Les proponemos
que recuerden alguna escena recurrente del barrio/pueblo donde hayan transcurrido la infancia y la describan, trabajando en forma concisa la pintura del entorno y acentuando la singularidad de aquellos “personajes” que se destacaban por alguna razón en
particular.
Como lo hace Arlt en
muchas de sus Aguafuertes, pueden asumir la narración en primera persona, que les permitirá adoptar una mirada subjetiva sobre el tópico seleccionado.
Algunas producciones:
Sobre la rareza humana
Evelyn Oliva
Mi barrio, tan lindo pero a la vez tan
feo. Toda mi infancia sucedió allí. Me mudé a los 17 años. Pero añoro aquel
barrio. Típicamente inentendible en todo su contexto. Mi casa estaba ubicada a
mitad de cuadra y tenía unos vecinos de esquina a esquina extremadamente
antipáticos. Mi papá nos obligaba- aunque ellos no devolvieran el saludo- a saludarlos. "Es una norma básica de
respeto” repetía todos los días mi papá. Sin embargo nuestros saludos flotaban
en el aire.
Toda la manzana del frente era un enorme
sitio baldío lleno de yuyos de casi un metro y medio de alto. Ah, pero no crean
que estaba totalmente desierto. Justamente en el medio de dicha manzana se
encontraba un señor, -nunca supimos su nombre-, que con un poco de ingenio y
unas chapas se hizo una choza. Y no digo choza despectivamente sino tal como la
define la Real Academia Española: “Construcción rústica pequeña y tosca, de
materiales pobres, generalmente palos entretejidos con cañas, y cubierta de
ramas, destinada a refugio o vivienda de pastores, pescadores y gente humilde”.
Claro está que mi vecino no era ni pastor, ni pescador, ni tampoco alguien
humilde, se decía en el barrio que era dueño de un negocio muy importante sin
embargo su elección había sido esa. En su construcción se podía encontrar
cañas, palos, chapas, bolsas de arpillera, botellas, entre otros. No vivía solo,
tenía una docena de perros, y no lo digo en sentido figurado, sino que
exactamente eran doce sus perros. Todos tenían nombres, incluso parecían ser su
tesoro más preciado, los trataba mejor que a todos los vecinos del barrio. No eran perros buenos, al contrario mordían,
todos los días llegaba a casa del colegio llorando, porque pasaba por ahí y los
doce perros, si, ¡los doce! Como una
manada desesperada salían a correrme. De ahí reside mi miedo a esos cariñosos animales. El señor, mi vecino sin nombre, los defendía
a muerte, tal es así, que a los vecinos que no aceptaban sus mascotas les apedreaba la casa. Algunos
pensarán que era un loco, para mí se hacía el loco, porque así la pasaba bien. A la noche, la jungla se transformaba en un
hotel de grillos, alacranes, sapos y hasta ratas. Pues el señor no cortaba el
pasto pero tampoco dejaba que los otros lo hicieran por él. Un día, en una
reunión del centro vecinal se decidió entre todos pedir ayuda a la
municipalidad para que ellos con una máquina pudieran desmontar un poco la
selva que se había formado. Todos estaban expectantes, asomados en la ventana
miraban. Se sentían los tractores, cuando se acercó uno al sitio, mi buen
vecino, muy poco simpático por cierto, salió de su choza con una escopeta tirando
tiros al aire. Obviamente el obrero municipal retrocedió y nunca más volvió. El
pasto quedó largo para siempre, por lo menos hasta los 17 años que me mudé.
Pero creo que toda la cuadra aprendió a convivir con eso y con los 12 que
después se hicieron 24 perros también.
Pero mi buen vecino no era el único ser
extraño del barrio, al lado de mi casa había un borracho, un borracho bueno,
porque no molestaba a nadie, simplemente cuando se terminaba la media damajuana
diaria gritaba: “Viva Perón carajo” hasta que le agarraba el sueño y se
dormía. Su hermano no era borracho, pero
era malo, mucho peor, todos los niños de la cuadra lo sabíamos. Pelota que se
caía en su patio, pelota que volvía asesinada, entre cinco y seis puñaladas le
daba a cada una. A las muñecas le sacaba la cabeza y les quemaba el pelo.
Ah, y este vecino también
apedreaba. Pero creo que los niños
aprendimos a convivir con eso.
Sin embargo mi buen vecino dueño del
rancho, el borracho y su hermano no eran los únicos seres raros del barrio. También
habitaba allí la típica vecina “bailantera”, y no digo “bailantera” porque vaya
mucho a los bailes, sino porque ella armaba dichos bailes en su propia casa.
¡Sí! Al lado de la mía. “Desde que el
marido se fue ella se dedica a las fiestas negras” decían las abuelas de la cuadra en el kiosco
de la esquina. “La música casi me rompe todos los vidrios de la casa” se
quejaba una nonita. Pero mi vecina bailantera, no era un ser sorprendente solo
por escuchar la música muy fuerte a partir de las 11 de la noche hasta las 4 de
la mañana los días de semana. Sino que también se la conocía en el barrio por
subarrendar departamentos de materiales precarios en el patio de su casa.
Aunque no lo crean, en su patio de casi 400 mts había construido 6 mini
departamentitos. Allí entraban y salían todo el tiempo seres aún más insólitos.
Pero creo que nos acostumbramos y aceptamos que en nuestro barrio predominaba
la rareza humana.
Hoy, sentada en mi barrio, mi otro
barrio, mucho más normal, por cierto, me pregunto: ¿Qué habrán pensado de mí
aquellos vecinos? ¡Quién lo va a saber!
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El viejo de la bolsa
Agostina Medina
Hernando, ciudad en la que vivo, se
parece más a un pueblo que a una ciudad, ya que, todos nos conocemos con todos
y siempre reina la tranquilidad. Pero en la casa de tres piezas, una cocina y
un living enorme donde vivía cuando tenía cuatro años nunca reinaba la
tranquilidad porque vivía en frente de la ruta y los autos, camiones,
tractores, camionetas no paraban de pasar y hacer ruido.
Sin embargo esos ruidos a mí no me
molestaban, ya que, tenía mi gran secreto para dormirme, no dormía si no tenía
mi chupete rosa y blanco en la boca. Pero ya era bastante grande para seguir
durmiendo con “mi chupete” y mi mamá me lo repetía cada vez que lloraba al
saber que me lo había tirado.
Un día soleado pero de mucho viento,
estaba sentadita en la vereda de cemento donde no había nada de tierra y eso me
enojaba mucho, ya que solo podía jugar con muñecas y nada de barro. En la
vereda jugábamos felices con mi vecina del lado que era tres años más grande
que yo y muy alta, aunque, mis ojos como los ojos de toda niña pequeña la veían
como mi hermana mayor de veinte años.
Ese mismo día vimos pasar a un señor con
una bolsa de arpillera blanca que colgaba en su hombro izquierdo y sabrá dios las
cosas que allí llevaba. Su ropa no era como la de toda la gente que por allí
pasaba, tenía su pantalón y camisa sucia, rota, con olor y eso me hacía tener
miedo. Su cara era parecida a la de un monstruo que siempre veía en los
dibujitos, una barba muy larga que cubría casi toda su cara y se mezclaba con
el color de la misma, ya que su cara estaba toda sucia y la barba era negra y
algunas de sus partes estaban blancas. Los ojos eran muy grandes como los de la
abuela de caperucita, el cuento que cada noche me contaba mamá antes de
dormirme. Y no tenía pelo, su cabeza era negra, en realidad de lo que recuerdo
es que estaba mugrienta.
Ese día cuando lo vi pasar salí corriendo
para la cocina donde se encontraba mamá y no pare de llorar por el miedo que me
había dado aquel señor, que luego, de ese día comenzó a pasar todos los días
por mi vereda y yo desde mi ventana lo miraba.
A mi mamá no se le ocurrió mejor cosa que
decirme que ese señor era el “señor de la bolsa” que robaba los chupetes de los
niños que tenían cuatro años y los seguían usando. En ese momento fue cuando
comencé a sentir terror por aquella persona, que para mí no era una persona
sino un monstruo muy malo que quería sacarme “mi chupete” lo más apreciado por
mí.
Cada vez que me iba a dormir y mi chupete
no estaba donde debía estar mamá me decía: El chupete se lo llevo el viejo de
la bolsa. Y mi llorisqueo era cada vez peor, porque perdía mi chupete y porque
le tenía mucho miedo a ese monstruo. Debo recalcar que mi mama cuando me tiraba
el chupete debía ir a comprarme otro porque podría pasarme un día llorando por
no tenerlo y tal vez la cansaba mucho escucharme llorar a gritos por toda la
casa.
Un día nublado en el que hacia mucho
frio, juagaba sola en la vereda con mi muñeca rubia y sin ropa, a la mamá y la
casita. Cuando de repente sale mamá de casa y ve que a media cuadra, venia el
viejo de la bolsa yo inmediatamente salí corriendo y me escondí debajo de la
cama no tan alta de mi pieza, y mamá seguramente le estaría dando mi tan
apreciado chupete. Y esto ocurrió muchas veces, hasta que un día no recuerdo si
estaba frio o hacía calor, si había lluvia, viento o estaba soleado, porque fue
tan grande el susto que no recuerdo ni los gritos míos ni como lloraba. Aunque
una foto, que guardo en mi ropero dentro de la caja azul de los recuerdos me
hace recordar aquel feo momento en donde mi mamá conmigo en sus brazos paro al
viejo de la bolsa me quito mi chupete y me dijo que el señor el cual no
recuerdo su nombre debía llevarse mi chupete y lo guardo dentro de esa bolsa
tan grande llena de cosas. El señor me tomo en sus brazos y me acariciaba, solo
recuerdo que lloraba, gritaba, pataleaba, porque mi miedo era muy grande, de
verdad para mí era un monstruo y era muy feo.
