Todas recordamos
los cuentos que nos narraron en la infancia: Caperucita Roja, Blanca Nieves, La
Cenicienta, La Bella Durmiente, Pinocho, Pulgarcito... (hagan un esfuerzo por
desprenderse de las versiones cinematográficas de Disney y refuercen el
recuerdo del relato en boca de la maestra, de mamá, de la niñera, de la
abuela). Aquellos cuentos pertenecen, en general, al género maravilloso porque
relatan un mundo donde lo sobrenatural interviene en la vida de las personas
sin causar extrañeza: hadas, duendes, sirenas, ogros, espadas mágicas, brujas,
dragones, conviven con los seres humanos en un universo con leyes propias.
Como pertenecen,
además, a la tradición oral (aún cuando en algunos casos se reconoce un autor,
por ejemplo Hans Christian Andersen), la historia y el relato corren paralelos
desde la perspectiva cronológica, es decir, siguen una narración de orden
lineal en boca de un narrador omnisciente.
Lo que van a
hacer ustedes, entonces, será reescribir el relato para dar lugar a una nueva
narración, siempre sobre la base de no modificar sustancialmente la historia.
En otras palabras: tomen un cuento y lo reescriben comenzando el RELATO en una
escena crítica (por ejemplo, en Caperucita, desde el encuentro con el lobo en
el bosque, o cuando la niña llega a la casa de la abuela), utilizando analepsis
y prolepsis para recomponer todos los datos de la HISTORIA, tratando de ir y
venir (por ejemplo, adelantando algo para generar intriga, recuperando una
escena anterior para introducir datos necesarios, etc.). Pueden agregar nuevas
escenas si el relato, tal como lo están armando, lo exige; por ejemplo si se
han inclinado hacia una versión en clave de humor o de tragedia. Pero no
cambien la secuencia básica de la historia conocida porque la idea es ver cómo
una misma historia puede contarse de muchas maneras, a partir de cómo el
narrador arma el relato.
La segunda
condición será que la NARRACIÓN esté en boca de un protagonista.
¡Que se
diviertan!
Algunas producciones:
Gretel y Hansel
Ana Laura Mazuecos
-Entra en el horno, niña, y revisa si el agua
está caliente- Dijo la bruja de la casa de chocolate y caramelo.
Cuando me percaté de que quería que entrara
para cocinarme viva, con la absurda excusa de revisar el agua, me avivé y le
dije:
- No sé cómo hacerlo, nunca he revisado el agua
de una olla.
- ¡Pequeña inexperta! Observa cómo se hace- Me
dijo la bruja, moviendo sus brazos y su pelo, y luego se metió dentro de la
chimenea del horno, tal y como yo lo esperaba.
Entonces, la encerré junto a la olla con su
misma estrategia. Mientras cerraba la puerta del horno cientos de imágenes se
cruzaron por mi cabeza. Pude ver el resplandor que salía por las hendijas de la
puertecita y se posaba intermitentemente en las paredes y el techo, igual que
la pequeña llama que ví en los ojos de Hansel frente a la chimenea aquella vez,
cuando se quedó perplejo al oir que nos abandonarían en el bosque. Y ese
recuerdo trae el intenso deseo de que también mi madrastra, aquella que no
titubeó para abandonarnos en el bosque, esté dentro de este horno.
También el ruido de la bisagra me hizo recordar
ese momento de alegría que me producía el rechinar de la hamaca de mi patio en
cada envión que Hansel o papá provocaban. Esos instantes felices comenzaron a
aparecerse entre formas desprolijas que creaba para mí el resplandor en la
pared. Pude recorrer mi casa, los escondites, las habitaciones, los abrazos de
papá tan sinceros… Pero no encontré respuestas a mis dudas… ¿Por qué papá no se
opuso a nuestro abandono? ¿Por qué no nos dijo nada? Se lo voy a cuestionar
cuando regresemos a casa. Él, indudablemente, nos habrá esperado, nos dirá que
nos extrañó y nos abrazará; porque él nos quiere, seguramente, no quiso
abandonarnos, pero yo se lo voy a preguntar.
