giuliana Capellino

Aquella pieza del fondo del patio, húmeda y oscura, fue por mucho tiempo nuestro refugio secreto. Para llegar a la pequeña habitación, debíamos atravesar el largo patio de la casa corriendo. Era fundamental que nadie nos viera para poder realizar nuestras actividades. Una vez allí, nos encerrábamos con llave, corríamos la cortina y quedaba todo herméticamente cubierto para comenzar a trabajar.

Camila, mi prima, era dos años menor que yo. Más allá del parentesco que en realidad teníamos, nosotras afirmábamos que éramos hermanas, lo prometimos un día de lluvia en que se nos ocurrió.

Para hacer nuestro el lugar, colocamos ahí una pequeña mesa y dos sillas. La piecita estaba llena de envases, productos y sustancias que nos llamaban mucho la atención. Inclusive contenía un armario lleno de herramientas de trabajo. Era lo que necesitábamos para nuestro plan, nada faltaba debajo de ese techo desprolijo hecho con rapidez. 
Mis primas venían a visitarnos solo los fines de semana, razón por la cual debíamos administrar bien el tiempo que teníamos para nuestro proyecto. Belén era la más chica de ellas, con Camila lográbamos siempre escaparnos de su presencia. No entendía los códigos que manejábamos las grandes.
El día que comenzamos a realizar el experimento, sentimos una fuerte satisfacción. Mezclamos en una botella de plástico los líquidos necesarios para salvar al mundo de las hadas. La sustancia que logramos tomó un color cada vez más celeste, era espesa y tenía muy rico perfume ¡Cómo no iba a funcionar! Todo salió perfecto. Escondimos lo producido tan bien que en la semana no pudo encontrarlo nadie.
El fin de semana próximo repetimos los pasos para sacar la misma creación. También lo logramos. Solo nos faltaba encontrarnos en su mundo para salvarlas.

Caminamos unas cuadras. Llevábamos las botellas en bolsas de cartón. Nadie podía verlas, de lo contrario no funcionaría el efecto.
Llegamos al lugar en cuestión, desparramamos la preparación en el sitio indicado y luego nos tomamos de las manos con Camila y juramos no abandonar nuestro proyecto jamás.

Cuando estábamos regresando a la casa de nuestra abuela - sí, la casa que contenía ese gran patio y la piecita allá en el fondo- nos dimos cuenta que algo andaba mal. Estaba esperándonos en la puerta mi hermano más grande, quién nos recibió con un “la que les espera”. Una vez adentro, empezamos a escuchar los gritos de la abuela que venían desde el patio. No paraba de quejarse, estaba enfurecida, preguntaba qué había sucedido con todos sus productos de limpieza, con su mercadería, con las herramientas del abuelo.
Nunca la vimos tan loca, nadie nos comprendía.
En ese preciso momento de culpa vimos que mi hermano mayor, Paulo, no paraba de reírse. Seguramente él fue el traidor.
Y fue a partir de ese momento en que nos quedó completamente prohibido, a mi prima y a mí, pisar la piecita de la abuela Negra.
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Julieta Domínguez

Una noche y libros por doquier.
Luego, el fantasma de la soledad aparece en sus bocas.
El silencio.
¿Qué habrá en los silencios?, ¿qué pensamientos transitan en sus cabezas? Sé. Ellos corren como la sangre por sus venas. Así, anatómicamente, sin permiso, sin tregua. Invaden y brotan de sus ojos las lágrimas.
Piensan en silencio y sollozan. No hay consuelo, pero la una tiene a la otra. Comparten el vaivén de la incertidumbre incansable, esa que, la noche, esconde en su inmensidad.