Después de esa situación nunca más use
chupete y cada vez que este pasaba al frente de mi casa salía corriendo para
adentro y desde la ventana grande con cortinas amarillas lo espiaba con mi cara
de inocente y mis ojos llenos de lágrimas y él siempre me saludaba muy feliz,
como si no sintiera nada de miedo hacia a mí, aunque hasta el día de hoy
recuerdo su cara y siento temor.
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El hora
Corina Meichtri
Todo ocurrió en la ciudad de Bell Ville
una tarde de enero en la cual el calor hacía imposible que la gente se
expusiera a los poderosos rayos irradiados por el sol. Sin embargo, tres
niñitas de entre 5 y 7 años, que se encontraban al cuidado de sus abuelos, no
parecían percatarse de los casi 40º de temperatura y estaban empecinadas
en salir a jugar a la calle con las
nuevas bicicletas que les había traído Papá Noel la última navidad. La abuela,
cansada de buscar diferentes estrategias para lograr que las niñas se quedaran
adentro, se marchó a dormir la siesta, dejando esta ardua tarea en manos del
abuelo, un hombre tierno y a la vez estricto, que decidió utilizar el miedo
para persuadirlas. Él sabía que en pocos minutos, su amigo, el heladero
recorrería la larga calle de tierra desplegando su característico grito de:
“¡Helado, helado!”. Por lo que reunió a
las tres pequeñas para contarles una historia. La misma se trataba de que
cuando sus hijas eran de la edad de las niñas en ese momento, un hombre vestido
todo de blanco, pasaba en su bicicleta por las calles, buscando a los chicos
que no querían dormir la siesta y hacer caso, gritando “¡los llevo ahora!”, por
lo que lo habían apodado “El hora”; para finalizar, el abuelo les recomendó a
sus nietas que no anduvieran por la calle porque se había enterado, esa mañana
cuando fue al banco, que “El hora” había vuelto. Las niñas escuchaban con
asombro y seriedad cada parte de esta nueva historia, que finalizó con el
fuerte grito del heladero, en el momento exacto. El miedo que la historia había
generado en las niñas provocó que su imaginación reemplazara el tradicional
grito de “¡helado, helado!” por el de “¡los llevo ahora!” y tal fue su
desesperación que salieron a toda velocidad hacia la oscura y fresca habitación
y se metieron debajo de la cama. Desde ese día, las tres primas comenzaron a
hacer caso cuando las mandaban a dormir la siesta sin hacer berrinches porque
sabían que por la casa de los nonos, luego del almuerzo pasaba “El hora”,
llevándose a los niños que no hacían caso.
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Carta a mi vecino, el cumbiero
Giuliana Capellino
Querido vecino:
Tengo el agrado de hacerte llegar estas
líneas con el fin de agradecerte por alegrarme la vida. La verdad, nunca fui
tan amante de la cumbia desde que vivo en el piso que antecede a tu
departamento. Tu música se volvió mi despertador ¡Qué alegres despertares
matutinos que tengo, me levanto con un énfasis! Bailando al compás del
“wi-qui–qui-wi” voy hasta el baño, luego hacia la cocina, para más tarde volver
con ese ritmo nuevamente hacia la habitación.
Ahora pienso… menos mal que vivo sola, imaginate
si tuviera un marido que me viera pegar pasos de cumbia día y noche, pensaría
que estoy demente ¡Qué afortunada soy! Nunca pensé que abrir la ventana, desde
que llegaste, fuera tan placentero. Las notas musicales que salen del
tecladito, del órgano y del güiro me envuelven tan solo por el simple hecho de
vivir en mi casa, casa invadida de tu música, cumbiera, fiestera.
Cada vez que organizo una reunión entre
amigas, cuento con tu grata melodía de fondo que le da un toque divino a las
charlas ¡No cualquier vecino te hace ese favor! Las chicas, contentísimas. Les
encanta escuchar esas letras tan profundas que hablan de la lengüita por el
cuerpito, por la carita, que la colita, que la piernita. Pura emoción, ¡Ay sí!
Quedamos piel de gallina.
Sinceramente, muchas veces me gustaría ir
y golpearte, la puerta, obvio; para entrar a tu casa donde reina esa armonía
que te eleva; te hace sentir, volar. Pero no te preocupes, no pasa nada ¡Todos
en este complejo estamos chochos con tu llegada! Sos la alegría en persona. No
te preocupes que ya todos acá nos estamos aclimatando, con Nora y Pedro, tus
vecinos de la par, vemos pasión de sábado, zarpamos la lata, nos lavamos con
champú, alzamos las manos, meneamos la cola, no te preocupes…
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Pasaje de amor
Julieta Domínguez
Su pelo era corto y de un color claro,
pero no era rubio. Eso lo hacía lindo. Aunque no lo había mirado antes, como lo
vi ese día. Nos cruzamos e intercambiamos sonrisas. Su mirada, estaba dulce.
Fue como subirse a un bálsamo y hamacarse. Hasta entonces, no había descubierto
sus ojos marrones.
Recuerdo que caminaba por la plaza. Yo
recién salía del colegio y él estaba por entrar. Ese día, aunque uno se iba y
el otro llegaba, habíamos tomado el mismo camino. Se me figura en la mente las
piedras anaranjadas que estaban allí, en el suelo. El sol pegaba fuerte, pero
no importó. El sonido de las hojas remolinándose por la fuerte brisa,
acompañaba el momento.
Tenía manos grandes. A esto lo supe
luego, tiempo después. Sí, sus manos fueron importantes, yo las sentía curarme.
Había algo especial en ellas. Sus movimientos eran sutiles aunque la piel
áspera. Tenía muchas rayitas, de esas que uno mira cuando juega a la adivina.
Así llegué a mirárselas. Pero quise, deseé con fervor real, conocer qué era lo
que traían.
El tiempo fue pasando y aunque la dulzura
de su mirada persistía, en ella, de a poco, el dolor iba apareciendo. Era como
un dolor que buscaba que lo confesaran. El brillo de sus ojos, parecía
entonces, lágrimas contenidas.
Estaba la noche llena de nubes. La luna
se había escondido. Él y yo estábamos despidiéndonos aquella madrugada, cuando
quise socorrerlo. La ramita de un viejo sauce llorón le tocaba el hombro. Sus
brazos largos estaban alrededor de mi cintura. Recuerdo que me arrimé a su
pecho unos instantes y tomé el impulso.
Al darme cuenta que era el momento decidí
regalarle una caricia. Quise imitar la suya. Comencé por mirar fijo sus ojos y
buscar, con la ternura que sentía por él, la forma de que pudiera despojarse.
Sí, quería liberarlo. Que los fantasmas que atormentaban su cabeza, huyeran.
Entonces, extendí mi mano. La llevé
lentamente a su mejilla, con mi otra mano sostenía una de las suyas y la apreté
con todas mis fuerzas. Por entonces ya nos queríamos mucho los dos.
El silencio estaba lleno de paz, como solía
estarlo en el patio de mi abuela. Comprendía que ambos disfrutábamos de ese
momento, de nosotros. Quise hablar, pero su “¡shh!” tranquilo, me detuvo. Apoyó
su cabeza en mi hombro. Yo, me anide en ese huequito corpóreo que él me hacía.
No dije nada. Quise salirme, mirarlo, buscar los fantasmas. Pero, al intentarlo
el me contrajo con fuerza. Permanecimos así, más de una hora. Cambiábamos de
lugar las manos y hacíamos breves comentarios.
Miré la calle y al sauce aún nos
acompañaba, como me había acompañado durante mi infancia, cuando jugábamos con
los demás chicos del barrio. Éramos muchos y esa planta nos acobijo hasta la
adolescencia y un poco más, tal vez
hasta el primer amor, tal vez, siempre.
Lentamente fuimos soltándonos. Levantamos
las cabezas y vimos en el cielo, que empezaba a esclarecer, un solcito
deformado que penetraba por las ramas hojosas de un árbol. Un rayito pegó en su
cara y su pelo claro. Sonrió y vi su mirada dulce, como la de aquel día.
Nos fuimos de espaldas. A mitad de cuadra
dio la vuelta y gritó mi nombre. Giré. Al hacerlo dijo fuerte y con los brazos
abiertos “te amo”. Sonreí. Entre acongojada y feliz. Le respondí que lo amaba
yo también.
Al llegar a casa un mensaje suyo decía
“gracias”.
Comprendí que habíamos tenido la conversación
más profunda. Que no solo él había liberado sus fantasmas. Nos habíamos quitado
dolor, comenzábamos a salvarnos.
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Mi vecino, el cumbiero
Milena Melgarejo
La basura siempre en la vereda, toda
desparramada, obvio, nunca en el tacho como corresponde. Los nenes gritan en el
medio de la calle, descalzos, con la cara sucia. Salgo a la vereda y, de
seguro, hay un regalito de algún perro en mi puerta.
