escritura, extrañeza, experiencia

Durante el ciclo 2014 creamos un Taller de Narrativa como espacio curricular optativo en el Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba, Argentina.

Este blogfolio reúne algunas de las propuestas de trabajo y de las producciones de los alumnos. Los textos de apertura de cada tarea y el diseño de las consignas corresponden a la Profesora Beatriz Vottero, creadora y responsable del taller.

7/12/14

3.1 consigna de escritura: "un cuento infantil desde un relato alternativo"

Todas recordamos los cuentos que nos narraron en la infancia: Caperucita Roja, Blanca Nieves, La Cenicienta, La Bella Durmiente, Pinocho, Pulgarcito... (hagan un esfuerzo por desprenderse de las versiones cinematográficas de Disney y refuercen el recuerdo del relato en boca de la maestra, de mamá, de la niñera, de la abuela). Aquellos cuentos pertenecen, en general, al género maravilloso porque relatan un mundo donde lo sobrenatural interviene en la vida de las personas sin causar extrañeza: hadas, duendes, sirenas, ogros, espadas mágicas, brujas, dragones, conviven con los seres humanos en un universo con leyes propias.
Como pertenecen, además, a la tradición oral (aún cuando en algunos casos se reconoce un autor, por ejemplo Hans Christian Andersen), la historia y el relato corren paralelos desde la perspectiva cronológica, es decir, siguen una narración de orden lineal en boca de un narrador omnisciente.
Lo que van a hacer ustedes, entonces, será reescribir el relato para dar lugar a una nueva narración, siempre sobre la base de no modificar sustancialmente la historia. En otras palabras: tomen un cuento y lo reescriben comenzando el RELATO en una escena crítica (por ejemplo, en Caperucita, desde el encuentro con el lobo en el bosque, o cuando la niña llega a la casa de la abuela), utilizando analepsis y prolepsis para recomponer todos los datos de la HISTORIA, tratando de ir y venir (por ejemplo, adelantando algo para generar intriga, recuperando una escena anterior para introducir datos necesarios, etc.). Pueden agregar nuevas escenas si el relato, tal como lo están armando, lo exige; por ejemplo si se han inclinado hacia una versión en clave de humor o de tragedia. Pero no cambien la secuencia básica de la historia conocida porque la idea es ver cómo una misma historia puede contarse de muchas maneras, a partir de cómo el narrador arma el relato.
La segunda condición será que la NARRACIÓN esté en boca de un protagonista.

¡Que se diviertan!

Algunas producciones:


