escritura, extrañeza, experiencia

Durante el ciclo 2014 creamos un Taller de Narrativa como espacio curricular optativo en el Profesorado en Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba, Argentina.

Este blogfolio reúne algunas de las propuestas de trabajo y de las producciones de los alumnos. Los textos de apertura de cada tarea y el diseño de las consignas corresponden a la Profesora Beatriz Vottero, creadora y responsable del taller.

7/12/14

4.1 consigna de escritura: "nuestras aguafuertes: el pueblo, el barrio, el vecindario, los lugares y personajes que hacen historia"

Les proponemos que recuerden alguna escena recurrente del barrio/pueblo donde hayan transcurrido la infancia y la describan, trabajando en forma concisa la pintura del entorno y acentuando la singularidad de aquellos “personajes” que se destacaban por alguna razón en particular. 
Como lo hace Arlt en muchas de sus Aguafuertes, pueden asumir la narración en primera persona, que les permitirá adoptar una mirada subjetiva sobre el tópico seleccionado. 

Algunas producciones:

Sobre la rareza humana
Evelyn Oliva

Mi barrio, tan lindo pero a la vez tan feo. Toda mi infancia sucedió allí. Me mudé a los 17 años. Pero añoro aquel barrio. Típicamente inentendible en todo su contexto. Mi casa estaba ubicada a mitad de cuadra y tenía unos vecinos de esquina a esquina extremadamente antipáticos. Mi papá nos obligaba- aunque ellos no devolvieran el saludo-  a saludarlos. "Es una norma básica de respeto” repetía todos los días mi papá. Sin embargo nuestros saludos flotaban en el aire.
Toda la manzana del frente era un enorme sitio baldío lleno de yuyos de casi un metro y medio de alto. Ah, pero no crean que estaba totalmente desierto. Justamente en el medio de dicha manzana se encontraba un señor, -nunca supimos su nombre-, que con un poco de ingenio y unas chapas se hizo una choza. Y no digo choza despectivamente sino tal como la define la Real Academia Española: “Construcción rústica pequeña y tosca, de materiales pobres, generalmente palos entretejidos con cañas, y cubierta de ramas, destinada a refugio o vivienda de pastores, pescadores y gente humilde”. Claro está que mi vecino no era ni pastor, ni pescador, ni tampoco alguien humilde, se decía en el barrio que era dueño de un negocio muy importante sin embargo su elección había sido esa. En su construcción se podía encontrar cañas, palos, chapas, bolsas de arpillera, botellas, entre otros. No vivía solo, tenía una docena de perros, y no lo digo en sentido figurado, sino que exactamente eran doce sus perros. Todos tenían nombres, incluso parecían ser su tesoro más preciado, los trataba mejor que a todos los vecinos del barrio.  No eran perros buenos, al contrario mordían, todos los días llegaba a casa del colegio llorando, porque pasaba por ahí y los doce perros, si,  ¡los doce! Como una manada desesperada salían a correrme. De ahí reside mi miedo a esos cariñosos animales.  El señor, mi vecino sin nombre, los defendía a muerte, tal es así, que a los vecinos que no aceptaban  sus mascotas les apedreaba la casa. Algunos pensarán que era un loco, para mí se hacía el loco, porque así la pasaba bien.  A la noche, la jungla se transformaba en un hotel de grillos, alacranes, sapos y hasta ratas. Pues el señor no cortaba el pasto pero tampoco dejaba que los otros lo hicieran por él. Un día, en una reunión del centro vecinal se decidió entre todos pedir ayuda a la municipalidad para que ellos con una máquina pudieran desmontar un poco la selva que se había formado. Todos estaban expectantes, asomados en la ventana miraban. Se sentían los tractores, cuando se acercó uno al sitio, mi buen vecino, muy poco simpático por cierto, salió de su choza con una escopeta tirando tiros al aire. Obviamente el obrero municipal retrocedió y nunca más volvió. El pasto quedó largo para siempre, por lo menos hasta los 17 años que me mudé. Pero creo que toda la cuadra aprendió a convivir con eso y con los 12 que después se hicieron 24 perros también.
Pero mi buen vecino no era el único ser extraño del barrio, al lado de mi casa había un borracho, un borracho bueno, porque no molestaba a nadie, simplemente cuando se terminaba la media damajuana diaria gritaba: “Viva Perón carajo” hasta que le agarraba el sueño y se dormía.  Su hermano no era borracho, pero era malo, mucho peor, todos los niños de la cuadra lo sabíamos. Pelota que se caía en su patio, pelota que volvía asesinada, entre cinco y seis puñaladas le daba a cada una. A las muñecas le sacaba la cabeza y les quemaba el pelo. Ah,  y este vecino también apedreaba.  Pero creo que los niños aprendimos a convivir con eso.
Sin embargo mi buen vecino dueño del rancho, el borracho y su hermano no eran los únicos seres raros del barrio. También habitaba allí la típica vecina “bailantera”, y no digo “bailantera” porque vaya mucho a los bailes, sino porque ella armaba dichos bailes en su propia casa. ¡Sí! Al lado de la mía.  “Desde que el marido se fue ella se dedica a las fiestas negras”  decían las abuelas de la cuadra en el kiosco de la esquina. “La música casi me rompe todos los vidrios de la casa” se quejaba una nonita. Pero mi vecina bailantera, no era un ser sorprendente solo por escuchar la música muy fuerte a partir de las 11 de la noche hasta las 4 de la mañana los días de semana. Sino que también se la conocía en el barrio por subarrendar departamentos de materiales precarios en el patio de su casa. Aunque no lo crean, en su patio de casi 400 mts había construido 6 mini departamentitos. Allí entraban y salían todo el tiempo seres aún más insólitos. Pero creo que nos acostumbramos y aceptamos que en nuestro barrio predominaba la rareza humana. 
Hoy, sentada en mi barrio, mi otro barrio, mucho más normal, por cierto, me pregunto: ¿Qué habrán pensado de mí aquellos vecinos?  ¡Quién lo va a saber!
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El viejo de la bolsa
Agostina Medina

Hernando, ciudad en la que vivo, se parece más a un pueblo que a una ciudad, ya que, todos nos conocemos con todos y siempre reina la tranquilidad. Pero en la casa de tres piezas, una cocina y un living enorme donde vivía cuando tenía cuatro años nunca reinaba la tranquilidad porque vivía en frente de la ruta y los autos, camiones, tractores, camionetas no paraban de pasar y hacer ruido.
Sin embargo esos ruidos a mí no me molestaban, ya que, tenía mi gran secreto para dormirme, no dormía si no tenía mi chupete rosa y blanco en la boca. Pero ya era bastante grande para seguir durmiendo con “mi chupete” y mi mamá me lo repetía cada vez que lloraba al saber que me lo había tirado.
Un día soleado pero de mucho viento, estaba sentadita en la vereda de cemento donde no había nada de tierra y eso me enojaba mucho, ya que solo podía jugar con muñecas y nada de barro. En la vereda jugábamos felices con mi vecina del lado que era tres años más grande que yo y muy alta, aunque, mis ojos como los ojos de toda niña pequeña la veían como mi hermana mayor de veinte años.
Ese mismo día vimos pasar a un señor con una bolsa de arpillera blanca que colgaba en su hombro izquierdo y sabrá dios las cosas que allí llevaba. Su ropa no era como la de toda la gente que por allí pasaba, tenía su pantalón y camisa sucia, rota, con olor y eso me hacía tener miedo. Su cara era parecida a la de un monstruo que siempre veía en los dibujitos, una barba muy larga que cubría casi toda su cara y se mezclaba con el color de la misma, ya que su cara estaba toda sucia y la barba era negra y algunas de sus partes estaban blancas. Los ojos eran muy grandes como los de la abuela de caperucita, el cuento que cada noche me contaba mamá antes de dormirme. Y no tenía pelo, su cabeza era negra, en realidad de lo que recuerdo es que estaba mugrienta.
Ese día cuando lo vi pasar salí corriendo para la cocina donde se encontraba mamá y no pare de llorar por el miedo que me había dado aquel señor, que luego, de ese día comenzó a pasar todos los días por mi vereda y yo desde mi ventana lo miraba.
A mi mamá no se le ocurrió mejor cosa que decirme que ese señor era el “señor de la bolsa” que robaba los chupetes de los niños que tenían cuatro años y los seguían usando. En ese momento fue cuando comencé a sentir terror por aquella persona, que para mí no era una persona sino un monstruo muy malo que quería sacarme “mi chupete” lo más apreciado por mí.
Cada vez que me iba a dormir y mi chupete no estaba donde debía estar mamá me decía: El chupete se lo llevo el viejo de la bolsa. Y mi llorisqueo era cada vez peor, porque perdía mi chupete y porque le tenía mucho miedo a ese monstruo. Debo recalcar que mi mama cuando me tiraba el chupete debía ir a comprarme otro porque podría pasarme un día llorando por no tenerlo y tal vez la cansaba mucho escucharme llorar a gritos por toda la casa.
Un día nublado en el que hacia mucho frio, juagaba sola en la vereda con mi muñeca rubia y sin ropa, a la mamá y la casita. Cuando de repente sale mamá de casa y ve que a media cuadra, venia el viejo de la bolsa yo inmediatamente salí corriendo y me escondí debajo de la cama no tan alta de mi pieza, y mamá seguramente le estaría dando mi tan apreciado chupete. Y esto ocurrió muchas veces, hasta que un día no recuerdo si estaba frio o hacía calor, si había lluvia, viento o estaba soleado, porque fue tan grande el susto que no recuerdo ni los gritos míos ni como lloraba. Aunque una foto, que guardo en mi ropero dentro de la caja azul de los recuerdos me hace recordar aquel feo momento en donde mi mamá conmigo en sus brazos paro al viejo de la bolsa me quito mi chupete y me dijo que el señor el cual no recuerdo su nombre debía llevarse mi chupete y lo guardo dentro de esa bolsa tan grande llena de cosas. El señor me tomo en sus brazos y me acariciaba, solo recuerdo que lloraba, gritaba, pataleaba, porque mi miedo era muy grande, de verdad para mí era un monstruo y era muy feo.
Después de esa situación nunca más use chupete y cada vez que este pasaba al frente de mi casa salía corriendo para adentro y desde la ventana grande con cortinas amarillas lo espiaba con mi cara de inocente y mis ojos llenos de lágrimas y él siempre me saludaba muy feliz, como si no sintiera nada de miedo hacia a mí, aunque hasta el día de hoy recuerdo su cara y siento temor.   
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El hora
Corina Meichtri