Pero esperen, no es sólo eso. Mi vecina
tiene un novio motoquero que no se le ocurre una mejor idea que visitarla a las
tres de la mañana y, hacer sonar ese caño de escape como si fuese la última vez
que usaría esa bendita moto. Claro, a las tres de la mañana ella está
despierta, pero después duerme hasta la una de la tarde, mientras que sus cinco
hijos quedan a cargo de su hermano mayor, de 19 años, que más o menos tiene la
edad mental del nene más chiquito, o sea 3.
Se llama Julián, sus amigos del barrio le
dicen “el juli”, “wachin” o “el cabeza”. Como ya dije, tiene 19 años y se
caracteriza, principalmente, por ser fanático de un conocido género musical.
A las 7, a las 9, a las 11 de la mañana;
a las 14, a las 18, a las 20 de la tarde; a las 21, a las 23, a las 2 de la
madrugada, retumban las paredes y, desde la otra cuadra, se escucha esa cumbia
que a él tanto le gusta.
No sé en qué momento duerme, o si duerme
escuchando cumbia, la cuestión es que no deja descansar a ese centro musical,
ni a mí, que es lo que más me importa.
Pensé en ir a hablarle, pero descarté esa
posibilidad ya que no creo que me escuche; también pensé en romperle algún
vidrio, pero ni cuenta se daría; o quizás, romperle ese maldito equipo de
música, pero no hay forma de llegar hacia él. Así que me rendí, y acá estoy,
escribiendo esto para sacarme la bronca y porque, además, creo que se durmió.
¡Como para que no, si son las 4 de la madrugada!
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El viejo ortiba
Mónica Figueroa
Recuerdo a aquel vecino que por alguna
razón me inspiraba mucho temor y hablaba muy poco, del modo que cuando lo hacía
no entendía, pues era en otro idioma, algo como extranjero. En cierto momento
pensé que era de otro planeta o algo así, y cada vez, dentro de mi ignorancia
de niña veía más indicios. Pero más tarde me di cuenta de que no era así.
Don Santino, era su nombre, pero ni
acusaba a lo que él era. Santino, siempre que pensaba en su nombre lo comparaba
con palabras como: santo, angelical, bueno. Pero no, este viejo era totalmente
lo contrario a mis pensamientos. Un hombre de unos setenta años, canoso,
grandulón, con una cara no tan agradable, antipático, algo odioso, ¿algo? Muy
odioso. Era una persona invalida, le faltaban las dos piernas, lo cual pensé
que su mal animo venia respecto de eso.
Si no me falla la memoria era una tarde
de mucho calor, jugando con mis amigos al tejo y gritando. Lo que logramos fue
despertar al viejo. Salió muy enojado de su casa.
- Que
sea la primera y última vez que no me dejan dormir la siesta o no se dan cuenta
de qué somos personas grandes? Va a salir la iguana y les va a comer la lengua
así no gritan más y aprenden- les dijo el viejo.
Aterrorizados por lo que había pasado,
cada uno volvió a su casa con la idea de contar lo sucedido. Muchos se
acercaron a la casa del anciano para preguntarle cuales habrían sido los
motivos. Otros ni se acercaron porque sabían cómo era aquella persona.
Al día siguiente paso exactamente lo
mismo, lo primero que pensé fue que este individuo contenía problemas
psicológicos, en realidad nunca descifrarlo.
Mamá me tenía en penitencia por lo que
había ocurrido, culpa de mi vecino.
Mis amigos le suplicaron que me
permitiera salir a jugar, con la condición de que íbamos a hacerlo en silencio.
- Está
bien, pero callados. No quiero problemas porque ya demasiados tuve. Traten de
no gritar porque es la hora de la siesta y todos descansan- dijo mamá.
Salimos a mi vereda y lo primero que hice
fue agradecerles a mis amigos, pensé que iba a ser algo largo y duro el
castigo.
Sandro, mi otro vecino, opto por jugar a
la mancha, lo cual todos aceptaron su idea, pero sin gritar demasiado. Sin
darnos cuenta, la cosa se puso un poco agria y todo empeoro.
Santino ya no dormía la siesta, lo que
hacía era quedarse bajo su árbol que daba mucha sombra.
Nos daba temor verlo ahí pero tratábamos
de no darle mucha atención. Como noto que gritábamos demasiado y corríamos en
frente de su casa. Entro a su casa con su silla de ruedas y, salió
amenazándonos con una pistola.
Todos volvimos a nuestras casas, contando
nuevamente lo sucedido y recibiendo nuevamente un duro castigo.
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La vieja de los perros
Ornella Cecchini
Otra vez los ladridos de los perros no me
dejaban dormir, pues era de sueño liviano, ¡parecían lobos!, pero claramente
eran unos pobres perros que parecían estar muriendo de hambre. ¿De dónde
venían? Pensaba. ¿Quién tendrá tantos perros?... Después de un largo rato,
moviéndome de un lado a otro de la cama, tapándome la cabeza con la almohada y
sin encontrar una posición cómoda, conseguí dormirme.
Había llegado el gran día, era la primera
vez que iría a un cumpleaños de quince de una amiga, ¡claro! Sin la compañía de
mamá y papá. Como el salón era cerca de casa, una noche hermosa y también iba
mi hermano, un año mayor que yo, mis padres nos llevarían y a la vuelta
caminaríamos hasta casa.
Camino a la fiesta, desde el auto, a la
vuelta de casa, la vi. Una anciana sentada en una silla, el cabello duro de
suciedad, arrugada, con un camisón todo desteñido y roto, descalza e inmóvil,
con las luces apagadas y la puerta y las ventanas abiertas, la luz de la luna,
que era inmensa esa noche, me permitía verla claramente. Estaba mirando
fijamente a un perrito que permanecía frente a ella echado sobre la mesa. A su
alrededor, por todas partes, había perros, miles, en el piso, arriba del
sillón, en los muebles, en las sillas, encima del televisor… a donde sea que
miraba había un animal. Ladraban como en coro y no se movían de sus lugares,
estaban como hipnotizados.
La imagen quedó grabada en mi retina
durante un largo rato, que susto y asombro me había causado esa vieja y sus
animales. ¡Claro! De ahí venían los ruidos que me despertaban todas las noches…
Cuando terminó la fiesta, éramos
bastantes los que íbamos para el lado de casa, Carlos, Luciana, Marcelo, Matías
y demás… Íbamos terminando el recorrido, cuando nos dimos cuenta que estábamos
frente a la casa de la vieja. Ya había cerrado todo, puertas y ventanas, no se
oía a los animales y no volaba una mosca. Les advertí a todos que no hicieran
ruido porque ahí vivía la vieja de los perros, no fuera a ser que despertáramos
su furia… Ellos no me creyeron y se reían a carcajadas diciendo que mi hermano
y yo estábamos locos, que esa casa hacía años que estaba desocupada. Fue en ese
instante cuando nos dimos vuelta y vimos venir a los perros al ataque… Correr
no alcanzaba, era necesario volar para huir ilesos de esos canes tan
hambrientos… Se oyó un grito e inmediatamente los perros se detuvieron y
regresaron a la casa. La vieja de los perros estaba parada en la puerta y nos
había salvado… Jamás quise volver a pasar por esa cuadra.
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Los patios
Ana Laura Mazuecos
Mi patio favorito es el de la vieja de la
esquina porque está bien cuidado y las flores tienen cariño en sus arreglos,
pero ella nunca nos deja pasar a su casa. Vive con su único hijo, cuarentón y
solterón, y siempre tiene miedo. No sé qué podamos hacerle nosotras, somos
chicas; además, sabemos que la plata la tiene arriba de las vigas del comedor
porque eso todos lo saben y cada vez que vamos a venderle números para rifas de
la escuela vemos el paquete ahí arriba. Aunque ella es precavida, atiende por
la ventanita de la puerta, en donde apenas alcanza a asomar los lentes y
verifica que no sea un extraño o un típico rinraje. De todas formas, ir a su
patio nos da un poco de miedo porque no sabemos qué es lo que tiene en su
piecita del fondo, porque herramientas y cachivaches ahí no hay. Ella entra y
sale casi todas las tardes y pasa algunas horas ahí metida. Algún día, de los
tantos que voy a casa de Laura, vamos a averiguarlo.
Siempre que voy a jugar a la casa de
Laura recorremos a gatas el tapial que rodea su patio ubicado en el medio de la
manzana y que tiene más de cincuenta metros de fondo. Desde él podemos ver
todos los patios de la cuadra, las decoraciones, las flores, las bombachas
colgadas, los perros y algunas cosas más.
Después del de Olga, sigue el patio de
los Pérez, el que atravesamos gateando como en tres «patas» porque con la otra
nos tapamos la nariz. Esos sí que son unos sucios. Tienen agua estancada que
sale de un caño del lavarropas y que llega hasta la calle. Hay porquerías
desparramadas por todas partes, que son pedazos de cosas que vaya a saber de dónde
salen si las roban o las traen del basural. Pero así como aparecen se quedan,
nunca vimos que arreglaran o tiraran alguno de esos artefactos. No tienen
pasto, seguramente, no les nace por la misma contaminación que largan esas
cosas oxidadas remojadas en los desechos del lavarropas. Bueno, si ellos nos
llegan a ver merodeando en su tapial, nos tiran con la gomera.