Golpean mi puerta. Es ella, ha venido con la desesperación a cuestas. Reconozco el peso de sus sueños incumplidos, en la curvatura que sobresale de su espalda.
De improvisto me arroja preguntas. Yo no sé bien qué responder. ¿Qué creerá que son los milagros?
La tristeza la acongoja.
Yo sospecho porque vino esa noche. A lo lejos, percibía que, tal vez yo, estuviera tan sola como ella.  Lo había pensado, quería ser yo quien fuese, pero no quise molestarla. Fue bueno  que ella viniera.
Habló de una vergüenza. Sí, de la vergüenza que le provocaba molestarme para aminorar su soledad. Comprendo. Sus años desacreditan un diálogo interesante. Lo sé, ella lo piensa, me lo ha dicho. Pero no es así. Yo deseo, anhelo oírla.
Ella es mayor y no hace mucho quedó viuda. La vida nos acercó, como acerca a desconocidos que, probablemente, después de conocerse, sean nuevamente desconocidos. No sé por qué pienso esto, ni por qué lo escribo.
Me relató su vida pasada. Se notaba en su temblor el nerviosismo. Ella quería entender por qué Dios llevó a su marido. “Él era bueno, trabajaba, no molestaba a nadie”, me decía. Le dije con aire firme que era mejor no hacerse ciertas preguntas, que la única certeza que tenemos los hombre es que vamos a morir.
Ella no me oía. Comprendí que sólo necesitaba que no intercediera, que la escuchara. Que le brindara un rato de mi tiempo, de ese tiempo que me reprochaba al decirme “mis hijas no vienen, por qué no vienen. La más grande es mala y anda todo el día ocupada con sus hijos adolescentes. Yo la entiendo, pero media horita… sabe que no estoy bien” Me quebraba.
Luego mencionó un psiquiatra. Y vi sus lágrimas caer. “paso horas, días. Cuando se van los fines de semana los de cada departamento quedo sola, no sé qué hacer. Mi casa ya está limpia y la vereda baldeada. Soy capaz de dormir desde las tres de la tarde a las cuatro de la madrugada. Decime nena, qué hago a esa hora ya sin sueño”.
Enmudezco. Permanezco frente a ella, pero ahora ya no sé si la escucho. No sé si logro la gestualidad que requiere una cara atenta.
Me adentro en mí. El temblor me invade. La incertidumbre del futuro empieza a preocuparme. Mi realidad, hoy era otra, pero tal vez…
Me detengo. Miró hacia atrás, la mesa llena de libros y todo estático. Encuentro sólo mi presencia.
Me pregunte por mis padres. Probablemente los estuviera abandonando como sus hijos a ella. Quedé perpleja. Contemplé unos segundos más a la nonita. Ella estaba toda triste y con la mirada en el piso. Recuerdo que se quejó de las raíces de su pelo, de que debía teñirse y que la hija iba a venir y no vino. Era verdad, su pelo rubio estaba emblanqueciendo. Desde el centro de su cráneo hacia abajo.
Pensé cómo sería yo con mis padres cuando ellos fueran grandes o alguno faltara. Fue imposible concebir ese pensamiento. Y no lograba volver al diálogo.
La nonita quiso irse. Vio mi alejamiento.
Le agradecí que viniera, le dije que lo hiciera cuando quisiera, que no era molestia. Ella insistió con una invitación, quería que fuera a su casa, que estuviera con ella. Le prometí que lo haría.
Cerré la puerta; me ubiqué en la silla que estaba inserta, ahora, para mí, en medio de una inmensidad absoluta. Observé todo en silencio, como viéndolo todo por primera vez. Tomé el teléfono y llamé a mis padres. Hablé con mamá y lloré.

Puse ese punto final y temo que lo he colocado mal. Aún no cumplí mi promesa.
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Mariana Cattani