Todo ocurrió en la ciudad de Bell Ville una tarde de enero en la cual el calor hacía imposible que la gente se expusiera a los poderosos rayos irradiados por el sol. Sin embargo, tres niñitas de entre 5 y 7 años, que se encontraban al cuidado de sus abuelos, no parecían percatarse de los casi 40º de temperatura y estaban empecinadas en  salir a jugar a la calle con las nuevas bicicletas que les había traído Papá Noel la última navidad. La abuela, cansada de buscar diferentes estrategias para lograr que las niñas se quedaran adentro, se marchó a dormir la siesta, dejando esta ardua tarea en manos del abuelo, un hombre tierno y a la vez estricto, que decidió utilizar el miedo para persuadirlas. Él sabía que en pocos minutos, su amigo, el heladero recorrería la larga calle de tierra desplegando su característico grito de: “¡Helado, helado!”.  Por lo que reunió a las tres pequeñas para contarles una historia. La misma se trataba de que cuando sus hijas eran de la edad de las niñas en ese momento, un hombre vestido todo de blanco, pasaba en su bicicleta por las calles, buscando a los chicos que no querían dormir la siesta y hacer caso, gritando “¡los llevo ahora!”, por lo que lo habían apodado “El hora”; para finalizar, el abuelo les recomendó a sus nietas que no anduvieran por la calle porque se había enterado, esa mañana cuando fue al banco, que “El hora” había vuelto. Las niñas escuchaban con asombro y seriedad cada parte de esta nueva historia, que finalizó con el fuerte grito del heladero, en el momento exacto. El miedo que la historia había generado en las niñas provocó que su imaginación reemplazara el tradicional grito de “¡helado, helado!” por el de “¡los llevo ahora!” y tal fue su desesperación que salieron a toda velocidad hacia la oscura y fresca habitación y se metieron debajo de la cama. Desde ese día, las tres primas comenzaron a hacer caso cuando las mandaban a dormir la siesta sin hacer berrinches porque sabían que por la casa de los nonos, luego del almuerzo pasaba “El hora”, llevándose a los niños que no hacían caso.
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Carta a mi vecino, el cumbiero

Giuliana Capellino
Querido vecino:
Tengo el agrado de hacerte llegar estas líneas con el fin de agradecerte por alegrarme la vida. La verdad, nunca fui tan amante de la cumbia desde que vivo en el piso que antecede a tu departamento. Tu música se volvió mi despertador ¡Qué alegres despertares matutinos que tengo, me levanto con un énfasis! Bailando al compás del “wi-qui–qui-wi” voy hasta el baño, luego hacia la cocina, para más tarde volver con ese ritmo nuevamente hacia la habitación.
Ahora pienso… menos mal que vivo sola, imaginate si tuviera un marido que me viera pegar pasos de cumbia día y noche, pensaría que estoy demente ¡Qué afortunada soy! Nunca pensé que abrir la ventana, desde que llegaste, fuera tan placentero. Las notas musicales que salen del tecladito, del órgano y del güiro me envuelven tan solo por el simple hecho de vivir en mi casa, casa invadida de tu música, cumbiera, fiestera.
Cada vez que organizo una reunión entre amigas, cuento con tu grata melodía de fondo que le da un toque divino a las charlas ¡No cualquier vecino te hace ese favor! Las chicas, contentísimas. Les encanta escuchar esas letras tan profundas que hablan de la lengüita por el cuerpito, por la carita, que la colita, que la piernita. Pura emoción, ¡Ay sí! Quedamos piel de gallina.
Sinceramente, muchas veces me gustaría ir y golpearte, la puerta, obvio; para entrar a tu casa donde reina esa armonía que te eleva; te hace sentir, volar. Pero no te preocupes, no pasa nada ¡Todos en este complejo estamos chochos con tu llegada! Sos la alegría en persona. No te preocupes que ya todos acá nos estamos aclimatando, con Nora y Pedro, tus vecinos de la par, vemos pasión de sábado, zarpamos la lata, nos lavamos con champú, alzamos las manos, meneamos la cola, no te preocupes…
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Pasaje de amor
Julieta Domínguez

Su pelo era corto y de un color claro, pero no era rubio. Eso lo hacía lindo. Aunque no lo había mirado antes, como lo vi ese día. Nos cruzamos e intercambiamos sonrisas. Su mirada, estaba dulce. Fue como subirse a un bálsamo y hamacarse. Hasta entonces, no había descubierto sus ojos marrones.
Recuerdo que caminaba por la plaza. Yo recién salía del colegio y él estaba por entrar. Ese día, aunque uno se iba y el otro llegaba, habíamos tomado el mismo camino. Se me figura en la mente las piedras anaranjadas que estaban allí, en el suelo. El sol pegaba fuerte, pero no importó. El sonido de las hojas remolinándose por la fuerte brisa, acompañaba el momento.
Tenía manos grandes. A esto lo supe luego, tiempo después. Sí, sus manos fueron importantes, yo las sentía curarme. Había algo especial en ellas. Sus movimientos eran sutiles aunque la piel áspera. Tenía muchas rayitas, de esas que uno mira cuando juega a la adivina. Así llegué a mirárselas. Pero quise, deseé con fervor real, conocer qué era lo que traían.
El tiempo fue pasando y aunque la dulzura de su mirada persistía, en ella, de a poco, el dolor iba apareciendo. Era como un dolor que buscaba que lo confesaran. El brillo de sus ojos, parecía entonces, lágrimas contenidas.
Estaba la noche llena de nubes. La luna se había escondido. Él y yo estábamos despidiéndonos aquella madrugada, cuando quise socorrerlo. La ramita de un viejo sauce llorón le tocaba el hombro. Sus brazos largos estaban alrededor de mi cintura. Recuerdo que me arrimé a su pecho unos instantes y tomé el impulso.
Al darme cuenta que era el momento decidí regalarle una caricia. Quise imitar la suya. Comencé por mirar fijo sus ojos y buscar, con la ternura que sentía por él, la forma de que pudiera despojarse. Sí, quería liberarlo. Que los fantasmas que atormentaban su cabeza, huyeran.
Entonces, extendí mi mano. La llevé lentamente a su mejilla, con mi otra mano sostenía una de las suyas y la apreté con todas mis fuerzas. Por entonces ya nos queríamos mucho los dos.
El silencio estaba lleno de paz, como solía estarlo en el patio de mi abuela. Comprendía que ambos disfrutábamos de ese momento, de nosotros. Quise hablar, pero su “¡shh!” tranquilo, me detuvo. Apoyó su cabeza en mi hombro. Yo, me anide en ese huequito corpóreo que él me hacía. No dije nada. Quise salirme, mirarlo, buscar los fantasmas. Pero, al intentarlo el me contrajo con fuerza. Permanecimos así, más de una hora. Cambiábamos de lugar las manos y hacíamos breves comentarios.
Miré la calle y al sauce aún nos acompañaba, como me había acompañado durante mi infancia, cuando jugábamos con los demás chicos del barrio. Éramos muchos y esa planta nos acobijo hasta la adolescencia y un poco más, tal vez  hasta el primer amor, tal vez, siempre.
Lentamente fuimos soltándonos. Levantamos las cabezas y vimos en el cielo, que empezaba a esclarecer, un solcito deformado que penetraba por las ramas hojosas de un árbol. Un rayito pegó en su cara y su pelo claro. Sonrió y vi su mirada dulce, como la de aquel día.
Nos fuimos de espaldas. A mitad de cuadra dio la vuelta y gritó mi nombre. Giré. Al hacerlo dijo fuerte y con los brazos abiertos “te amo”. Sonreí. Entre acongojada y feliz. Le respondí que lo amaba yo también.
Al llegar a casa un mensaje suyo decía “gracias”.
Comprendí que habíamos tenido la conversación más profunda. Que no solo él había liberado sus fantasmas. Nos habíamos quitado dolor, comenzábamos a salvarnos.
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Mi vecino, el cumbiero
Milena Melgarejo