Ahora el resplandor crece anaranjado casi rojo
en mi cara y esta mujer, dentro del horno, grita fuerte, tanto que da escalofríos.
Pero yo también grité y lloré cuando los pájaros se comieron nuestros panes, el
único rastro que había dejado mi hermano para encontrar el sendero a casa.
Lloré más cuando no vi el rostro de papá volverse mientras se alejaban entre
los árboles. Lloré mucho, a diferencia de Hansel que no derramó una lágrima, a
quien sólo sentí temblar por un momento cuando se durmió. Él me había hecho un
hueco bajo su brazo y me había dicho al oído que no me preocupara que el camino
a casa sería fácil de encontrar porque al salir la luna se iluminarían los
trocitos de pan que él había dejado caer en el camino. Fue entonces que me
tranquilicé y acompañé su sueño, porque yo, por vigilar a la luna, no me pude
dormir.
Y al final, los panes no estaban. Me encontraba
en mis cavilaciones cuando una enorme luna asomada detrás de los pinos me
distrajo. Desperté a Hansel y salimos corriendo en busca del camino. Buscamos
por el suelo cercano, entre los pastos, sin embargo no vimos ni rastros de los
trocitos de pan. Yo, siempre más pesimista, bajé la mirada y me senté en un
tronco. Él escarbaba la tierra con los pies y suavemente corría las cortezas
caídas de los árboles. Después, comprendió que no los hallaría, que
probablemente algún animal se los había comido. Abandonó su búsqueda y se a
sentó junto a mí. Luego de estar unos minutos observando sus botas, Hansel,
pegó un salto que me asustó. Fue así que
emprendimos la marcha por el bosque y terminamos en esta casa de chocolate y
caramelo, la tentación más perfecta que podía existir para nosotros, pobres,
criados a pan y agua.
Sí, pobre de Hansel que debe estar sin pan y
sin agua, encerrado en aquel establo.
El Flautista de Hamelín
Giuliana Capellino
-¿Contento? ¡Al contrario! Me perdí las cosas
buenísimas con que ahora, seguramente, se estarán divirtiendo los changos. A mí
también me las prometió el flautista con su música, pero debería haber salido
una hora antes para llegar a tiempo; me falló el cálculo.
- Y ¿qué les prometió? Preguntó mi viejo,
queriendo saber todo, ¡qué pesado!
Le conté que nos llevaría a todos a una tierra
genial, cerca de esta ciudad que es un bajón. Según el loco, hay play para
todos, sobra el chocolate, podes chorear mandarinas tranquilo porque no hay
viejos que te corran a escobazos; las flores abundan, podes aplastarlas a todas
con la pelota que nadie te dice nada; todo es raro, no hay padres, mortal.
Lástima que me lo perdí, esta pierna chota con
la que nací no me dejó correr, me fui quedando cada vez más atrás y más atrás
hasta que perdí de vista al loquito de la flauta y a los chicos, ¡qué bajón,
bolo!
Llevó a los jóvenes de esta ciudad a ese lugar
porque el agarrado del intendente no quiso pagarle el trabajo de exterminar la
plaga de ratas. Lo hizo para vengarse, pero siendo realistas, hay que reconocer
que a nosotros, los pibes, nos hizo un favorazo. Bueno, a todos menos a mí ¡Qué
mejor que irse de esta ciudad sin onda!
Claro, para los adultos esto es una locura ¡Qué
miedo le tienen a nuestra libertad, bolo!
Hamelín, estaba invadida por la mugre. Las
ratas trajeron una banda de pestes.