Después, está el patio de la casa de Ana
cubierto por una mediasombra verde. Es chiquito y, aunque no se puede ver
mucho, no nos genera la más mínima intriga. Ella es tan trasparente que nadie
en el barrio sospecharía algo raro. La vemos siempre en la escuela, porque
limpia los baños, y nos invita a su casa a tomar chocolatada porque no tiene
hijos. Nosotras pasamos rápido, por las hormigas que nos suben que vienen por
la media sombra y por las dudas que nos vea y quiera que vayamos a merendar. A
nosotras nos gusta seguir de largo porque estamos investigando, además que en
el sitio siguiente hay una tuna y dos plantas de higo que en esta época siempre
están maduros.
Luego de esta pausa obligada por la
naturaleza, dejamos los higos para ver si la flaca está en patio. A esa sí que
la criticamos porque está tan flaca que ya ni tetas tiene. Se sienta en la
reposera al lado de la pileta con sus lentes de sol y hace topless. Pero que
tiene plata, tiene plata. ¡Puf! con lo que roba el marido se pueden hacer una
pileta el triple de grande que la que tienen y ella puede estar ahí limándose las
uñas o perfumando a los caniches, nunca un guantecito de goma. Sin embargo, no
es mala porque deja que los chicos del barrio le roben las naranjas y no le
molesta que la espiemos, es más, todo lo que hace es un show para que la
miremos. Ella está aburrida, no tiene que hacer nada, no sabe hacer nada y su
hijo adolescente está encerrado en la pieza las 24hs del día jugando a los
videojuegos de zoombies, cómo no van a decir que está medio loco. A veces
también está el jardinero, y es el único que nos saluda con la mano y con una
sonrisa. Una vez que fui con mi tía al almacén me lo crucé y me saludó,
entonces mi tía me preguntó de dónde lo conocía y yo le dije que lo veía en el
patio de la flaca. Después de eso, las viejas se pusieron a hablar de ellos dos
y de cosas que en realidad a mí no me interesan por eso no seguí escuchando.
El patio que le sigue es el de la casa en
construcción que en las primeras excursiones lo mirábamos con intriga, pero las
últimas veces lo pasamos de largo porque está lleno de yuyos y siempre nos
pican los mosquitos. Y llegamos al lugar donde se nos hace agua la boca, el
patio del depósito del minisuper. Eventualmente, descargan packs de coca y
otras gaseosas, y nosotras tenemos tanta sed que las tomamos con los ojos. Nos
quedamos ahí hasta que escuchamos el llamado de mi mamá para que vaya adentro.
A Laura le dan permiso para quedarse hasta más tarde, pero es 4 años más grande
que yo. Pero menos mal que siempre me salvan justo en esta parte cuando casi
llegamos al patio de mi abuela, menos mal porque también íbamos a tener que
criticarlo.
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Un verso para todo
Ayelén Altamirano
La plaza del centro. Ese lugar habitado
en las mañanas por los abuelos jubilados, en la siesta por parejitas
escurridizas, en las tardes los niños que, luego de merendar van a jugar y en
las tardecitas noche por aquellas familias que encuentran en ella un lugar
para divertirse.
También era habitada por “Cheto Méndez”.
Nunca supe si Méndez era su apellido, pero creo que sí, además no sé
si tenía o no una vivienda. Era un hombre
de 50 años aproximadamente, que siempre
estaba en la plaza sin importar la hora, sentado en los bancos largos con
respaldo. Llevaba un carrito y dentro, objetos recogidos del suelo o basureros.
Una persona que no se sabía si era amable o peligrosa, pero era simpática
porque no tenía problemas si alguien se le acercaba para charlar. Había sido
pintor y de los buenos, también un jugador de fútbol, y en sus años de fama
salía en los diarios; pero luego del abandono de su esposa e hijo, se tiró a la
ruina.
Siempre con la cara sucia así como su
ropa, pero detrás de esa mugre se podía apreciar unos bellos ojos celestes.
¡Celestes como el cielo, como le agua del mar, como el color de mi patria! Así
eran sus ojos. Muy pocos los pudimos apreciar, ya que se evitaba el contacto
con él.
Sentado en la plaza, observaba quién iba
y venía, cantaba tangos y siempre
sonriendo. Esas sonrisas que detrás se encuentra una lágrima que está a punto
de salir, pero gracias a las respiraciones profundas, se detienen. Iba a
almorzar y a cenar a un comedor comunitario y siempre se sentaba en el rincón
más alejado. Él percibía el rechazo, pero no le importaba. Sus comidas, al
igual que el resto del tiempo, eran acompañadas por versos de tangos, sus
compañeros de diálogo. Para mí le traían muchos recuerdos. Cantaba muy bien, me
gustaba pasar por la plaza en los días que estaba de buen humor porque a veces
cantaba tan fuerte que la belleza de los versos aumentaba, una voz deseada.
Parte de su apodo se debe al tango.
“Cheto: dicho de una cosa, que es distinguida o selecta”. Él seleccionaba
dependiendo del día y su estado de ánimo qué cantar. O
luego de escuchar algún problema o chimento por aquellos que asistían a
la plaza, se las ingeniaba y comenzaba a cantar.
Lo
creían loco porque no hablaba, cantaba. Pero eso no es razón para que lo juzgue
así, ya que loco posee definiciones que no coinciden con él, como por ejemplo:
que ha perdido la razón; de poco juicio; disparatado e imprudente; dicho de
cualquier aparato o dispositivo; que funciona descontroladamente. El canto es
una forma de hablar, de dialogar y más cuando se encuentra en soledad. Sin
embargo, no creo que existan canciones que llenen el vacío de la soledad.
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El viejo
Florencia Andrighetti
La calle, siempre desolada, busca un
ruido que rompa la calma. A todos los árboles se les caen las hojas, menos a
los siempreverdes de la familia Andrighetti. Ruta de tierra, nadie la transita,
nadie pasa. Las casitas fueron alguna vez todas iguales, pero casi no quedan
rastros de similitud. Algunas con rejas, otras sin, todas mantienen en común un
caminito desde la vereda hacia la puerta. La única casa que no parece
coincidir, es la cubierta de ladrillos que decidió por alguna razón ubicar su
garaje al frente y su vivienda atrás, por lo que se entiende la indecisión de
si es o no un hogar, y si lo es, dónde tocar timbre.
Calle-geriátrico, acá no hay niños para
jugar, tampoco se puede hacer bochinche, y el futbol en la calle con amigos de
otros barrios está arbitrado por el viejo don Miguel. El viejo es el ojo de
halcón, el cana, el vigilante, sabe todos los movimientos de salida y entrada.
El viejo está ahí, estático, toda, absolutamente toda la tarde. Saluda con un
grito desafinado y alegre, pero sólo si lo saludan antes. A la tardecita,
mientras desaparece el sol, sale a caminar, es decir, se traslada de una a otra
esquina dos o tres veces. Y basta. El viejo se agita, se sienta, observa la
calma temblorosa de la cuadra. Don Miguel no se pierde nada, si alguien quiere
saber algo, se lo pregunta a él, si alguien sale o llega a su casa, debe
saludarlo, si alguien sale a sacar la basura, también tiene que saludarlo, y
si, por alguna razón, te visita alguien inesperado, él lo ve, y lo cuenta. No
le importa hacer amistades, le importa estar al día con la información local.
En verano, el viejo sigue en la misma
posición, pero con pantalón corto y sin remera, lo cual deja ver sus gotas de
traspiración, su agite constante, y su aspecto de abuelo. Jugar en la calle
ahora se hace más incómodo, y a las niñas que pasan para ir al kiosco de Ana
María y Sergio no les agrada saludar al viejo.
Pegada a él, encontramos a su esposa, no
siempre, no full time, pero sí muchas veces. Cuando no está, se hace claro que
salió a comprarle algo al viejo, o le está cocinando, o algo está haciendo para
él, a pesar de que no se lo ve muy agradecido, y su sonrisa aparece cada tanto,
como esas tardes cuando ve llegar a una de sus hijas, y más si es la que trae
nietos. Y ahora sí, la calle se llena de grititos, de corridas, de tropiezos y
algún llanto infantil. La cuadra se alegra, el resto de los viejos no tanto, y
la casita de ladrillos está tan atrás que no escucha ningún ruido de afuera.
Es una calle arrugada y quieta, pero el
verdadero silencio y vacío se hará cuando el viejo no esté al salir de casa.
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El almacenero FBI
Gabriela Zavala
Si hay algo de lo que soy consciente (y
no lo soy de muchas cosas) es de la función que cumple el almacenero de mi
barrio. No porque yo lo sea, o porque alguien en mi familia lo sea. Lo sé
porque vivo al lado de un almacén. El almacén de la cuadra, el almacén del
barrio. Y soy la mejor amiga de la hija del almacenero. Pasé casi toda mi
infancia yendo y viniendo de su casa a la mía y, ahora, de grande, puedo
observar con más precisión lo que don Luciano, el almacenero, hace.
No me tomé el tiempo de contar la
cantidad de personas que entran y salen de su negocio, pero es seguro que la
vida de don Luciano gira en torno a sus clientes. Yo lo vi ser psicólogo,
opinólogo, periodista, médico, abogado, consejero, economista, entre otras
profesiones muy prestigiosas. Cada vez que voy a comprar algo me topo con una u
otra consulta profesional.
No hay nadie como don Luciano para
preguntarle los chismes del barrio. Él sabe mi vida mejor que yo, la vida de mi
vecino mejor que él y tu vida (sí, la tuya) mejor que vos mismo. Sabe hasta tu
número de D.N.I., tu mutual y tus mayores defectos. A veces es detective. Un
muy buen detective. Me pregunto si no le faltará espacio a su cabeza para
guardar tanta información que le ingresa diariamente.