La basura siempre en la vereda, toda desparramada, obvio, nunca en el tacho como corresponde. Los nenes gritan en el medio de la calle, descalzos, con la cara sucia. Salgo a la vereda y, de seguro, hay un regalito de algún perro en mi puerta.
Pero esperen, no es sólo eso. Mi vecina tiene un novio motoquero que no se le ocurre una mejor idea que visitarla a las tres de la mañana y, hacer sonar ese caño de escape como si fuese la última vez que usaría esa bendita moto. Claro, a las tres de la mañana ella está despierta, pero después duerme hasta la una de la tarde, mientras que sus cinco hijos quedan a cargo de su hermano mayor, de 19 años, que más o menos tiene la edad mental del nene más chiquito, o sea 3.
Se llama Julián, sus amigos del barrio le dicen “el juli”, “wachin” o “el cabeza”. Como ya dije, tiene 19 años y se caracteriza, principalmente, por ser fanático de un conocido género musical.
A las 7, a las 9, a las 11 de la mañana; a las 14, a las 18, a las 20 de la tarde; a las 21, a las 23, a las 2 de la madrugada, retumban las paredes y, desde la otra cuadra, se escucha esa cumbia que a él tanto le gusta.
No sé en qué momento duerme, o si duerme escuchando cumbia, la cuestión es que no deja descansar a ese centro musical, ni a mí, que es lo que más me importa.
Pensé en ir a hablarle, pero descarté esa posibilidad ya que no creo que me escuche; también pensé en romperle algún vidrio, pero ni cuenta se daría; o quizás, romperle ese maldito equipo de música, pero no hay forma de llegar hacia él. Así que me rendí, y acá estoy, escribiendo esto para sacarme la bronca y porque, además, creo que se durmió. ¡Como para que no, si son las 4 de la madrugada!
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El viejo ortiba
Mónica Figueroa

Recuerdo a aquel vecino que por alguna razón me inspiraba mucho temor y hablaba muy poco, del modo que cuando lo hacía no entendía, pues era en otro idioma, algo como extranjero. En cierto momento pensé que era de otro planeta o algo así, y cada vez, dentro de mi ignorancia de niña veía más indicios. Pero más tarde me di cuenta de que no era así.
Don Santino, era su nombre, pero ni acusaba a lo que él era. Santino, siempre que pensaba en su nombre lo comparaba con palabras como: santo, angelical, bueno. Pero no, este viejo era totalmente lo contrario a mis pensamientos. Un hombre de unos setenta años, canoso, grandulón, con una cara no tan agradable, antipático, algo odioso, ¿algo? Muy odioso. Era una persona invalida, le faltaban las dos piernas, lo cual pensé que su mal animo venia respecto de eso.
Si no me falla la memoria era una tarde de mucho calor, jugando con mis amigos al tejo y gritando. Lo que logramos fue despertar al viejo. Salió muy enojado de su casa.
-               Que sea la primera y última vez que no me dejan dormir la siesta o no se dan cuenta de qué somos personas grandes? Va a salir la iguana y les va a comer la lengua así no gritan más y aprenden- les dijo el viejo.
Aterrorizados por lo que había pasado, cada uno volvió a su casa con la idea de contar lo sucedido. Muchos se acercaron a la casa del anciano para preguntarle cuales habrían sido los motivos. Otros ni se acercaron porque sabían cómo era aquella persona.
Al día siguiente paso exactamente lo mismo, lo primero que pensé fue que este individuo contenía problemas psicológicos, en realidad nunca descifrarlo.
Mamá me tenía en penitencia por lo que había ocurrido, culpa de mi vecino.
Mis amigos le suplicaron que me permitiera salir a jugar, con la condición de que íbamos a hacerlo en silencio.
-               Está bien, pero callados. No quiero problemas porque ya demasiados tuve. Traten de no gritar porque es la hora de la siesta y todos descansan- dijo mamá.
Salimos a mi vereda y lo primero que hice fue agradecerles a mis amigos, pensé que iba a ser algo largo y duro el castigo.
Sandro, mi otro vecino, opto por jugar a la mancha, lo cual todos aceptaron su idea, pero sin gritar demasiado. Sin darnos cuenta, la cosa se puso un poco agria y todo empeoro.
Santino ya no dormía la siesta, lo que hacía era quedarse bajo su árbol que daba mucha sombra.
Nos daba temor verlo ahí pero tratábamos de no darle mucha atención. Como noto que gritábamos demasiado y corríamos en frente de su casa. Entro a su casa con su silla de ruedas y, salió amenazándonos con una pistola.
Todos volvimos a nuestras casas, contando nuevamente lo sucedido y recibiendo nuevamente un duro castigo. 
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La vieja de los perros
Ornella Cecchini

Otra vez los ladridos de los perros no me dejaban dormir, pues era de sueño liviano, ¡parecían lobos!, pero claramente eran unos pobres perros que parecían estar muriendo de hambre. ¿De dónde venían? Pensaba. ¿Quién tendrá tantos perros?... Después de un largo rato, moviéndome de un lado a otro de la cama, tapándome la cabeza con la almohada y sin encontrar una posición cómoda, conseguí dormirme.
Había llegado el gran día, era la primera vez que iría a un cumpleaños de quince de una amiga, ¡claro! Sin la compañía de mamá y papá. Como el salón era cerca de casa, una noche hermosa y también iba mi hermano, un año mayor que yo, mis padres nos llevarían y a la vuelta caminaríamos hasta casa.
Camino a la fiesta, desde el auto, a la vuelta de casa, la vi. Una anciana sentada en una silla, el cabello duro de suciedad, arrugada, con un camisón todo desteñido y roto, descalza e inmóvil, con las luces apagadas y la puerta y las ventanas abiertas, la luz de la luna, que era inmensa esa noche, me permitía verla claramente. Estaba mirando fijamente a un perrito que permanecía frente a ella echado sobre la mesa. A su alrededor, por todas partes, había perros, miles, en el piso, arriba del sillón, en los muebles, en las sillas, encima del televisor… a donde sea que miraba había un animal. Ladraban como en coro y no se movían de sus lugares, estaban como hipnotizados.
La imagen quedó grabada en mi retina durante un largo rato, que susto y asombro me había causado esa vieja y sus animales. ¡Claro! De ahí venían los ruidos que me despertaban todas las noches…
Cuando terminó la fiesta, éramos bastantes los que íbamos para el lado de casa, Carlos, Luciana, Marcelo, Matías y demás… Íbamos terminando el recorrido, cuando nos dimos cuenta que estábamos frente a la casa de la vieja. Ya había cerrado todo, puertas y ventanas, no se oía a los animales y no volaba una mosca. Les advertí a todos que no hicieran ruido porque ahí vivía la vieja de los perros, no fuera a ser que despertáramos su furia… Ellos no me creyeron y se reían a carcajadas diciendo que mi hermano y yo estábamos locos, que esa casa hacía años que estaba desocupada. Fue en ese instante cuando nos dimos vuelta y vimos venir a los perros al ataque… Correr no alcanzaba, era necesario volar para huir ilesos de esos canes tan hambrientos… Se oyó un grito e inmediatamente los perros se detuvieron y regresaron a la casa. La vieja de los perros estaba parada en la puerta y nos había salvado… Jamás quise volver a pasar por esa cuadra. 
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Los patios
Ana Laura Mazuecos