Gretel y Hansel
Ana Laura Mazuecos
-Entra en el horno, niña, y revisa si el agua está caliente- Dijo la bruja de la casa de chocolate y caramelo.
Cuando me percaté de que quería que entrara para cocinarme viva, con la absurda excusa de revisar el agua, me avivé y le dije:
- No sé cómo hacerlo, nunca he revisado el agua de una olla.
- ¡Pequeña inexperta! Observa cómo se hace- Me dijo la bruja, moviendo sus brazos y su pelo, y luego se metió dentro de la chimenea del horno, tal y como yo lo esperaba.
Entonces, la encerré junto a la olla con su misma estrategia. Mientras cerraba la puerta del horno cientos de imágenes se cruzaron por mi cabeza. Pude ver el resplandor que salía por las hendijas de la puertecita y se posaba intermitentemente en las paredes y el techo, igual que la pequeña llama que ví en los ojos de Hansel frente a la chimenea aquella vez, cuando se quedó perplejo al oir que nos abandonarían en el bosque. Y ese recuerdo trae el intenso deseo de que también mi madrastra, aquella que no titubeó para abandonarnos en el bosque, esté dentro de este horno.
También el ruido de la bisagra me hizo recordar ese momento de alegría que me producía el rechinar de la hamaca de mi patio en cada envión que Hansel o papá provocaban. Esos instantes felices comenzaron a aparecerse entre formas desprolijas que creaba para mí el resplandor en la pared. Pude recorrer mi casa, los escondites, las habitaciones, los abrazos de papá tan sinceros… Pero no encontré respuestas a mis dudas… ¿Por qué papá no se opuso a nuestro abandono? ¿Por qué no nos dijo nada? Se lo voy a cuestionar cuando regresemos a casa. Él, indudablemente, nos habrá esperado, nos dirá que nos extrañó y nos abrazará; porque él nos quiere, seguramente, no quiso abandonarnos, pero yo se lo voy a preguntar.
Ahora el resplandor crece anaranjado casi rojo en mi cara y esta mujer, dentro del horno, grita fuerte, tanto que da escalofríos. Pero yo también grité y lloré cuando los pájaros se comieron nuestros panes, el único rastro que había dejado mi hermano para encontrar el sendero a casa. Lloré más cuando no vi el rostro de papá volverse mientras se alejaban entre los árboles. Lloré mucho, a diferencia de Hansel que no derramó una lágrima, a quien sólo sentí temblar por un momento cuando se durmió. Él me había hecho un hueco bajo su brazo y me había dicho al oído que no me preocupara que el camino a casa sería fácil de encontrar porque al salir la luna se iluminarían los trocitos de pan que él había dejado caer en el camino. Fue entonces que me tranquilicé y acompañé su sueño, porque yo, por vigilar a la luna, no me pude dormir.
Y al final, los panes no estaban. Me encontraba en mis cavilaciones cuando una enorme luna asomada detrás de los pinos me distrajo. Desperté a Hansel y salimos corriendo en busca del camino. Buscamos por el suelo cercano, entre los pastos, sin embargo no vimos ni rastros de los trocitos de pan. Yo, siempre más pesimista, bajé la mirada y me senté en un tronco. Él escarbaba la tierra con los pies y suavemente corría las cortezas caídas de los árboles. Después, comprendió que no los hallaría, que probablemente algún animal se los había comido. Abandonó su búsqueda y se a sentó junto a mí. Luego de estar unos minutos observando sus botas, Hansel, pegó un salto  que me asustó. Fue así que emprendimos la marcha por el bosque y terminamos en esta casa de chocolate y caramelo, la tentación más perfecta que podía existir para nosotros, pobres, criados a pan y agua.
Sí, pobre de Hansel que debe estar sin pan y sin agua, encerrado en aquel establo.


El Flautista de Hamelín
Giuliana Capellino
-¿Contento? ¡Al contrario! Me perdí las cosas buenísimas con que ahora, seguramente, se estarán divirtiendo los changos. A mí también me las prometió el flautista con su música, pero debería haber salido una hora antes para llegar a tiempo; me falló el cálculo.
- Y ¿qué les prometió? Preguntó mi viejo, queriendo saber todo, ¡qué pesado!
Le conté que nos llevaría a todos a una tierra genial, cerca de esta ciudad que es un bajón. Según el loco, hay play para todos, sobra el chocolate, podes chorear mandarinas tranquilo porque no hay viejos que te corran a escobazos; las flores abundan, podes aplastarlas a todas con la pelota que nadie te dice nada; todo es raro, no hay padres, mortal.
Lástima que me lo perdí, esta pierna chota con la que nací no me dejó correr, me fui quedando cada vez más atrás y más atrás hasta que perdí de vista al loquito de la flauta y a los chicos, ¡qué bajón, bolo!
Llevó a los jóvenes de esta ciudad a ese lugar porque el agarrado del intendente no quiso pagarle el trabajo de exterminar la plaga de ratas. Lo hizo para vengarse, pero siendo realistas, hay que reconocer que a nosotros, los pibes, nos hizo un favorazo. Bueno, a todos menos a mí ¡Qué mejor que irse de esta ciudad sin onda!
Claro, para los adultos esto es una locura ¡Qué miedo le tienen a nuestra libertad, bolo!
Hamelín, estaba invadida por la mugre. Las ratas trajeron una banda de pestes.
Mi vieja estaba desesperada, a full con la desinfección, nos obligó a vacunarnos, ¡pero dejarte de joder! ¡Vivir así, imposible! Los municipales se reunían para solucionar el problema, después del asado, obvio; discutían y discutían sin encontrar la posta. Cuando llegó este tipo y se ofreció a ayudar, todo el mundo se le cagaba de risa en la cara, lo vieron entrar a la sala de la reunión con un vestuario bastante raro, una capa, un sombrero con una pluma, qué se yo qué más. Convengamos que el chabón de la flauta, resultó ser un genio. Lo solucionó, se ve que el tipo tiene como un súper poder, qué flashero, no sé cómo hizo. Tocó un par de notas y las ratas lo siguieron hasta el río, se ahogaron todas. No quedó una. Genial.
Con los chabones no pasó lo mismo, quedé yo, por ejemplo. Sí, soy el único pelotudo que se quedó afuera ¡Lo voy a encontrar, lo voy a encontrar!