Estoy juntada hace tres años, cuando teníamos un año de estar juntos con Ricardo (mi papá) teníamos la idea de traer un hijo al mundo y comenzar a agrandar la familia, pero aquello comenzó a convertirse en un calvario, pedimos ayuda lo primero que los médicos decían era que yo no ovulaba y que jamás podría estar embarazada, en la segunda opinión salió que mi marido tenia bajo conteo de espermatozoide, al tiempo otro médico lo confirmo. De esa manera nunca iba a quedar embarazada, así que dejamos de visitar médicos, lo cual lo habíamos hecho por 3 años aproximadamente, entre pausas de algunos meses. Un día decidimos no ir más.
En el mes de Diciembre tuve retraso de 3 semanas y un malestar todo raro… ahora sí que estoy me dije, sin regla y con estos calambres y malestares algo raro en mí, más no sabía que mi bella princesita estaba haciendo estragos en mi. Un día me decidí a ir a hacerme una ecografía, pero me dijeron que era demasiado pronto para determinar si la ausencia de menstruación era por embarazo.
Entonces decidí hacerme un examen de sangre, los malestares a un estaban allí. Ese ocho de diciembre recuerdo que tenía que ayudar a mi suegra con el cumpleaños de mi sobrino, pase por el laboratorio antes de ir a su casa. Al mediodía fui por los resultados, siempre pesimista pero albergando en lo más puro de mi corazón la esperanza de aquel p o s i t i v o, y bendito Dios abrí aquel sobre ya en casa, recuerdo que me temblaban las manos y sentía algo en mi, y Dios, solté un grito, lloré y reí como nunca en mi vida al ver el resultado, en mi vida había sentido tanta felicidad. Salí y no dejaba de reír y llorar, uff! recuerdo que casi me chocan por cruzar la calle sin mirar, pero el hombre era un excelente conductor e iba despacio y logró verme y yo detenerme, no pasó nada y luego me puse a pensar como le digo a mi esposo que va a ser padre.
Espere  a mi esposo que regresara de trabajar, desayunamos juntos y ahí le di el resultado, después de mentirle cuando me preguntó si había ido a buscar el resultado, creo que lo impactó tanto que no dijo nada, yo solté a llorar de nuevo, a él sólo se le humedecieron los ojos, se quedó pensativo y sonreía. Es que lo criaron un tanto simple, con que se le aguaran los ojos era suficiente.
Luego vino la espera y gracias a Dios todo marchó relativamente bien, hubo una que otra complicación, pues a mi gordita se le enrolló el cordón desde la semana 20 hasta las 36, eso fue duro me daba mucho miedo que se ahorcara, pero gracias a Dios en la última ecografía ya no lo tenía. Se volteó en la semana 38 y nació por parto normal.
Al regresar a casa después del trabajo, cuando me despertaba se despertaba también, y cantaba conmigo las canciones de la radio. Ah! porque se movía tremendamente cuando escuchábamos la radio camino a casa.
Aquel 11 de julio de 1995 nació Mariana (Contracción de María: la elegida
y Ana: la llena de gracia), y aquí viene la parte triste, pues yo estaba tan ansiosa que al final cuando escuché su llanto por primera vez lloré, pero me entristeció tanto que no me la mostraran. Me la sacaron y se la llevaron a otro cuarto y la vi media hora después. Cuando la doctora me la mostró yo temblaba de los nervios y me recuperaba para poder salir de allí, de tonta lo único que le dije fue: “ay doctora esa es mi bebé, hola bebé” y sonreí. ¿Por qué? no sé.
Luego cuando ya la tuve en mis brazos me dije;” Es la cosa más bella que jamás he visto”. Después de haber pasado el dolor por culpa del desgarro me di cuenta que ya era mamá y le hablé, le canté a mi hijita como lo hacía cuando estaba en mi vientre.
Es hermoso ver el amor que unos padres pueden sentir por su hijo y hacer todo lo que este a su alcance para que esté este bien.
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¿En qué pozo nos metimos?
Marysol Nespolati