Mi vieja estaba desesperada, a full con la
desinfección, nos obligó a vacunarnos, ¡pero dejarte de joder! ¡Vivir así,
imposible! Los municipales se reunían para solucionar el problema, después del
asado, obvio; discutían y discutían sin encontrar la posta. Cuando llegó este
tipo y se ofreció a ayudar, todo el mundo se le cagaba de risa en la cara, lo
vieron entrar a la sala de la reunión con un vestuario bastante raro, una capa,
un sombrero con una pluma, qué se yo qué más. Convengamos que el chabón de la
flauta, resultó ser un genio. Lo solucionó, se ve que el tipo tiene como un
súper poder, qué flashero, no sé cómo hizo. Tocó un par de notas y las ratas lo
siguieron hasta el río, se ahogaron todas. No quedó una. Genial.
Con los chabones no pasó lo mismo, quedé yo,
por ejemplo. Sí, soy el único pelotudo que se quedó afuera ¡Lo voy a encontrar,
lo voy a encontrar!
Los Tres Cerditos
Vanina Taricco
En el corazón del bosque vivían tres cerditos
que eran hermanos. El lobo siempre andaba persiguiéndolos para comérselos. Para
escapar del lobo, los cerditos decidieron hacerse una casa. El pequeño la hizo
de paja, para acabar antes y poder irse a jugar.
El mediano construyó una casita de madera. Al
ver que su hermano pequeño había terminado ya, se dio prisa para irse a jugar
con él.
El mayor trabajaba pacientemente en su casa de
ladrillo.
-Ya verán lo que hace el lobo con sus casas
-riñó a sus hermanos mientras éstos se divertían en grande.
El lobo salió detrás del cerdito pequeño y él
corrió hasta su casita de paja, pero el lobo sopló y sopló y la casita de paja
derrumbó.
El lobo persiguió al cerdito por el bosque, que
corrió a refugiarse en casa de su hermano mediano. Pero el lobo sopló y sopló y
la casita de madera derribó. Los dos cerditos salieron pitando de allí.
Casi sin aliento, con el lobo pegado a sus
talones, llegaron a la casa del hermano mayor.
Los tres se metieron dentro y cerraron bien
todas las puertas y ventanas. El lobo sopló y sopló, pero no pudo derribar la
fuerte casa de ladrillos. Entonces se puso a dar vueltas a la casa, buscando
algún sitio por el que entrar. Con una escalera larguísima trepó hasta el
tejado, para colarse por la chimenea. Pero el cerdito mayor puso al fuego una
olla con agua. El lobo comilón descendió por el interior de la chimenea, pero
cayó sobre el agua hirviendo y se escaldó.
Escapó de allí dando unos terribles aullidos
que se oyeron en todo el bosque. Se cuenta que nunca jamás quiso comer cerdito.
Pedro y el lobo
Marysol Nespolati
Fue así que entendí que a pesar de mis hazañas
nuevamente me escucharon. Prometí nunca más mentir, he aprendido mi
lección. Lo veía venir, estaba allí
justo atrás de mí, hambriento. Corrí desesperadamente por el llano del valle
que nada tiene para ofrecerme, nada tiene para ocultarme. Corrí sin aliento,
las piernas se me enredaban y mis pulmones ya no rendían. El bombeo del corazón
se me saltaba por la boca. Me perseguía incansablemente, él me deseaba y no iba
a detenerse hasta obtenerme. Busqué escabullirme entre los arbustos, pero fue
en vano. No lo podía soportar más, sollozo en mis gritos desesperados, nadie
parecía escucharme. Hasta que finalmente, por fin encontré un refugio. Salté y
me encerré en el molino. Desmayo.