Los Tres Cerditos
Vanina Taricco
En el corazón del bosque vivían tres cerditos que eran hermanos. El lobo siempre andaba persiguiéndolos para comérselos. Para escapar del lobo, los cerditos decidieron hacerse una casa. El pequeño la hizo de paja, para acabar antes y poder irse a jugar.
El mediano construyó una casita de madera. Al ver que su hermano pequeño había terminado ya, se dio prisa para irse a jugar con él.
El mayor trabajaba pacientemente en su casa de ladrillo.
-Ya verán lo que hace el lobo con sus casas -riñó a sus hermanos mientras éstos se divertían en grande.
El lobo salió detrás del cerdito pequeño y él corrió hasta su casita de paja, pero el lobo sopló y sopló y la casita de paja derrumbó.
El lobo persiguió al cerdito por el bosque, que corrió a refugiarse en casa de su hermano mediano. Pero el lobo sopló y sopló y la casita de madera derribó. Los dos cerditos salieron pitando de allí.
Casi sin aliento, con el lobo pegado a sus talones, llegaron a la casa del hermano mayor.
Los tres se metieron dentro y cerraron bien todas las puertas y ventanas. El lobo sopló y sopló, pero no pudo derribar la fuerte casa de ladrillos. Entonces se puso a dar vueltas a la casa, buscando algún sitio por el que entrar. Con una escalera larguísima trepó hasta el tejado, para colarse por la chimenea. Pero el cerdito mayor puso al fuego una olla con agua. El lobo comilón descendió por el interior de la chimenea, pero cayó sobre el agua hirviendo y se escaldó.
Escapó de allí dando unos terribles aullidos que se oyeron en todo el bosque. Se cuenta que nunca jamás quiso comer cerdito.