Mi patio favorito es el de la vieja de la esquina porque está bien cuidado y las flores tienen cariño en sus arreglos, pero ella nunca nos deja pasar a su casa. Vive con su único hijo, cuarentón y solterón, y siempre tiene miedo. No sé qué podamos hacerle nosotras, somos chicas; además, sabemos que la plata la tiene arriba de las vigas del comedor porque eso todos lo saben y cada vez que vamos a venderle números para rifas de la escuela vemos el paquete ahí arriba. Aunque ella es precavida, atiende por la ventanita de la puerta, en donde apenas alcanza a asomar los lentes y verifica que no sea un extraño o un típico rinraje. De todas formas, ir a su patio nos da un poco de miedo porque no sabemos qué es lo que tiene en su piecita del fondo, porque herramientas y cachivaches ahí no hay. Ella entra y sale casi todas las tardes y pasa algunas horas ahí metida. Algún día, de los tantos que voy a casa de Laura, vamos a averiguarlo.
Siempre que voy a jugar a la casa de Laura recorremos a gatas el tapial que rodea su patio ubicado en el medio de la manzana y que tiene más de cincuenta metros de fondo. Desde él podemos ver todos los patios de la cuadra, las decoraciones, las flores, las bombachas colgadas, los perros y algunas cosas más.
Después del de Olga, sigue el patio de los Pérez, el que atravesamos gateando como en tres «patas» porque con la otra nos tapamos la nariz. Esos sí que son unos sucios. Tienen agua estancada que sale de un caño del lavarropas y que llega hasta la calle. Hay porquerías desparramadas por todas partes, que son pedazos de cosas que vaya a saber de dónde salen si las roban o las traen del basural. Pero así como aparecen se quedan, nunca vimos que arreglaran o tiraran alguno de esos artefactos. No tienen pasto, seguramente, no les nace por la misma contaminación que largan esas cosas oxidadas remojadas en los desechos del lavarropas. Bueno, si ellos nos llegan a ver merodeando en su tapial, nos tiran con la gomera.
Después, está el patio de la casa de Ana cubierto por una mediasombra verde. Es chiquito y, aunque no se puede ver mucho, no nos genera la más mínima intriga. Ella es tan trasparente que nadie en el barrio sospecharía algo raro. La vemos siempre en la escuela, porque limpia los baños, y nos invita a su casa a tomar chocolatada porque no tiene hijos. Nosotras pasamos rápido, por las hormigas que nos suben que vienen por la media sombra y por las dudas que nos vea y quiera que vayamos a merendar. A nosotras nos gusta seguir de largo porque estamos investigando, además que en el sitio siguiente hay una tuna y dos plantas de higo que en esta época siempre están maduros.
Luego de esta pausa obligada por la naturaleza, dejamos los higos para ver si la flaca está en patio. A esa sí que la criticamos porque está tan flaca que ya ni tetas tiene. Se sienta en la reposera al lado de la pileta con sus lentes de sol y hace topless. Pero que tiene plata, tiene plata. ¡Puf! con lo que roba el marido se pueden hacer una pileta el triple de grande que la que tienen y ella puede estar ahí limándose las uñas o perfumando a los caniches, nunca un guantecito de goma. Sin embargo, no es mala porque deja que los chicos del barrio le roben las naranjas y no le molesta que la espiemos, es más, todo lo que hace es un show para que la miremos. Ella está aburrida, no tiene que hacer nada, no sabe hacer nada y su hijo adolescente está encerrado en la pieza las 24hs del día jugando a los videojuegos de zoombies, cómo no van a decir que está medio loco. A veces también está el jardinero, y es el único que nos saluda con la mano y con una sonrisa. Una vez que fui con mi tía al almacén me lo crucé y me saludó, entonces mi tía me preguntó de dónde lo conocía y yo le dije que lo veía en el patio de la flaca. Después de eso, las viejas se pusieron a hablar de ellos dos y de cosas que en realidad a mí no me interesan por eso no seguí escuchando.
El patio que le sigue es el de la casa en construcción que en las primeras excursiones lo mirábamos con intriga, pero las últimas veces lo pasamos de largo porque está lleno de yuyos y siempre nos pican los mosquitos. Y llegamos al lugar donde se nos hace agua la boca, el patio del depósito del minisuper. Eventualmente, descargan packs de coca y otras gaseosas, y nosotras tenemos tanta sed que las tomamos con los ojos. Nos quedamos ahí hasta que escuchamos el llamado de mi mamá para que vaya adentro. A Laura le dan permiso para quedarse hasta más tarde, pero es 4 años más grande que yo. Pero menos mal que siempre me salvan justo en esta parte cuando casi llegamos al patio de mi abuela, menos mal porque también íbamos a tener que criticarlo.
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Un verso para todo
Ayelén Altamirano

La plaza del centro. Ese lugar habitado en las mañanas por los abuelos jubilados, en la siesta por parejitas escurridizas, en las tardes los niños que, luego de merendar van a jugar y en las tardecitas noche por aquellas familias que encuentran en ella un lugar para  divertirse.
También era habitada por “Cheto Méndez”. Nunca supe si Méndez era su apellido, pero creo que sí, además no sé 
si tenía o no una vivienda. Era un hombre de  50 años aproximadamente, que siempre estaba en la plaza sin importar la hora, sentado en los bancos largos con respaldo. Llevaba un carrito y dentro, objetos recogidos del suelo o basureros. Una persona que no se sabía si era amable o peligrosa, pero era simpática porque no tenía problemas si alguien se le acercaba para charlar. Había sido pintor y de los buenos, también un jugador de fútbol, y en sus años de fama salía en los diarios; pero luego del abandono de su esposa e hijo, se tiró a la ruina.
Siempre con la cara sucia así como su ropa, pero detrás de esa mugre se podía apreciar unos bellos ojos celestes. ¡Celestes como el cielo, como le agua del mar, como el color de mi patria! Así eran sus ojos. Muy pocos los pudimos apreciar, ya que se evitaba el contacto con él.
Sentado en la plaza, observaba quién iba y venía, cantaba tangos y   siempre sonriendo. Esas sonrisas que detrás se encuentra una lágrima que está a punto de salir, pero gracias a las respiraciones profundas, se detienen. Iba a almorzar y a cenar a un comedor comunitario y siempre se sentaba en el rincón más alejado. Él percibía el rechazo, pero no le importaba. Sus comidas, al igual que el resto del tiempo, eran acompañadas por versos de tangos, sus compañeros de diálogo. Para mí le traían muchos recuerdos. Cantaba muy bien, me gustaba pasar por la plaza en los días que estaba de buen humor porque a veces cantaba tan fuerte que la belleza de los versos aumentaba, una voz deseada.
Parte de su apodo se debe al tango. “Cheto: dicho de una cosa, que es distinguida o selecta”. Él seleccionaba dependiendo del día y su estado de ánimo qué cantar.  O  luego de escuchar algún problema o chimento por aquellos que asistían a la plaza, se las ingeniaba y comenzaba a cantar.
 Lo creían loco porque no hablaba, cantaba. Pero eso no es razón para que lo juzgue así, ya que loco posee definiciones que no coinciden con él, como por ejemplo: que ha perdido la razón; de poco juicio; disparatado e imprudente; dicho de cualquier aparato o dispositivo; que funciona descontroladamente. El canto es una forma de hablar, de dialogar y más cuando se encuentra en soledad. Sin embargo, no creo que existan canciones que llenen el vacío de la soledad.
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El viejo
Florencia Andrighetti

La calle, siempre desolada, busca un ruido que rompa la calma. A todos los árboles se les caen las hojas, menos a los siempreverdes de la familia Andrighetti. Ruta de tierra, nadie la transita, nadie pasa. Las casitas fueron alguna vez todas iguales, pero casi no quedan rastros de similitud. Algunas con rejas, otras sin, todas mantienen en común un caminito desde la vereda hacia la puerta. La única casa que no parece coincidir, es la cubierta de ladrillos que decidió por alguna razón ubicar su garaje al frente y su vivienda atrás, por lo que se entiende la indecisión de si es o no un hogar, y si lo es, dónde tocar timbre.
Calle-geriátrico, acá no hay niños para jugar, tampoco se puede hacer bochinche, y el futbol en la calle con amigos de otros barrios está arbitrado por el viejo don Miguel. El viejo es el ojo de halcón, el cana, el vigilante, sabe todos los movimientos de salida y entrada. El viejo está ahí, estático, toda, absolutamente toda la tarde. Saluda con un grito desafinado y alegre, pero sólo si lo saludan antes. A la tardecita, mientras desaparece el sol, sale a caminar, es decir, se traslada de una a otra esquina dos o tres veces. Y basta. El viejo se agita, se sienta, observa la calma temblorosa de la cuadra. Don Miguel no se pierde nada, si alguien quiere saber algo, se lo pregunta a él, si alguien sale o llega a su casa, debe saludarlo, si alguien sale a sacar la basura, también tiene que saludarlo, y si, por alguna razón, te visita alguien inesperado, él lo ve, y lo cuenta. No le importa hacer amistades, le importa estar al día con la información local.
En verano, el viejo sigue en la misma posición, pero con pantalón corto y sin remera, lo cual deja ver sus gotas de traspiración, su agite constante, y su aspecto de abuelo. Jugar en la calle ahora se hace más incómodo, y a las niñas que pasan para ir al kiosco de Ana María y Sergio no les agrada saludar al viejo.
Pegada a él, encontramos a su esposa, no siempre, no full time, pero sí muchas veces. Cuando no está, se hace claro que salió a comprarle algo al viejo, o le está cocinando, o algo está haciendo para él, a pesar de que no se lo ve muy agradecido, y su sonrisa aparece cada tanto, como esas tardes cuando ve llegar a una de sus hijas, y más si es la que trae nietos. Y ahora sí, la calle se llena de grititos, de corridas, de tropiezos y algún llanto infantil. La cuadra se alegra, el resto de los viejos no tanto, y la casita de ladrillos está tan atrás que no escucha ningún ruido de afuera.
Es una calle arrugada y quieta, pero el verdadero silencio y vacío se hará cuando el viejo no esté al salir de casa.
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El almacenero FBI
Gabriela Zavala