Esto
podría ser consecuencia de mis actos, tan insolente para muchos, ahora
seguramente están pensando que es otra más de mis burlas. Me deben estar
abominando. Si me hubiesen vuelto a creer, eso no habría pasado. Qué más
querría que haberlos honrado, nadie hubiese inventado fabulaciones de no haber
dado por supuesto que una oveja, más que escapado, se la comió el lobo. Soy
culpable de la ingrata fantasía infantil que se alimenta y devora de ilusiones
para pasar el rato de una siesta aburrida, ante tanta ensoñación. Yo desperté y
faltaba una oveja, para mí yo no mentía, quien tan frescas tengo las cuentas
como mi edad, no mentía. He de hacerme cargo de aquellas habladurías que por
tedioso mi mente fantaseó de más, pero no puedo hacerme cargo de lo que la
gente entendió. Sea cual fuera la cuestión, ya no me creían. ¿Han de culparme,
acaso, con tan poca edad de trabajarles? En eso no pensaron.
Seguía acercándose. Daba pasos hacia atrás,
retrocedía sigilosamente hasta que me topó la otra pared del molino, si la
derriba, no tengo escapatoria, pensé.
¿A quién se le ocurre haber alertado en falso
anteriormente? Percibía que cada vez estaba más cerca, como balaban las ovejas
era estremecedor.
Mis piernas se aflojaron y mi vista se nubló,
haciendo parecer todo oníricamente inestable, desesperante. Quiero estar
soñando, despertar y contar las siete ovejas y, aunque falte una, no decir
nada. Tembloroso, desenredé la lana restante de entre mis dedos húmedos, me
sequé el sudor con el buzo, no había marcha atrás.
Mi inconciencia pesaba, en mis oídos solo había
silencio, mientras que mis ojos reproducían una película del rebaño corriendo
exasperadamente de un lado a otro.
Ya estaba ahí. Aunque grité - ¡Socorro, el
lobo! ¡Que viene el lobo! ¡Qué se va a devorar a todos! Nadie me creyó. Era de
esperarse, creo yo. El lobo acababa de comerse mi última oveja.
La fiera avanza, y allí estoy yo, nuevamente
corriendo a los gritos con la fe de que alguien se apiade de mí y me salve. Más
no iba a ser el agravio de lo que estaba haciendo en comparación de lo que
había provocado.
Si he de vivir, más no podré soportar este
recuerdo punzante que me estremecería hasta arderme las entrañas día a día,
moriría del dolor que la memoria me concede. Si he de morir, más yo que tan
poco viví debo confesar que no era mi intención bufonearlos, solo estaba aburrido.
Ya me creía muerto tras enredar mi pie con una
rama, cuando de repente oí el ruido de un disparo al aire. Eran los aldeanos
que habían vuelto a rescatarme, a pesar de que ya no creían en mí.
El Patito Feo
Ornella Cecchini
Decidí que debía buscar un lugar donde pudiese
encontrar amigos que de verdad me quisieran a pesar de mi desastroso aspecto y
una mañana muy temprano, antes de que se levantase el granjero, huí por un
agujero del cercado.
Así llegué a otra granja, donde una vieja me
recogió; creí que había encontrado un sitio donde por fin me querrían y
cuidarían, pero me había equivocado, porque la vieja era mala y sólo quería que
yo le sirviera de primer plato. Me fui de allí corriendo.
Llegó el invierno y casi morí de hambre, pues
tuve que buscar comida entre el hielo y la nieve y tuve que huir de cazadores
que pretendían dispararme.
Al fin llegó la primavera. Un día pasé por un
estanque donde encontré las aves más bellas que jamás había visto hasta
entonces. Eran elegantes, gráciles y se movían con tanta distinción que me
sentí totalmente acomplejado por mi torpeza. De todas formas, como no tenía
nada que perder me acerqué a ellas y les pregunté si podía bañarme también.
Las aves que había visto en el estanque eran
cisnes, y ellos me respondieron:
- ¡Claro que sí, eres unos de los nuestros!
- ¡No se burlen de mí! Ya sé que soy feo y
desgarbado, pero no se rían de eso... Les respondí.
- Mira tu reflejo en el estanque y verás cómo
no te mentimos. Dijeron ellos.