Pedro y el lobo
Marysol Nespolati
Fue así que entendí que a pesar de mis hazañas nuevamente me escucharon. Prometí nunca más mentir, he aprendido mi lección.  Lo veía venir, estaba allí justo atrás de mí, hambriento. Corrí desesperadamente por el llano del valle que nada tiene para ofrecerme, nada tiene para ocultarme. Corrí sin aliento, las piernas se me enredaban y mis pulmones ya no rendían. El bombeo del corazón se me saltaba por la boca. Me perseguía incansablemente, él me deseaba y no iba a detenerse hasta obtenerme. Busqué escabullirme entre los arbustos, pero fue en vano. No lo podía soportar más, sollozo en mis gritos desesperados, nadie parecía escucharme. Hasta que finalmente, por fin encontré un refugio. Salté y me encerré en el molino. Desmayo.
  Esto podría ser consecuencia de mis actos, tan insolente para muchos, ahora seguramente están pensando que es otra más de mis burlas. Me deben estar abominando. Si me hubiesen vuelto a creer, eso no habría pasado. Qué más querría que haberlos honrado, nadie hubiese inventado fabulaciones de no haber dado por supuesto que una oveja, más que escapado, se la comió el lobo. Soy culpable de la ingrata fantasía infantil que se alimenta y devora de ilusiones para pasar el rato de una siesta aburrida, ante tanta ensoñación. Yo desperté y faltaba una oveja, para mí yo no mentía, quien tan frescas tengo las cuentas como mi edad, no mentía. He de hacerme cargo de aquellas habladurías que por tedioso mi mente fantaseó de más, pero no puedo hacerme cargo de lo que la gente entendió. Sea cual fuera la cuestión, ya no me creían. ¿Han de culparme, acaso, con tan poca edad de trabajarles? En eso no pensaron.
Seguía acercándose. Daba pasos hacia atrás, retrocedía sigilosamente hasta que me topó la otra pared del molino, si la derriba, no tengo escapatoria, pensé.
¿A quién se le ocurre haber alertado en falso anteriormente? Percibía que cada vez estaba más cerca, como balaban las ovejas era estremecedor.
Mis piernas se aflojaron y mi vista se nubló, haciendo parecer todo oníricamente inestable, desesperante. Quiero estar soñando, despertar y contar las siete ovejas y, aunque falte una, no decir nada. Tembloroso, desenredé la lana restante de entre mis dedos húmedos, me sequé el sudor con el buzo, no había marcha atrás.
Mi inconciencia pesaba, en mis oídos solo había silencio, mientras que mis ojos reproducían una película del rebaño corriendo exasperadamente de un lado a otro.
Ya estaba ahí. Aunque grité - ¡Socorro, el lobo! ¡Que viene el lobo! ¡Qué se va a devorar a todos! Nadie me creyó. Era de esperarse, creo yo. El lobo acababa de comerse mi última oveja.
La fiera avanza, y allí estoy yo, nuevamente corriendo a los gritos con la fe de que alguien se apiade de mí y me salve. Más no iba a ser el agravio de lo que estaba haciendo en comparación de lo que había provocado.
Si he de vivir, más no podré soportar este recuerdo punzante que me estremecería hasta arderme las entrañas día a día, moriría del dolor que la memoria me concede. Si he de morir, más yo que tan poco viví debo confesar que no era mi intención bufonearlos, solo estaba aburrido.
Ya me creía muerto tras enredar mi pie con una rama, cuando de repente oí el ruido de un disparo al aire. Eran los aldeanos que habían vuelto a rescatarme, a pesar de que ya no creían en mí.