Por las mañanas, don Luciano tiene cara
de sueño. Recibe al cliente con un “buen día” y un “qué cuenta hoy”, siempre
predispuesto a escuchar nuevas noticias. Y la gente va con ganas de hablar,
vecinos que no hablan ni con sus propios hijos, que no le dirigen la palabra a
su mujer o no le preguntan a su madre cómo está. Pero sí, con el almacenero,
sí. A él le pueden contar todo lo que les pasa porque les va a contestar
siempre afirmativamente y les va a dar la razón, claro. ¿Discutir con don
Luciano? Imposible. Es una máquina de amabilidad.
Don Luciano duerme la siesta y a las
cuatro de la tarde abre el local nuevamente. Y ya tiene clientes. Un alfajor,
una gaseosa, caramelos, queso, masitas o toallitas. Todo producto por comprar
es una buena escusa para una interesante charla. La pregunta es: ¿qué sabemos
sobre nuestro amigo don Luciano? Nada. Nada más que lo que vemos. Porque él no
habla sobre sí mismo. Los clientes no quieren escucharlo y él no quiere
amargarlos. Me pregunto a quién le contará sus problemas el almacenero. ¿Al
cajero de un supermercado? Es una intriga.
Don Luciano se sienta en la vereda cuando
nadie va a comprar a su negocio y se pone a mirar. Mira y espera. Nada se le
pasa por alto. Observa cada movimiento, cada detalle. A veces me intimida. Llego
a mi casa y me está mirando. Casi siempre se olvida de saludar. Te mira fijo y
no te saluda. Es que observar para él es un hábito. Ya es su obligación, TIENE
que saberlo todo para estar al tanto de los chismes del barrio. “Hola don
Luciano”, le digo. Y él ahí reacciona. Como si saliera de un ensimismamiento
temporal. “Hola”, dice. Sin ganas. Aunque hay veces que tiene mejor humor y
pregunta: “¿frío o calor?” y lo pregunta aunque haya un sol arrasando la tierra
o esté cayendo nieve. Es muy particular don Luciano.
A veces fantaseo con que tiene una
habitación exclusivamente para guardar todos los archivos sobre la vida de los
vecinos. Y lo que observa, va y lo anota. A veces pienso que forma parte de un
grupo de investigadores privados o del FBI que suelo ver en las películas
norteamericanas. Un grupo de gente que sabe todo de todos y viven investigando
a las personas. Pero no, es don Luciano nada más.
Mi mamá dice que don Luciano es el Jorge
Rial del barrio. Con la diferencia que no utiliza la información en su ventaja.
Sólo le gusta saber sobre la vida de los demás por satisfacción propia. Y
cuando algo se le pasa no duda en preguntarte: ¿Y al final pudieron solucionar
el temita de las cloacas? ¿Te peleaste con tu novio, nena? ¿Estuvieron de
fiesta anoche? ¡La música que se escuchaba!
Te pregunta sin problemas. A mí me
intimida, claro. Lo esquivo cuando me pregunta. Y se frustra, lo noto en sus
ojos. Le molesta no saber. Cuando escucha algo raro en los hogares vecinos se
asoma a las casas, a los patios, a las ventanas. Yo lo he visto. Es muy
sigiloso.
A pesar de estos atrevimientos yo lo
perdono. Perdono esa intromisión en las vidas ajenas porque sin él la cuadra no
sería la misma. Y si no fuera por don Luciano, ¿a quién le contarían sus
problemas los vecinos del barrio? Y el psicólogo está caro. Nada como don
Luciano para trabajar nuestros trastornos mentales. Nada como él, el almacenero
del barrio.
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Un vecino ejemplar
Mariana Cattani
La Laguna es un pueblo pequeño de la
zona, aunque todos los pueblos de allí lo son de alguna u otra manera, vivo
desde que nací y la verdad no me iría jamás de ese pueblo tan pequeño pero a la
vez tan grande por la gente que lo habita, nos conocemos todos y rara vez hay
conflictos grandes. Mi barrio era en su tiempo muy hermoso, eran al menos tres cuadras
que tenían
las casas perfectamente armadas pintadas
de unos colores preciosos y se notaba que estaban bien cuidadas, salvo una. Y
si la verdad que siempre hay alguien que de una manera u otra quiere ser
diferente a los demás, tal vez sea para llamar la atención o por el simple
hecho de querer ser diferente.
Según lo que decía la gente del barrio,
el hombre que vivía en esa casa se había quedado solo. Una noche tomo
demasiado, así mismo quiso manejar su auto color negro y viajar con su familia
a la casa de su madre, en el camino se quedó dormido, tanto su mujer como su
hijo habían muerto. Es la cosa más fea que le puede pasar a una persona. Pero
anda a saber si eso es verdad como le gusta hablar a la gente, nunca se sabe
que es cierto y que no o simplemente hay varias versiones del mismo tema.
La casa que era todo lo contrario a las
demás era de un hombre que nadie sabía cómo se llamaba pero al cual todos le
decían Cunfu, era muy alto, flaco, rubio y ojos claros. Siempre estaba en el
bar del pueblo tomando un vino y fumando, eso llamaba mucho la atención a sus
vecinos porque él no trabajaba y si no lo hacía como podía tener dinero para
sus vicios por así llamarlo.
Este señor era muy bueno, como quien dice
un pan de Dios pero el único problema que tenia con las personas que vivían a
su alrededor era que estos se quejaban por el mal olor que salía de su casa,
era un olor tan fuerte que ya no se soportaba más. Uno de sus vecinos trato de
hablar con él para pedirle que sacara toda la basura de su casa porque el olor
hacia mal pero este no accedió, ya que para él todo se podía reciclar.
Un día llegaron los chicos que trabajan
en la municipalidad para sacar toda la basura, a pesar de que Cunfu se resistió
retiraron todo de su casa. Al observar eso vino en mi una tristeza inmensa, a
pesar del olor él lo único que quería era concientizar a la gente del pueblo
que hay que reciclar y no contaminar el medio ambiente aunque la manera no fue
la correcta.
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Entre plantas y gatos
Marysol Nespolati
Muchas cosas podría yo contarles sobre
las insólitas que pasan en un pueblo a diario. Sin embargo juega por partida
doble cuando uno cambia de ámbito del pueblo a la ciudad y se da cuenta que
hechos extraños suceden en todos lados y no por cuestiones inexplicables, sino
por sus mismos personajes.
Doña Nilda tiene 70 años. Su piel cuelga
por todo el entorno de su cuerpo y sus huesos parecen de goma. Tiene hasta
piojos en su escasa cabellera blanca y ningún diente sano. Por lo general huele
muy mal, al igual que todo su entorno y pertenencias, ha de ser por las
pequeñas criaturas que colecciona sin pudor.
Vivía al frente de casa con su marido un
poco más absurdo que ella y no lo digo por su aspecto únicamente. Era una
convivencia poco conveniente porque ni se hablaban. Hay muchas cosas que nadie
entiende, que hayan llegado a los 70 años, por ejemplo. Nunca tuvieron hijos o
algún familiar que los visitara, que les brindara algún tipo de ayuda
económica, los bañara o les proporcionara sustentos básicos para sobrevivir.
Nadie supo explicar la vigencia de los servicios de gas, luz y agua. Al agua la
usaban a secas para las plantas por lo visto, porque evidentemente no se
bañaban y de beberla no se hubiesen parecido a dos pasas de uvas. No pagaban,
no salían de su casa y tampoco nunca nadie entraba. Sus vidas eran un domingo
constante.
A él lo llamaban “Mingo”. Todo el barrio
le tenía cierto afecto, para no decir que le tenían lástima. Hiciera la
temperatura que hiciera, siempre vestía un pantalón de gabardina verde musgo,
una camisa cuadrillé, sweater negro, bufanda y cuellito polar. En verano
evitábamos el contacto visual para no agarrar sarampión psicológicamente. Se
sentaba en la vereda poco después pasadas las siete de la mañana y se retiraba
poco después de anochecer. Siempre el mismo protocolo, se encendía la luz de la
ventana que daba a la vereda, al rato salía a un paso inestable alzando una
silla de plástico blanca y se sentaba todo el día con su fiel amiga, una
Philips pequeña de color negro que no se le gastaban las pilas nunca y le
regalaba los mejores tangos. No emitía palabra, porque si doña Nilda lo
escuchaba hablar, era un reto asegurado. Solía frenar a los vecinos para
pedirle cigarrillos o hablar de su infancia, quienes lo conocían, apenas de
doblar la esquina se cruzaban de vereda.
Su olor podrido colaboraba mucho. Pobre Mingo.
Yo los observaba todas las nochecitas de
verano sentada desde el cantero de mi vereda. Solo veía prenderse el rojo del
cigarrillo en la vereda y atrás, una luz encendida en la ventana donde iba y
volvía una figura esquelética con algún felino en la mano, alguno de tantos.
A ella no se la veía mucho en la vereda,
solo salía a regar las plantas por la mañana o cuando se escondía el sol.
Tampoco se le conocía la voz, yo la imaginaba chillona pero lo único que se le
escuchaba murmurarle, cada tanto, a las plantas entre labios, porque dientes no
tenía.