Me introduje incrédulo en el agua transpartente
y lo que vi me dejó maravillado. ¡Durante el largo invierno me había
transformado en un precioso cisne!. Ya no era aquel patitio feo y desgarbado,
era ahora el cisne más blanco y elegante de todos los que había en el estanque.
Ellos se interesaron mucho en mi, y me
preguntaron cómo había llegado hasta allí.
Como cada verano, a mi mamá le dio por empollar
y todas sus amigas del corral estaban deseosas de vernos, a mi y a mis seis
hermanos; pues creían que seríamos unos patitios muy guapos.
Llegó el día en que mis hermanos comenzaron a
abrir los huevos poco a poco y todos se congregaron ante el nido para verlos
por primera vez.
Uno a uno salieron los seis, cada uno
acompañado por los gritos de alobrozo de mi mamá y sus amigas. Tan contentas
estaban que tardaron un poco en darse cuenta que mi huevo, el más grande de los
siete, aún no se había abierto.
Todos concentraron su atención en mi huevo que
permanecía intacto, incluso mis hermanos recién nacidos, esperando ver algún
signo de movimiento.
Al poco tiempo, mi huevo comenzó a romperse y
salí de él con una gran sonrisa, era más grande que mis hermanos, y muchísimo
más feo y desgarbado que ellos...
Mi mamá se moría de verguenza por haber tenido
un patito tan feísimo y me apartó con el ala mientras prestaba atención a mis
pequeños hermanitos.
Yo estaba muy triste porque había empezado a
darme cuenta de que allí no me querían...
Pasaron los días y mi aspecto no mejoraba, al
contrario, empeoraba, pues crecía muy rápido y era flacucho y desgarbado,
además de bastante torpe.
Mis hermanos me jugaban bromas y se reían
constantemente de mi, llamándome feo y torpe.
Así fue como decidí escaparme sin saber que
tendría la suerte de descubrir que era distinto a ellos porque era un hermoso
cisne.
La cenicienta
Mónica Figueroa
Cuando todos se marchaban del palacio, quede
sola y triste en casa porque a mí también me hubiera gustado asistir a ese
baile. De pronto, aparece mi hada madrina, y en un abrir y cerrar de ojos
convirtió una calabaza en un gran carruaje, con un elegante cochero y lacayos
que me esperaban en la puerta de casa. Me vistió muy bonita.
- ¡Gracias,
hada madrina, esto es un sueño!- le dije muy impresionada.
- Pero
no olvides que debes volver a casa antes de las doce de la noche- me advirtió
el hada.
Cuando llegue al baile, el príncipe no dejaba
de mirarme y bailo conmigo toda la noche. Estaba tan feliz y enamorada que en
ese momento mi mundo se paralizo y sentí que mi sueño de niña, que era ser una
bella princesa, se estaba cumpliendo. De pronto comenzaron a sonar las doce
campanadas.
Hui sin despedirme y el príncipe corrió tras
mi, pero solo encontró uno de mis zapatos de cristal.
Al día siguiente, el rey mando a un emisario
anunciando que el príncipe se casaría con la dueña de aquel delicado zapatito.
Y se lo probaron princesas, marquesas, duquesas, y toda la corte…
Mis hermanastras también se lo probaron, pero
no lograron que sus pies entraran en el zapato de cristal.
- ¿Puedo
probármelo yo?- pregunte tímidamente.
-
Por supuesto- respondió el emisario del rey mientras me colocaba el zapatito.
Y ante el asombro de todos, el pie entro sin
esfuerzo en el zapato. Y me lo puso.
Seré la princesa más bella del mundo – pensé.
De pronto apareció mi hada madrina y me vistió
lujosamente. Mis hermanastras y mi madrasta me pidieron perdón. Acepte sus
disculpas y me canse con el príncipe.
La Cenicienta
Mariana Cattani
El príncipe me coloco el zapato y desde ese
momento somos muy felices. Todo comenzó con el anuncio que dio el rey del
pueblo, invitando a todas las jóvenes a su fiesta.