El Patito Feo
Ornella Cecchini
Decidí que debía buscar un lugar donde pudiese encontrar amigos que de verdad me quisieran a pesar de mi desastroso aspecto y una mañana muy temprano, antes de que se levantase el granjero, huí por un agujero del cercado.       
Así llegué a otra granja, donde una vieja me recogió; creí que había encontrado un sitio donde por fin me querrían y cuidarían, pero me había equivocado, porque la vieja era mala y sólo quería que yo le sirviera de primer plato. Me fui de allí corriendo.
Llegó el invierno y casi morí de hambre, pues tuve que buscar comida entre el hielo y la nieve y tuve que huir de cazadores que pretendían dispararme.
Al fin llegó la primavera. Un día pasé por un estanque donde encontré las aves más bellas que jamás había visto hasta entonces. Eran elegantes, gráciles y se movían con tanta distinción que me sentí totalmente acomplejado por mi torpeza. De todas formas, como no tenía nada que perder me acerqué a ellas y les pregunté si podía bañarme también.
Las aves que había visto en el estanque eran cisnes, y ellos me respondieron:
- ¡Claro que sí, eres unos de los nuestros!
- ¡No se burlen de mí! Ya sé que soy feo y desgarbado, pero no se rían de eso... Les respondí.
- Mira tu reflejo en el estanque y verás cómo no te mentimos. Dijeron ellos. 
Me introduje incrédulo en el agua transpartente y lo que vi me dejó maravillado. ¡Durante el largo invierno me había transformado en un precioso cisne!. Ya no era aquel patitio feo y desgarbado, era ahora el cisne más blanco y elegante de todos los que había en el estanque.
Ellos se interesaron mucho en mi, y me preguntaron cómo había llegado hasta allí.
Como cada verano, a mi mamá le dio por empollar y todas sus amigas del corral estaban deseosas de vernos, a mi y a mis seis hermanos; pues creían que seríamos unos patitios muy guapos.
Llegó el día en que mis hermanos comenzaron a abrir los huevos poco a poco y todos se congregaron ante el nido para verlos por primera vez.
Uno a uno salieron los seis, cada uno acompañado por los gritos de alobrozo de mi mamá y sus amigas. Tan contentas estaban que tardaron un poco en darse cuenta que mi huevo, el más grande de los siete, aún no se había abierto.
Todos concentraron su atención en mi huevo que permanecía intacto, incluso mis hermanos recién nacidos, esperando ver algún signo de movimiento.
Al poco tiempo, mi huevo comenzó a romperse y salí de él con una gran sonrisa, era más grande que mis hermanos, y muchísimo más feo y desgarbado que ellos...
Mi mamá se moría de verguenza por haber tenido un patito tan feísimo y me apartó con el ala mientras prestaba atención a mis pequeños hermanitos.
Yo estaba muy triste porque había empezado a darme cuenta de que allí no me querían...
Pasaron los días y mi aspecto no mejoraba, al contrario, empeoraba, pues crecía muy rápido y era flacucho y desgarbado, además de bastante torpe.
Mis hermanos me jugaban bromas y se reían constantemente de mi, llamándome feo y torpe.
Así fue como decidí escaparme sin saber que tendría la suerte de descubrir que era distinto a ellos porque era un hermoso cisne.


La cenicienta
Mónica Figueroa
Cuando todos se marchaban del palacio, quede sola y triste en casa porque a mí también me hubiera gustado asistir a ese baile. De pronto, aparece mi hada madrina, y en un abrir y cerrar de ojos convirtió una calabaza en un gran carruaje, con un elegante cochero y lacayos que me esperaban en la puerta de casa. Me vistió muy bonita.
-              ¡Gracias, hada madrina, esto es un sueño!- le dije muy impresionada.
-              Pero no olvides que debes volver a casa antes de las doce de la noche- me advirtió el hada.
Cuando llegue al baile, el príncipe no dejaba de mirarme y bailo conmigo toda la noche. Estaba tan feliz y enamorada que en ese momento mi mundo se paralizo y sentí que mi sueño de niña, que era ser una bella princesa, se estaba cumpliendo. De pronto comenzaron a sonar las doce campanadas.
Hui sin despedirme y el príncipe corrió tras mi, pero solo encontró uno de mis zapatos de cristal.
Al día siguiente, el rey mando a un emisario anunciando que el príncipe se casaría con la dueña de aquel delicado zapatito. Y se lo probaron princesas, marquesas, duquesas, y toda la corte…
Mis hermanastras también se lo probaron, pero no lograron que sus pies entraran en el zapato de cristal.
-              ¿Puedo probármelo yo?- pregunte tímidamente.
-              Por supuesto- respondió el emisario del rey mientras me colocaba el zapatito.
Y ante el asombro de todos, el pie entro sin esfuerzo en el zapato. Y me lo puso.
Seré la princesa más bella del mundo – pensé.
De pronto apareció mi hada madrina y me vistió lujosamente. Mis hermanastras y mi madrasta me pidieron perdón. Acepte sus disculpas y me canse con el príncipe.