En la carnicería de la esquina se
comentaba que varias veces estuvieron a punto de morir de hambre, si no fuera
por la caridad del carnicero y de algunos vecinos que les dejaron dos cajas con
restos de comida y algún paquete de fideos. Los vecinos solían ayudarles mucho
más, antes que ella llevara cuan gato se le cruzara a su casa. Les indignaba
que prefiriera compartir el alimento con los animales antes que su marido, o
quien fue su marido en algún pasado de su vida.
Nilda era bastante mala, sobre todo con
Mingo. Lo amenazaba de que cuando durmiera, le iba a llenar la habitación de
plantas de geranios. Personalmente odio a los geranios, pero lo que comentaba
el anciano sobre éstos ya me parecía demasiado. El pobre temía a las plantas en
general, pero sobre todo estas pequeñas centellas rojas porque estaban en
masetas individuales y se podían trasladar, Nidia las podía trasladar. A mí
nunca me gustaron por el olor que desprenden, pero en esa casa habría sido uno
de los pocos aromas agradables, dentro tanto apestar. Las veces que podía
hablar, confesaba en voz baja que dormir con plantas en la misma habitación le
podía causar la muerte. Le robaban el aire. Pero de lo que estaba muy seguro
era que su mujer cuando les hablaba, les informaba quién iba a ser su víctima.
“Las aconseja y les indica estrategias seguras, confiables, certeras para que
la muerte parezca natural ¡Cuando ella les habla las flores se abren como si la
escucharan atenta! Yo tenía un amigo que la mujer era igual de bruja malnacida
que la mía y un día…” Así empezaba a hundirse en historias entre cigarrillo y
cigarrillo, poco a poco vagando de una conversación a otra, mezclando los temas
porque nada de lo que decía tenía coherencia, al menos para mí, no entendía las
relaciones que hacía entre uno y otro o por qué salía con tales cosas.
Así mismo él tenía una planta “para
defenderse” de las plantas malvadas de su pasada mujer.
Luego de esto comprobé dos cosas, que los
gatos no son únicamente para viejas solteronas y que las grandes imaginaciones
no son únicamente de los chicos.
Pocos meses después, el barrio seguía su
curso como lo solía hacer cotidianamente cuando me di cuenta algo faltaba en la
panorámica. El eco del silencio resonaba. La calle estaba silenciosa, algo
atípico.
En el transcurso del día cuando uno se
sumerge en las obligaciones cotidianas de la rutina y se deja llevar por el
ritmo marcado por la escolaridad, el trabajo y el ambiente familiar nada parece
fuera de lugar: el diariero seguía pasando una y otra vez en su bicicleta
amarilla que cada tanto se la confundían con la del cartero, la verdulería
seguía desprendiendo el mismo aroma a melón como todos los veranos, en la
puerta de la carnicería seguía sonando la campanita y en el almacén, el ruido
peculiar de las cortinas de plástico cuando alguien salía o entraba. La vecina
del lado le había dado de comer a los perros de la calle y doña Alicia ya se
había quejado por eso “A las siestas se juntan todos en la vereda y se pelean.
Andá a dormir vos con esas inmundicias peleándose”
Todo se encontraba en normalidad, en la
cotidianidad misma de las mañanas.
Al anochecer resonó, esta vez, la
prolijidad de los colores, la oscuridad de la vereda. No se prendía ningún rojo
del pitar del cigarrillo. Resonaba el eco del silencio, no sonaba ningún tango
milonguero.
Don Migo había fallecido.
En la ventana, la luz encendida de su
habitación. Me detuve a mirar con curiosidad desde el cantero de mi vereda. No
vi nada extraño. Cuando estaba por entrar, doña Nidia le hablaba a la planta
que era Mingo, ahora, florecida junto a los geranios que antes estaban en el
jardín.
La vida de Nidia dejó de parecerse un
domingo constante más bien ahora era un viernes por la noche. No faltaron
quienes salieron a hacer sus propias noticias, sacaron sus propias conclusiones
y se entretuvieron imaginando alguna historia forense, porque como yo, todos lo
habían notado y en ese vecindario no se les pasaba una, más si se trataba de la
siniestra Nidia y el pobre Mingo.
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Los perros ante todo
Vanina Taricco
Pasco es un pequeño pueblo en el cual
vivo con mi familia desde hace ya varios años. Es una especie de “campo grande”
en donde pocas veces se escuchó sobre alguna situación de peligro. Está rodeado
de espacios verdes por doquier y creo que hay más animales que personas, las
siestas son sagradas para todos los habitantes, todo el mundo se conoce y
saluda, si algo le sucedió a “Pedro”, que vive en uno de los extremos del
pueblo, a los cinco minutos ya se dio a conocer la noticia en el barrio de
“Juan”, que vive en el otro. En fin, sería un pequeño paraíso, a no ser por la
escasísima circulación de colectivos de
línea.
Todo era tranquilo, hasta que nació
Pedro… una especie de demonio de Tasmania en miniatura. Por cosas del destino,
abandonamos la casa que alquilábamos para irnos a vivir a nuestra casa propia
que se encuentra frente a una espectacular quinta con una enorme pileta y junto
a otras viviendas, que juntas forman el nuevo barrio del pueblo. Es hasta el
día de hoy que yo me pregunto por qué semejante castigo… ¡no sé qué habré hecho
para merecerlo! Adivinen quién me tocó de vecino. Si pensaron en él, les digo
que sí… ¡Pedro! Es increíble que tanta maldad, travesía y viveza, entren en un
diminuto cuerpito… increíble pero verdad. Traté de comprarlo con todo tipo de
cosas: caramelos, galletitas, vueltas en bicicleta, porciones de torta,
grisines, chicles… todas las golosinas y comidas que puedan imaginar que se
utilizan para extorsionar o ganarse el cariño de un pequeño, todo eso le di.
Pero Pedro es un pequeño traidor con la astucia de un adulto… de nada sirvieron
los presentes obsequiados a cambio de tranquilidad.
Mi mamá nos enseñaba a mis hermanos y a
mí que no se debía molestar a la gente en la hora de la siesta porque dormían,
entonces nos obligaba a dormir a nosotros o, en su defecto, quedarnos mirando
televisión en casa. No podíamos irnos a ningún lado sin avisarle a ella, y
mucho menos meternos a los patios de los vecinos a sacar juguetes o jugar con
ellos, sin el consentimiento de los dueños de casa. Pedro era todo lo contrario
a nosotros: rompía todas las reglas habidas y por haber. Era moneda corriente
verlo metido en los patios linderos, hurtando juguetes ajenos o pegándole a los
niños más pequeños que él. El único momento de tranquilidad que teníamos sus
vecinos, era cuando se marchaba a la casa de su abuela a Etruria, otro pueblito
poco más grande que Pasco. O cuando se iba a dormir o se marchaba a la casa de
su hermana, que se hallaba en la otra punta del pueblo. Pero la felicidad no
duraba mucho y menos si se trataba de este pequeño sabandija. Cuando de oía su
voz, la gente ya empezaba a temblar y me incluyo.
Su madre pocas veces lo retaba por la
cuantiosa suma de atrocidades que cometía. Un día lo hizo y la venganza de
Pedro fue romperle los dos vidrios de la ventana del comedor con una gomera.
Cierto día de lluvia, Pedro deambulaba por la calle de tierra que tenemos al
frente de nuestra casa. Verlo al pequeño demonio solo, era mala señal… al cabo
de unos minutos, una de las vecinas tenía el frente de su casa adobado por
completo con barro proveniente de la calle. ¿Hace falta que les diga quién fue
el dañino albañil?
Entre tantos defectos, tenía una virtud:
le gustaban mucho los perros. A sus vecinos no nos favorecía en nada ese amor
perruno porque éramos nosotros quiénes nos quedábamos sin un trozo de carne
menos en la parrilla cuando hacíamos asados y nos descuidábamos, o nos rompían
las ropas que se secaban al sol y que podían alcanzar dando brincos. No supimos
nunca de dónde los traía pero todos los días Pedro llegaba al barrio con un
nuevo pichicho. Recuerdo a uno que medía treinta centímetros de largo y unos
cinco o seis de alto; otro que era malo como las arañas color canela; otra del
mismo color que cierto día se encargó de destrozarle la remera preferida de mi
hermano; otro manchadito de color negro y blanco y el que estaba siempre:
Duque, un collie de color blanco y miel, que vivía durmiendo frente al canasto
de la basura con una pachorra más grande que la mía cuando tenía que levantarme
a la mañana temprano. Duque era el fijo, ese que se instaló una vez siendo muy
pequeño y aún los acompaña. Los demás estaban unos meses y después
desaparecían.
Una tarde de sofocante calor me
encontraba en el comedor de mi casa, mirando televisión con la ventana abierta.
De repente, escuché ruidos provenientes de la pileta de la quinta de enfrente.