Corría el año 2002 cuando, no sólo había cambiado de grado, sino también de ciudad, de escuela, de casa, de todo menos de mí. Seguía siendo yo misma, una nena que se apasionaba constantemente, como cualquier criatura de nueve años que le gusta explorar nuevos horizontes, recorría rincón por rincón de la nueva casa, llena de nuevas expectativa.
La casa era linda, sí… pero más lindo era el barrio, las viviendas vecinas, las veredas con piedras de colores y los portones de madera de los garajes. De la escuela, lo único que conocía era el hall y la secretaría, donde me había inscripto, pero lo demás era todo un nuevo mundo por conocer, cuando acabaran las vacaciones de verano.
Rocíen era diciembre. Un mes hermoso para disfrutar en las piletas, los jardines con jugos frescos y barbies, tortitas de barro en bikini y andar en bici hasta la nochecita, pero… ¿con quién?
Habían pasado dos días ya en los que no dormía, porque el tren pasaba muy cerquita de casa y “se movía todo”, el techo se iba a desplomar en cualquier momento, estaba segura de eso. Aunque mi hermano y mi mamá me explicaran infinitas veces la fortaleza de la construcción y su imposibilidad de caerse, tenía miedo.  Nunca antes había pasado una máquina con esas dimensiones a dos cuadras de mi habitación, nunca antes habían vibrado de esa forma los vidrios de la ventana. Como decía, habían pasado dos días ya desde mi llegada y ya me quería volver a mi pueblito.
Luego de almorzar, tocaron la puerta. Era una niña de tez muy blanca, poca estatura y sus ojos claros irradiaban travesuras. Vestía un solerito blanco y sobre su pequeño rostro, colgaban dos colitas onduladas de cabellos rubios. No fue nuevo verla, el día anterior la había espiado desde mi ventana mientras jugaba en la vereda del frente. Me invitó a jugar.
¡Ninguna noticia podía ser mejor! Emocionada, saqué mi bicicleta, tenía una amiga nueva. Partimos para recorrer el barrio, me mostró casa por casa, cada una con una historia maravillosa. “Acá vivía doña Alicia, no le ibas a querer tocar una flor del jardín porque salía a los gritos diciendo que te iba a cortar los dedos”, “acá, viven dos mellizas que saben jugar conmigo, pero ahora están de vacaciones en el mar, porque sus papás trabajan bien y siempre tienen ropa y juguetes nuevos” y así hasta perder la noción del tiempo, hundiéndonos poco a poco en la siesta calurosa, en las veredas con piedras de colores, en un mundo maravilloso.
Había subido el sol cuando llegamos a lo que realmente importaba, una casa abandonada que estaba llena de misterios. Entramos trepando un portón y de ahí por la puerta de atrás. Ella la visitaba seguido, tenía una piecita para bailar y varios juguetes guardados. Ya no había ruidos en la calle, ni tampoco rastros nuestros.
Mamá salía cada tanto a espiarnos para custodiar por dónde andábamos, aunque no nos alejábamos de las dos cuadras a la redonda. “A las cuatro vení a bañarte” me había condicionado. Pero uno con tanta cosa nueva por conocer, con tantas cosas que contarnos, se pasó el tiempo.
Mientras nos encontrábamos muy entretenidas practicando las coreografías de Bandana, se largó a llover, ¿qué mejor que bailar bajo la lluvia? salimos al patio y cada paso, cada giro, cada baile se volvía aún más interesante entre las gotas y el barro del jardín. Todo era un sueño, por lo tanto, de mamá, ni me acordé.
Al cabo de un rato, cuando nada podía ser mejor se oyó un grito estremecedor “¿¡Me pueden explicar qué hacen acá?! ¡Hace una hora las estamos buscando preocupados, no las quiero ver nunca más cerca del pozo, si les pasa algo acá nosotros ni nos enteramos!”  Nuestras mamás, y por lo visto, estaban bastante enojadas.
Del pozo que ellas hablaban lo entendí una semana después cuando salí de penitencia y mi amiga me explicó que era el pozo negro del baño “donde van todas las cosas sucias y es muy hondo”.  Debo confesar que, más que miedo, me dio asco.
No volvimos más a esa casa, pero sí a otra que estaba a media cuadra de la mía, que tenía un patio más grande y un jardín en el frente, donde podíamos disimular que jugábamos, mientras trepábamos la tapia para ingresar a una habitación y sacar más pasos de las coreografías.
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Micaela Pereyra