La Cenicienta
Mariana Cattani
El príncipe me coloco el zapato y desde ese momento somos muy felices. Todo comenzó con el anuncio que dio el rey del pueblo, invitando a todas las jóvenes a su fiesta.
Decidí asistir a la gran fiesta, pero mi madrastra y mis dos hermanas hicieron de todo para que no pueda pudiera ir.
- Tú Cenicienta, no irás -dijo mi madrastra-. Te quedarás en casa fregando el suelo y preparando la cena para cuando volvamos.
Me encontraba llorando en el patio cuando de pronto apareció un hada madrina.
-No te preocupes -me dijo-, tú también irás al baile solo con una condición. Cuando el reloj del palacio de las doce campanadas tendrás que volver.
Con solo tocarme con su varita mágica me dio un hermoso vestido y un carruaje.
Mi llegada al palacio causo una gran admiración. Cuando entre a la sala el príncipe quedo tan encantado que bailo conmigo toda la noche. Pero en medio de tanta felicidad sonó sonaron las doce campanadas.
 ¡Oh, Dios mío! ¡Tengo que irme!
Al salir corriendo del salón, perdí un zapato en las escaleras, que el príncipe recogió.
El rey dijo que se casaría con la joven del zapato. Llego a mi casa y mis hermanas se probaron el zapato pero a ninguna le entraba solamente a mí.


Los tres chanchitos
Gabriela Zavala
Cuando el lobo derrumbó mi hogar, salí corriendo con todas mis fuerzas para refugiarme en la casa de mi hermano. El día que decidimos construir nuestras casitas para resguardarnos del lobo, yo no había pensado que su soplido sería tan fuerte. Por eso, construí mi refugio de paja. Mi hermano del medio, en cambio, lo había construido de madera.
Corrí a toda velocidad con la bestia pisándome los talones. Cuando llegué a la casa de madera, mi hermano esperaba adentro. El lobo enseguida empezó a soplar. A soplar y a soplar, cada vez más fuerte. Sentimos cómo la casa se bamboleaba y ¡pum!, de repente, se derrumbó. Salimos corriendo a toda marcha, aún nos quedaba una esperanza para salvarnos: la casa de mi hermano mayor. Él la había edificado con ladrillos. Como yo me había querido ir a jugar, no le había dedicado demasiado tiempo a la construcción de mi casita. En cambio, él estaba seguro de que lograría salvarse resguardado en su hogar de ladrillos fuertes. ¿Qué más podíamos hacer tres pobres chanchitos para protegernos de un lobo feroz?
Cuando llegamos a la casa de nuestro hermano mayor, nos abrazamos fuerte. Por la ventana veíamos cómo el lobo, cansado de soplar sin obtener lo que quería, buscaba un lugar por donde entrar a la casita. Entonces, encontró la chimenea. Desde adentro, comenzamos a sentir sus pies sobre el techo y adivinamos su intención. En ese momento, mi hermano mayor tuvo la mejor idea de su vida: colocó una olla de agua hirviendo debajo de la chimenea por donde quería entrar el lobo. Escuchamos sus rasqueteos contra la pared, vimos unos escombros que caían. ¡Ahhhhhhhhhhhhh!, gritó el lobo desesperado. Completamente chamuscado, dio un salto y salió despedido por la chimenea. Ese día, el lobo feroz, eliminó de su dieta la carne de cerdo.