Me pareció raro que haya alguien metido porque hasta hacía unos pocos días
estaba sucia ya que sus dueños hacía mucho que no iban a la casa que utilizan
solo los fines de semana. Pensando que podía haberse caído alguien, salí afuera
para poder ayudar pero no, no vi a nadie. Cuando me estaba dirigiendo hacia el
interior de mi casa oí la voz de Pedro… dudé unos segundos en regresar mi
mirada a la pileta porque si era él podía dejar pasar unos instantes, tal vez
el susto de estar ahogándose lo haría recapacitar y convertirse en mejor
cristiano, más apacible tal vez. Pero la culpa me iba a carcomer si no iba a
socorrerlo. Entonces crucé la calle con toda la facha que puede tener uno
estando en su casa de vacaciones escolares, una siesta de pleno verano… Luego
de luchar con los duros alambres y la mediasombra verde toda agujereada
(gracias a Pedro), pude introducirme en el patio de la quinta y observar la
situación: Pedro a la orilla de la pileta y su perro color canela dando
brazadas de auxilio dentro de ella. Como ese era malo, me fui a buscar ayuda a
lo de la vecina, quien me contó luego que Pedro hacía unos minutos había ido a
su casa a buscar una manguera para bañarlo porque según él, como el perro tenía
la lengua afuera, tenía calor y ganas de bañarse, y como ella no quiso
prestársela porque todo lo que él toca lo rompe, Pedrito optó por arrojarlo
dentro de la pileta con agua verde, tirando a negra… Cuando ambas nos
disponíamos a cruzar la media sombra vimos, por medio de los agujeros, el momento
exacto en el que Pedro estiró los brazos para sacar a su mascota. Pero el peso
del animal mojado superó el del pequeño monstruito… en menos de tres segundos
se encontraban ambos chapoteando por salir. Nos dolía la panza de tanto
reírnos. ¡Se estaba haciendo justicia! Pero fuimos a sacarlos porque nos dio
culpa no hacer nada.
Creo que el olor a podrido se lo sacaron
con cinco litros de jabón. Se podía escuchar claramente, gracias al silencio
que reina en las siestas pasquenses, los llantos de Pedro… su madre instaló un
fuentón en el patio de la casa y colgó la manguera por encima de la soga de la
ropa y allí lo tuvo durante un largo rato. El susto le duró esa tarde creo.
Porque a la noche ya se encontraba nuevamente haciendo de las suyas…
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Micaela Pereyra
"Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción,
incluso biológica"
Salvador Allende.
I
La excitación me encontró fuera del teatro, sentada en un
escalón con un ramo de flores en las manos. Me temblaba el cuerpo, la gente iba
y venía, había debutado como directora de una obra ante 300 personas. Tenía 18
años, un pasaje para el día siguiente a Buenos Aires y $500 en el bolsillo.
Esa noche no dormí planeando mi vida en una ciudad que no
había pisado antes. Entendía que el perfume de mi hogar, la comodidad de mi cama, los cuadros y poemas
que tenía pegado en las paredes iba a disfrutarlos por última vez. Era la
última noche en casa. La última noche en que mamá se levantaría a mitad de la
madrugada para ver si dormía y taparme con las frazadas por las dudas me
agarrara la tos. Entonces fingí dormir cuando escuché que venía, para
aprovechar su caricia y llevármela en un bolsillo por si me hacía falta allá,
donde me iba, lejos y sola. Lloré como una niñita, me arrepentí por un momento
de viajar y tomé, con el amanecer, fuerzas nuevamente confiando en que todo iba
a salir bien.
Entonces me levanté y comencé a despedirme, de mis perros y
mi patio, del barrio y del ombú de la esquina, de las calles de tierra y del
pasto en la vereda. Me despedí de todos mis familiares pero no me despedí de
los vecinos porque cada uno tenía una historia que si bien nos unía a todos en
una locura general que, no sé si por el lugar o por el glifosato que respirábamos
por las fumigaciones de los gringos, nos hacía actuar de formas inentendibles.
Ya en la hora del viaje me preocupaba por el peso de mi
valija, la ropa y los libros hacían la carga muy pesada y no tenía idea de cómo
iba a cargarla en algún taxi cuando llegara a Retiro. Saludé a mamá me abracé a
papá y recordé, con desesperación en mitad del viaje, que no había besado a mi
hermanito bebé. Quería volver, pero ya era tarde entonces resignada y llorando
en silencio me dormí pensando en Iván.
Los primeros minutos del sol dieron en mis ojos y desperté.
Aún faltaba, no sabía cuánto tiempo ni cuanta distancia, pero ya no veía más
campo en el paisaje. Volví a dormirme, la ruta por la que viajábamos era como
de seis manos y muchos autos iban y venían a una velocidad que en mi pueblo
nunca había visto. Y sentí miedo por primera vez sin siquiera haber llegado.
Volví a despertar en el momento en que el colectivo abría la
puerta para descender. El viaje había terminado.
La multitud corría, descansaba, hablaba, subía y bajaba de
colectivos, muchos colectivos, y me encontré en medio de todo eso parada con mi
valija exageradamente pesada atónita a mi silencio interno aterrador y al
exagerado ruido de la ciudad. Estaba lleno de carteles y ninguno me decía nada,
no necesitaba una Coca Cola, ni una Mc Donald, necesitaba un cartel que me
guiará a salir de ese laberinto de gente y
encontrar un taxi que me llevara a donde decía ese papelito arrugado que
tenía en el bolsillo.
Un hombre que me vio sin saber que hacer se acercó a mí y me
ofreció llevarme la valija hasta donde paraban los taxis. Le agradecí por la
ayuda, subimos una escalera mecánica, caminamos un pasillo largo y ancho y me
cobró $60. En mi billetera quedaban, entonces, $440.
-donde te llevo, piba? Me dijo el taxista con cara de policía
facho y retirado.
- a Entre Ríos y Garay, por favor. Le contesté.
- Cordobesa? Me preguntó creyéndose inteligente por haber
reconocido mi tonada.
- Si, del interior. Cuánto me va a salir aproximadamente?
- y… no sé. Depende cómo esté el tránsito.
Y me paseó por todo Buenos Aires, criticando al gobierno por
ladrones y me sacó $60 pesos más.
Me preocupaba el dinero, en menos de una hora ya había
gastado $120 y aún no había pagado siquiera un día en el hotel.
Me dejó la valija en la puerta, nunca antes me había hecho
falta mirar para arriba, el hotel era inmenso, verde oscuro, quise abrir la
puerta y estaba cerrada. Toqué timbre y me atendió un ucraniano con cara de
malo, sin remera y pantalones rotos. Quise explicarle que era Micaela y que
tenía reservada una habitación para vivir allí hasta encontrar trabajo. No me
dijo nada, me habló en un idioma que no reconocí y lo único que me repetía
constantemente era “por favor” y “gracias” mientras me daba la llave de la
habitación 11 y me llevaba hasta ella.
Las luces de las escaleras no funcionaban y mi habitación
estaba en el piso dos. Era un edificio tan antiguo, tan oscuro, que, por
supuesto, no tenía ascensor y tuve que parar varias veces a descansar en algún
que otro escalón para respirar y juntar fuerzas para seguir subiendo con la
valija a cuestas.
Cuando abrió la puerta y me dejó sola no quise entrar. Todo
estaba lleno de polvo, había una cama, una silla y una mesita cuadrada
chiquita, todo de caño a medio oxidar. Entré despacio pensando que eso no era
lo que yo había visto en las fotos y me asomé al baño que tenía azulejos celestes,
una canilla que goteaba veloz y no tenía ventilación. Me senté en la cama, esta
vez la almohada no era como en casa, era finita y el colchón de goma espuma con
un hueco en el medio acusaba que antes había dormido alguien allí por mucho
tiempo. ¿Pero quién?
Abrí la valija, busqué una toalla, lavé mi cara queriendo
despertar y lloré. Pues estaba más despierta que nunca.
Bajé a recepción y pedí una escoba, un trapo y un balde,
necesitaba sacar la tierra de mi nuevo hogar de 3x3. Había, otra vez, mucho
silencio adentro y mucho ruido afuera. El ruido nunca paraba. Entonces saqué mi
computadora, puse la música que me hacía sentir bien y comencé a limpiar.
¿Quién podría imaginarse que en el placar iba a encontrar un
sándwich podrido?
La limpieza me agotó. Al terminar todo me tiré en la cama y
dormí el día entero. No tenía fuerzas para nada más.
II
-ayuda, por favor, que alguien me ayude.
Me despertó un llanto en medio de la madrugada. Me asusté,
pero alguien necesitaba ayuda entonces me levanté a escuchar de dónde provenía.
Me asomé con la puerta entreabierta y pude ver la luna, gigante.
En la escalera oscura alguien lloraba y no se veía quien, no
se veía nada, pero alguien lloraba y había que ayudarla.
Con la luz del celular alumbré de lejos y vi una mujer gorda
tirada en la escalera.
-estás bien? Le pregunté estúpidamente.
- ayúdame a levantar, no doy más de la cintura. Me dijo muy
dolorida.
Cuando me acerqué el olor a vino me produjo arcadas. No era
la cintura, estaba borracha, muy borracha y toda sudada. Le ayudé a levantarse,
la llevé a mi habitación y le ofrecí mi silla y quise servirle un vaso de agua,
pero no tenía vaso, ni taza, y el agua era únicamente la del baño. Entonces
sólo la senté y le pregunte como se llamaba.
-Miriam. Trabajo acá en el Garrahan. Vivo acá porque mi mamá
me echó de su casa por salir con un chico que vive en la calle. Yo lo amo y el
me ama a mí.
A mí no me interesaba su historia, no por el momento. Sólo
quería que fuera a su habitación a
dormir y me dejara seguir durmiendo a mí. Al otro día tenía una entrevista de
trabajo ya pactada y lo necesitaba si o si, me quedaban $380 y aún tenía que pagar
el día en el hotel.
-en que habitación estás? Le pregunté esperando que se fuera.