Podría haberse quedado en su casa esperando, sentada en su sillón de mimbre en total oscuridad aprovechando la negrura de las medianoches de invierno, a que él llegara y en un movimiento de tres pasos poder paralizarlo por detrás, colgársele en la nuca y partirle un cenicero en el centro de su mollera.  Pero lo que Coca no tiene de violenta lo tiene de porfiada y de curiosa. Fue así que se abrigó con una campera muy grande, oscura, cubierta de corderito, se puso una bufanda que luego se sacó y me la enroscó a mí, dándole dos vueltas tapando bien mis orejas dejándome apenas una línea muy finita entre el gorro y la bufanda que me permitiría ver sólo lo suficiente de lo que iba a pasar esa noche, me alzó y subió a la parrilla de su bicicleta verde, dio el primer impulso, mientras balbuceaba maldiciones y su aliento salía como humo de dragón a punto de quemar por completo a su enemigo y nos alzamos viaje en un camino oscuro donde el frío obligaba a la gente a encerrarse en las frazadas y a las vías blancas titilar o apagarse en el momento justo que pasábamos bajo ellas.
Pedaleó tres cuadras dobló a la derecha e hizo dos o tres cuadras más. En medio de todas las casas que ya dormían había una que no. Había luz dentro de ella. Ahí fue donde paramos y donde los balbuceos de Coca comenzaron a incrementarse hasta llegar a un lenguaje que yo  no pude entender… el miedo empezaba a soplarme finamente la columna vertebral.
Coca me dio la mano, la sentí temblar y transpirar, su mano hervía. Caminamos juntas hasta la puerta. Recuerdo llegar apenas a la mitad de ella, a la altura del picaporte, me asomé y vi que la llave estaba puesta, no quería que Coca se metiera de improvisto a ese lugar, sabe dios quién podía esperarla adentro con la boca abierta y los dientes afilados.
Golpeó, tum tum tum. Tres golpes, duros, de un ruido seco que ni el eco de la noche se animó a retumbar. Yo rogaba dentro mío por favor que nadie abriera. Pero el picaporte se movió, la llave giró y Coca entró y por consiguiente yo también, detrás de ella, pero ya sin tomarla de la mano porque arremetió hacia la cocina donde se encontraba un viejo sin pelos en la coronilla y peludo en los costados, cerca de las orejas, con unos lentes muy grandes, de un vidrio más viejo aun, entre verde y amarillo, y el contraste de su gran nariz roja, colorada, transpirando alcohol, que estaba cocinando huevos revueltos. Ella no lo buscaba a él, pero aprovechó también para insultarlo entre el ruido apabullante de un extractor, por viejo borracho y traidor. Levantó el mantel de la mesa, miró abajo que nadie estuviera escondido, movió brutamente dos sillas mientras gritaba demostrando su valentía y advirtiendo a cualquiera que intentara enfrentarla  que hacerlo era enfrentar al propio demonio, y embistió de una manera fugaz en el dormitorio, y allí encontró a Omar, su esposo, a quien ella estaba buscando. 
Durante ese momento los gritos fueron muchos. Tantos y de tantas personas, que al unirse provocaron un estruendoso silencio, ensordecimiento que agudizó mi vista y dejó en mi retina una cama grande destendida, con mitades de frazadas en el suelo, un ropero marrón oscuro de patas cortas y espejos cómplices, más no testigos, clavados en sus puertas, una ventana cubierta de persianas y cortinas y un colchón enrollado entre medio, en un rincón, insignificante pero sin ninguna cuerda que lo atara y sostuviera de volverse a desenroscar.
-              Estás loca, Coca. ¿Con quién crees que puedo estar? – le decía vanamente Omar.
-              Locas sobran Omar, decime ¿dónde está?
-              No hay nadie. Sólo estoy con Kiko por comer unos huevos revueltos.
Pero Coca, que es más porfiada y curiosa que violenta, revisó todo, debajo de la cama, adentro del ropero marrón oscuro, detrás de las cortinas, entre medios de macetas, en el inodoro, rompiendo la cortina de la ducha, y yo apurándome en pasos cortitos detrás de ella veía solo fugacidades de colores, en los mosaicos y paredes y movimientos giratorios, aplastantes, de brazos y gritos y miradas sin brillos inundadas de tanto rabiar.
Y cómo un huracán que deja una insana calma luego de haber destrozado todo así Coca dejó de remolinear, se dio por vencida, no encontró a nadie.  Me agarré de su mano que ya estaba fría y llorando y me llevó a casa a dormir e intentar convencerme de que ella también lo haría.
Al otro día era un nuevo día, de esa noche de furia nunca más se habló, por lo menos delante de mí. Hace un año y siete meses Omar murió. En su tumba, con la brisa del viento susurrándome al oído, él me confesó el escondite de su amante. ¿Cómo iba sino a mantenerse enrollado un colchón sin una cuerda que lo ate?
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“Como si hubiese pasado ayer”
Milena Melgarejo