Si hay algo de lo que soy consciente (y no lo soy de muchas cosas) es de la función que cumple el almacenero de mi barrio. No porque yo lo sea, o porque alguien en mi familia lo sea. Lo sé porque vivo al lado de un almacén. El almacén de la cuadra, el almacén del barrio. Y soy la mejor amiga de la hija del almacenero. Pasé casi toda mi infancia yendo y viniendo de su casa a la mía y, ahora, de grande, puedo observar con más precisión lo que don Luciano, el almacenero, hace.
No me tomé el tiempo de contar la cantidad de personas que entran y salen de su negocio, pero es seguro que la vida de don Luciano gira en torno a sus clientes. Yo lo vi ser psicólogo, opinólogo, periodista, médico, abogado, consejero, economista, entre otras profesiones muy prestigiosas. Cada vez que voy a comprar algo me topo con una u otra consulta profesional.
No hay nadie como don Luciano para preguntarle los chismes del barrio. Él sabe mi vida mejor que yo, la vida de mi vecino mejor que él y tu vida (sí, la tuya) mejor que vos mismo. Sabe hasta tu número de D.N.I., tu mutual y tus mayores defectos. A veces es detective. Un muy buen detective. Me pregunto si no le faltará espacio a su cabeza para guardar tanta información que le ingresa diariamente.
Por las mañanas, don Luciano tiene cara de sueño. Recibe al cliente con un “buen día” y un “qué cuenta hoy”, siempre predispuesto a escuchar nuevas noticias. Y la gente va con ganas de hablar, vecinos que no hablan ni con sus propios hijos, que no le dirigen la palabra a su mujer o no le preguntan a su madre cómo está. Pero sí, con el almacenero, sí. A él le pueden contar todo lo que les pasa porque les va a contestar siempre afirmativamente y les va a dar la razón, claro. ¿Discutir con don Luciano? Imposible. Es una máquina de amabilidad.
Don Luciano duerme la siesta y a las cuatro de la tarde abre el local nuevamente. Y ya tiene clientes. Un alfajor, una gaseosa, caramelos, queso, masitas o toallitas. Todo producto por comprar es una buena escusa para una interesante charla. La pregunta es: ¿qué sabemos sobre nuestro amigo don Luciano? Nada. Nada más que lo que vemos. Porque él no habla sobre sí mismo. Los clientes no quieren escucharlo y él no quiere amargarlos. Me pregunto a quién le contará sus problemas el almacenero. ¿Al cajero de un supermercado? Es una intriga.
Don Luciano se sienta en la vereda cuando nadie va a comprar a su negocio y se pone a mirar. Mira y espera. Nada se le pasa por alto. Observa cada movimiento, cada detalle. A veces me intimida. Llego a mi casa y me está mirando. Casi siempre se olvida de saludar. Te mira fijo y no te saluda. Es que observar para él es un hábito. Ya es su obligación, TIENE que saberlo todo para estar al tanto de los chismes del barrio. “Hola don Luciano”, le digo. Y él ahí reacciona. Como si saliera de un ensimismamiento temporal. “Hola”, dice. Sin ganas. Aunque hay veces que tiene mejor humor y pregunta: “¿frío o calor?” y lo pregunta aunque haya un sol arrasando la tierra o esté cayendo nieve. Es muy particular don Luciano.
A veces fantaseo con que tiene una habitación exclusivamente para guardar todos los archivos sobre la vida de los vecinos. Y lo que observa, va y lo anota. A veces pienso que forma parte de un grupo de investigadores privados o del FBI que suelo ver en las películas norteamericanas. Un grupo de gente que sabe todo de todos y viven investigando a las personas. Pero no, es don Luciano nada más.
Mi mamá dice que don Luciano es el Jorge Rial del barrio. Con la diferencia que no utiliza la información en su ventaja. Sólo le gusta saber sobre la vida de los demás por satisfacción propia. Y cuando algo se le pasa no duda en preguntarte: ¿Y al final pudieron solucionar el temita de las cloacas? ¿Te peleaste con tu novio, nena? ¿Estuvieron de fiesta anoche? ¡La música que se escuchaba! 
Te pregunta sin problemas. A mí me intimida, claro. Lo esquivo cuando me pregunta. Y se frustra, lo noto en sus ojos. Le molesta no saber. Cuando escucha algo raro en los hogares vecinos se asoma a las casas, a los patios, a las ventanas. Yo lo he visto. Es muy sigiloso.
A pesar de estos atrevimientos yo lo perdono. Perdono esa intromisión en las vidas ajenas porque sin él la cuadra no sería la misma. Y si no fuera por don Luciano, ¿a quién le contarían sus problemas los vecinos del barrio? Y el psicólogo está caro. Nada como don Luciano para trabajar nuestros trastornos mentales. Nada como él, el almacenero del barrio.
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Un vecino ejemplar
Mariana Cattani

La Laguna es un pueblo pequeño de la zona, aunque todos los pueblos de allí lo son de alguna u otra manera, vivo desde que nací y la verdad no me iría jamás de ese pueblo tan pequeño pero a la vez tan grande por la gente que lo habita, nos conocemos todos y rara vez hay conflictos grandes. Mi barrio era en su tiempo muy hermoso, eran al menos tres cuadras que tenían 
las casas perfectamente armadas pintadas de unos colores preciosos y se notaba que estaban bien cuidadas, salvo una. Y si la verdad que siempre hay alguien que de una manera u otra quiere ser diferente a los demás, tal vez sea para llamar la atención o por el simple hecho de querer ser diferente.
Según lo que decía la gente del barrio, el hombre que vivía en esa casa se había quedado solo. Una noche tomo demasiado, así mismo quiso manejar su auto color negro y viajar con su familia a la casa de su madre, en el camino se quedó dormido, tanto su mujer como su hijo habían muerto. Es la cosa más fea que le puede pasar a una persona. Pero anda a saber si eso es verdad como le gusta hablar a la gente, nunca se sabe que es cierto y que no o simplemente hay varias versiones del mismo tema.
La casa que era todo lo contrario a las demás era de un hombre que nadie sabía cómo se llamaba pero al cual todos le decían Cunfu, era muy alto, flaco, rubio y ojos claros. Siempre estaba en el bar del pueblo tomando un vino y fumando, eso llamaba mucho la atención a sus vecinos porque él no trabajaba y si no lo hacía como podía tener dinero para sus vicios por así llamarlo.
Este señor era muy bueno, como quien dice un pan de Dios pero el único problema que tenia con las personas que vivían a su alrededor era que estos se quejaban por el mal olor que salía de su casa, era un olor tan fuerte que ya no se soportaba más. Uno de sus vecinos trato de hablar con él para pedirle que sacara toda la basura de su casa porque el olor hacia mal pero este no accedió, ya que para él todo se podía reciclar.
Un día llegaron los chicos que trabajan en la municipalidad para sacar toda la basura, a pesar de que Cunfu se resistió retiraron todo de su casa. Al observar eso vino en mi una tristeza inmensa, a pesar del olor él lo único que quería era concientizar a la gente del pueblo que hay que reciclar y no contaminar el medio ambiente aunque la manera no fue la correcta.
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Entre plantas y gatos
Marysol Nespolati