Decidí asistir a la gran fiesta, pero mi
madrastra y mis dos hermanas hicieron de todo para que no pueda pudiera ir.
- Tú Cenicienta, no irás -dijo mi madrastra-.
Te quedarás en casa fregando el suelo y preparando la cena para cuando
volvamos.
Me encontraba llorando en el patio cuando de
pronto apareció un hada madrina.
-No te preocupes -me dijo-, tú también irás al
baile solo con una condición. Cuando el reloj del palacio de las doce
campanadas tendrás que volver.
Con solo tocarme con su varita mágica me dio un
hermoso vestido y un carruaje.
Mi llegada al palacio causo una gran
admiración. Cuando entre a la sala el príncipe quedo tan encantado que bailo conmigo
toda la noche. Pero en medio de tanta felicidad sonó sonaron las doce
campanadas.
¡Oh,
Dios mío! ¡Tengo que irme!
Al salir corriendo del salón, perdí un zapato
en las escaleras, que el príncipe recogió.
El rey dijo que se casaría con la joven del
zapato. Llego a mi casa y mis hermanas se probaron el zapato pero a ninguna le
entraba solamente a mí.
Los tres chanchitos
Gabriela Zavala
Cuando el lobo derrumbó mi hogar, salí
corriendo con todas mis fuerzas para refugiarme en la casa de mi hermano. El
día que decidimos construir nuestras casitas para resguardarnos del lobo, yo no
había pensado que su soplido sería tan fuerte. Por eso, construí mi refugio de
paja. Mi hermano del medio, en cambio, lo había construido de madera.
Corrí a toda velocidad con la bestia pisándome
los talones. Cuando llegué a la casa de madera, mi hermano esperaba adentro. El
lobo enseguida empezó a soplar. A soplar y a soplar, cada vez más fuerte.
Sentimos cómo la casa se bamboleaba y ¡pum!, de repente, se derrumbó. Salimos
corriendo a toda marcha, aún nos quedaba una esperanza para salvarnos: la casa
de mi hermano mayor. Él la había edificado con ladrillos. Como yo me había
querido ir a jugar, no le había dedicado demasiado tiempo a la construcción de
mi casita. En cambio, él estaba seguro de que lograría salvarse resguardado en
su hogar de ladrillos fuertes. ¿Qué más podíamos hacer tres pobres chanchitos
para protegernos de un lobo feroz?
Cuando llegamos a la casa de nuestro hermano
mayor, nos abrazamos fuerte. Por la ventana veíamos cómo el lobo, cansado de
soplar sin obtener lo que quería, buscaba un lugar por donde entrar a la
casita. Entonces, encontró la chimenea. Desde adentro, comenzamos a sentir sus
pies sobre el techo y adivinamos su intención. En ese momento, mi hermano mayor
tuvo la mejor idea de su vida: colocó una olla de agua hirviendo debajo de la
chimenea por donde quería entrar el lobo. Escuchamos sus rasqueteos contra la
pared, vimos unos escombros que caían. ¡Ahhhhhhhhhhhhh!, gritó el lobo
desesperado. Completamente chamuscado, dio un salto y salió despedido por la
chimenea. Ese día, el lobo feroz, eliminó de su dieta la carne de cerdo.
La Bella y la Bestia
Evelyn Oliva
De pronto Bestia se transformó en un apuesto
príncipe, ¡yo con mi amor lo rescaté de un encantamiento y fuimos felices por
siempre!
Pero esa felicidad recién comenzaba, y lo hacía
después de muchos años tortuosos. Todo
comenzó un día cuando los negocios de mi padre fracasaron. Caímos en la ruina.
Tan desahuciado se encontraba mi papá que durante un largo viaje cortó una rosa
en los jardines de un palacio deshabitado, según dijeron en el pueblo: ¡esa
rosa era para mí! Tristemente era lo único que mi padre en aquel momento podía
regalarme.