Febrero del año 1998. Un verano inconmensurablemente caluroso.
Se nos había hecho costumbre juntarnos todos los domingos en la casa de mi vecina Noemí. Ella tenía una hermosa pileta de cemento y un quincho espectacular para pasar las tardes de ese verano con temperaturas tenebrosas.
Noemí vivía al lado de mi casa con su marido Jesús, no sé bien por qué motivos nunca tuvieron hijos. Se encariñaron mucho conmigo y mi primo Elías, todas las tardes nos invitaban a merendar y a meternos a su pileta, pero no la de cemento que era enorme y súper honda, sino a la otra, la pelopincho chiquitita que estaba al lado.
Elías y yo teníamos tantas ganas de meternos a esa pileta, pero él, un año más chico que yo, no era de hacer travesuras, y si no me acompañaba yo tampoco me animaba a hacerlas. Veíamos cómo todos se divertían, jugaban a las cartas, al tejo, se zambullían en esa espectacular pileta y nosotros dos ahí, jugando con vasitos de plásticos y juguetes acuáticos que nos había traído Papá Noel.
Mi tía Marisa, mamá de Elías, tomaba sol al borde de la pileta, con una bikini fabulosa y mucho protector solar. Le caían lentamente gotas de sudor por la frente. Tenía un busto enorme, yo la admiraba, quería ser como ella cuando sea grande. Mi mamá le tenía terror al agua así que ella no se metía a la pileta, más bien prefería jugar al chinchón o mirar televisión con las amigas.
Mientras mi papá hacía el asado discutía de fútbol con Juan, el marido de mi tía, fanático de San Lorenzo y mi papá, de River, y nosotros dos seguíamos en la pelopincho observando todo y anhelando –más yo que Elías- meternos a la gran pileta.
Cuando estuvo lista la comida, nos reunimos todos debajo del quincho, y entre charlas de grandes, cervezas, música y mucho calor, Elías y yo seguíamos aburridos sin saber qué hacer. Cuando terminamos de comer, Marisa volvió a tomar sol al borde de la pileta, con sus lentes negros y su bella capellina;  mi primo se fue adentro a jugar a los videos juegos y yo, daba vueltas observando que nadie me prestara atención. Me decidí. Tomé carrera y allá fui.
Aaaaaaaaaaa ¡plaaffff!
-¡Marisa!, Milena se tiró –gritó mi mamá, desesperada.
Todos corrieron hacia la pileta. Mi tía puso las piernas colgando en el agua, estiró sus largos brazos, me agarró del pelo y me sacó, casi morada del susto.
-¡Cómo te vas a tirar! ¡Sos chiquita! ¡Entendelo! –me dijo mi mamá, enojada, asustada, jamás (en mis cinco años de vida) la había visto así.
-Pero yo quería… -quise decir algo y ella me interrumpió.
-¡Vos no tenes que meterte a esa pileta, mira si te ahogabas! –exclamó.
Me mandó adentro con mi primo, en penitencia. Me dijo que no me iba a llevar más a la pileta de Noemí. Yo lloraba.
Elías, que había visto todo de adentro, estaba asombrado, porque más allá de que yo estaba todo el tiempo diciendo que quería meterme a esa pileta y no a la chiquita, jamás pensó que iba a tirarme.
Hasta el día de hoy, es una anécdota que se cuenta en todas las reuniones familiares y que nos causa mucha gracia. Lo recordamos como si hubiese pasado ayer, pero mi mamá sigue insistiendo en el susto que le hice pegar.
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 El reto de mamá  
Mónica Figueroa