Muchas cosas podría yo contarles sobre las insólitas que pasan en un pueblo a diario. Sin embargo juega por partida doble cuando uno cambia de ámbito del pueblo a la ciudad y se da cuenta que hechos extraños suceden en todos lados y no por cuestiones inexplicables, sino por sus mismos personajes.
Doña Nilda tiene 70 años. Su piel cuelga por todo el entorno de su cuerpo y sus huesos parecen de goma. Tiene hasta piojos en su escasa cabellera blanca y ningún diente sano. Por lo general huele muy mal, al igual que todo su entorno y pertenencias, ha de ser por las pequeñas criaturas que colecciona sin pudor.
Vivía al frente de casa con su marido un poco más absurdo que ella y no lo digo por su aspecto únicamente. Era una convivencia poco conveniente porque ni se hablaban. Hay muchas cosas que nadie entiende, que hayan llegado a los 70 años, por ejemplo. Nunca tuvieron hijos o algún familiar que los visitara, que les brindara algún tipo de ayuda económica, los bañara o les proporcionara sustentos básicos para sobrevivir. Nadie supo explicar la vigencia de los servicios de gas, luz y agua. Al agua la usaban a secas para las plantas por lo visto, porque evidentemente no se bañaban y de beberla no se hubiesen parecido a dos pasas de uvas. No pagaban, no salían de su casa y tampoco nunca nadie entraba. Sus vidas eran un domingo constante.
A él lo llamaban “Mingo”. Todo el barrio le tenía cierto afecto, para no decir que le tenían lástima. Hiciera la temperatura que hiciera, siempre vestía un pantalón de gabardina verde musgo, una camisa cuadrillé, sweater negro, bufanda y cuellito polar. En verano evitábamos el contacto visual para no agarrar sarampión psicológicamente. Se sentaba en la vereda poco después pasadas las siete de la mañana y se retiraba poco después de anochecer. Siempre el mismo protocolo, se encendía la luz de la ventana que daba a la vereda, al rato salía a un paso inestable alzando una silla de plástico blanca y se sentaba todo el día con su fiel amiga, una Philips pequeña de color negro que no se le gastaban las pilas nunca y le regalaba los mejores tangos. No emitía palabra, porque si doña Nilda lo escuchaba hablar, era un reto asegurado. Solía frenar a los vecinos para pedirle cigarrillos o hablar de su infancia, quienes lo conocían, apenas de doblar la esquina se cruzaban de vereda.  Su olor podrido colaboraba mucho. Pobre Mingo.
Yo los observaba todas las nochecitas de verano sentada desde el cantero de mi vereda. Solo veía prenderse el rojo del cigarrillo en la vereda y atrás, una luz encendida en la ventana donde iba y volvía una figura esquelética con algún felino en la mano, alguno de tantos.
A ella no se la veía mucho en la vereda, solo salía a regar las plantas por la mañana o cuando se escondía el sol. Tampoco se le conocía la voz, yo la imaginaba chillona pero lo único que se le escuchaba murmurarle, cada tanto, a las plantas entre labios, porque dientes no tenía.
En la carnicería de la esquina se comentaba que varias veces estuvieron a punto de morir de hambre, si no fuera por la caridad del carnicero y de algunos vecinos que les dejaron dos cajas con restos de comida y algún paquete de fideos. Los vecinos solían ayudarles mucho más, antes que ella llevara cuan gato se le cruzara a su casa. Les indignaba que prefiriera compartir el alimento con los animales antes que su marido, o quien fue su marido en algún pasado de su vida.
Nilda era bastante mala, sobre todo con Mingo. Lo amenazaba de que cuando durmiera, le iba a llenar la habitación de plantas de geranios. Personalmente odio a los geranios, pero lo que comentaba el anciano sobre éstos ya me parecía demasiado. El pobre temía a las plantas en general, pero sobre todo estas pequeñas centellas rojas porque estaban en masetas individuales y se podían trasladar, Nidia las podía trasladar. A mí nunca me gustaron por el olor que desprenden, pero en esa casa habría sido uno de los pocos aromas agradables, dentro tanto apestar. Las veces que podía hablar, confesaba en voz baja que dormir con plantas en la misma habitación le podía causar la muerte. Le robaban el aire. Pero de lo que estaba muy seguro era que su mujer cuando les hablaba, les informaba quién iba a ser su víctima. “Las aconseja y les indica estrategias seguras, confiables, certeras para que la muerte parezca natural ¡Cuando ella les habla las flores se abren como si la escucharan atenta! Yo tenía un amigo que la mujer era igual de bruja malnacida que la mía y un día…” Así empezaba a hundirse en historias entre cigarrillo y cigarrillo, poco a poco vagando de una conversación a otra, mezclando los temas porque nada de lo que decía tenía coherencia, al menos para mí, no entendía las relaciones que hacía entre uno y otro o por qué salía con tales cosas.
Así mismo él tenía una planta “para defenderse” de las plantas malvadas de su pasada mujer.
Luego de esto comprobé dos cosas, que los gatos no son únicamente para viejas solteronas y que las grandes imaginaciones no son únicamente de los chicos.
Pocos meses después, el barrio seguía su curso como lo solía hacer cotidianamente cuando me di cuenta algo faltaba en la panorámica. El eco del silencio resonaba. La calle estaba silenciosa, algo atípico.
En el transcurso del día cuando uno se sumerge en las obligaciones cotidianas de la rutina y se deja llevar por el ritmo marcado por la escolaridad, el trabajo y el ambiente familiar nada parece fuera de lugar: el diariero seguía pasando una y otra vez en su bicicleta amarilla que cada tanto se la confundían con la del cartero, la verdulería seguía desprendiendo el mismo aroma a melón como todos los veranos, en la puerta de la carnicería seguía sonando la campanita y en el almacén, el ruido peculiar de las cortinas de plástico cuando alguien salía o entraba. La vecina del lado le había dado de comer a los perros de la calle y doña Alicia ya se había quejado por eso “A las siestas se juntan todos en la vereda y se pelean. Andá a dormir vos con esas inmundicias peleándose”
Todo se encontraba en normalidad, en la cotidianidad misma de las mañanas.
Al anochecer resonó, esta vez, la prolijidad de los colores, la oscuridad de la vereda. No se prendía ningún rojo del pitar del cigarrillo. Resonaba el eco del silencio, no sonaba ningún tango milonguero.
Don Migo había fallecido.
En la ventana, la luz encendida de su habitación. Me detuve a mirar con curiosidad desde el cantero de mi vereda. No vi nada extraño. Cuando estaba por entrar, doña Nidia le hablaba a la planta que era Mingo, ahora, florecida junto a los geranios que antes estaban en el jardín.
La vida de Nidia dejó de parecerse un domingo constante más bien ahora era un viernes por la noche. No faltaron quienes salieron a hacer sus propias noticias, sacaron sus propias conclusiones y se entretuvieron imaginando alguna historia forense, porque como yo, todos lo habían notado y en ese vecindario no se les pasaba una, más si se trataba de la siniestra Nidia y el pobre Mingo. 
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Los perros ante todo
Vanina Taricco

Pasco es un pequeño pueblo en el cual vivo con mi familia desde hace ya varios años. Es una especie de “campo grande” en donde pocas veces se escuchó sobre alguna situación de peligro. Está rodeado de espacios verdes por doquier y creo que hay más animales que personas, las siestas son sagradas para todos los habitantes, todo el mundo se conoce y saluda, si algo le sucedió a “Pedro”, que vive en uno de los extremos del pueblo, a los cinco minutos ya se dio a conocer la noticia en el barrio de “Juan”, que vive en el otro. En fin, sería un pequeño paraíso, a no ser por la escasísima circulación de  colectivos de línea.
Todo era tranquilo, hasta que nació Pedro… una especie de demonio de Tasmania en miniatura. Por cosas del destino, abandonamos la casa que alquilábamos para irnos a vivir a nuestra casa propia que se encuentra frente a una espectacular quinta con una enorme pileta y junto a otras viviendas, que juntas forman el nuevo barrio del pueblo. Es hasta el día de hoy que yo me pregunto por qué semejante castigo… ¡no sé qué habré hecho para merecerlo! Adivinen quién me tocó de vecino. Si pensaron en él, les digo que sí… ¡Pedro! Es increíble que tanta maldad, travesía y viveza, entren en un diminuto cuerpito… increíble pero verdad. Traté de comprarlo con todo tipo de cosas: caramelos, galletitas, vueltas en bicicleta, porciones de torta, grisines, chicles… todas las golosinas y comidas que puedan imaginar que se utilizan para extorsionar o ganarse el cariño de un pequeño, todo eso le di. Pero Pedro es un pequeño traidor con la astucia de un adulto… de nada sirvieron los presentes obsequiados a cambio de tranquilidad.
Mi mamá nos enseñaba a mis hermanos y a mí que no se debía molestar a la gente en la hora de la siesta porque dormían, entonces nos obligaba a dormir a nosotros o, en su defecto, quedarnos mirando televisión en casa. No podíamos irnos a ningún lado sin avisarle a ella, y mucho menos meternos a los patios de los vecinos a sacar juguetes o jugar con ellos, sin el consentimiento de los dueños de casa. Pedro era todo lo contrario a nosotros: rompía todas las reglas habidas y por haber. Era moneda corriente verlo metido en los patios linderos, hurtando juguetes ajenos o pegándole a los niños más pequeños que él. El único momento de tranquilidad que teníamos sus vecinos, era cuando se marchaba a la casa de su abuela a Etruria, otro pueblito poco más grande que Pasco. O cuando se iba a dormir o se marchaba a la casa de su hermana, que se hallaba en la otra punta del pueblo. Pero la felicidad no duraba mucho y menos si se trataba de este pequeño sabandija. Cuando de oía su voz, la gente ya empezaba a temblar y me incluyo.
Su madre pocas veces lo retaba por la cuantiosa suma de atrocidades que cometía. Un día lo hizo y la venganza de Pedro fue romperle los dos vidrios de la ventana del comedor con una gomera. Cierto día de lluvia, Pedro deambulaba por la calle de tierra que tenemos al frente de nuestra casa. Verlo al pequeño demonio solo, era mala señal… al cabo de unos minutos, una de las vecinas tenía el frente de su casa adobado por completo con barro proveniente de la calle. ¿Hace falta que les diga quién fue el dañino albañil?
Entre tantos defectos, tenía una virtud: le gustaban mucho los perros. A sus vecinos no nos favorecía en nada ese amor perruno porque éramos nosotros quiénes nos quedábamos sin un trozo de carne menos en la parrilla cuando hacíamos asados y nos descuidábamos, o nos rompían las ropas que se secaban al sol y que podían alcanzar dando brincos. No supimos nunca de dónde los traía pero todos los días Pedro llegaba al barrio con un nuevo pichicho. Recuerdo a uno que medía treinta centímetros de largo y unos cinco o seis de alto; otro que era malo como las arañas color canela; otra del mismo color que cierto día se encargó de destrozarle la remera preferida de mi hermano; otro manchadito de color negro y blanco y el que estaba siempre: Duque, un collie de color blanco y miel, que vivía durmiendo frente al canasto de la basura con una pachorra más grande que la mía cuando tenía que levantarme a la mañana temprano. Duque era el fijo, ese que se instaló una vez siendo muy pequeño y aún los acompaña. Los demás estaban unos meses y después desaparecían.
Una tarde de sofocante calor me encontraba en el comedor de mi casa, mirando televisión con la ventana abierta. De repente, escuché ruidos provenientes de la pileta de la quinta de enfrente. Me pareció raro que haya alguien metido porque hasta hacía unos pocos días estaba sucia ya que sus dueños hacía mucho que no iban a la casa que utilizan solo los fines de semana. Pensando que podía haberse caído alguien, salí afuera para poder ayudar pero no, no vi a nadie. Cuando me estaba dirigiendo hacia el interior de mi casa oí la voz de Pedro… dudé unos segundos en regresar mi mirada a la pileta porque si era él podía dejar pasar unos instantes, tal vez el susto de estar ahogándose lo haría recapacitar y convertirse en mejor cristiano, más apacible tal vez. Pero la culpa me iba a carcomer si no iba a socorrerlo. Entonces crucé la calle con toda la facha que puede tener uno estando en su casa de vacaciones escolares, una siesta de pleno verano… Luego de luchar con los duros alambres y la mediasombra verde toda agujereada (gracias a Pedro), pude introducirme en el patio de la quinta y observar la situación: Pedro a la orilla de la pileta y su perro color canela dando brazadas de auxilio dentro de ella. Como ese era malo, me fui a buscar ayuda a lo de la vecina, quien me contó luego que Pedro hacía unos minutos había ido a su casa a buscar una manguera para bañarlo porque según él, como el perro tenía la lengua afuera, tenía calor y ganas de bañarse, y como ella no quiso prestársela porque todo lo que él toca lo rompe, Pedrito optó por arrojarlo dentro de la pileta con agua verde, tirando a negra… Cuando ambas nos disponíamos a cruzar la media sombra vimos, por medio de los agujeros, el momento exacto en el que Pedro estiró los brazos para sacar a su mascota. Pero el peso del animal mojado superó el del pequeño monstruito… en menos de tres segundos se encontraban ambos chapoteando por salir. Nos dolía la panza de tanto reírnos. ¡Se estaba haciendo justicia! Pero fuimos a sacarlos porque nos dio culpa no hacer nada.
Creo que el olor a podrido se lo sacaron con cinco litros de jabón. Se podía escuchar claramente, gracias al silencio que reina en las siestas pasquenses, los llantos de Pedro… su madre instaló un fuentón en el patio de la casa y colgó la manguera por encima de la soga de la ropa y allí lo tuvo durante un largo rato. El susto le duró esa tarde creo. Porque a la noche ya se encontraba nuevamente haciendo de las suyas…
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Micaela Pereyra

"Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción, incluso biológica"
Salvador Allende.

I
La excitación me encontró fuera del teatro, sentada en un escalón con un ramo de flores en las manos. Me temblaba el cuerpo, la gente iba y venía, había debutado como directora de una obra ante 300 personas. Tenía 18 años, un pasaje para el día siguiente a Buenos Aires y $500 en el bolsillo.
Esa noche no dormí planeando mi vida en una ciudad que no había pisado antes. Entendía que el perfume de mi hogar,  la comodidad de mi cama, los cuadros y poemas que tenía pegado en las paredes iba a disfrutarlos por última vez. Era la última noche en casa. La última noche en que mamá se levantaría a mitad de la madrugada para ver si dormía y taparme con las frazadas por las dudas me agarrara la tos. Entonces fingí dormir cuando escuché que venía, para aprovechar su caricia y llevármela en un bolsillo por si me hacía falta allá, donde me iba, lejos y sola. Lloré como una niñita, me arrepentí por un momento de viajar y tomé, con el amanecer, fuerzas nuevamente confiando en que todo iba a salir bien.
Entonces me levanté y comencé a despedirme, de mis perros y mi patio, del barrio y del ombú de la esquina, de las calles de tierra y del pasto en la vereda. Me despedí de todos mis familiares pero no me despedí de los vecinos porque cada uno tenía una historia que si bien nos unía a todos en una locura general que, no sé si por el lugar o por el glifosato que respirábamos por las fumigaciones de los gringos, nos hacía actuar de formas inentendibles.
Ya en la hora del viaje me preocupaba por el peso de mi valija, la ropa y los libros hacían la carga muy pesada y no tenía idea de cómo iba a cargarla en algún taxi cuando llegara a Retiro. Saludé a mamá me abracé a papá y recordé, con desesperación en mitad del viaje, que no había besado a mi hermanito bebé. Quería volver, pero ya era tarde entonces resignada y llorando en silencio me dormí pensando en Iván.
Los primeros minutos del sol dieron en mis ojos y desperté. Aún faltaba, no sabía cuánto tiempo ni cuanta distancia, pero ya no veía más campo en el paisaje. Volví a dormirme, la ruta por la que viajábamos era como de seis manos y muchos autos iban y venían a una velocidad que en mi pueblo nunca había visto. Y sentí miedo por primera vez sin siquiera haber llegado.
Volví a despertar en el momento en que el colectivo abría la puerta para descender. El viaje había terminado.
La multitud corría, descansaba, hablaba, subía y bajaba de colectivos, muchos colectivos, y me encontré en medio de todo eso parada con mi valija exageradamente pesada atónita a mi silencio interno aterrador y al exagerado ruido de la ciudad. Estaba lleno de carteles y ninguno me decía nada, no necesitaba una Coca Cola, ni una Mc Donald, necesitaba un cartel que me guiará a salir de ese laberinto de gente y  encontrar un taxi que me llevara a donde decía ese papelito arrugado que tenía en el bolsillo.
Un hombre que me vio sin saber que hacer se acercó a mí y me ofreció llevarme la valija hasta donde paraban los taxis. Le agradecí por la ayuda, subimos una escalera mecánica, caminamos un pasillo largo y ancho y me cobró $60. En mi billetera quedaban, entonces, $440.
-donde te llevo, piba? Me dijo el taxista con cara de policía facho y retirado.
- a Entre Ríos y Garay, por favor. Le contesté.
- Cordobesa? Me preguntó creyéndose inteligente por haber reconocido mi tonada.
- Si, del interior. Cuánto me va a salir aproximadamente?
- y… no sé. Depende cómo esté el tránsito.
Y me paseó por todo Buenos Aires, criticando al gobierno por ladrones y me sacó $60 pesos más.
Me preocupaba el dinero, en menos de una hora ya había gastado $120 y aún no había pagado siquiera un día en el hotel.
Me dejó la valija en la puerta, nunca antes me había hecho falta mirar para arriba, el hotel era inmenso, verde oscuro, quise abrir la puerta y estaba cerrada. Toqué timbre y me atendió un ucraniano con cara de malo, sin remera y pantalones rotos. Quise explicarle que era Micaela y que tenía reservada una habitación para vivir allí hasta encontrar trabajo. No me dijo nada, me habló en un idioma que no reconocí y lo único que me repetía constantemente era “por favor” y “gracias” mientras me daba la llave de la habitación 11 y me llevaba hasta ella.
Las luces de las escaleras no funcionaban y mi habitación estaba en el piso dos. Era un edificio tan antiguo, tan oscuro, que, por supuesto, no tenía ascensor y tuve que parar varias veces a descansar en algún que otro escalón para respirar y juntar fuerzas para seguir subiendo con la valija a cuestas.
Cuando abrió la puerta y me dejó sola no quise entrar. Todo estaba lleno de polvo, había una cama, una silla y una mesita cuadrada chiquita, todo de caño a medio oxidar. Entré despacio pensando que eso no era lo que yo había visto en las fotos y me asomé al baño que tenía azulejos celestes, una canilla que goteaba veloz y no tenía ventilación. Me senté en la cama, esta vez la almohada no era como en casa, era finita y el colchón de goma espuma con un hueco en el medio acusaba que antes había dormido alguien allí por mucho tiempo. ¿Pero quién?
Abrí la valija, busqué una toalla, lavé mi cara queriendo despertar y lloré. Pues estaba más despierta que nunca.
Bajé a recepción y pedí una escoba, un trapo y un balde, necesitaba sacar la tierra de mi nuevo hogar de 3x3. Había, otra vez, mucho silencio adentro y mucho ruido afuera. El ruido nunca paraba. Entonces saqué mi computadora, puse la música que me hacía sentir bien y comencé a limpiar.
¿Quién podría imaginarse que en el placar iba a encontrar un sándwich podrido?
La limpieza me agotó. Al terminar todo me tiré en la cama y dormí el día entero. No tenía fuerzas para nada más.
II
-ayuda, por favor, que alguien me ayude.
Me despertó un llanto en medio de la madrugada. Me asusté, pero alguien necesitaba ayuda entonces me levanté a escuchar de dónde provenía. Me asomé con la puerta entreabierta y pude ver la luna, gigante.
En la escalera oscura alguien lloraba y no se veía quien, no se veía nada, pero alguien lloraba y había que ayudarla.
Con la luz del celular alumbré de lejos y vi una mujer gorda tirada en la escalera.
-estás bien? Le pregunté estúpidamente.
- ayúdame a levantar, no doy más de la cintura. Me dijo muy dolorida.
Cuando me acerqué el olor a vino me produjo arcadas. No era la cintura, estaba borracha, muy borracha y toda sudada. Le ayudé a levantarse, la llevé a mi habitación y le ofrecí mi silla y quise servirle un vaso de agua, pero no tenía vaso, ni taza, y el agua era únicamente la del baño. Entonces sólo la senté y le pregunte como se llamaba.
-Miriam. Trabajo acá en el Garrahan. Vivo acá porque mi mamá me echó de su casa por salir con un chico que vive en la calle. Yo lo amo y el me ama a mí.
A mí no me interesaba su historia, no por el momento. Sólo quería que fuera a su habitación  a dormir y me dejara seguir durmiendo a mí. Al otro día tenía una entrevista de trabajo ya pactada y lo necesitaba si o si, me quedaban $380 y aún tenía que pagar el día en el hotel.
-en que habitación estás? Le pregunté esperando que se fuera.
- en el tercer piso. No puedo subir un piso más. Me duele mucho la cintura. Me dijo y se largó a llorar.
-vamos, te acompaño. Le dije y le agarré la mano para apurarla.
Subimos a su habitación y en la cama tenía una biblia.
-tengo mucho hambre. Y la plata que me queda es para diezmar mañana en la iglesia. El pastor me dijo que diezmar es una forma de obediencia a dios.
No entendía nada, y no podía creer lo que me estaba diciendo esta mujer. Prefería pasar hambre a tocar el dinero que tenía entre las hojas de la biblia para dárselo a un dios que, seguramente, en ese hotel no pisaba ni por más misericordioso que fuera.
-tratá de dormir. Si te acostás el dolor se va a aliviar y mañana te veo para que comamos juntas. Le dije pensando que con eso ya podía irme.
-gracias. Antes de irte, querés orar conmigo?
Me había dado por vencida, era imposible que un borracho no fuera cargoso. Cerramos los ojos y le pidió a su dios que me bendijera por haberla ayudado. Me abrazó fuerte, su hedor revolvía mi estómago, su boca mojada de transpiración, lágrimas y alcohol despedían un aliento repugnante, así me besó y yo me fui, rápido, asustada por la oscuridad de las escaleras pensando convencida de que dios no escucha ni habla con borrachos.