Cuando en su mano se encontraba la bella flor,
una temible bestia le gritó con voz ronca:
-¡Insensato! ¿Por qué me robas las flores?
¡Morirás al instante!
- Perdón señor- se disculpó mi papá, muerto de
miedo.
-¡Me llamo Bestia!- le gritó el monstruo.
-Perdón señor bestia- repitió mi papá- solo
deseaba llevar una rosa para mi hija. Perdóneme la vida y no volveré a hacerlo.
- Solo podrás salvarte si ella se ofrece a
morir en tu lugar- dijo el monstruo colérico.
Recuerdo este momento como si hubiera ocurrido
ayer. Un hada voló todo el bosque para contarme lo sucedido. Yo sin pensarlo tomé
coraje y me dirigí a él. Sin embargo cuando me vio quedó sorprendido y en vez
de hacerme pedazos, me trató con delicadeza y bondad.
-Vengo a ocupar el puesto de mi padre- le grité
con valor.
Bestia cautivado por mi belleza, aceptó el
cambio y dejó marchar a mi papá. Aunque era un hombre libre no estaba
tranquilo, ya que yo debía convivir con la imponente bestia y él, mi buen compañero, con ese
sentimiento.
El día que me iba a matar, me levanté como
todas las mañanas, cepillé mi largo cabello y anduve por el patio alimentando a
los conejos. . Lo bueno es que eso no sucedió. Bestia se levantó y se atrevió a
cortar las rosas más lindas de su palacio, tal como lo había hecho mi padre.
Lentamente se acercó y me dijo: “Bella querida, te he amado desde el primer
instante en que te vi, ¿Querés ser mi esposa? Yo, totalmente aterrorizada le di
la espalda, prefiero la muerte, pensé. Incontables son las veces que Bestia me
pidió matrimonio. A raíz de tanta insistencia un buen día le dije “me parece
que yo también te quiero a vos, a pesar de que sos tan feo, acepto ser tu
esposa, porque tu corazón me ha cautivado”.
Y así ocurrió aquel bello milagro.
Rapunzel
Corina Meichtri
Yo, el hijo del rey, luego de subir a la torre
por la cabellera de Rapunzel me hallé cara a cara con la hechicera, que me
miraba con ojos malignos y perversos: - ¡Ajá! –exclamó en tono de burla-
querías llevarte a la niña bonita, pero el pajarillo ya no está en el nido ni
volverá a cantar. El gato lo ha cazado, y también a ti te sacará los ojos.
Rapunzel está perdida para ti, jamás volverás a verla.
Esta historia comenzó mucho antes, cuando un
hombre y una mujer que vivían solos y desconsolados por no tener hijos, hasta
que por fin, la mujer concebió la esperanza de que Dios Nuestro Señor se
dispuso a satisfacer su anhelo. La casa en que vivían tenía en la pared trasera una ventana que daba a un
magnifico jardín, en el que crecían esplendidas flores y plantas, pero estaba
rodeado de un alto muro y nadie osaba entrar en él, ya que pertenecía a una
bruja muy poderosa y temida por todo el mundo.
Un día, la mujer se asomó a aquella ventana a
contemplar el jardín y vio un bancal plantado de hermosísimas verdezuelas, tan
frescas y verdes, que despertaron en ella un violento antojo de comerlas.
El antojo fue en aumento cada día que pasaba, y
como la mujer lo creía irrealizable, iba perdiendo el color y desmirriándose, a
ojos vistas.
El hombre, que quería mucho a su esposa, pensó:
“antes de dejarla morir conseguiré las verdezuelas, cueste lo que cueste”. Y,
al anochecer, saltó el muro del jardín de la bruja pero apenas había puesto los
pies en el suelo, tuvo un terrible sobresalto, pues vio surgir ante sí a la
bruja.
- ¿Cómo
te atreves – le dijo esta con mirada iracunda – a entrar cual ladrón a mi
jardín y robarme las verdezuelas? Lo pagarás muy caro.