Una tarde de mucho frío salimos con mamá en busca de leña para nuestra estufa, para mantenernos calentitos. Era cosa de salir todos los días en mi compañía porque mi padre trabajaba por la tarde y mis hermanos debían asistir al colegio.
Mi madre, una mujer fuerte, luchadora, humilde, trabajadora, hermosa. Totalmente divina por dentro y por fuera. Ese mismo día llegamos con mamá a casa, despachamos los troncos en el patio y me pidió que me fuera a bañar así cenábamos en familia. Mis hermanos se encontraban realizando su tarea y papá mirando su programa favorito, como siempre.
Me metí a bañar y desde el baño sentía a mi vieja luchando con los troncos, escuchando como los cortaba para encontrarle la forma adecuada para la estufa. ¡Pobres vecinos!
Siempre que salía de ducharme le pegaba el grito a mi hermana para que me fuese preparando la ropa, cosa que ella odiaba, pero a mí me encantaba y disfrutaba muchísimo. Por ahí me preparaba cualquier cosa, como por decir un vestido corto cuando hacia tan solo ocho grados de temperatura, pero de todos modos los restos y el chirlo de mamá eran para ella.
Luego de mi ducha me dirigía hacia mi habitación, si mal no recuerdo sus paredes eran de un color rosa pero lo único que la arruinaba era el cubrecama de mi hermano Marcos, que era de un color verde, un verde claro. Realmente quedaba fuera de lugar, dos tonos totalmente diferentes, pero bueno. En todo el tiempo que yo demoraba para vestirme y ponerme bien coqueta, mamá Edith ya se había bañado e iba preparando la cena. “La cena de invierno”, así la llamaba papá. Hacía referencia al famoso café con leche, te, mate cocido o simplemente una buena sopa bien caliente. Esa misma noche mis viejos nos anunciaban que esa semana iba a ser la última semana que pasábamos en nuestro pueblo. Por cuestiones de trabajo a mi viejo lo llaman para trabajar en un hotel con el acuerdo de darle una casa para que pueda convivir junto a su familia.
Tan solo tenía siete años, convivimos un año y, medio con mi familia en el nuevo pueblo. Había hecho grandes amistades, pero como en todo grupo siempre está la mejor amiga. Johana. Así se llamaba mi amiga, una persona increíble, muy amable, de piel morena y de gran estatura. Recuerdo que a su lado parecía una hormiguita. Pero de edad era mucho más grande yo. Siempre me invitaba a jugar a su casa y ami me encantaba ir porque estaba llena de juguetes.
Una tarde de mucho calor, era a la hora de la siesta, decidí ir a visitar a Johana. En ese tiempo no existían tanto los celulares como hoy en día, por tal motivo no tenía como avisarles a mis padres que me iba a jugar a la casa de mi amiga y lamentablemente me tuve que escapar. Dentro de todo en ningún momento se me había ocurrido que pasaría todo esto.
Seis de la tarde y todavía no había pisado mi casa. Mi familia salió desesperadamente a buscarme por todo el pueblo, llamaron a la policía, fueron a la casa de cada uno de mis compañeros del colegio y nada. Se pensaron que me habían robado, que estaba desaparecida y solo me encontraba  jugando en la casa de mi amiga. Finalmente, mi mamá recordó donde podría estar. En casa de Johana.  Desde el altillo, en donde estábamos jugando, vi parar dos autos de la policía y de ellos observé que bajaban mama, papá y mis hermanos, desesperadamente mamá toca el timbre y golpea la puerta muy fuerte. Cuando me vieron sintieron un gran alivio. Me cargaron en el auto y me llevaron de regreso a casa, en el transcurso del viaje el primer reto fue por parte del policía. Cuando llegamos a casa fui la primera en bajar y entramos en fila, yo, papá, mamá y mis hermanos. Mi padre pegándome chirlos en la cola, muy suavemente, por lo sucedido.
¡¡¡Gracias a Dios me salvé del reto de mamá!!!
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Ornella Cecchini