III
La alarma del reloj me despertó y el ruido afuera era increíble. En la hora pico no puede hablarse más que a gritos. Me bañé con agua tibia mientras pensaba en Miriam y si  habría muerto ahogada en su propio vómito por la borrachera que tenía. Me prometí ir a verla a la vuelta de la entrevista para comer juntas y mientras bajaba a la ciudad me crucé con otra mujer en los pasillos, una pelirroja de buen cuerpo y cutis lleno de pocitos y manchas. Me saludó muy amablemente, le devolví el saludo y pensé: bueno, ella puede ser mi primera amiga en el hotel.
El viaje a la empresa donde tenía la entrevista fue desesperante. No entendía nada de subtes, por el contrario, me asustaban. Bajé a uno que tenía la letra C y deduje que era por “Constitución”. Pregunté a personas al azar como dirigirme hacia la dirección que tenía anotada en mi anotador con la cara del Che y cortando clavos de llegar a horario y de no saber si iba bien o no seguí las instrucciones y di con la empresa.
Una cadena de supermercado mayorista. Me atendieron llamándome por el apellido, me hicieron muchas preguntas y luego de eso me mandaron a sentarme y esperar.
-Pereyra, Micaela. Me gritó una secretaria con una bolsa llena de papeles.
-sí, soy yo.
-tomá. Tenés que dirigirte acá a la vuelta, ahí van a hacerte los análisis y los estudios médicos. Pasaste la entrevista. Me dijo con una media sonrisa falsa.
Al fin una buena noticia.
Oriné en un tarrito, me sacaron sangre, me pesaron, midieron mis pulsaciones y miraron mis piernas por si tenía varices.
Al día siguiente iban a informarme por teléfono mi situación y si obtenía el trabajo o no.
-a qué viniste a Buenos Aires? Me preguntó una chica que hizo junto conmigo todos los mismos procedimientos.
-a estudiar teatro. Le contesté.
Salí de allí y preguntando, nuevamente, a personas elegidas al azar volví al hotel.
La facultad quedaba a unas cuadras de mi hogar. Podía ir caminando y eso me dejaba más tranquila. Subí al tercero con unos sándwiches, Miriam no estaba, entonces comí uno, guardé el otro para la cena y salí hacia la universidad.
El camino de ida fue tan abrumante como el de la vuelta.  Mientras caminaba me di cuenta que la calle del hotel y las dos cuadras que le seguían estaba llena de hoteles y travestis gordos con ropa de red negras y rojas que juntaban gente en las esquinas y se escabullían a los mismos.
Al llegar a la universidad me encontré con un cartel de cartón que decía “Edificio tomado por estudiantes” “Exigimos urgente restauración edilicia”. Golpeé, me atendieron y preguntaron que quería.
-hola, vengo a inscribirme para el próximo año. Me informaron que los cursillos de ingreso comienzan ahora en la segunda semana de octubre.
- el edificio está tomado. No estamos anotando  a nadie hasta que se solucione el problema.
-y más o menos cuanto tiempo calculás? Le pregunté.
- no sabemos, pero no hemos recibido respuestas aún.
Me saludaron y cerraron las puertas. Mi mundo se desgranó en un instante como vidrio molido.
Volví al hotel, subí al tercer piso, Miriam se encontraba en su habitación. Le llevé el sándwich, ya no iba a cenar. Me acosté y volví a dormir lo que restaba del día.
Bien temprano por la mañana recibí el llamado de la empresa que había quedado seleccionada y comenzaría la capacitación y a trabajar esa misma semana.
-vas a trabajar 30 horas semanales y el pago será de $1099 por quincena, es decir $2198 por mes. Estás de acuerdo?
Me obligaron a responder que sí. La necesidad me obligó a aceptarlo. $1600 costaba mi hogar por mes. $698 me quedaban para mí, para viáticos y alimentación.

IV

Mi cuerpo ya se había debilitado bastante por comer todos los días lo único que me alcanzaba para comprar: una lata de atún de $2,70 que comía desde la misma y con la mano.
Con mi primer sueldo quincenal compré un vaso, cubiertos, un jarrito hervidor y una resistencia para calentar agua y cocinar huevos duros, sopas y arroz.  Ese día me sentí con suerte. Habían pasado varios días ya, los suficientes como para conocer a la gente que vivía en las habitaciones vecinas a la mía. Al frente, en el 14, dormía un tucumano taxista con cara y rumor de preso prófugo, en el 12 un viejo  serio que cada día por medio subía con la prostituta que trabajaba en la puerta de nuestro hotel con un sombrero de vaquero y botas a lo lejano oeste que sólo esos días usaba con su cabello suelto que le llegaba a la cintura y gritaban como si ambos estuvieran domando los toros más bravos cuando en realidad todos sabíamos que al viejo ya no se le paraba.  Hacia la parte más oscura del pasillo estaba la habitación 13. Donde no vivía nadie pero se escuchaban ruidos desde adentro. Y por último en el 15 vivía la pelirroja que resultó más alcohólica que Miriam con su pareja cocainómano con quienes establecí una gran amistad y donde fumé mis primeros cigarrillos de marihuana. Lamentablemente estuvieron poco tiempo, el ucraniano, Boris, diciendo solo “por favor” y “gracias” los sacó con la policía en una discusión donde casi se matan. Luego me enteré que en su placard había 15 envases de cerveza vacíos y entendí por qué la gente podía olvidarse un sándwich en un ropero húmedo y frío con función de heladera.

V
Semanas siguientes, caminando por la cuadra encontré un diente de oro en el suelo, contenta le pregunte a uno de los travestis con quienes me juntaba a charlar en sus esquinas donde podía cambiarlo por dinero, me acompañó hasta un sucucho donde un judío me lo pagó  $70. Contentas nos fuimos a un restaurante y nos pedimos una milanesa con muchas papas fritas. En ese momento llamó mi mamá por teléfono. Le dije que todo estaba bien. Que había conseguido un trabajo bien pago, que había podido comprarme ollas nuevas y mi departamento era hermoso.  Mientras almorzábamos el  travesti me comentó que militaba en una organización de izquierda y me invitó a conocerlos. Fue así que comencé a militar en el PRT y a pintar paredes con frases revolucionarias por las noches con aerosol. Allí conocí un cuarentón de ojos claros de quien me enamoré. Al poco tiempo vivíamos juntos en mi habitación.

VI
El 27 de octubre la noticia mundial era la muerte de nuestro ex presidente Néstor Kirchner. La gente se manifestaba en las calles llorando casi pisando los colchones sucios que estaban en las veredas con niños llorando también pero no por la muerte, sino por hambre. Ese día la muerte se acercó a mí a través del puño del cuarentón que me ahorcaba contra los azulejos celestes del baño. Ese día dejé Buenos Aires para siempre.
Renuncié al trabajo, y con ese dinero fui hasta Retiro y saqué pasaje nuevamente a Oliva. Mi valija ya no era pesada, muchas cosas ya no las necesitaba, se las di a Miriam, la abracé, nos despedimos y subí al colectivo de vuelta.
Llegando a Rosario el cuarentón me llamó llorando que a su madre la habían internado en terapia intensiva, estaba muriendo.
Seguí viaje. Por la ventanilla asomaban los campos de Córdoba, la terminal de Villa María lucía más hermosa que nunca. Llovía. El olor era a tierra mojada, no a humedad sofocante de pavimento, en el cielo podían verse aisladas estrellas que se escapaban de las nubes, había olor a verde. Mi barrio seguía igual, los mismos vecinos, al frente el loquito González que había violado a mi perro con un palo de escoba y aplastaba sapos con ladrillos block para hacer llover, al lado el niño tartamudo que su madre no alimentaba como correspondía, en mi casa la misma almohada, el mismo rosa de la habitación, las mismas poesías. En mis auriculares sonaba Cerati con té para tres diciendo “No hay nada mejor, no hay nada mejor que casa”, todo era igual. Menos yo. Yo, ya no era la misma.

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