- en el tercer piso. No puedo subir un piso más. Me duele
mucho la cintura. Me dijo y se largó a llorar.
-vamos, te acompaño. Le dije y le agarré la mano para
apurarla.
Subimos a su habitación y en la cama tenía una biblia.
-tengo mucho hambre. Y la plata que me queda es para diezmar
mañana en la iglesia. El pastor me dijo que diezmar es una forma de obediencia
a dios.
No entendía nada, y no podía creer lo que me estaba diciendo
esta mujer. Prefería pasar hambre a tocar el dinero que tenía entre las hojas
de la biblia para dárselo a un dios que, seguramente, en ese hotel no pisaba ni
por más misericordioso que fuera.
-tratá de dormir. Si te acostás el dolor se va a aliviar y
mañana te veo para que comamos juntas. Le dije pensando que con eso ya podía
irme.
-gracias. Antes de irte, querés orar conmigo?
Me había dado por vencida, era imposible que un borracho no
fuera cargoso. Cerramos los ojos y le pidió a su dios que me bendijera por
haberla ayudado. Me abrazó fuerte, su hedor revolvía mi estómago, su boca
mojada de transpiración, lágrimas y alcohol despedían un aliento repugnante,
así me besó y yo me fui, rápido, asustada por la oscuridad de las escaleras
pensando convencida de que dios no escucha ni habla con borrachos.
III
La alarma del reloj me despertó y el ruido afuera era
increíble. En la hora pico no puede hablarse más que a gritos. Me bañé con agua
tibia mientras pensaba en Miriam y si
habría muerto ahogada en su propio vómito por la borrachera que tenía.
Me prometí ir a verla a la vuelta de la entrevista para comer juntas y mientras
bajaba a la ciudad me crucé con otra mujer en los pasillos, una pelirroja de
buen cuerpo y cutis lleno de pocitos y manchas. Me saludó muy amablemente, le
devolví el saludo y pensé: bueno, ella puede ser mi primera amiga en el hotel.
El viaje a la empresa donde tenía la entrevista fue
desesperante. No entendía nada de subtes, por el contrario, me asustaban. Bajé
a uno que tenía la letra C y deduje que era por “Constitución”. Pregunté a
personas al azar como dirigirme hacia la dirección que tenía anotada en mi
anotador con la cara del Che y cortando clavos de llegar a horario y de no
saber si iba bien o no seguí las instrucciones y di con la empresa.
Una cadena de supermercado mayorista. Me atendieron
llamándome por el apellido, me hicieron muchas preguntas y luego de eso me
mandaron a sentarme y esperar.
-Pereyra, Micaela. Me gritó una secretaria con una bolsa
llena de papeles.
-sí, soy yo.
-tomá. Tenés que dirigirte acá a la vuelta, ahí van a hacerte
los análisis y los estudios médicos. Pasaste la entrevista. Me dijo con una
media sonrisa falsa.
Al fin una buena noticia.
Oriné en un tarrito, me sacaron sangre, me pesaron, midieron
mis pulsaciones y miraron mis piernas por si tenía varices.
Al día siguiente iban a informarme por teléfono mi situación
y si obtenía el trabajo o no.
-a qué viniste a Buenos Aires? Me preguntó una chica que hizo
junto conmigo todos los mismos procedimientos.
-a estudiar teatro. Le contesté.
Salí de allí y preguntando, nuevamente, a personas elegidas
al azar volví al hotel.
La facultad quedaba a unas cuadras de mi hogar. Podía ir
caminando y eso me dejaba más tranquila. Subí al tercero con unos sándwiches, Miriam
no estaba, entonces comí uno, guardé el otro para la cena y salí hacia la
universidad.
El camino de ida fue tan abrumante como el de la vuelta. Mientras caminaba me di cuenta que la calle
del hotel y las dos cuadras que le seguían estaba llena de hoteles y travestis
gordos con ropa de red negras y rojas que juntaban gente en las esquinas y se
escabullían a los mismos.
Al llegar a la universidad me encontré con un cartel de
cartón que decía “Edificio tomado por estudiantes” “Exigimos urgente
restauración edilicia”. Golpeé, me atendieron y preguntaron que quería.
-hola, vengo a inscribirme para el próximo año. Me informaron
que los cursillos de ingreso comienzan ahora en la segunda semana de octubre.
- el edificio está tomado. No estamos anotando a nadie hasta que se solucione el problema.
-y más o menos cuanto tiempo calculás? Le pregunté.
- no sabemos, pero no hemos recibido respuestas aún.
Me saludaron y cerraron las puertas. Mi mundo se desgranó en
un instante como vidrio molido.
Volví al hotel, subí al tercer piso, Miriam se encontraba en
su habitación. Le llevé el sándwich, ya no iba a cenar. Me acosté y volví a
dormir lo que restaba del día.
Bien temprano por la mañana recibí el llamado de la empresa
que había quedado seleccionada y comenzaría la capacitación y a trabajar esa
misma semana.
-vas a trabajar 30 horas semanales y el pago será de $1099
por quincena, es decir $2198 por mes. Estás de acuerdo?
Me obligaron a responder que sí. La necesidad me obligó a
aceptarlo. $1600 costaba mi hogar por mes. $698 me quedaban para mí, para
viáticos y alimentación.
IV
Mi cuerpo ya se había debilitado bastante por comer todos los
días lo único que me alcanzaba para comprar: una lata de atún de $2,70 que
comía desde la misma y con la mano.
Con mi primer sueldo quincenal compré un vaso, cubiertos, un
jarrito hervidor y una resistencia para calentar agua y cocinar huevos duros, sopas
y arroz. Ese día me sentí con suerte.
Habían pasado varios días ya, los suficientes como para conocer a la gente que
vivía en las habitaciones vecinas a la mía. Al frente, en el 14, dormía un
tucumano taxista con cara y rumor de preso prófugo, en el 12 un viejo serio que cada día por medio subía con la
prostituta que trabajaba en la puerta de nuestro hotel con un sombrero de
vaquero y botas a lo lejano oeste que sólo esos días usaba con su cabello
suelto que le llegaba a la cintura y gritaban como si ambos estuvieran domando
los toros más bravos cuando en realidad todos sabíamos que al viejo ya no se le
paraba. Hacia la parte más oscura del
pasillo estaba la habitación 13. Donde no vivía nadie pero se escuchaban ruidos
desde adentro. Y por último en el 15 vivía la pelirroja que resultó más
alcohólica que Miriam con su pareja cocainómano con quienes establecí una gran
amistad y donde fumé mis primeros cigarrillos de marihuana. Lamentablemente
estuvieron poco tiempo, el ucraniano, Boris, diciendo solo “por favor” y
“gracias” los sacó con la policía en una discusión donde casi se matan. Luego
me enteré que en su placard había 15 envases de cerveza vacíos y entendí por
qué la gente podía olvidarse un sándwich en un ropero húmedo y frío con función
de heladera.
V
Semanas siguientes, caminando por la cuadra encontré un
diente de oro en el suelo, contenta le pregunte a uno de los travestis con
quienes me juntaba a charlar en sus esquinas donde podía cambiarlo por dinero,
me acompañó hasta un sucucho donde un judío me lo pagó $70. Contentas nos fuimos a un restaurante y
nos pedimos una milanesa con muchas papas fritas. En ese momento llamó mi mamá
por teléfono. Le dije que todo estaba bien. Que había conseguido un trabajo
bien pago, que había podido comprarme ollas nuevas y mi departamento era
hermoso. Mientras almorzábamos el travesti me comentó que militaba en una
organización de izquierda y me invitó a conocerlos. Fue así que comencé a
militar en el PRT y a pintar paredes con frases revolucionarias por las noches
con aerosol. Allí conocí un cuarentón de ojos claros de quien me enamoré. Al
poco tiempo vivíamos juntos en mi habitación.
VI
El 27 de octubre la noticia mundial era la muerte de nuestro
ex presidente Néstor Kirchner. La gente se manifestaba en las calles llorando
casi pisando los colchones sucios que estaban en las veredas con niños llorando
también pero no por la muerte, sino por hambre. Ese día la muerte se acercó a mí
a través del puño del cuarentón que me ahorcaba contra los azulejos celestes
del baño. Ese día dejé Buenos Aires para siempre.
Renuncié al trabajo, y con ese dinero fui hasta Retiro y
saqué pasaje nuevamente a Oliva. Mi valija ya no era pesada, muchas cosas ya no
las necesitaba, se las di a Miriam, la abracé, nos despedimos y subí al
colectivo de vuelta.
Llegando a Rosario el cuarentón me llamó llorando que a su
madre la habían internado en terapia intensiva, estaba muriendo.
Seguí viaje. Por la ventanilla asomaban los campos de
Córdoba, la terminal de Villa María lucía más hermosa que nunca. Llovía. El
olor era a tierra mojada, no a humedad sofocante de pavimento, en el cielo
podían verse aisladas estrellas que se escapaban de las nubes, había olor a
verde. Mi barrio seguía igual, los mismos vecinos, al frente el loquito González
que había violado a mi perro con un palo de escoba y aplastaba sapos con
ladrillos block para hacer llover, al lado el niño tartamudo que su madre no
alimentaba como correspondía, en mi casa la misma almohada, el mismo rosa de la
habitación, las mismas poesías. En mis auriculares sonaba Cerati con té para
tres diciendo “No hay nada mejor, no hay nada mejor que casa”, todo era igual.
Menos yo. Yo, ya no era la misma.
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