Como todas las tardes de verano, mamá nos bañaba y nos preparaba la mesita en el patio; los individuales de Mickey, la chocolatada, las dos tazas, la mía azul y la de mi hermano roja como las sillitas que nos había regalado papá, los bizcochos o las galletitas, mermelada, queso o lo que hubiera en la heladera. Encendía la tele, que se veía desde la ventana, la ponía en el canal de dibujitos para que nos entretuviéramos un rato y se iba a bañar, era su turno.
Ese día había en la mesa un tarro con algo de color marrón claro, mezclado con amarillo, igualito que el shampoo que nos ponía mamá. Yo pensé que ella se lo había olvidado, pero no le dije nada y ahí fue cuando se me ocurrió la gran idea.
"Pobre Rita" le dije a mi hermano. "¿No está sucia? La podríamos bañar ¿No?". Pero él no quería, tenía miedo de que nos reten. Yo insistí y cuando la perrita se acercó agarré el tarro y se lo tiré todo encima. Con mis manos comencé a desparramárselo por todos lados, pero el pelo no le quedaba suave como el mío, estaba todo pegajoso y duro... Justo en ese momento salió mi mamá del baño y me enganchó con las manos en la masa, y desde la puerta empezó a gritar.
- ¿Qué hiciste? ¿Por qué le tiraste toda la miel a la pobre Rita?
"¿Miel?" Pensaba yo. "Pero si eso es lo que vos me pones cuando me bañas mami".
- No hija, eso es miel, es para comer como la mermelada y el dulce de leche. Me dijo.
La pobre Rita estuvo días con los pelos duros, no hubo forma de quitarle la miel de su largo pelaje. Finalmente tuvieron que pelarla. Menos mal que era verano decía mi mamá, sino se iba a congelar Ritita. Desde ese día cada vez que mamá me bañaba revisaba que fuera shampoo lo que me ponía y no miel por equivocación, yo tenía un pelo muy largo y no quería quedar pelada. 
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Vanina Taricco

Cuando era una niña pequeña aborrecía profundamente dormir la siesta, consideraba a eso una pérdida de una porción del día, de la mejor parte del día. Eran pocas las veces que mamá se olvidaba de mandarnos a dormir… ella sostenía que en las siestas salían las iguanas y nos podían comer, entonces teníamos que acostarnos a dormir un ratito. De más grande comprendí que lo de la iguana era un engaño para que no hagamos ruido en las siestas tan sagradas para la gente que trabaja. Lo peor era que cuando se combinaban el silencio aturdidor y el calor sofocante del verano, nos dormíamos. Para mis hermanos más pequeños y para mí, caer en los engaños de mamá y dormirnos, era un error, una gravedad enorme, algo que se pagaba muy caro: perdíamos la posibilidad de ser los primeros en meternos a la pileta o perder la mejor hora del día para hacerlo. Competíamos por quién era el primero en sumergirse en el agua entibiada por el sol del mediodía. Ser el primero en meterse en la pileta era lo mejor que nos pasaba, era como ganar el oro.
Cierto día, como casi todos los días, intentaba levantarme de mi cama sin hacer ruido para no despertar a mi mamá y a mis hermanos y resulta ser que mi hermana planeaba lo mismo. Ese día una amiga me había invitado a su pileta también. Entonces mi plan era meterme un ratito en la mía, acostarme de nuevo y luego ir a la de mi compañera.
Mi hermana me dijo que íbamos las dos a la pileta o no iba ninguna y tuve que aceptar. El obstáculo más difícil era salir de la pieza, una vez resuelto eso, el ochenta por ciento del plan estaba consumado. Y lo logramos. Posteriormente debíamos ir al patio… Por la puerta del hall no podíamos salir porque eso implicaba pisar toda la vereda y terminar con los pies llenos de ampollas, la de la cocina estaba cerrada y si la abríamos el inevitable ruido que emitía iba a acabar con nuestro plan. La única salida era por la ventana del comedor. Por ese entonces yo, por ser la más grande, era la de más estatura por lo que no se me dificultó saltar la ventana pero a mi hermana se le problematizó un poco más… tanto, que se le enredó un pie con la cortina y desarmó todo.
En las tardes de verano mamá tenía la bendita costumbre de dejar el juego de mate sobre la mesa del patio; era un ritual en mi casa tomar mates sentados bajo las plantas. Siempre solía dejar las cosas que no corrían riesgo de romperse, por ejemplo, el mate con los recipientes de yerba y azúcar… ese día, dejó el termo también y mi perra atada al lado. Justo la perra se enredó con la pata de la mesa, con tanta mala suerte que cuando pasé corriendo me enredé yo con su correa. Adivinen a dónde fue a parar el termo de vidrio…
Ese día me quedé sin mi pileta, sin la pileta de mi amiga y con la cola colorada.  

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