- ¡Ay! - respondió el hombre – tened compasión de
mí. Si lo he hecho ha sido por una gran necesidad: mi esposa vio desde la
ventana vuestras verdezuelas y sintió un antojo tan grande de comerlas, que si
no las tuviera se moriría.
La hechicera se dejó ablandar y le dijo: - Si
es como dices, te dejaré coger cuantas verdezuelas quieras, con una sola
condición: tenes que darme el hijo que os nazca. Lo cuidaré como una madre.
Tan apurado estaba el hombre que se avino a
todo y, cuando nació la niña, se presentó la bruja y, luego de ponerle el
nombre de Rapunzel, se la llevó.
Rapunzel era la niña más hermosa que viera el
sol. Cuando cumplió los doce años, la hechicera la encerró en una torre que se
alzaba en medio de un bosque y no tenía puertas ni escaleras; únicamente en lo
alto había una diminuta ventana. Cuando la bruja quería entrar, se colocaba al
pie y gritaba: “¡Rapunzel, Rapunzel, suéltame tu cabellera!”
Rapunzel tenía un cabello magnifico y
larguísimo, fino como hebras de oro. Cuando oía la voz de la hechicera se
soltaba las trenzas, las envolvía en torno a un gancho de la ventana y las
dejaba colgantes, y como tenían como veinte varas de longitud, la bruja trepaba
por ellas.
Al cabo de algunos años, yo me encontraba en el
bosque, acerté a pasar junto a la torre y oí un canto tan melodioso, que hube
de detenerme a escucharlo. Era Rapunzel, que entretenía su soledad lanzando al
aire su dulcísima voz. Quise subir hasta ella y busqué la puerta de la torre
pero no encontrando ninguna, regresé al palacio. No obstante, aquel canto me
había arrobado de tal modo, que todos los días iba al bosque a escucharlo. Me
hallaba una vez oculto detrás de un árbol, cuando vi que se acercaba la
hechicera, y la oí que gritaba, dirigiéndose a lo alto: “¡Rapunzel, Rapunzel,
suéltame tu cabellera!”.
Rapunzel soltó sus trenzas y la bruja se
encaramó a lo alto de la torre.
- Si
esta es la escalera para subir hasta allí – me dije- también yo probaré
fortuna.
Y al día siguiente, cuando ya comenzaba a
oscurecer, me encaminé al pie de la torre y dije: “¡Rapunzel, Rapunzel,
suéltame tu cabellera!”.
Enseguida descendió la trenza y subí. Le dirigí
la palabra con afabilidad y le expliqué que su canto me había impresionado de
tal manera que no había gozado de paz hasta hallar la manera de subir a verla.
Convenimos en que yo acudiría todas las noches
con una madeja de seda para que ella trenzara una escalera para escapar.
Cuando la hechicera se enteró de nuestros
encuentros, furiosa cogió las trenzas de Rapunzel y en un abrir y cerrar de
ojos se las cortó. Y fue tan despiadada que condujo a la pobre Rapunzel a un
lugar desierto, condenándola a una vida de desolación y miseria.
Luego de haber sido engañado por la hechicera,
me arrojé desde lo alto de la torre. Salvé mi vida, pero los espinos sobre los
que caí se clavaron en mis ojos y hube de andar errante por el bosque, ciego,
alimentándome de raíces y bayas, y llorando si cesar la pérdida de mi amada
mujercita. Y así anduve sin rumbo por varios años, mísero y triste, hasta que
por fin, llegué al desierto en que vivía Rapunzel con los dos hijitos gemelos,
a los que había dado a luz.
Oí una voz que me pareció conocida y al
acercarme reconocí a Rapunzel, que se me hecho al cuello llorando. Dos de sus
lágrimas humedecieron mis ojos y en el mismo momento se me aclararon,
permitiéndome ver como antes. La llevé a
mi reino, donde fuimos recibidos con gran alegría, y vivimos muchos años
contentos y felices.
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