La Bella y la Bestia
Evelyn Oliva
De pronto Bestia se transformó en un apuesto príncipe, ¡yo con mi amor lo rescaté de un encantamiento y fuimos felices por siempre!
Pero esa felicidad recién comenzaba, y lo hacía después de muchos años tortuosos.  Todo comenzó un día cuando los negocios de mi padre fracasaron. Caímos en la ruina. Tan desahuciado se encontraba mi papá que durante un largo viaje cortó una rosa en los jardines de un palacio deshabitado, según dijeron en el pueblo: ¡esa rosa era para mí! Tristemente era lo único que mi padre en aquel momento podía regalarme. 
Cuando en su mano se encontraba la bella flor, una temible bestia le gritó con voz ronca:
-¡Insensato! ¿Por qué me robas las flores? ¡Morirás al instante!
- Perdón señor- se disculpó mi papá, muerto de miedo.
-¡Me llamo Bestia!- le gritó el monstruo.
-Perdón señor bestia- repitió mi papá- solo deseaba llevar una rosa para mi hija. Perdóneme la vida y no volveré a hacerlo.
- Solo podrás salvarte si ella se ofrece a morir en tu lugar- dijo el monstruo colérico.
Recuerdo este momento como si hubiera ocurrido ayer. Un hada voló todo el bosque para contarme lo sucedido. Yo sin pensarlo tomé coraje y me dirigí a él. Sin embargo cuando me vio quedó sorprendido y en vez de hacerme pedazos, me trató con delicadeza y bondad.
-Vengo a ocupar el puesto de mi padre- le grité con valor.
Bestia cautivado por mi belleza, aceptó el cambio y dejó marchar a mi papá. Aunque era un hombre libre no estaba tranquilo, ya que yo debía convivir con la imponente  bestia y él, mi buen compañero, con ese sentimiento.
El día que me iba a matar, me levanté como todas las mañanas, cepillé mi largo cabello y anduve por el patio alimentando a los conejos. . Lo bueno es que eso no sucedió. Bestia se levantó y se atrevió a cortar las rosas más lindas de su palacio, tal como lo había hecho mi padre. Lentamente se acercó y me dijo: “Bella querida, te he amado desde el primer instante en que te vi, ¿Querés ser mi esposa? Yo, totalmente aterrorizada le di la espalda, prefiero la muerte, pensé. Incontables son las veces que Bestia me pidió matrimonio. A raíz de tanta insistencia un buen día le dije “me parece que yo también te quiero a vos, a pesar de que sos tan feo, acepto ser tu esposa, porque tu corazón me ha cautivado”.
Y así ocurrió aquel bello milagro. 


Rapunzel
Corina Meichtri
Yo, el hijo del rey, luego de subir a la torre por la cabellera de Rapunzel me hallé cara a cara con la hechicera, que me miraba con ojos malignos y perversos: - ¡Ajá! –exclamó en tono de burla- querías llevarte a la niña bonita, pero el pajarillo ya no está en el nido ni volverá a cantar. El gato lo ha cazado, y también a ti te sacará los ojos. Rapunzel está perdida para ti, jamás volverás a verla.
Esta historia comenzó mucho antes, cuando un hombre y una mujer que vivían solos y desconsolados por no tener hijos, hasta que por fin, la mujer concebió la esperanza de que Dios Nuestro Señor se dispuso a satisfacer su anhelo. La casa en que vivían tenía  en la pared trasera una ventana que daba a un magnifico jardín, en el que crecían esplendidas flores y plantas, pero estaba rodeado de un alto muro y nadie osaba entrar en él, ya que pertenecía a una bruja muy poderosa y temida por todo el mundo.
Un día, la mujer se asomó a aquella ventana a contemplar el jardín y vio un bancal plantado de hermosísimas verdezuelas, tan frescas y verdes, que despertaron en ella un violento antojo de comerlas.
El antojo fue en aumento cada día que pasaba, y como la mujer lo creía irrealizable, iba perdiendo el color y desmirriándose, a ojos vistas.
El hombre, que quería mucho a su esposa, pensó: “antes de dejarla morir conseguiré las verdezuelas, cueste lo que cueste”. Y, al anochecer, saltó el muro del jardín de la bruja pero apenas había puesto los pies en el suelo, tuvo un terrible sobresalto, pues vio surgir ante sí a la bruja.
-              ¿Cómo te atreves – le dijo esta con mirada iracunda – a entrar cual ladrón a mi jardín y robarme las verdezuelas? Lo pagarás muy caro.
-              ¡Ay!  - respondió el hombre – tened compasión de mí. Si lo he hecho ha sido por una gran necesidad: mi esposa vio desde la ventana vuestras verdezuelas y sintió un antojo tan grande de comerlas, que si no las tuviera se moriría.
La hechicera se dejó ablandar y le dijo: - Si es como dices, te dejaré coger cuantas verdezuelas quieras, con una sola condición: tenes que darme el hijo que os nazca. Lo cuidaré como una madre.
Tan apurado estaba el hombre que se avino a todo y, cuando nació la niña, se presentó la bruja y, luego de ponerle el nombre de Rapunzel, se la llevó.
Rapunzel era la niña más hermosa que viera el sol. Cuando cumplió los doce años, la hechicera la encerró en una torre que se alzaba en medio de un bosque y no tenía puertas ni escaleras; únicamente en lo alto había una diminuta ventana. Cuando la bruja quería entrar, se colocaba al pie y gritaba: “¡Rapunzel, Rapunzel, suéltame tu cabellera!”
Rapunzel tenía un cabello magnifico y larguísimo, fino como hebras de oro. Cuando oía la voz de la hechicera se soltaba las trenzas, las envolvía en torno a un gancho de la ventana y las dejaba colgantes, y como tenían como veinte varas de longitud, la bruja trepaba por ellas.
Al cabo de algunos años, yo me encontraba en el bosque, acerté a pasar junto a la torre y oí un canto tan melodioso, que hube de detenerme a escucharlo. Era Rapunzel, que entretenía su soledad lanzando al aire su dulcísima voz. Quise subir hasta ella y busqué la puerta de la torre pero no encontrando ninguna, regresé al palacio. No obstante, aquel canto me había arrobado de tal modo, que todos los días iba al bosque a escucharlo. Me hallaba una vez oculto detrás de un árbol, cuando vi que se acercaba la hechicera, y la oí que gritaba, dirigiéndose a lo alto: “¡Rapunzel, Rapunzel, suéltame tu cabellera!”.
Rapunzel soltó sus trenzas y la bruja se encaramó a lo alto de la torre.
-              Si esta es la escalera para subir hasta allí – me dije- también yo probaré fortuna.
Y al día siguiente, cuando ya comenzaba a oscurecer, me encaminé al pie de la torre y dije: “¡Rapunzel, Rapunzel, suéltame tu cabellera!”.
Enseguida descendió la trenza y subí. Le dirigí la palabra con afabilidad y le expliqué que su canto me había impresionado de tal manera que no había gozado de paz hasta hallar la manera de subir a verla.
Convenimos en que yo acudiría todas las noches con una madeja de seda para que ella trenzara una escalera para escapar.
Cuando la hechicera se enteró de nuestros encuentros, furiosa cogió las trenzas de Rapunzel y en un abrir y cerrar de ojos se las cortó. Y fue tan despiadada que condujo a la pobre Rapunzel a un lugar desierto, condenándola a una vida de desolación y miseria.
Luego de haber sido engañado por la hechicera, me arrojé desde lo alto de la torre. Salvé mi vida, pero los espinos sobre los que caí se clavaron en mis ojos y hube de andar errante por el bosque, ciego, alimentándome de raíces y bayas, y llorando si cesar la pérdida de mi amada mujercita. Y así anduve sin rumbo por varios años, mísero y triste, hasta que por fin, llegué al desierto en que vivía Rapunzel con los dos hijitos gemelos, a los que había dado a luz.
Oí una voz que me pareció conocida y al acercarme reconocí a Rapunzel, que se me hecho al cuello llorando. Dos de sus lágrimas humedecieron mis ojos y en el mismo momento se me aclararon, permitiéndome ver como antes.  La llevé a mi reino, donde fuimos recibidos con gran alegría, y vivimos muchos años contentos y felices.


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